08-09-2026, 11:54 AM
Escucho la propuesta de Taito con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyado contra el borde de la mesa, y dejo que hable hasta el final antes de contestar nada. Ser el segundo al mando – “sin problema” – pienso, hacerle presentación oficial – “esta chupado, ahora resuelvo eso” – me digo a mí mismo, la deuda resuelta de golpe – “correcto, faltaría menos” – me emociono ante el cambio de suerte; todo suena tan bien que casi me da vergüenza lo fácil que está siendo esto… casi. “Treinta, no cincuenta” – corrijo los números de Taito, con media sonrisa – “aunque Reizā y los Cien Demonios suena mejor, tiene más caché.” – le digo, presionando a quien será el segundo al mando a demostrar su poder adquisitivo. Cuando pregunta por una sala aparte, por una parte de atrás, ladeo la cabeza apenas un poco y arqueo las cejas en dirección a la puerta, sin decir nada más al respecto – “Lo que tengo de valor en este sitio está escondido a simple vista, si sabes dónde buscar.” – le digo a alguien que estoy seguro entiende perfectamente a que me refiero – “Sobre tus condiciones, cuanto antes lo hagamos, mejor” —le digo, incorporándome y rodeando la mesa con los cincuenta mil berries en mano, contándolo por encima una vez más por costumbre y metiéndolo en uno de los bolsillos de mi pantalón.
Abro la puerta del despacho de un tirón, dejando que el ruido del segundo combate irrumpa de golpe en el despacho. El rugido de la multitud ya lleva un rato en ‘crescendo’, el chirrido de las cuerdas del ring tensándose con cada movimiento de los combatientes llega incluso hasta aquí, y le hago un gesto con la cabeza a Taito para que me siga – “Vamos a Demonizarte” – digo, sin mirar atrás, asumiendo de que me seguirá a fuera. Caminamos los pocos metros hasta la barandilla del pasillo suspendido, y desde ahí, cinco metros sobre la planta baja, el ring queda completamente a la vista con los dos nuevos combatientes rodeándose despacio, cuchillo en mano, y bajo sus pies, en el centro exacto del cuadrilátero, las dos secciones circulares de la lona por las que ya subieron ambos al inicio del combate. Cerradas ahora, a ras de suelo, sin una sola rendija visible salvo el contorno metálico que las delimita valiéndose del mismo mecanismo que minutos antes tardó varios segundos en devolverlos a la superficie, tras haber bajado cinco metros por debajo del nivel del ring.
Alzo el micrófono que agarro de la barandilla donde lo había dejado y lo acerco a mi boca, apoyando el codo sobre la barandilla – “¡Demonios!”— grito, y el combate no se detiene, pero sí bajan un poco las voces alrededor, los treinta hombres repartidos entre la barra y el perímetro del ring girando la cabeza hacia el balcón casi al unísono – “esta noche empieza algo grande. Este señor de aquí” – exclamo y señalo a Taito con la mano libre – “es mi nuevo segundo al mando. Estoy seguro de que todos aquí han oído su nombre por todo Kutsukku pero, igualmente, ¡les presento a…” – y ahí hundo la otra mano en el bolsillo de mi pantalón y lanzo el puñado entero de berries hacia abajo, billetes y monedas cayendo en abanico desde los cinco metros de altura, dispersándose en un radio de varios metros sobre las cabezas de quienes rodean el ring más cerca de la barra – “…Taito!”. El caos es instantáneo, decenas de manos se alzan al mismo tiempo y los empujones y gritos no se hacen esperar con todos mis subordinados lanzándose a por el dinero que revolotea en el aire. Uno de los dos combatientes, distraído por el aluvión de billetes que cae justo a un lado del ring, gira la cabeza hacia arriba, y su rival, sin dudarlo, aprovecha el hueco para clavarle el arma entre las costillas de lleno, el grito quedando casi ahogado por el rugido de la multitud peleándose por los berries en el suelo – “JAJAJA” – me rio ante la escena que marca el inicio del fin de esta era demoniaca.
Abro la puerta del despacho de un tirón, dejando que el ruido del segundo combate irrumpa de golpe en el despacho. El rugido de la multitud ya lleva un rato en ‘crescendo’, el chirrido de las cuerdas del ring tensándose con cada movimiento de los combatientes llega incluso hasta aquí, y le hago un gesto con la cabeza a Taito para que me siga – “Vamos a Demonizarte” – digo, sin mirar atrás, asumiendo de que me seguirá a fuera. Caminamos los pocos metros hasta la barandilla del pasillo suspendido, y desde ahí, cinco metros sobre la planta baja, el ring queda completamente a la vista con los dos nuevos combatientes rodeándose despacio, cuchillo en mano, y bajo sus pies, en el centro exacto del cuadrilátero, las dos secciones circulares de la lona por las que ya subieron ambos al inicio del combate. Cerradas ahora, a ras de suelo, sin una sola rendija visible salvo el contorno metálico que las delimita valiéndose del mismo mecanismo que minutos antes tardó varios segundos en devolverlos a la superficie, tras haber bajado cinco metros por debajo del nivel del ring.
Alzo el micrófono que agarro de la barandilla donde lo había dejado y lo acerco a mi boca, apoyando el codo sobre la barandilla – “¡Demonios!”— grito, y el combate no se detiene, pero sí bajan un poco las voces alrededor, los treinta hombres repartidos entre la barra y el perímetro del ring girando la cabeza hacia el balcón casi al unísono – “esta noche empieza algo grande. Este señor de aquí” – exclamo y señalo a Taito con la mano libre – “es mi nuevo segundo al mando. Estoy seguro de que todos aquí han oído su nombre por todo Kutsukku pero, igualmente, ¡les presento a…” – y ahí hundo la otra mano en el bolsillo de mi pantalón y lanzo el puñado entero de berries hacia abajo, billetes y monedas cayendo en abanico desde los cinco metros de altura, dispersándose en un radio de varios metros sobre las cabezas de quienes rodean el ring más cerca de la barra – “…Taito!”. El caos es instantáneo, decenas de manos se alzan al mismo tiempo y los empujones y gritos no se hacen esperar con todos mis subordinados lanzándose a por el dinero que revolotea en el aire. Uno de los dos combatientes, distraído por el aluvión de billetes que cae justo a un lado del ring, gira la cabeza hacia arriba, y su rival, sin dudarlo, aprovecha el hueco para clavarle el arma entre las costillas de lleno, el grito quedando casi ahogado por el rugido de la multitud peleándose por los berries en el suelo – “JAJAJA” – me rio ante la escena que marca el inicio del fin de esta era demoniaca.
Resumen
Hide
Antro de Reiza
Turno

![[Imagen: j6iwRAk.jpeg]](https://i.imgur.com/j6iwRAk.jpeg)