09-09-2026, 04:10 PM
El rugido de la multitud sigue sin apagarse del todo y compite directamente con la música electrónica de fondo que no se detiene junto con los gritos de quienes todavía se pelean por los últimos billetes desperdigados por el suelo. Mientras, en el centro del ring, el combatiente apuñalado sigue tendido donde cayó, desangrándose, y su rival se desentiende de este, cuchillo todavía en la mano, más pendiente del dinero que de rematar lo que ha empezado. Nada de esto es relevante para mí, por supuesto, yo estoy cerrando el trato que cambiara mi destino. Escucho a Taito a mi lado, todavía con la sonrisa puesta quien se desvive en halagos ante mi inmaculada presencia y no puedo evitar hincharme un poco más con el halago, aunque no lo demuestre del todo. Taito sigue hablando sobre su plan el cual involucra llevarse a los hombres, pagarles en un sitio discreto, seleccionar a los más aptos, y en menos de doce horas duplicar los treinta Demonios. Me gusta cómo suena… me encanta el plan, es perfecto. Me gusta más todavía que sea él quien se encargue del trabajo sucio mientras yo me quedo aquí arriba disfrutando del espectáculo que acabo de montar. Me tiende la mano para despedirse y suelto una carcajada corta antes de estrecharle la mano de vuelta y mantengo el fuerte agarre aprovechando el apretón para acercarme un poco más y susurrar a su oído – “El código de las plataformas es cuatro, dos, siete, uno. Aprovecha ese espacio, yo bajaré cuando hayas pagado a todos.” – tras lo cual suelto el agarre de su mano, sonrió, y con la otra mano, me llevo los dedos al bolsillo del pantalón y saco apenas lo justo para que se vea el borde de una llave pequeña y brillante antes de volver a guardarla – “Los tesoros del inframundo están bien resguardados, igualmente.” – añado dejándolo bajar solo por las escaleras metálicas sin barandal.
Me quedo apoyado en la barandilla del pasillo suspendido, cinco metros por encima de la planta baja, viéndolo cruzar la sala hasta llegar a la barra donde siguen los dos subordinados, con la lengua bastante más trabada que antes por el alcohol acumulado. En cuanto les pone las manos sobre los hombros y les suelta lo del pago inmediato, veo a ambos soltar un grito de júbilo casi al mismo tiempo, y la noticia corre entre la multitud como pólvora encendida lo cual genera un ambiente que hacía mucho tiempo no se sentía en el antro. Sonrío al ver la escena, con los brazos cruzados sobre la barandilla, mientras mis subordinados sacan a todos los que no son un Demonio del antro y quedan solo veintinueve de mis hombres (el demonio treinta ya espera en el sótano) y me doy la vuelta hacia mi despacho, dejando que Taito se las apañe solo con lo que le queda por delante. En cuestión de un minuto, los veintinueve Demonios repartidos por toda la planta baja empiezan a converger hacia el ring, muchos de ellos ya visiblemente más borrachos que sobrios, dándose palmadas en la espalda unos a otros y coreando el nombre de Taito entre risas, eufóricos con la idea de que su suerte acaba de cambiar de la nada tras semanas sin cobrar un solo berry. El cuerpo en el centro del ring queda relegado a un simple bulto que dos de ellos apartan a rastras hacia una esquina como si de un muñeco de trapo se tratara, mientras el resto se organiza en una fila irregular junto al cuadrilátero, empujándose entre risas por conseguir un lugar más cerca del frente. El subordinado más grande de los dos que acompañaron a Taito desde el principio se abre paso hasta quedar junto a él, ofreciéndose a guiarlo hasta el mecanismo de las plataformas sin que nadie se lo pida dos veces, señalando con la mano el camino entre el gentío hacia el centro del cuadrilátero.
A menos de tres metros de distancia, las dos plataformas circulares siguen cerradas a ras de suelo, un pequeño panel metálico visible bajo el borde de una de ellas, del tamaño de una palma, con cuatro diales numerados. De marcarse ahí el código que le he dado a Taito, el mecanismo respondería con el mismo chirrido grave que ya sonó antes en la sala, y la plataforma comenzaría a hundirse bajo los pies de quien esté sobre ella, tragándose la luz amarilla del antro poco a poco hasta dejarlo completamente a oscuras durante un par de segundos, el ruido de la música y la multitud reduciéndose a un murmullo sordo por encima de la cabeza, mientras desciende los cinco metros que separan el ring del sótano. Al llegar hasta abajo, la plataforma se detendría con un golpe seco contra un tope metálico, y una luz mortecina, de un par de lámparas de aceite colgadas de la pared, iluminaría lo suficiente como para distinguir un pasillo estrecho, de apenas metro y medio de ancho y unos cinco metros de largo y hacia el final del pasillo se encontraría con que este se bifurca en dos direcciones: a la izquierda, una puerta de madera simple, entreabierta apenas unos centímetros, dejaría escapar un resplandor cálido y el sonido de una voz masculina que murmura algo ininteligible; a la derecha, otra puerta, esta cerrada del todo, en la que notaria que hay un panel para ingresar otro código y un candado que la mantiene cerrada a ajenos y extraños. La puerta izquierda dirige a una habitación de seis metros por cuatro, iluminada por dos focos incandescentes y, contra una de las paredes, múltiples ganchos sostienen media docena de cuchillos cortos, similares a los usados en los combates. Sobre una mesa que se alza apenas medio metro sobre el suelo en el centro de la sala hay varias botellas de licor a medio consumir junto a un pequeño montón de polvo blanco esparcido en varias líneas con una pajita de metal abandonada al lado. El único hombre que queda en la sala es uno de los demonios que hace de guardia de la sala de los combatientes de la noche quien ha estado pendiente de los acontecimientos de la noche y probablemente sería el primero en hablar, exigiendo saber si es cierto lo del pago antes que ninguna otra cosa.
