10-09-2026, 04:57 PM
En cuanto los pies de los veintinueve hombres y los de Taito entran en el pasillo sus pasos generan un eco rebotando contra las paredes de piedra y el aire cambia de golpe volviéndose más denso que arriba, cargado de un olor a sudor acumulado que no tenía la planta baja por la falta de ventilación. Cuando se acercan a la puerta entreabierta de la izquierda, el guardia que ya llevaba un buen rato esperando ahí abajo da un paso atrás al ver entrar de golpe a tanta gente, la mano yendo instintivamente hacia el cuchillo en su cinturón antes de reconocer las caras y bajar la guardia, sin entender del todo qué está pasando hasta que alguien, entre risas, le suelta lo del pago y termina por relajarle del todo. Entre todos, empujándose por el pasillo estrecho de metro y medio de ancho, los treinta hombres – veintinueve recién bajados más el guardia – avanzan hacia la puerta de la izquierda, la de la sala de los combatientes, mientras dos de ellos cargan entre risas e improperios a los dos combatientes drogados que seguían tirados contra la pared del fondo, sacándolos a rastras por debajo de los brazos y dejándolos recostados fuera, cerca de las plataformas de acceso, pero sin llegar a bloquearlas. Cinco metros por encima de sus cabezas, en el despacho suspendido sobre la barra, Reizā sigue sirviéndose otra copa sin la menor idea de lo que ocurre bajo sus pies, ajeno por completo, ya que ni el ruido de la música ni el de la multitud llegan hasta allí con la claridad suficiente como para delatar nada. Dentro de la sala de seis por cuatro metros, con los focos incandescentes proyectando sombras apretadas contra las paredes de piedra, los cuerpos de los demonios se aprietan unos contra otros sin lograr entrar todos haciendo que diez de ellos se queden fuera, apiñados en el pasillo junto a la puerta abierta, algunos apoyados contra la pared contraria, estirando el cuello para no perderse palabra de lo que dice Taito, mientras el resto se acomoda como puede dentro, algunos sentados sobre el armero de cuchillos que cuelga bajo de la pared, otros de pie con la espalda pegada a la piedra, hombro contra hombro, el calor de tantos cuerpos juntos empezando a notarse ya en el ambiente cerrado. Cuando Taito pregunta quién está con él, el silencio dura apenas un segundo antes de que el guardia, el primero en hablar desde que empezó todo esto, alce la voz – “Yo estoy contigo” – y el resto de demonios asienten con la cabeza en señal de aprobación – “llevamos tres semanas comiendo mierda mientras el aniki se juega hasta el último berry en las apuestas, ya estamos hasta la polla.” – exclama a lo que el resto de demonios se unen en gritos de asentimiento – “Además, tu nombre corre por toda Kutsukku desde hace tiempo, parece que eres alguien de fiar” – añade, y el resto vuelve a asentir, a chocar palmas entre ellos, algunos incluso golpeando las paredes o pisando fuertemente contra el suelo varias veces al ritmo que llevaría el tambor de una batería que va a doble tiempo.
La fortuna empieza a repartirse entre los demonios entre carcajadas y camaradería, mientras que sobre la mesa baja en el centro de la sala dos de los hombres usan algunos de los billetes para inhalar la droga que quedaba sobre la misma, enrollándolo entre los dedos con soltura sin dejar de hablar en ningún momento, la conversación general derivando poco a poco hacia la puerta cerrada con panel numérico el cual muestra cinco ranuras alineadas bajo un pequeño candado de hierro al otro lado del pasillo, visible incluso desde dentro de la sala a través del hueco de la puerta abierta – “Si de verdad quieres jodértelo bien jodido” – le dicen a Taito, eufóricos, refiriéndose a su aniki en cuestión – “tienes que quitarle lo que hay ahí dentro” – indica uno de ellos, limpiándose la nariz con el dorso de la mano antes de señalar hacia la puerta cerrada con la barbilla – “eso es lo único que lo mantiene como líder a ojos de los otros tres cabrones que gobiernan esta isla” – añade, y varios más asienten, algunos riendo con amargura, uno de ellos escupiendo al suelo como remate, como si llevaran tiempo queriendo decirlo en voz alta sin atreverse – “lo jodido es que nadie conoce el código, excepto el aniki” – continua comentando tanto a Taito como al resto de oyentes – “varios le hemos visto entrar y salir de la sala, eso sí. Yo estoy seguro que el 3 es el primero número del dichoso código” – concluye, y en ese momento entre el grupo apretado dentro de la sala, y también desde el pasillo, empiezan a salir fragmentos sueltos sobre el código de esa puerta, ninguno completo, todos mezclados entre flashazos y teorías – “Treinta Demonios, siempre dice lo mismo cuando va a abrir, como si rezara” – comenta uno – “Yo le he visto marcar un cero” – añade otro, desde algún punto más cerca de la puerta, sin apartar la vista de ella mientras habla. Y al menos tres voces distintas, en momentos distintos de la conversación, coinciden en lo mismo sin ponerse de acuerdo entre ellas – “el seis va fijo en más de una ocasión, se lo he visto marcar más de una vez” – comenta el demonio inicial en aceptar el trato de Taito, golpeando la palma contra la pared para dar énfasis, y otros dos, casi al mismo tiempo, asienten con la cabeza confirmándolo desde distintos puntos de la sala, aunque ninguno logre juntar los números en una secuencia que se atrevan a dar por buena, las voces solapándose unas con otras sin llegar a ningún acuerdo claro.
