07-09-2026, 09:41 AM
El chaval bajó del tejado con una soltura similar a la de un gato y se plantó a dos metros del pozo, con las manos en los bolsillos y el cuello torcido hacia arriba para mirarle sin romperse la nuca. Hanma no se movió del sitio. Sostenía la bola de arroz en alto frente a una plaza sorda, y escuchó la ocurrencia del muchacho sin pestañear: -Osea que papá te abandonó y ahora lo estás buscando...-. En boca de otro aquello habría valido un revés para partirle la crisma y probablemente parte de la columna, pero Hanma tenía el pellejo curtido: su padre le había dejado tirado y él no maquillaba la verdad. Si el viejo se había largado, se había largado con todo lo que ello conllevaba y por ello le buscaba. Lo que sí le hizo arquear una ceja fue lo que vino detrás: el crío no quería comida regalada, prefería que le cocinase, y acto seguido le proponía unirse a él como si fichara a un peón de taberna. Hanma no le rogaba a nadie para que comiera. Sin perder tiempo con melindres, se metió la bola entera en la bocaza, la trituró de dos bocados y se la tragó de golpe, limpiándose un grano con el pulgar. El que le hacía ascos a un bocado caliente antes de catarlo no sabía lo que valía la comida.
-Únete a mí, dice el renacuajo.- A Hanma se le escapó un --Garararara- cavernoso que le nació desde lo mas profundo de su ser y rebotó contra los dojos, haciendo que los aprendices de las ventanas recularan a la sombra. La risa no tenía veneno, pero quien la vociraba era un ser que probablemente podria derribar las casas de alli de mirarles mal. El cuadro tenía su miga y era para estudiarlo y exponerlo en un museo: un chavalín de ¿diecisiete años? que apenas le llegaba a la espinilla, con dos guanteletes como dedales de chatarra, plantándose en mitad de la calle para ofrecerle empleo de matón y cocinero. ¿Tumbar puertas de tamaño regular? Hanma miró la entrada del dojo más cercano y resopló por la nariz. Si él cruzaba una puerta de esas, se llevaba por delante el marco, el dintel y media viga solo con no agachar los cuernos a tiempo. No necesitaba que ningún pincher le abriera paso en sitios donde no cabía ni puesto de canto.
Y para remate, el crío señalaba hacia arriba con el mentón y daba permiso con una generosidad ridícula: -Y la rata también puede venir-. Ratatouille, encaramada en su hombro, asomó el hocico entre la melena cobriza, ladeó la cabeza dejando ver el parche de cuero negro y soltó un siseo irritado de pequeña fiera de alcantarilla, cuidado con la rata. Hanma no apartó la vista del muchacho. Aquel bicho se había ganado su sitio a mordiscos en almacenes de gigantes y aguantaba el trote de un oni sin pestañear; tenía más cicatrices y más tablas que la mitad de los que presumían de cinturón negro en aquella isla. No necesitaba que un mocoso con las rodillas peladas le extendiera un salvoconducto para viajar en su hombro.
