23-08-2026, 12:15 AM
El viejo peleón había procedido a encenderse otro pitillo más, y había comenzado a aniquilar a los matones del grupo uno tras otro, en una sucesión aparentemente perfecta. Horrorizado ante el potencial destrozo de su local, el tabernero contempló desde detrás de la barra, con una ceja arqueada ante la potencia inusitada de las patadas voladoras y los ataques de Magnus. "No puede ser real," murmuró para sí con estupor, mientras, aparentemente por inercia, continuaba el movimiento de limpiar aquel vaso, que a aquellas alturas estaba ya brillante e impoluto como una patena. Uno a uno, los criminales de la banda de Tibias comenzaron a acumularse por el polvoriento suelo del Bag's Cat. Uno, otro, y otro, y otro más. La banda, lejos de detener su función, parecía haber subido al máximo el volumen de sus amplificadores y haber comenzado a tocar una pieza, por cliché que fuese, reservada justamente para ocasiones como aquella:
Su primer envite, que a los —demás— criminales se les antojó un movimiento con la velocidad del rayo, dejó completamente desfigurada la cara del primer desgraciado que había tenido la idea de acercarse de más a aquella mole. Algunos recordarían su sacrificio, tal vez. Pero la lista estaba lejos de terminar: la cabeza de otro de ellos terminó completamente empalada por su propia, en un espectáculo que se hubiera podido tildar de barbárico sin ningún miedo a la exageración, y que provocó un reguero de sangre que salpicó, como un aspersor, la pared encalada de aquel pobre establecimiento, dejando una multitud de gotículas rojas que se adhirieron a su superficie. El reguero de sangre continuó con el siguiente, cuya dignidad como ser humano acabó reducida a una especie de tortilla informe, su sangre filtrándose, lenta y densamente, a través de los tablones del suelo, mientras el resto del grupo empezaba a comprender, demasiado tarde, que tal vez hubiesen cometido un error estratégico yendo al Cat's Bag en presencia de sus brutales parroquianos. Parroquianos, por otro lado, que contemplaban el festival de huesos rotos y sangre en aspersión en el mismo silencio atónito que el posadero, cada uno desde su mesa, y sin querer decir ni una palabra más alta de la cuenta, o sin atreverse.
"Ha sido un error venir aquí esta tarde, T-," fue a advertir uno de ellos a otro compañero, cuyo discurso se vio interrumpido por la contusión que le causó el golpe de Magnus, suficiente como para tumbarlo instantáneamente, cayendo al suelo como un muñeco de trapo sin siquiera volver a balbucear, justo antes de que el buccaneer optase por agarrar a uno de ellos por el tobillo y hacer un barrido con él, tumbando a otro de ellos. En aquellos momentos, la moral del grupo comenzaba a derrumbarse, pero ya no había nadie que pudiese detener el particular efecto dominó que había sido joder con el tipo equivocado: un señor mayor que quería fumar mientras se tomaba una caña.
Otro criminal salió disparado por la ventana por cortesía de nuestro protagonista, provocando el chillido de un gato y un par de gritos en el exterior que, sin embargo, no tardaron en quedar nuevamente ahogados por los aullidos del número decreciente de matones que quedaban en el local. A medida que un matón caía tras otro, ninguno de los demás clientes fue capaz de decirle nada, ni siquiera cuando pidió permiso para emplear su cuchillo. Y, al cabo de unos segundos, la taberna había vuelto a su silencio característico. El tabernero exhaló con fuerza a través de su nariz, aún limpiando aquel vaso, de un resplandor ya casi cegador.
"Pues una ventana, unos 70 litros de cerveza...," comenzó a decir el tabernero, echando cuentas mentalmente, y dirigiendo entonces una mirada de lamento al tabique sobre el que una de las patadas de Magnus había lanzado a uno de los matones, "ese tabique, que lo acababa de poner nuevo...," continuó, haciendo cuentas mentalmente. "Unos trescientos mil. No te preocupes, corre a cuenta de la casa. Me has librado de un buen problema," aseguró finalmente, quitándole importancia con un ademán y negando con la cabeza. Sus ojos se perdieron entonces en toda la sangre que tendría que limpiar aquel día, la mirada de las mil fregonas. "Pero creo que toca cerrar por hoy."
El matón que quedaba con vida apenas reaccionó ante las cachetadas de Magnus, sus ojos completamente desprovistos de cualquier alarma o sentido de la supervivencia, y aparentemente en un shock demasiado considerable como para responder con excesiva coherencia. "El... la...," comenzó a balbucear, fuera de sí, sin siquiera reparar en toda la sangre que lo bañaba. "Es... Jefe. De mí," afirmó con contundencia, asintiendo con la cabeza, sin mirar directamente al buccaneer. "Sur," sentenció antes de quedar completamente catatónico.
"Tibias es ese de ahí," indicó el tabernero ante la futilidad de preguntarle a aquel hombrecillo, señalando con el pulgar hacia el cartel que figuraba tras la barra. "No es tan peligroso como dicen, pero tiene contactos, y tiene un buen séquito de lacayos afines. Había oído decir que pretendía hacerse con esta isla y unas cuantas más por las malas, pero ya sabes cómo va eso. ¿Qué pequeño señor del crimen no intenta hacer cosas así?," inquirió el tabernero con naturalidad. "Si quieres encontrarlo, sigue el rastro del crimen. Pero ahora será mejor que te vayas, antes de que llegue algún ojo indiscreto y alguien decida irse de la lengua," dijo con retintín, dirigiendo una mirada al resto de clientes del local, que, habiendo captado la indirecta, comenzaron a recoger sus cosas de inmediato y a largarse de allí. Tibias acababa de hacerse un enemigo poderoso, y parecía que se podía decir lo mismo del propio Magnus.
