24-08-2026, 12:13 PM
Kibai permaneció sentado al lado de Kagura, mientras notaba como su pulso se iba tranquilizando poco a poco. Le resultaba muy curioso como a los humanos aquel simple gesto parecía ser capaz de relajarles. El claro a su alrededor también aprecía haberse enmudecido de repente, pues tan solo se escuchaba el crepitar de la hoguera en la que el mink había cocinado la carne, la cual ya estaba empezando a morir, quedando reducida a un lecho de brasas candentes. La luz había disminuido mucho, aunque para el mink aquello no era ningún problema, pues sus ojos se iban adaptando progresivamente a la oscuridad en al que empezaba a sumirse el lugar.
Arqueando una ceja, Kibai se sorprendió al notar como la joven le apretaba la mano en torno al músculo del pectoral izquierdo, y su pecho, que estaba pegado tambien al suyo, comenzó a transmitirle el ritmo de su corazón, acelerado como si fuese un tambor indicando el inicio del paso ligero. Algo sorprendido, el mink bajó la mirada hacia Kagura, la cual había adoptado una expresión extraña, a medias entre la ensoñación y la fascinación. La joven había separado la cabeza de su pecho, y había colocado ambas palmas sobre el pecho del mink y musitaba palabras para si, algo acerca de la firmeza de los músculos de Kibai. Su ceja se alzó aún más cuando volvió a llamarle gato, lo cual le tentó a darle un buen coscorrón a aquella humana de las narices, aunque por otro lado, había algo extraño en ella, algo que a Kibai no le disgustaba del todo.
Kagura pareció darse cuenta también de lo extraña que estaba siendo su actitud para con él, pues de repente se puso en pie, gritando al cielo como justificación acerca de su comportamiento. Una justificación, por cierto, tan absurda que el mink ni siquiera trató de entenderla, y por su propio bienestar mental decidió simplemente achacarlo a algún tipo de personalidad especialmente excéntrica. Tras soltar el grito, Kagura se le quedó mirando fijamente, y en un rápido movimiento, l ajoven inclinó su rostro sobre el suyo para besarle la nariz.
— Pero qué demonios... — pensó el mink mientras sus pupilas se contraían aún mas hasta formas dos rendijas negras en los iris esmeralda. Kagura ya se había vuelto a sentar a su lado, como quien no quiere la cosa, y balanceaba los pies suavemente mientras miraba el cielo nocturno.
— Esta noche me la he pasado muy bien... ¿y tú?
Kibai soltó una suave risita, a la vez que volvía a pasar su brazo por encima de los hombros de la joven.
— Tengo que admitir que no era precisamente la noche que esperaba tener cuando conseguí que el capitán Seijuru me dise permiso para abandonar el Swift, pero lo cierto es que ha acabando siendo una velada más que memorable, eso seguro...
El mink inclinó un poco la cabeza hacia el rostro de Kagura, frotando suavemente su frente contra el lateral de la cara de la joven, disfrutando de la agradable sensación al rascar su pelaje contra la piel de la humana.
— Pero eso si, no me vuelvas a llamar gato. — añadió dándole un pequeño coletazo en la espalda, no para hacerle daño, sino como el que usaría para corregir a un joven mink que se había comportado mal. — Ni que un gato estuviese siqueira cerca de estar a mi altura...
Kibai se permitió el continuar en aquella posición con Kagura un rato más. Lo cierto era que el olor de la joven no era para nada desagradable, mucho más facil de tolerar que el de la mayoría de los marineros del Swift, aunque solo fuese en parte por ser una mujer, quería sospechar el mink.
En cierto momento, echó la mirada hacia el cielo nocturno, comprobando cuanto podía faltar hasta el amanecer. No quería convertirse de nuevo en el blanco de tiro del oficial de cubierta, ni tampoco que a la joven la regañasen por habere desaparecido mucho tiempo.
— Kagura, creeme que me lo he pasado muy bien hoy, pero no desearía que de repente saliesen del pueblo con antorchas y horcas a rescatarte por llevar tantas horas aquí. Te parece bien que te acompañe de vuelta a tu casa? Aún está bastante oscuro, no quiero que te pierdas en el camino de regreso.
