17-08-2026, 11:44 PM
Maldita sea Enji, ni uno puede sentirse emocionado ya. Ni gritar en el barco, ni gritar en las gradas, ¿dónde iba a poder dar voces sino? Me gusta hablar alto, hablar fuerte, sobre todo cuando hay muchos estímulos, ¿por qué tiene que molestarle?—. Maldito amargado, todo te molesta, pues te voy a gritar al oído cuando estés durmiendo, ¡hijo de tu chicharrona madre! —me giré en dirección al capitán, que me estaba haciendo perder detalle de los nuevos figurantes en la arena para, como no, quejarse. Esta vez a mi también me aumentó el tamaño de mi cabeza figurativamente para contestarle sin ningún tipo de respeto por la jerarquía al torrezno quemao de Enji—. ¡Sí, quiero una, que aun no he bebido nada, bueno dos, que tengo dos manos, venga! —tome con gusto la jarra de Kibai, que no se quería tomar, y le agarré otra jarra bien fresquita al primer camarero que pasaba por allí.
—¿Dónde está Kibai, por cierto? —sabía que la cerveza era suya porque no quito la oreja de ninguna conversación ajena a mi, así que lo busqué entre las gradas y estaba junto a aquel tipo que habían presentado como Jin—. ¿Qué hace? —¿le estaba pidiendo dinero? Banco Goldreich… Interesante. Una Mickey herramienta que nos ayudará más tarde.
De pronto otro personaje entró en escena, una cosa rara que parecía gorda, pero a la vez no, que tenía tentáculos y unos morros enormes, pelo largo y liso, y con muchos abalorios—. Juan, tu prima —señalé con descaro a aquel señor que se hacía llamar Cariños Carlos—. La gente aquí es muy rara, todos estos tipos cambian las vidas de la gente sin despeinarse, ¿no? Esta… O este… ¿Qué hará? —y escuché con atención.
—Poseo la capacidad de alterar sus cuerpos para que se vean como ustedes siempre han deseado, ¿Siempre te sentiste mujer?, ¿Acaso te identificas como hombre? ¿Naciste en la raza equivocada? Eso no importa, pues yo, la grande, el único, la inigualable ¡CARIÑOS CARLOS!.... PUEDO HACER TU DESEO REALIDAD —oye que gracioso, ¿no? Justo de algo parecido estuve hablando con Masami antes de que vinieramos a estas islas flotantes.
—¡¡Tchakikikiyah, qué divertido, Masami, atenta a esto!! —si podía cambiarme de sexo una vez, seguro que podía hacerlo cinco. Y aunque las tablas de precio me pillaron un poco descolocado, el querer hacer la gracia y que mi división se riera un rato, me hizo acercarme corriendo a aquel prestamista de pelo negro y piel bien cuidada a base de cremas y mascarillas faciales. Todo un genio. Salté de golpe y corrí en su dirección.
—Buenas, señor Jin, prestamista del Banco Goldreich, he puesto la oreja cuando hablabas con mi compañero Kibai, necesito 10 millones de berries ya mismo para eso que dice el pulpo negro ese que está en mitad de la arena, ya verás que gracioso, ¡¡tchakikikiyah!! —acto seguido le entreché la mano, para a continuación señalar a Enji de entre las gradas—. Me manda mi capitán, Saint Vangelis Enji, seguro que lo conoce, el famoso tenryuubito que fue clave en la desarticulación de los esclavistas de Kutsukku, allí abajo en el mar del sur... Como usted entenderá, viene de una familia noble de mucho, MUCHO dinero, y está dispuesto a cubrir el pago junto con sus intereses pertinentes. ¡Oh, capitán, mi capitán! ¡Qué bueno es! ¡Siempre se preocupa y mira por el bien de los suyos! —carraspeé un segundo—. Bueno que, ¿trato? —y agité levemente la mano que aún tenía extendida a Jin para que cerrara el acuerdo de manera exitosa. Tal vez no me aprobaba la petición y le exigiría a Enji acercarse y firmar, pero tal vez al hablar yo en su nombre y como un mandado, tuviera éxito. A fin de cuentas, un tenryuubito genera más confianza que un simple soldadito marinero. Aunque si no colaba, me tocaría poner el préstamo a mi nombre.
—¿Dónde está Kibai, por cierto? —sabía que la cerveza era suya porque no quito la oreja de ninguna conversación ajena a mi, así que lo busqué entre las gradas y estaba junto a aquel tipo que habían presentado como Jin—. ¿Qué hace? —¿le estaba pidiendo dinero? Banco Goldreich… Interesante. Una Mickey herramienta que nos ayudará más tarde.
De pronto otro personaje entró en escena, una cosa rara que parecía gorda, pero a la vez no, que tenía tentáculos y unos morros enormes, pelo largo y liso, y con muchos abalorios—. Juan, tu prima —señalé con descaro a aquel señor que se hacía llamar Cariños Carlos—. La gente aquí es muy rara, todos estos tipos cambian las vidas de la gente sin despeinarse, ¿no? Esta… O este… ¿Qué hará? —y escuché con atención.
—Poseo la capacidad de alterar sus cuerpos para que se vean como ustedes siempre han deseado, ¿Siempre te sentiste mujer?, ¿Acaso te identificas como hombre? ¿Naciste en la raza equivocada? Eso no importa, pues yo, la grande, el único, la inigualable ¡CARIÑOS CARLOS!.... PUEDO HACER TU DESEO REALIDAD —oye que gracioso, ¿no? Justo de algo parecido estuve hablando con Masami antes de que vinieramos a estas islas flotantes.
—¡¡Tchakikikiyah, qué divertido, Masami, atenta a esto!! —si podía cambiarme de sexo una vez, seguro que podía hacerlo cinco. Y aunque las tablas de precio me pillaron un poco descolocado, el querer hacer la gracia y que mi división se riera un rato, me hizo acercarme corriendo a aquel prestamista de pelo negro y piel bien cuidada a base de cremas y mascarillas faciales. Todo un genio. Salté de golpe y corrí en su dirección.
—Buenas, señor Jin, prestamista del Banco Goldreich, he puesto la oreja cuando hablabas con mi compañero Kibai, necesito 10 millones de berries ya mismo para eso que dice el pulpo negro ese que está en mitad de la arena, ya verás que gracioso, ¡¡tchakikikiyah!! —acto seguido le entreché la mano, para a continuación señalar a Enji de entre las gradas—. Me manda mi capitán, Saint Vangelis Enji, seguro que lo conoce, el famoso tenryuubito que fue clave en la desarticulación de los esclavistas de Kutsukku, allí abajo en el mar del sur... Como usted entenderá, viene de una familia noble de mucho, MUCHO dinero, y está dispuesto a cubrir el pago junto con sus intereses pertinentes. ¡Oh, capitán, mi capitán! ¡Qué bueno es! ¡Siempre se preocupa y mira por el bien de los suyos! —carraspeé un segundo—. Bueno que, ¿trato? —y agité levemente la mano que aún tenía extendida a Jin para que cerrara el acuerdo de manera exitosa. Tal vez no me aprobaba la petición y le exigiría a Enji acercarse y firmar, pero tal vez al hablar yo en su nombre y como un mandado, tuviera éxito. A fin de cuentas, un tenryuubito genera más confianza que un simple soldadito marinero. Aunque si no colaba, me tocaría poner el préstamo a mi nombre.
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