Su primer envite, que a los —demás— criminales se les antojó un movimiento con la velocidad del rayo, dejó completamente desfigurada la cara del primer desgraciado que había tenido la idea de acercarse de más a aquella mole. Algunos recordarían su sacrificio, tal vez. Pero la lista estaba lejos de terminar: la cabeza de otro de ellos terminó completamente empalada por su propia, en un espectáculo que se hubiera podido tildar de barbárico sin ningún miedo a la exageración, y que provocó un reguero de sangre que salpicó, como un aspersor, la pared encalada de aquel pobre establecimiento, dejando una multitud de gotículas rojas que se adhirieron a su superficie. El reguero de sangre continuó con el siguiente, cuya dignidad como ser humano acabó reducida a una especie de tortilla informe, su sangre filtrándose, lenta y densamente, a través de los tablones del suelo, mientras el resto del grupo empezaba a comprender, demasiado tarde, que tal vez hubiesen cometido un error estratégico yendo al Cat's Bag en presencia de sus brutales parroquianos. Parroquianos, por otro lado, que contemplaban el festival de huesos rotos y sangre en aspersión en el mismo silencio atónito que el posadero, cada uno desde su mesa, y sin querer decir ni una palabra más alta de la cuenta, o sin atreverse.
"Ha sido un error venir aquí esta tarde, T-," fue a advertir uno de ellos a otro compañero, cuyo discurso se vio interrumpido por la contusión que le causó el golpe de Magnus, suficiente como para tumbarlo instantáneamente, cayendo al suelo como un muñeco de trapo sin siquiera volver a balbucear, justo antes de que el buccaneer optase por agarrar a uno de ellos por el tobillo y hacer un barrido con él, tumbando a otro de ellos. En aquellos momentos, la moral del grupo comenzaba a derrumbarse, pero ya no había nadie que pudiese detener el particular efecto dominó que había sido joder con el tipo equivocado: un señor mayor que quería fumar mientras se tomaba una caña.
Otro criminal salió disparado por la ventana por cortesía de nuestro protagonista, provocando el chillido de un gato y un par de gritos en el exterior que, sin embargo, no tardaron en quedar nuevamente ahogados por los aullidos del número decreciente de matones que quedaban en el local. A medida que un matón caía tras otro, ninguno de los demás clientes fue capaz de decirle nada, ni siquiera cuando pidió permiso para emplear su cuchillo. Y, al cabo de unos segundos, la taberna había vuelto a su silencio característico. El tabernero exhaló con fuerza a través de su nariz, aún limpiando aquel vaso, de un resplandor ya casi cegador.
"Pues una ventana, unos 70 litros de cerveza...," comenzó a decir el tabernero, echando cuentas mentalmente, y dirigiendo entonces una mirada de lamento al tabique sobre el que una de las patadas de Magnus había lanzado a uno de los matones, "ese tabique, que lo acababa de poner nuevo...," continuó, haciendo cuentas mentalmente. "Unos trescientos mil. No te preocupes, corre a cuenta de la casa. Me has librado de un buen problema," aseguró finalmente, quitándole importancia con un ademán y negando con la cabeza. Sus ojos se perdieron entonces en toda la sangre que tendría que limpiar aquel día, la mirada de las mil fregonas. "Pero creo que toca cerrar por hoy."
El matón que quedaba con vida apenas reaccionó ante las cachetadas de Magnus, sus ojos completamente desprovistos de cualquier alarma o sentido de la supervivencia, y aparentemente en un shock demasiado considerable como para responder con excesiva coherencia. "El... la...," comenzó a balbucear, fuera de sí, sin siquiera reparar en toda la sangre que lo bañaba. "Es... Jefe. De mí," afirmó con contundencia, asintiendo con la cabeza, sin mirar directamente al buccaneer. "Sur," sentenció antes de quedar completamente catatónico.
"Tibias es ese de ahí," indicó el tabernero ante la futilidad de preguntarle a aquel hombrecillo, señalando con el pulgar hacia el cartel que figuraba tras la barra. "No es tan peligroso como dicen, pero tiene contactos, y tiene un buen séquito de lacayos afines. Había oído decir que pretendía hacerse con esta isla y unas cuantas más por las malas, pero ya sabes cómo va eso. ¿Qué pequeño señor del crimen no intenta hacer cosas así?," inquirió el tabernero con naturalidad. "Si quieres encontrarlo, sigue el rastro del crimen. Pero ahora será mejor que te vayas, antes de que llegue algún ojo indiscreto y alguien decida irse de la lengua," dijo con retintín, dirigiendo una mirada al resto de clientes del local, que, habiendo captado la indirecta, comenzaron a recoger sus cosas de inmediato y a largarse de allí. Tibias acababa de hacerse un enemigo poderoso, y parecía que se podía decir lo mismo del propio Magnus.
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