Me quedo apoyado en la barandilla del pasillo suspendido, cinco metros por encima de la planta baja, viéndolo cruzar la sala hasta llegar a la barra donde siguen los dos subordinados, con la lengua bastante más trabada que antes por el alcohol acumulado. En cuanto les pone las manos sobre los hombros y les suelta lo del pago inmediato, veo a ambos soltar un grito de júbilo casi al mismo tiempo, y la noticia corre entre la multitud como pólvora encendida lo cual genera un ambiente que hacía mucho tiempo no se sentía en el antro. Sonrío al ver la escena, con los brazos cruzados sobre la barandilla, mientras mis subordinados sacan a todos los que no son un Demonio del antro y quedan solo veintinueve de mis hombres (el demonio treinta ya espera en el sótano) y me doy la vuelta hacia mi despacho, dejando que Taito se las apañe solo con lo que le queda por delante. En cuestión de un minuto, los veintinueve Demonios repartidos por toda la planta baja empiezan a converger hacia el ring, muchos de ellos ya visiblemente más borrachos que sobrios, dándose palmadas en la espalda unos a otros y coreando el nombre de Taito entre risas, eufóricos con la idea de que su suerte acaba de cambiar de la nada tras semanas sin cobrar un solo berry. El cuerpo en el centro del ring queda relegado a un simple bulto que dos de ellos apartan a rastras hacia una esquina como si de un muñeco de trapo se tratara, mientras el resto se organiza en una fila irregular junto al cuadrilátero, empujándose entre risas por conseguir un lugar más cerca del frente. El subordinado más grande de los dos que acompañaron a Taito desde el principio se abre paso hasta quedar junto a él, ofreciéndose a guiarlo hasta el mecanismo de las plataformas sin que nadie se lo pida dos veces, señalando con la mano el camino entre el gentío hacia el centro del cuadrilátero.
A menos de tres metros de distancia, las dos plataformas circulares siguen cerradas a ras de suelo, un pequeño panel metálico visible bajo el borde de una de ellas, del tamaño de una palma, con cuatro diales numerados. De marcarse ahí el código que le he dado a Taito, el mecanismo respondería con el mismo chirrido grave que ya sonó antes en la sala, y la plataforma comenzaría a hundirse bajo los pies de quien esté sobre ella, tragándose la luz amarilla del antro poco a poco hasta dejarlo completamente a oscuras durante un par de segundos, el ruido de la música y la multitud reduciéndose a un murmullo sordo por encima de la cabeza, mientras desciende los cinco metros que separan el ring del sótano. Al llegar hasta abajo, la plataforma se detendría con un golpe seco contra un tope metálico, y una luz mortecina, de un par de lámparas de aceite colgadas de la pared, iluminaría lo suficiente como para distinguir un pasillo estrecho, de apenas metro y medio de ancho y unos cinco metros de largo y hacia el final del pasillo se encontraría con que este se bifurca en dos direcciones: a la izquierda, una puerta de madera simple, entreabierta apenas unos centímetros, dejaría escapar un resplandor cálido y el sonido de una voz masculina que murmura algo ininteligible; a la derecha, otra puerta, esta cerrada del todo, en la que notaria que hay un panel para ingresar otro código y un candado que la mantiene cerrada a ajenos y extraños. La puerta izquierda dirige a una habitación de seis metros por cuatro, iluminada por dos focos incandescentes y, contra una de las paredes, múltiples ganchos sostienen media docena de cuchillos cortos, similares a los usados en los combates. Sobre una mesa que se alza apenas medio metro sobre el suelo en el centro de la sala hay varias botellas de licor a medio consumir junto a un pequeño montón de polvo blanco esparcido en varias líneas con una pajita de metal abandonada al lado. El único hombre que queda en la sala es uno de los demonios que hace de guardia de la sala de los combatientes de la noche quien ha estado pendiente de los acontecimientos de la noche y probablemente sería el primero en hablar, exigiendo saber si es cierto lo del pago antes que ninguna otra cosa.
Resumen
Aventura
Antro de Reiza
Turno

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