25-08-2026, 10:35 PM
Moja ni pestañeó al ver al chaval desplomarse contra las tablas con el estruendo de una fruta madura estrellándose contra el barro. Se quedó en el umbral un segundo, con la correa del maletín apretándole el hombro y la mirada fija en el birkaniano, que intentaba disimular el golpe soltando tonterías sobre la limpieza del suelo.
No dijo nada. Ni una broma, ni un suspiro. Avanzó dos pasos con las botas pesadas crujiendo sobre la madera, soltó el botiquín de cuero en una silla coja que había junto a la cama y se agachó al lado de Masami. Lo agarró de la axila con la garra firme pero sin brusquedad innecesaria y lo levantó a pulso del suelo, dejándolo sentado de nuevo en la orilla del jergón.
-Suéltate la ropa- soltó Moja con su voz rasposa y corta, sin mirarle a los ojos.
Moja simplemente le apartó la mano con un gesto seco y le apartó la tela de la túnica hasta dejarle al aire el abdomen. La cicatriz con forma de almohadilla del viejo Pawurs estaba ahí, feúcha, hinchada y con los bordes enrojecidos por la humedad del clima celestial.
Moja abrió las hebillas del maletín. Sacó un frasco de cristal oscuro, un trozo de gasa limpia y la lata de grasa de ballena. Tapó el frasco, mojó el trapo en el alcohol concentrado y, sin previo aviso, se lo plantó directamente sobre la incisión.
-Cállate y aguanta- masculló al ver que el chico se tensaba por el picor.
Limpió la herida con movimientos metódicos y precisos, retirando el sudor y la suciedad acumulada. Comprobó con la punta de dos dedos que no hubiera pus ni infección interna presionando alrededor de la cicatriz. Cuando vio que el corte estaba limpio, untó una capa fina de la pomada con la espátula de madera y comenzó a vendarle el torso con firmeza, dando tres vueltas apretadas con el lino hasta rematar la venda con un nudo doble en el costado.
-La herida está bien. Es la extracción. Tu cuerpo no sabe dónde tiene el equilibrio. Tarda unos días- dijo Moja, rompiendo su propio silencio mientras guardaba el frasco de alcohol y cerraba la lata de golpe.
Volvió a meter todo en el maletín. Se puso en pie, ajustándose la pechera del uniforme con un tironazo brusco y se colgó la correa de cuero al hombro. Miró al muchacho un segundo desde arriba, con la visera de la gorra ocultándole media cara.
-Quédate tumbado. No hagas el idiota.-
Dio media vuelta y caminó hacia la salida. Al cruzar el umbral y empujar la puerta de madera, el maletín tropezó levemente contra el marco. Con el enganche y el movimiento, un cuaderno pequeño de tapas de cuero desgastado por la humedad se escurrió del bolsillo exterior de la bolsa, cayendo al suelo sin hacer apenas ruido sobre la estera de la entrada. Moja, concentrado en ajustar su paso y pensando en la siguiente guardia, no se dio cuenta de la pérdida y continuó calle abajo, dejando atrás la casa en penumbra.
No dijo nada. Ni una broma, ni un suspiro. Avanzó dos pasos con las botas pesadas crujiendo sobre la madera, soltó el botiquín de cuero en una silla coja que había junto a la cama y se agachó al lado de Masami. Lo agarró de la axila con la garra firme pero sin brusquedad innecesaria y lo levantó a pulso del suelo, dejándolo sentado de nuevo en la orilla del jergón.
-Suéltate la ropa- soltó Moja con su voz rasposa y corta, sin mirarle a los ojos.
Moja simplemente le apartó la mano con un gesto seco y le apartó la tela de la túnica hasta dejarle al aire el abdomen. La cicatriz con forma de almohadilla del viejo Pawurs estaba ahí, feúcha, hinchada y con los bordes enrojecidos por la humedad del clima celestial.
Moja abrió las hebillas del maletín. Sacó un frasco de cristal oscuro, un trozo de gasa limpia y la lata de grasa de ballena. Tapó el frasco, mojó el trapo en el alcohol concentrado y, sin previo aviso, se lo plantó directamente sobre la incisión.
-Cállate y aguanta- masculló al ver que el chico se tensaba por el picor.
Limpió la herida con movimientos metódicos y precisos, retirando el sudor y la suciedad acumulada. Comprobó con la punta de dos dedos que no hubiera pus ni infección interna presionando alrededor de la cicatriz. Cuando vio que el corte estaba limpio, untó una capa fina de la pomada con la espátula de madera y comenzó a vendarle el torso con firmeza, dando tres vueltas apretadas con el lino hasta rematar la venda con un nudo doble en el costado.
-La herida está bien. Es la extracción. Tu cuerpo no sabe dónde tiene el equilibrio. Tarda unos días- dijo Moja, rompiendo su propio silencio mientras guardaba el frasco de alcohol y cerraba la lata de golpe.
Volvió a meter todo en el maletín. Se puso en pie, ajustándose la pechera del uniforme con un tironazo brusco y se colgó la correa de cuero al hombro. Miró al muchacho un segundo desde arriba, con la visera de la gorra ocultándole media cara.
-Quédate tumbado. No hagas el idiota.-
Dio media vuelta y caminó hacia la salida. Al cruzar el umbral y empujar la puerta de madera, el maletín tropezó levemente contra el marco. Con el enganche y el movimiento, un cuaderno pequeño de tapas de cuero desgastado por la humedad se escurrió del bolsillo exterior de la bolsa, cayendo al suelo sin hacer apenas ruido sobre la estera de la entrada. Moja, concentrado en ajustar su paso y pensando en la siguiente guardia, no se dio cuenta de la pérdida y continuó calle abajo, dejando atrás la casa en penumbra.
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