El mink se puso en pie, alargando una mano hacia la joven con una agradable sonrisa dibujada en el rostro.
— Además, admito que la idea de escoltar a una dama de vuelta a su casa es algo con lo que perfectamente puedo comulgar, si es que la susodicha dama acepta mi petición claro está.
Arqueando una ceja, Kibai se sorprendió al notar como la joven le apretaba la mano en torno al músculo del pectoral izquierdo, y su pecho, que estaba pegado tambien al suyo, comenzó a transmitirle el ritmo de su corazón, acelerado como si fuese un tambor indicando el inicio del paso ligero. Algo sorprendido, el mink bajó la mirada hacia Kagura, la cual había adoptado una expresión extraña, a medias entre la ensoñación y la fascinación. La joven había separado la cabeza de su pecho, y había colocado ambas palmas sobre el pecho del mink y musitaba palabras para si, algo acerca de la firmeza de los músculos de Kibai. Su ceja se alzó aún más cuando volvió a llamarle gato, lo cual le tentó a darle un buen coscorrón a aquella humana de las narices, aunque por otro lado, había algo extraño en ella, algo que a Kibai no le disgustaba del todo.
Kagura pareció darse cuenta también de lo extraña que estaba siendo su actitud para con él, pues de repente se puso en pie, gritando al cielo como justificación acerca de su comportamiento. Una justificación, por cierto, tan absurda que el mink ni siquiera trató de entenderla, y por su propio bienestar mental decidió simplemente achacarlo a algún tipo de personalidad especialmente excéntrica. Tras soltar el grito, Kagura se le quedó mirando fijamente, y en un rápido movimiento, l ajoven inclinó su rostro sobre el suyo para besarle la nariz.
— Pero qué demonios... — pensó el mink mientras sus pupilas se contraían aún mas hasta formas dos rendijas negras en los iris esmeralda. Kagura ya se había vuelto a sentar a su lado, como quien no quiere la cosa, y balanceaba los pies suavemente mientras miraba el cielo nocturno.
— Esta noche me la he pasado muy bien... ¿y tú?
Kibai soltó una suave risita, a la vez que volvía a pasar su brazo por encima de los hombros de la joven.
— Tengo que admitir que no era precisamente la noche que esperaba tener cuando conseguí que el capitán Seijuru me dise permiso para abandonar el Swift, pero lo cierto es que ha acabando siendo una velada más que memorable, eso seguro...
El mink inclinó un poco la cabeza hacia el rostro de Kagura, frotando suavemente su frente contra el lateral de la cara de la joven, disfrutando de la agradable sensación al rascar su pelaje contra la piel de la humana.
— Pero eso si, no me vuelvas a llamar gato. — añadió dándole un pequeño coletazo en la espalda, no para hacerle daño, sino como el que usaría para corregir a un joven mink que se había comportado mal. — Ni que un gato estuviese siqueira cerca de estar a mi altura...
Kibai se permitió el continuar en aquella posición con Kagura un rato más. Lo cierto era que el olor de la joven no era para nada desagradable, mucho más facil de tolerar que el de la mayoría de los marineros del Swift, aunque solo fuese en parte por ser una mujer, quería sospechar el mink.
En cierto momento, echó la mirada hacia el cielo nocturno, comprobando cuanto podía faltar hasta el amanecer. No quería convertirse de nuevo en el blanco de tiro del oficial de cubierta, ni tampoco que a la joven la regañasen por habere desaparecido mucho tiempo.
— Kagura, creeme que me lo he pasado muy bien hoy, pero no desearía que de repente saliesen del pueblo con antorchas y horcas a rescatarte por llevar tantas horas aquí. Te parece bien que te acompañe de vuelta a tu casa? Aún está bastante oscuro, no quiero que te pierdas en el camino de regreso.
El mink se puso en pie, alargando una mano hacia la joven con una agradable sonrisa dibujada en el rostro.
— Además, admito que la idea de escoltar a una dama de vuelta a su casa es algo con lo que perfectamente puedo comulgar, si es que la susodicha dama acepta mi petición claro está.
