[T8, P.A.] Una tormenta sobre Hachinosu
#34
Ni uno solo de los presentes, con los ojos fijos en el duelo del cráter, repara en las dos siluetas agazapadas sobre aquel tejado bajo, mucho más cerca de lo que cualquiera de ellos hubiese imaginado. Con un rápido juego de manos, cada una reparte su puntería entre dos objetivos distintos en el mismo latido: Itsuka encaja la culata contra el hombro, ajusta la mira un instante hacia el cráter y dispara, para girar el cañón apenas unos grados hacia el norte y disparar de nuevo hacia Tenoch, casi sin pausa entre un gatillo y el siguiente; Mutsumi replica el mismo gesto a su lado. Las dos primeras balas perforantes recorren en línea recta los 37 metros que separan el tejado del cráter, sin desviarse un centímetro gracias al Haki de Armamento que las envuelve, directas hacia el rostro de Ashura, que no logra esquivarlas a tiempo. En ese momento Shinkae Sae cierra la distancia que los separaba, esta vez sus brazos se abren de par en par y se cierran sobre él capitán Mushoku en un abrazo brutal, atrapándolo entre la masa de sus músculos y el peso entero de su cuerpo de 12 metros, sus manos cerrándose sobre las muñecas de Ashura con un Haki de Armamento que endurece el agarre hasta convertirlo en una prisión de piedra viva.
 
Las otras dos balas, mientras tanto, siguen su curso hacia el norte, hacia Tenoch, cuando el aire mismo empieza a temblar y entre el instante en que el grito del enmascarado alado nace y el instante en que debería morir contra el pecho del centauro las balas son pulverizadas, tragadas por un vórtice de fuego que nace de la nada y lo devora todo a su paso. El torbellino se expande con violencia en 40 metros de radio desde el punto donde Tenoch gira sobre sí mismo envuelto en llamas, arrasando cuanto encuentra en ese círculo de destrucción absoluta. El almacén donde él mismo se había cubierto se desmorona, sus 5 plantas de piedra colapsando hacia dentro como si fuesen de papel quemado; el edificio contiguo, marcado aún por el impacto de las gemelas horas antes, sigue el mismo destino, sus muros convirtiéndose en escombros incandescentes; y más al sur, el tejado bajo donde Itsuka y Mutsumi habían encontrado refugio se pliega sobre sí mismo bajo la onda de calor, sepultándolas entre cascotes ardientes sin ser capaces de reaccionar. El metal de sus armas se derrite quedando inservible en el suelo, y ambas quedan tendidas entre los restos, heridas de gravedad, la piel abrasada allí donde el fuego les alcanzó. En algún punto de ese mismo radio, gente que apenas segundos antes miraba con curiosidad hacia el norte deja de existir sin siquiera comprender qué los alcanzó, sus siluetas desapareciendo en la vorágine de fuego y viento. La propia violencia de los giros que Tenoch necesitó para desatar semejante técnica lo derriba a él mismo, tirándolo al suelo entre sus propios escombros; se incorpora con torpeza, la cabeza dándole vueltas, el equilibrio traicionándole a cada paso, mientras la piel bajo su forma híbrida sigue humeando, enrojecida y quemada por el fuego que él mismo desató.
 
En el cráter, a 62 metros de distancia, Ashura no ve nada de esto pues los disparos de las hermanas le han cegado su único ojo para ser capaz de admirar la obra de destrucción y terror que desato Tenoch, pero lo siente con cada fibra de un cuerpo que aún permanece atrapado entre los brazos de Shinkae Sae. Una bocanada de calor brutal les llega a ambos arrastrada por el viento, y, envuelto en todo eso, el eco lejano de gritos que se apagan uno tras otro. Su cuerpo, preso e incapaz de mover un solo brazo, reacciona de todas formas a su manera con una risa nerviosa y sorprendida se le escapa entre dientes – “HArHArHAr” – antes de que pregunte a la nada que ha pasado, pues no queda nadie para responderle excepto por Shinka Sae quien no dice una palabra, con toda su atención enfocada en los destrozos que proceden al tornado de fuego – ¿Qué clase de...” – empieza a mascullar, la voz cortándose sola, sin terminar la pregunta, mientras la nube de polvo y ceniza se expande hacia ella y la envuelve en su borde exterior. La incredulidad se transforma casi de inmediato en terror en cuando entre el humo distingue lo que queda del tejado bajo donde Itsuka y Mutsumi disparaban minutos antes, nada – “Itsuka... Mutsumi...” – el nombre de sus hermanas de armas sale de su boca con más miedo que certeza, sus ojos abriéndose de par en par, el terror asomando por primera vez en toda la tarde a un rostro que hasta ahora solo había mostrado desprecio y furia. Ashura, ajeno por completo a lo que ella observa, insiste sin obtener respuesta. – “¿Has visto?” – le pregunta, y luego, sin esperar tampoco esta vez, añade – “Lo más peligroso para los Mushoku... Somos los Mushoku.”
 
Pero Shinkae Sae no tiene cabeza para escucharle, ni para contestarle. Sin soltar a Ashura ni un segundo, echa a correr hacia el norte presa de ese mismo terror, arrastrando el peso de su prisionero como si no pesara nada, un juguete roto que se sacude en su carrera, devorando en zancadas 36 de los 42 metros que la separan de donde antes estaban sus hermanas, aprovechando cada instante que la torpeza de un Tenoch aún mareado y quemado le regala al intentar ponerse de pie en ese estado. Es a mitad de esa carrera, con el polvo aún cegando buena parte de la escena, cuando distingue a Tenoch en dirección hacia donde se encuentran Itsuka y Mutsumi, la piel enrojecida y humeante. Y es entonces cuando el terror se pudre en algo mucho más simple, mucho más antiguo – “No” – reniega, apenas una sílaba, con una voz que ya no suena como la suya – “NO TE ACERQUES A MIS HERMANAS” – grita con toda la potencia de sus pulmones, sin necesidad ya de ningún Den Den Mushi que la amplifique, y en ese grito el miedo se transforma por completo en coraje puro. Flexiona las piernas una vez más y salta los 6 metros que la separan de aquel ser alado que recorre la distancia casi a ras de suelo, impactado a Tenoch en el costado obligándole a detenerse a solo seis metros de donde las hermanas yacen calcinadas.
 
Itsuka y Mutsumi logran levantarse a pesar de estar calcinadas de pies a cabeza, y colocan dos dagas frente a ellas, agarradas con los puños cerrados, el derecho cerca del costado derecho de su cara y el izquierdo alejado medio metro a la misma altura, con la punta de las dagas apuntando hacia fuera – “Teníamos razón al venir aquí” – dice Mutsumi tras levantarse – “Hachinosu no sobrevivirá a sus destrozoso” – complementa Itsuka la voz quebrada por el dolor, pero firme en el desafío. Por un instante, entre el crepitar de las llamas que aún consumen lo que queda del frente norte y el jadeo entrecortado de las cuatro figuras reunidas sobre aquel amasijo de escombros, nadie se mueve. El polvo sigue cayendo, lento, como ceniza de un funeral que aún no ha terminado de nombrar a sus muertos.
 

 
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RE: [T8, P.A.] Una tormenta sobre Hachinosu - por Fuguwu - 17-08-2026, 04:37 PM

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