17-08-2026, 05:53 PM
El combate continuaba su rumbo y, a pesar de no poder observar con la mejor claridad, la euforia del público hacía estremecer el alma de aquel viejo pirata, que contemplaba los destellos desde lejos. Una nueva generación de monstruos que cambiarían la historia del mundo estaba casualmente reunida en lo alto del cielo; de ello no tenía la menor duda.
Poco después de la pregunta de Heras acerca de cómo lograban golpear al hombre de luz, Zarutsuki, el Emperador del Cielo, interrumpió aquel encuentro de una forma abrupta y brutal, con una presencia que generó un respeto inmediato por parte de Zhang.
El Emperador anunció entonces que terminaba aquel encuentro, pues la avaricia corrompía a los combatientes. ¿Cómo podría llegar a aquella conclusión? Sintió intriga por un instante, pero no le dedicó mucho tiempo a pensarlo.
—No importa cuán destructiva sea la fruta o qué tan intangible seas; si tu espíritu y emociones se quiebran o corrompen, pierdes la batalla —dijo en voz baja, volviendo a la conversación que había tenido con el gigante Heras. Tras un pequeño silencio, se anunciaron los ganadores de aquella competencia, y finalmente sentenciaron que el Equipo Número Dos era el vencedor.
—¿Qué clase de deseos pedirán estos hombres? —Zhang intentó observar a los ganadores, pero solo logró identificar al hombre con el que habían luchado aquella noche de luna llena. Y como si la historia estuviese condenada a repetirse, allí se encontraban esos dos.
Zhang se puso de pie. Su cuerpo comenzó a perder densidad, flotando levemente en el aire en una nube de escarcha, intentando ponerles un rostro a aquellos hermanos de los que tanto había escuchado hablar.
—Pawurs y Urususu — repitió luego de que Zarutsuki los anunciara. Eran los Minks que Dong había conocido aquella noche, los mismos que le habían arrebatado el poder de su fruta... Luego de eso, Dong había muerto semanas después, y Zhang siempre había asociado una cosa con la otra.
A pesar de ello, allí estaban frente a él, anunciando a todo dar que daría comienzo a una nueva ceremonia para retirar los demonios del cuerpo. Zhang se llevó la mano contra el pecho. Aunque ya era uno con su fruta, le fue inevitable pensar por un momento en dejársela arrebatar; pues al final, cosas tan pequeñas como nadar, o sentir el calor del sol, sentir el frio de la noche, o el dolor de un golpe, podrían ser más importantes que todo este poder.
Bajó la mirada, disipando la nieve a su alrededor. Fue entonces cuando observó que la señorita Bai, que se encontraba recostada junto a Heras, comenzaba a sufrir leves convulsiones. Aquello hizo que Zhang dejara a un lado aquella duda banal y se acercara a su capitana con toda la velocidad que sus viejos huesos le permitían.
Transformó sus manos en nieve, intentando aplicarle un poco de frío en la frente para que su cuerpo descansase. ¿Qué demonios tenía el trago del cielo? Las preguntas nublaron de nuevo la mente del burro, que recordó de golpe todas las extrañas circunstancias que los habían empujado hasta aquel torneo.
Tras observar que no se encontraba en peligro mortal, tomó la mano de Bai que se agitaba en el aire, apretándola con suavidad y calidez para intentar traerla de nuevo a la realidad y calmar sus pesadillas. Optó por buscar un lugar más adecuado para que pudiese respirar mejor.
—Joven Heras, es mejor que movamos a Bai a un lugar más despejado de la grada; el calor, el alcohol y el gentío pueden estarle afectando. ¿Podrías ayudarme a llevarla cerca de las escaleras? Voy a prepararle una pequeña infusión.
Buscó en su morral de cuero y sacó su inseparable termo, que milagrosamente aún conservaba el calor. Vertió un poco de té sobre unas hierbas relajantes que llevaba entre sus ropas. Transformando ligeramente su cuerpo en nieve, hizo que a su alrededor todo se sintiese más fresco. Aquella brisa helada despejó su propia mente de la cerveza que había bebido, centrando toda su preocupación en su compañera.
Zhang tomó un Den Den Mushi entre sus manos. Ya había pasado el torneo y la pequeña Mahou no había regresado, por lo que optó por dejarle un mensaje:
—Mahou, estamos cerca de las escaleras de la grada. Silencio fue a buscarte.
Sin más, continuó acompañando a su capitana. Observó a su alrededor cómo todos corrían y se movían con desesperación; incluso el marine respetuoso, Kibai, había optado por salir corriendo para quitarse los demonios de su cuerpo. Antes de que el leopardo desapareciera entre la multitud, Zhang le extendió su pipa humeante.
—Un poco de humo asienta los pensamientos antes de tomar decisiones apresuradas —ofreció, aunque el felino ya parecía decidido a marchar hacia la arena, y desaparecio entre la multitud.
El ermitaño se giró entonces hacia el gigante de tela dorada, golpeando suavemente el suelo con su pezuña.
