13-09-2026, 03:39 AM
(Última modificación: 13-09-2026, 03:46 AM por Enji.
Razón: Acomodar detalles
)
La suela de sus botas se deslizó en la tierra, traccionada a duras penas para detener su impetuoso movimiento un metro después de haber impactado en el tirador. Tras levantar la mirada y preguntar a viva voz por la localización de Stroud, Enji notó, como volutas de humo, chispa y relámpagos, varias vidas, varias almas esparcidas por el lugar. Estaban todos vivos. Estaban todos peleando. En una fracción de tiempo, el amistoso entrenamiento se convirtió en una escaramuza real.
No tenía tiempo de asegurar el estado del resto. Tendría que confiar y hacer lo que mejor sabía hacer, su principal base y argumento para el chaquetón que llevaba sobre los hombros: Pelear.
Después de localizar a Stroud, Kael y al resto de enemigos, Enji saltó en la dirección en que había salido despedido su primer objetivo. Lo vio en el suelo, boca arriba, luchando con la toxina paralizante que su veneno le había inoculado. ¿Estaba fuera de combate? Era difícil de decir. Su veneno no era mortal, sólamente inmovilizaba y generaba malestar en quien lo recibiera. El problema radicaba en que no sabía cuánto tiempo duraría esa parálisis. Tenía que dejarlos fuera de combate antes de que superasen la toxina.
Con eso en mente, Enji realizó una finta antes de llegar donde el pirata del traje y la mascarilla negra. Inclinó el cuerpo a la derecha y después giró para atacar por la izquierda, usando su puño derecho envuelto en una esfera de veneno que presentaba pinchos en su superficie. El golpe descendió como una masa contra el pecho del tirador.
—¡Espina! —exclamó un instante antes de que su golpe conectara. La figura del pirata se hundió ligeramente en el suelo mientras el brillo de la consciencia abandonaba sus ojos, dejándolos opacos e inexpresivos. Estaba fuera.
A su alrededor las cosas seguían sucediendo. Una explosión había ocurrido cerca de donde estuvo parado un segundo atrás, lo que llamó su atención. Pero, mientras trataba de distinguir la situación, algo dentro suyo dejó de dar pelea. Perdió contra esa marea constante y peligrosa que lo empujaba a las orillas de su convicción, quizá debilitado por la adrenalina.
—Masacre… —susurró, y después vomitó el tumor maligno que aquejaba su cuerpo.
Veneno. Más veneno. Brotó, creció, lo envolvió y lo absorbió. Prácticamente toda su figura quedó cubierta, convertido en una especie de demonio burbujeante que ostentaba la capa de comodoro. La única parte de su cuerpo que restaba visible era su boca, asomada detrás de las fauces de la bestia que parecía haberlo devorado de adentro hacia afuera en un segundo.
Su vista se empañó, ya no podía depender de ella para nada. Entonces, confió en ese nuevo sentido, ese nuevo par de ojos que aprendió a abrir en la isla del cielo. Parpadeó debajo del veneno que le cubría toda la cara. ¿Stroud? Ya no estaba donde antes. Había desaparecido y lo escuchaba gritar, además de que podía sentir como el aire se removía con la fuerza de sus golpes. El último de los piratas cuya presencia parecía representar una amenaza tampoco estaba en el mismo lugar.
“Aquí estoy, comodoro Saint Vangelis, soldado Omuyaga. "
"Dé la orden, comodoro."
¿La órden?
«Matar»
El pensamiento inundó su cabeza. Se estaba moviendo antes de poder razonar del todo lo que conllevaba esa palabra, esa órden que Stroud esperaba recibir de él. Podía sentir su ansia, palpar, a través de esos nuevos ojos, la furia asesina que rellenaba las grietas del comandante. Enji voló por la tierra en dirección al sur y dibujó un arco que se curvaba hacia el este, justo donde estaba el último pirata consciente. Su brazo derecho a partir del antebrazo se convirtió en una amalgama de veneno con forma de punta curva. El izquierdo empezaba a tomar la misma forma.
Enji plantó los pies a un lado de Eros convertido en una bestia con capa blanca.
