31-08-2026, 06:39 AM
(Última modificación: 31-08-2026, 06:39 AM por Hyákinthos.)
La misma vestimenta que en el evento
Observó con atención la extracción de las frutas, la eliminación de aquel poder…No era lo que esperaba. No fue como una operación, no en sus libros al menos, si no que, más bien, le pareció un exorcismo, la eliminación de una parte de la esencia viva de aquellos que dieron un paso al frente para separarse de aquellos poderes extraños. No podía saber si era doloroso o no, no en carne propia, por supuesto, pero podía asumirlo con solo ver cómo los que pasaron al centro de la arena se fueron desvaneciendo uno a uno.
Primero se preocupó por María, pues ver a su ingreso de emergencia caer inconsciente le provocó una punzada en su pecho que lo hizo querer moverse hacia donde estaba ella, pero casi enseguida vio que Maki la ayudó a no tocar el suelo, mientras tanto, él tenía un problema más grave.
El sol se ensombreció y al inicio creyó que era solo una nube; sin embargo, al mirar hacia arriba vio al enorme buccaneer a punto de caer sobre él.
—Debe ser una broma —. Se apartó con rapidez para darle espacio para caer “cómodamente” al suelo y solo cuando escuchó el sonido seco del cuerpo contra la arena, recordó algo importante. —¡Mierda! Se supone que le preguntaría sobre… ¡Agh…!
El médico se inclinó a un lado del hombre, pasó su mano frente a sus ojos e incluso le dio un par de golpecitos en la frente, lo que habría sido suficiente para hacer que cualquiera despertara en circunstancias normales, pero no…eso no pasó. Suspiró y empezó a pensar en como hacer para moverlo hacia un sitio en donde pudiera vigilarlo hasta despertar.
Las palabras del emperador “Zukaritas” fueron su salvación, pues las residencias temporales que les ofreció estaban más cerca de la arena de juegos de lo que estaba el Royal Flush, además, mover al buccaneer hasta el sitio no fue demasiado complicado considerando que el camino no atravesaba un bosque y, claro, también podía pensarlo porque no fue él quien cargó con el peso del hombre, si no aquellos birkinianos a los que, con algo de encanto, convenció para que lo ayudaran en dicha tarea…como si él no fuera capaz de hacerlo por su cuenta, aunque…ahora prefería evitar la fatiga.
La habitación a la que llegaron era amplia, incluso la cama estaba bien acomodada para alguien del tamaño del buccaneer cuyo nombre no recordaba, pero sin importar la comodidad que los rodeara, algo inquietaba al médico: ¿En cuánto tiempo despertaría aquel hombre? No podía quedarse así todo el día ¿O sí? Bueno, había visto a personas dormir hasta el día siguiente cuando estaban demasiado agotados, así que, técnicamente, no debería sorprenderlo, pero la paciencia nunca fue su fuerte.
—Si no despiertas en una hora, te obligaré a hacerlo —. Espetó antes de salir de la habitación para rebuscar algo de alcohol, vinagre o amoniaco, lo que sea que hubiera en esa vivienda que lo ayudara a estimular el sistema nervioso de manera rápida.
Después de un rato consiguió varios insumos médicos que pensaba usar en cuanto el otro hombre despertara, regresó a la habitación con ellos y aunque su idea era vigilar al buccaneer, lo cierto es que la silla en la que se sentó era bastante cómoda y el aire fresco que entraba por la ventana lo hacía cerrar sus ojos cada tanto, aunque intentaba no quedarse dormido, por ello sacó del bolsillo de su túnica un frasco con perfume de menta que olía cada tanto hasta que…
Un grito lo hizo saltar en su asiento y soltar el pequeño frasco que habría caído al suelo de no ser porque sus reflejos se interpusieron antes de que eso pasara. Su corazón se aceleró, pero al mirar a la cama descubrió al responsable de su susto.
—Ah, despertaste por fin —. Habló ya más calmado mientras se ponía de pie y caminaba hacia un lado de la cama. —No deberías sostenerte así el abdomen, si lo haces solo te dolerá más… ¿Hola? ¿Me estas escuchando? —Le preguntó al ver que el otro hombre solo se dedicaba a mirar alrededor, como si quisiera estudiar la habitación.
El médico se alejó un par de pasos, tomó el botiquín improvisado que había hecho con las cosas que encontró en esa casa y sacó de este un frasco ambarino del que sirvió, en un cucharilla, grande para él, aunque seguro pequeño para el “herido”, un líquido traslucido, pero con una coloración entre marrón y rojiza que no se veía para nada apetitoso.
—Es láudano…tómalo, te ayudará para el dolor. Tienes suerte de que haya podido conseguir un poco en la cocina de esta vivienda —. Le extendió la cuchara, creyendo que podría servirse por su cuenta. —Empezarás a sentirte mejor en 15 o 30 minutos, así que adelante —. Esperó a que el otro hombre tomara la cuchara y luego se sentó en la cómoda silla en la que estaba antes, con las piernas cruzadas y en una posición relajada, confiado en que el remedio funcionaría…aunque nunca lo había probado en alguien a quien le acababan de extraer un “demonio”.
Botiquín. Abrir solo en casos de emergencia
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