07-09-2026, 09:24 AM
Estoy en mi despacho, con los pies sobre la mesa de roble desgastado y una copa de whisky entre los dedos, mientras hago girar una daga corta sobre la palma abierta de mi mano derecha, dejándola caer y volviéndola a atrapar por el mango una y otra vez casi sin mirarla, cuando el den den mushi del portero empieza a sonar con insistencia molesta. Lo cojo al segundo tono, sin prisa, dejando que el aparato repique una vez más antes de responder — “Habla” — digo, y la voz al otro lado, entrecortada por el ruido de la calle, me suelta un nombre que no esperaba escuchar esta noche: Taito. Colado dentro por dos de mis hombres a saber bajo que excusa o engaño, par de idiotas. Dejo la copa sobre la mesa sin terminarla mientras reconozco el nombre al instante; no hace falta que nadie me explique quién es, ese nombre ha corrido por suficientes bocas a lo largo y ancho de Kutsukku como para que hasta en un agujero como Pinion se sepa quién carga con él, y me pregunto qué demonios hace alguien así colándose en mi antro con dos idiotas de escolta. Por un segundo pienso que podría ser un problema, que venga buscando algo, que su fama esconda intenciones que no me convengan, y aprieto el mango de la daga un poco más fuerte entre los dedos. Pero cuanto más lo pienso, sentado ahí solo en la penumbra del despacho, más me gusta la otra posibilidad que la suerte carga. Alguien con esa reputación, ese nombre, esos contactos y esa fortuna que se le supone, en mi situación actual… podría venirme de perlas tenerle cerca, o endeudado a mi favor. Me levanto, guardándome la daga en la manga antes de cruzar los pocos metros que separan mi mesa de la puerta, y salgo al pasillo suspendido, apoyando ambas manos sobre la barandilla metálica mientras lo busco con la mirada entre el gentío de la planta baja, cinco metros más abajo y unos veinte metros en diagonal desde donde estoy. No tardo en encontrarlo, pidiendo en la barra con el par de idiotas que parecen estar de suerte el día de hoy, si la noche termina en algo productivo me planteare no rajarles el cuello. Lo sigo con los ojos un buen rato, lo suficiente para verlo invitar a mis dos hombres a un par de rondas, verlos beber y soltar la lengua como los pelagatos que son, ajenos por completo a que los estoy observando desde arriba, y ajenos también a que tienen a su lado a alguien que probablemente vale más que los treinta demonios juntos. Mientras a mi lado, en silencio, una de las chicas espera instrucciones sin necesidad de que se las pida en voz alta. Le doy una nalgada firme antes de hablar, encaminándola hacia la escalera con la mano todavía puesta ahí un segundo de más – “Baja y tráelo aquí.” – le digo, y la observo bajar los escalones metálicos uno a uno, con un contoneo de culo delicioso hasta perderse entre la gente que se apiña alrededor del ring, en dirección a la barra donde él sigue con la copa en la mano.
Pasan varios minutos antes de que los vea aparecer de nuevo al pie de la escalera y empezar a subir. Me quedo esperando frente a la puerta de mi despacho, con la otra chica a mi lado, y en cuanto lo tengo a menos de dos metros de distancia, con el pasillo metálico vibrando levemente bajo nuestros pies y el rugido del combate llegando amortiguado desde la planta baja, extiendo la mano hacia él sin dudarlo, cerrando el apretón con firmeza mientras mis ojos se van directos al anillo de oro que lleva en el dedo antes que a su cara – “Taito, ¿verdad? Te estaba esperando desde que cruzaste la entrada de mi recinto” – digo, señalando con la cabeza hacia la entrada, treinta metros más abajo y al fondo del recinto, apenas visible entre el gentío – “menos mal que por una puta vez uno de esos inútiles ha hecho algo de provecho en su miserable vida, aunque sea de pura casualidad” – añado, sin soltarle aún la mano, calculando ya, tras esa sonrisa que nunca me cuesta poner, cuánto puedo sacarle a este hallazgo antes de que se me escape entre los dedos. Llevo años rodeado de la misma basura reciclada, los mismos subnormales con cara de pez que no saben ni sumar, y de repente aparece alguien que por fin puede serme útil, ahora toca no cagarla – “Ven, que aquí se habla mal de negocios con tanto ruido” – digo, soltando por fin su mano y girándome hacia la puerta del despacho, a menos de dos metros sobre el pasillo suspendido. Antes de entrar, chasqueo los dedos hacia las dos chicas, sin dedicarles una sola mirada – “Traigan algo de beber para mí y mi invitado. Y ni se les ocurra pensar en traer ese puto elissir de mierda, que esa bazofia es solo para idiotas pretenciosos que no distinguen un buen whisky ni aunque se ahoguen en él” —ordeno, y las veo apartarse de inmediato hacia la escalera, sus tacones resonando contra el metal del pasillo hasta perderse escaleras abajo. Empujo la puerta de madera maciza con la palma abierta, sosteniéndola el tiempo justo para que Taito pase primero al interior del despacho que mide apenas lo justo para no sentirnos apretados y a la vez dejo caer una pregunta con curiosidad – “Dime, Taito... ¿te apetece apostar cincuenta mil berries al siguiente combate?”
Pasan varios minutos antes de que los vea aparecer de nuevo al pie de la escalera y empezar a subir. Me quedo esperando frente a la puerta de mi despacho, con la otra chica a mi lado, y en cuanto lo tengo a menos de dos metros de distancia, con el pasillo metálico vibrando levemente bajo nuestros pies y el rugido del combate llegando amortiguado desde la planta baja, extiendo la mano hacia él sin dudarlo, cerrando el apretón con firmeza mientras mis ojos se van directos al anillo de oro que lleva en el dedo antes que a su cara – “Taito, ¿verdad? Te estaba esperando desde que cruzaste la entrada de mi recinto” – digo, señalando con la cabeza hacia la entrada, treinta metros más abajo y al fondo del recinto, apenas visible entre el gentío – “menos mal que por una puta vez uno de esos inútiles ha hecho algo de provecho en su miserable vida, aunque sea de pura casualidad” – añado, sin soltarle aún la mano, calculando ya, tras esa sonrisa que nunca me cuesta poner, cuánto puedo sacarle a este hallazgo antes de que se me escape entre los dedos. Llevo años rodeado de la misma basura reciclada, los mismos subnormales con cara de pez que no saben ni sumar, y de repente aparece alguien que por fin puede serme útil, ahora toca no cagarla – “Ven, que aquí se habla mal de negocios con tanto ruido” – digo, soltando por fin su mano y girándome hacia la puerta del despacho, a menos de dos metros sobre el pasillo suspendido. Antes de entrar, chasqueo los dedos hacia las dos chicas, sin dedicarles una sola mirada – “Traigan algo de beber para mí y mi invitado. Y ni se les ocurra pensar en traer ese puto elissir de mierda, que esa bazofia es solo para idiotas pretenciosos que no distinguen un buen whisky ni aunque se ahoguen en él” —ordeno, y las veo apartarse de inmediato hacia la escalera, sus tacones resonando contra el metal del pasillo hasta perderse escaleras abajo. Empujo la puerta de madera maciza con la palma abierta, sosteniéndola el tiempo justo para que Taito pase primero al interior del despacho que mide apenas lo justo para no sentirnos apretados y a la vez dejo caer una pregunta con curiosidad – “Dime, Taito... ¿te apetece apostar cincuenta mil berries al siguiente combate?”
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Antro de Reiza
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