—Hmmm... Míralos correr, joven Heras. El Emperador detiene la pelea por avaricia, y un segundo después, se les ofrece arrancarles sus poderes por dinero... y la avaricia vuelve a ganar. Dime, muchacho... —Zhang lo miró con su único ojo, profundo y sereno—. Si para obtener poder te exigieran sacrificar una parte de tu alma... ¿lo harías? ¿O te quedarás a terminar este té con un viejo burro y un ángel caído?-
Poco después de la pregunta de Heras acerca de cómo lograban golpear al hombre de luz, Zarutsuki, el Emperador del Cielo, interrumpió aquel encuentro de una forma abrupta y brutal, con una presencia que generó un respeto inmediato por parte de Zhang.
El Emperador anunció entonces que terminaba aquel encuentro, pues la avaricia corrompía a los combatientes. ¿Cómo podría llegar a aquella conclusión? Sintió intriga por un instante, pero no le dedicó mucho tiempo a pensarlo.
—No importa cuán destructiva sea la fruta o qué tan intangible seas; si tu espíritu y emociones se quiebran o corrompen, pierdes la batalla —dijo en voz baja, volviendo a la conversación que había tenido con el gigante Heras. Tras un pequeño silencio, se anunciaron los ganadores de aquella competencia, y finalmente sentenciaron que el Equipo Número Dos era el vencedor.
—¿Qué clase de deseos pedirán estos hombres? —Zhang intentó observar a los ganadores, pero solo logró identificar al hombre con el que habían luchado aquella noche de luna llena. Y como si la historia estuviese condenada a repetirse, allí se encontraban esos dos.
Zhang se puso de pie. Su cuerpo comenzó a perder densidad, flotando levemente en el aire en una nube de escarcha, intentando ponerles un rostro a aquellos hermanos de los que tanto había escuchado hablar.
—Pawurs y Urususu — repitió luego de que Zarutsuki los anunciara. Eran los Minks que Dong había conocido aquella noche, los mismos que le habían arrebatado el poder de su fruta... Luego de eso, Dong había muerto semanas después, y Zhang siempre había asociado una cosa con la otra.
A pesar de ello, allí estaban frente a él, anunciando a todo dar que daría comienzo a una nueva ceremonia para retirar los demonios del cuerpo. Zhang se llevó la mano contra el pecho. Aunque ya era uno con su fruta, le fue inevitable pensar por un momento en dejársela arrebatar; pues al final, cosas tan pequeñas como nadar, o sentir el calor del sol, sentir el frio de la noche, o el dolor de un golpe, podrían ser más importantes que todo este poder.
Bajó la mirada, disipando la nieve a su alrededor. Fue entonces cuando observó que la señorita Bai, que se encontraba recostada junto a Heras, comenzaba a sufrir leves convulsiones. Aquello hizo que Zhang dejara a un lado aquella duda banal y se acercara a su capitana con toda la velocidad que sus viejos huesos le permitían.
Transformó sus manos en nieve, intentando aplicarle un poco de frío en la frente para que su cuerpo descansase. ¿Qué demonios tenía el trago del cielo? Las preguntas nublaron de nuevo la mente del burro, que recordó de golpe todas las extrañas circunstancias que los habían empujado hasta aquel torneo.
Tras observar que no se encontraba en peligro mortal, tomó la mano de Bai que se agitaba en el aire, apretándola con suavidad y calidez para intentar traerla de nuevo a la realidad y calmar sus pesadillas. Optó por buscar un lugar más adecuado para que pudiese respirar mejor.
—Joven Heras, es mejor que movamos a Bai a un lugar más despejado de la grada; el calor, el alcohol y el gentío pueden estarle afectando. ¿Podrías ayudarme a llevarla cerca de las escaleras? Voy a prepararle una pequeña infusión.
Buscó en su morral de cuero y sacó su inseparable termo, que milagrosamente aún conservaba el calor. Vertió un poco de té sobre unas hierbas relajantes que llevaba entre sus ropas. Transformando ligeramente su cuerpo en nieve, hizo que a su alrededor todo se sintiese más fresco. Aquella brisa helada despejó su propia mente de la cerveza que había bebido, centrando toda su preocupación en su compañera.
Zhang tomó un Den Den Mushi entre sus manos. Ya había pasado el torneo y la pequeña Mahou no había regresado, por lo que optó por dejarle un mensaje:
—Mahou, estamos cerca de las escaleras de la grada. Silencio fue a buscarte.
Sin más, continuó acompañando a su capitana. Observó a su alrededor cómo todos corrían y se movían con desesperación; incluso el marine respetuoso, Kibai, había optado por salir corriendo para quitarse los demonios de su cuerpo. Antes de que el leopardo desapareciera entre la multitud, Zhang le extendió su pipa humeante.
—Un poco de humo asienta los pensamientos antes de tomar decisiones apresuradas —ofreció, aunque el felino ya parecía decidido a marchar hacia la arena, y desaparecio entre la multitud.
El ermitaño se giró entonces hacia el gigante de tela dorada, golpeando suavemente el suelo con su pezuña.
—Hmmm... Míralos correr, joven Heras. El Emperador detiene la pelea por avaricia, y un segundo después, se les ofrece arrancarles sus poderes por dinero... y la avaricia vuelve a ganar. Dime, muchacho... —Zhang lo miró con su único ojo, profundo y sereno—. Si para obtener poder te exigieran sacrificar una parte de tu alma... ¿lo harías? ¿O te quedarás a terminar este té con un viejo burro y un ángel caído?-
La Bitácora del Burro
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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