—¡Aguijón! —bramó, pero de sus dos brazos sólo uno avanzó: el derecho. La punta líquida se estampó en la mejilla izquierda del pirata, girándole la cara por la fuerza del golpe y empapando todo su rostro del violáceo líquido en forma de cruz. Eros voló unos metros más y cayó al suelo, inconsciente, mientras las lenguas de fuego que asediaban su cuerpo se apagaban bajo la lluvia de su veneno.
Con la respiración agitada y el puño todavía extendido, Enji suspiró, guardó silencio un segundo y después, contrariado, empezó a arrancarse con las manos esa gruesa capa de veneno de la cara hasta que la mitad izquierda de su rostro asomó desde debajo. La capa de comodoro cayó al suelo entre tanto movimiento.
—¡La órden… —dijo tras tomar una bocanada de aire—. es que esto se terminó! —concluyó, declaró, decretó mientras el veneno caía de todo su cuerpo como una segunda piel que se descascara—. Hijos de su… agh, da igual. ¡Nanashi! ¡Omuyaga! Revisenlos, desármenlos y asegúranse de que ninguno se me cague encima por el camino. ¡Los quiero vivos! Tontos, amordazados, medio muertos, ¡pero vivos!
Del bolsillo interno del chaquetón sacó un Den Den Mushi particular, cuya pálida piel parecía ir a juego con su propia apariencia. Lo activó marcando el número de Juan, su segundo al mando, y esperó a que contestara.
—¡Eh, Juan! Que no, que me da igual el almuerzo. Tengo a tres piratas inconscientes aquí. ¡Después te explico! Dile a Shin que venga y traiga sogas, cadenas y lo que se encuentre. ¡Y rápido, tortuga!
Después de cortar esa llamada, Enji marcó al número del cuartel e informó de lo sucedido. Tenían a tres piratas que valían, en conjunto, más de seiscientos millones en recompensa, y no el suficiente espacio en el barco para poder llevarlos prisioneros. Solicitó un transporte valiéndose de su rango e influencia, además de la peculiar situación que los involucraba.
—Aquí Enji. Sí, Saint Vangelis… no importa. —Así empezó la llamada—. Estoy en Long Ring… Long… no sé qué, la isla larga, y tengo a tres de los Piratas de la Sepultura conmigo. Mi navegante se contactará con ustedes para decirles de forma más precisa dónde estamos, pero lo importante aquí es que necesito transporte para estos prisioneros… cuanto antes.
No tenía tiempo de asegurar el estado del resto. Tendría que confiar y hacer lo que mejor sabía hacer, su principal base y argumento para el chaquetón que llevaba sobre los hombros: Pelear.
Después de localizar a Stroud, Kael y al resto de enemigos, Enji saltó en la dirección en que había salido despedido su primer objetivo. Lo vio en el suelo, boca arriba, luchando con la toxina paralizante que su veneno le había inoculado. ¿Estaba fuera de combate? Era difícil de decir. Su veneno no era mortal, sólamente inmovilizaba y generaba malestar en quien lo recibiera. El problema radicaba en que no sabía cuánto tiempo duraría esa parálisis. Tenía que dejarlos fuera de combate antes de que superasen la toxina.
Con eso en mente, Enji realizó una finta antes de llegar donde el pirata del traje y la mascarilla negra. Inclinó el cuerpo a la derecha y después giró para atacar por la izquierda, usando su puño derecho envuelto en una esfera de veneno que presentaba pinchos en su superficie. El golpe descendió como una masa contra el pecho del tirador.
—¡Espina! —exclamó un instante antes de que su golpe conectara. La figura del pirata se hundió ligeramente en el suelo mientras el brillo de la consciencia abandonaba sus ojos, dejándolos opacos e inexpresivos. Estaba fuera.
A su alrededor las cosas seguían sucediendo. Una explosión había ocurrido cerca de donde estuvo parado un segundo atrás, lo que llamó su atención. Pero, mientras trataba de distinguir la situación, algo dentro suyo dejó de dar pelea. Perdió contra esa marea constante y peligrosa que lo empujaba a las orillas de su convicción, quizá debilitado por la adrenalina.
—Masacre… —susurró, y después vomitó el tumor maligno que aquejaba su cuerpo.