-Mira, retaco. No he tenido dueño en mi vida y no voy a empezar con uno que tenga que subirse a dos cajas de fruta para hablarme al ombligo. El que mande sobre mí no ha nacido, y si nació, ya estará criando malvas o me lo habré comido con patatas. No soy el perro de nadie, ni tumbo puertas por encargo.- La voz le salió baja, sin embargo no dejó de hablar ni un segundo, cargada de esa certeza que no admite réplica. La mano de Kai seguía en el aire, firme, esperando el choque. Y el crío había soltado lo único que importaba: conocía a un gigante. Hanma inclinó el torso hacia adelante, cubriendo al muchacho bajo su sombra. No le apartó el brazo de un golpe. Con calma bajo su enorme mano y cerró dos dedos el pulgar y el índice, gruesos como dos troncos de arbol, sobre el guantelete de Kai, atrapándole la mano en una pinza que apenas dejaba ver parte del brazo del joven. No apretó para quebrar, pero dejó caer el peso justo para dejar claro que aquello no era un juego. -Has dicho que conoces a un gigante. Por esa frase no te mando a volar al tejado de enfrente. Si quieres probar mi cocina, te la vas a ganar con la lengua: dime cómo se llama ese gigante, qué pinta tiene y dónde carajos lo viste. Si la pista es buena y me lleva a Akuma, o mas bien si al menos es verdad lo del gigante, podemos caminar la misma calle un rato y ya veremos si tus guantes aguantan lo que prometen. Pero como me estés vendiendo humo...- Apretó una pizca más, lo justo. -...vas a aprender por las malas por qué a las piedras no se les toma el pelo.-
-Únete a mí, dice el renacuajo.- A Hanma se le escapó un --Garararara- cavernoso que le nació desde lo mas profundo de su ser y rebotó contra los dojos, haciendo que los aprendices de las ventanas recularan a la sombra. La risa no tenía veneno, pero quien la vociraba era un ser que probablemente podria derribar las casas de alli de mirarles mal. El cuadro tenía su miga y era para estudiarlo y exponerlo en un museo: un chavalín de ¿diecisiete años? que apenas le llegaba a la espinilla, con dos guanteletes como dedales de chatarra, plantándose en mitad de la calle para ofrecerle empleo de matón y cocinero. ¿Tumbar puertas de tamaño regular? Hanma miró la entrada del dojo más cercano y resopló por la nariz. Si él cruzaba una puerta de esas, se llevaba por delante el marco, el dintel y media viga solo con no agachar los cuernos a tiempo. No necesitaba que ningún pincher le abriera paso en sitios donde no cabía ni puesto de canto.
Y para remate, el crío señalaba hacia arriba con el mentón y daba permiso con una generosidad ridícula: -Y la rata también puede venir-. Ratatouille, encaramada en su hombro, asomó el hocico entre la melena cobriza, ladeó la cabeza dejando ver el parche de cuero negro y soltó un siseo irritado de pequeña fiera de alcantarilla, cuidado con la rata. Hanma no apartó la vista del muchacho. Aquel bicho se había ganado su sitio a mordiscos en almacenes de gigantes y aguantaba el trote de un oni sin pestañear; tenía más cicatrices y más tablas que la mitad de los que presumían de cinturón negro en aquella isla. No necesitaba que un mocoso con las rodillas peladas le extendiera un salvoconducto para viajar en su hombro.
-Mira, retaco. No he tenido dueño en mi vida y no voy a empezar con uno que tenga que subirse a dos cajas de fruta para hablarme al ombligo. El que mande sobre mí no ha nacido, y si nació, ya estará criando malvas o me lo habré comido con patatas. No soy el perro de nadie, ni tumbo puertas por encargo.- La voz le salió baja, sin embargo no dejó de hablar ni un segundo, cargada de esa certeza que no admite réplica. La mano de Kai seguía en el aire, firme, esperando el choque. Y el crío había soltado lo único que importaba: conocía a un gigante. Hanma inclinó el torso hacia adelante, cubriendo al muchacho bajo su sombra. No le apartó el brazo de un golpe. Con calma bajo su enorme mano y cerró dos dedos el pulgar y el índice, gruesos como dos troncos de arbol, sobre el guantelete de Kai, atrapándole la mano en una pinza que apenas dejaba ver parte del brazo del joven. No apretó para quebrar, pero dejó caer el peso justo para dejar claro que aquello no era un juego. -Has dicho que conoces a un gigante. Por esa frase no te mando a volar al tejado de enfrente. Si quieres probar mi cocina, te la vas a ganar con la lengua: dime cómo se llama ese gigante, qué pinta tiene y dónde carajos lo viste. Si la pista es buena y me lleva a Akuma, o mas bien si al menos es verdad lo del gigante, podemos caminar la misma calle un rato y ya veremos si tus guantes aguantan lo que prometen. Pero como me estés vendiendo humo...- Apretó una pizca más, lo justo. -...vas a aprender por las malas por qué a las piedras no se les toma el pelo.-