El guardia, todavía de pie a menos de un metro de Taito, se inclina hacia él con el codo apoyado sobre el borde de la mesa baja y la otra mano rascándose la nuca, como si le costara decidir si lo que está a punto de proponer es buena idea o una locura – “si prefieres ir a lo seguro, el aniki lleva una llave en el bolsillo del pantalón que abre esto sin necesidad de números” – dice, bajando aún más la voz, casi como si el propio Reizā pudiera oírlo pese a distancia y el techo de piedra que los separa – “Las dos que le acompañan arriba no están con él por gusto, sino porque le deben más de lo que pueden pagar en diez vidas, estoy seguro de que ellas podrían ayudar a distraerle” – añade mientras sube y baja las tupidas cejas que le crecen por encima de sus ojos haciendo que en su cara se dibuje una expresión burlona – “vuelves arriba, montas otra reunión de negocios con él, y ellas se encargan de tenerlo entretenido a base de besos y caricias. No sería la primera vez que hacen algo así, al aniki aquello le pone cachondo.” – a su alrededor, varios de los demás empiezan a asentir también, algunos dándose codazos entre risas nerviosas recordando escenas dignas de una película porno de bajísimo presupuesto, mientras esperan la decisión de su nuevo líder.
La fortuna empieza a repartirse entre los demonios entre carcajadas y camaradería, mientras que sobre la mesa baja en el centro de la sala dos de los hombres usan algunos de los billetes para inhalar la droga que quedaba sobre la misma, enrollándolo entre los dedos con soltura sin dejar de hablar en ningún momento, la conversación general derivando poco a poco hacia la puerta cerrada con panel numérico el cual muestra cinco ranuras alineadas bajo un pequeño candado de hierro al otro lado del pasillo, visible incluso desde dentro de la sala a través del hueco de la puerta abierta – “Si de verdad quieres jodértelo bien jodido” – le dicen a Taito, eufóricos, refiriéndose a su aniki en cuestión – “tienes que quitarle lo que hay ahí dentro” – indica uno de ellos, limpiándose la nariz con el dorso de la mano antes de señalar hacia la puerta cerrada con la barbilla – “eso es lo único que lo mantiene como líder a ojos de los otros tres cabrones que gobiernan esta isla” – añade, y varios más asienten, algunos riendo con amargura, uno de ellos escupiendo al suelo como remate, como si llevaran tiempo queriendo decirlo en voz alta sin atreverse – “lo jodido es que nadie conoce el código, excepto el aniki” – continua comentando tanto a Taito como al resto de oyentes – “varios le hemos visto entrar y salir de la sala, eso sí. Yo estoy seguro que el 3 es el primero número del dichoso código” – concluye, y en ese momento entre el grupo apretado dentro de la sala, y también desde el pasillo, empiezan a salir fragmentos sueltos sobre el código de esa puerta, ninguno completo, todos mezclados entre flashazos y teorías – “Treinta Demonios, siempre dice lo mismo cuando va a abrir, como si rezara” – comenta uno – “Yo le he visto marcar un cero” – añade otro, desde algún punto más cerca de la puerta, sin apartar la vista de ella mientras habla. Y al menos tres voces distintas, en momentos distintos de la conversación, coinciden en lo mismo sin ponerse de acuerdo entre ellas – “el seis va fijo en más de una ocasión, se lo he visto marcar más de una vez” – comenta el demonio inicial en aceptar el trato de Taito, golpeando la palma contra la pared para dar énfasis, y otros dos, casi al mismo tiempo, asienten con la cabeza confirmándolo desde distintos puntos de la sala, aunque ninguno logre juntar los números en una secuencia que se atrevan a dar por buena, las voces solapándose unas con otras sin llegar a ningún acuerdo claro.
Contenido Oculto
El guardia, todavía de pie a menos de un metro de Taito, se inclina hacia él con el codo apoyado sobre el borde de la mesa baja y la otra mano rascándose la nuca, como si le costara decidir si lo que está a punto de proponer es buena idea o una locura – “si prefieres ir a lo seguro, el aniki lleva una llave en el bolsillo del pantalón que abre esto sin necesidad de números” – dice, bajando aún más la voz, casi como si el propio Reizā pudiera oírlo pese a distancia y el techo de piedra que los separa – “Las dos que le acompañan arriba no están con él por gusto, sino porque le deben más de lo que pueden pagar en diez vidas, estoy seguro de que ellas podrían ayudar a distraerle” – añade mientras sube y baja las tupidas cejas que le crecen por encima de sus ojos haciendo que en su cara se dibuje una expresión burlona – “vuelves arriba, montas otra reunión de negocios con él, y ellas se encargan de tenerlo entretenido a base de besos y caricias. No sería la primera vez que hacen algo así, al aniki aquello le pone cachondo.” – a su alrededor, varios de los demás empiezan a asentir también, algunos dándose codazos entre risas nerviosas recordando escenas dignas de una película porno de bajísimo presupuesto, mientras esperan la decisión de su nuevo líder.
Resumen
Aventura
Antro de Reiza
Turno

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