Veneno. Más veneno. Brotó, creció, lo envolvió y lo absorbió. Prácticamente toda su figura quedó cubierta, convertido en una especie de demonio burbujeante que ostentaba la capa de comodoro. La única parte de su cuerpo que restaba visible era su boca, asomada detrás de las fauces de la bestia que parecía haberlo devorado de adentro hacia afuera en un segundo.
Su vista se empañó, ya no podía depender de ella para nada. Entonces, confió en ese nuevo sentido, ese nuevo par de ojos que aprendió a abrir en la isla del cielo. Parpadeó debajo del veneno que le cubría toda la cara. ¿Stroud? Ya no estaba donde antes. Había desaparecido y lo escuchaba gritar, además de que podía sentir como el aire se removía con la fuerza de sus golpes. El último de los piratas cuya presencia parecía representar una amenaza tampoco estaba en el mismo lugar.
“Aquí estoy, comodoro Saint Vangelis, soldado Omuyaga. "
"Dé la orden, comodoro."
¿La órden?
«Matar»
El pensamiento inundó su cabeza. Se estaba moviendo antes de poder razonar del todo lo que conllevaba esa palabra, esa órden que Stroud esperaba recibir de él. Podía sentir su ansia, palpar, a través de esos nuevos ojos, la furia asesina que rellenaba las grietas del comandante. Enji voló por la tierra en dirección al sur y dibujó un arco que se curvaba hacia el este, justo donde estaba el último pirata consciente. Su brazo derecho a partir del antebrazo se convirtió en una amalgama de veneno con forma de punta curva. El izquierdo empezaba a tomar la misma forma.
Enji plantó los pies a un lado de Eros convertido en una bestia con capa blanca.
—¡Aguijón! —bramó, pero de sus dos brazos sólo uno avanzó: el derecho. La punta líquida se estampó en la mejilla izquierda del pirata, girándole la cara por la fuerza del golpe y empapando todo su rostro del violáceo líquido en forma de cruz. Eros voló unos metros más y cayó al suelo, inconsciente, mientras las lenguas de fuego que asediaban su cuerpo se apagaban bajo la lluvia de su veneno.
Con la respiración agitada y el puño todavía extendido, Enji suspiró, guardó silencio un segundo y después, contrariado, empezó a arrancarse con las manos esa gruesa capa de veneno de la cara hasta que la mitad izquierda de su rostro asomó desde debajo. La capa de comodoro cayó al suelo entre tanto movimiento.
—¡La órden… —dijo tras tomar una bocanada de aire—. es que esto se terminó! —concluyó, declaró, decretó mientras el veneno caía de todo su cuerpo como una segunda piel que se descascara—. Hijos de su… agh, da igual. ¡Nanashi! ¡Omuyaga! Revisenlos, desármenlos y asegúranse de que ninguno se me cague encima por el camino. ¡Los quiero vivos! Tontos, amordazados, medio muertos, ¡pero vivos!
Del bolsillo interno del chaquetón sacó un Den Den Mushi particular, cuya pálida piel parecía ir a juego con su propia apariencia. Lo activó marcando el número de Juan, su segundo al mando, y esperó a que contestara.
—¡Eh, Juan! Que no, que me da igual el almuerzo. Tengo a tres piratas inconscientes aquí. ¡Después te explico! Dile a Shin que venga y traiga sogas, cadenas y lo que se encuentre. ¡Y rápido, tortuga!
Después de cortar esa llamada, Enji marcó al número del cuartel e informó de lo sucedido. Tenían a tres piratas que valían, en conjunto, más de seiscientos millones en recompensa, y no el suficiente espacio en el barco para poder llevarlos prisioneros. Solicitó un transporte valiéndose de su rango e influencia, además de la peculiar situación que los involucraba.
—Aquí Enji. Sí, Saint Vangelis… no importa. —Así empezó la llamada—. Estoy en Long Ring… Long… no sé qué, la isla larga, y tengo a tres de los Piratas de la Sepultura conmigo. Mi navegante se contactará con ustedes para decirles de forma más precisa dónde estamos, pero lo importante aquí es que necesito transporte para estos prisioneros… cuanto antes.
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