20-09-2026, 11:40 PM
El sol ya no brillaba tanto como antes, comenzaba a apagarse y aún así iluminaba el césped que cubría cada centímetro de esa isla. Había recorrido muchos kilómetros, alejándose de donde se encontraba su hogar, así como de cualquier poblado que pudiera molestarlo. Necesitaba moverse, necesitaba poner en orden sus pensamientos, necesitaba calmarse y pensar en frío. Nunca conseguiría eso quedándose tirado en el suelo.
Había dado vueltas todo lo que pudo, alejándose de sonidos o personas, todo eso era indeseable, pues solo necesitaba escuchar una voz. “Planeas avanzar”. La voz de su maestro resonó en su cabeza, como si aún estuviera a su lado, pese a que ahora mismo se encontraba corriendo en soledad. - No, debo encontrarlos -. Respondió, como si fuera lo más normal del mundo hablar consigo mismo. “Ya aceptaste que la mejor situación es que estén muertos, y que la peor sería que los capturaran. Ya nombraste espadas en honor a ellos y ya decidiste que ibas a vengarlos, no puedes engañarme, lo que quieres es irte de la isla y seguir tu camino”.
Uker no respondió, se limitó a detenerse para observar alrededor. - Se llevaron consigo algunas cosas, necesito encontrarlas -. Una excusa, hacia sí mismo, al tiempo que fijaba otro destino y volvía a correr en una dirección contraria. Algo dentro de sí mismo le decía que podía encontrarlos, que tal vez estaban ahí fuera, que si alguien los capturó debía al menos saberlo, para tener conocimiento de a quien no enfrentarse. En el fondo, y aunque no le gustaba admitirlo, le preocupaba el estado de sus compañeros, le dolía su falta y el hecho de quedarse solo quemaba en sus venas como lo hizo el metal ardiente que marcó su omóplato derecho tantos años atrás.
Se había pasado ya más de medio día recorriendo la isla, intentando encontrarlos. Buscando excusas para seguir investigando y no avanzar, escuchando una y otra vez la supuesta voz de su maestro que su cabeza creó para no volverse loco. “Si me fuera ahora y ellos simplemente se hubieran quedado un tiempo en otro punto, sería lo mismo que traicionarlos. No puedo traicionar a nadie, necesito conseguir favores, no deberlos”, esa fue la excusa principal que usó cuando comenzó a correr en la madrugada, simplemente queriendo mantener esa falsa mentalidad de no relacionarse con más nadie.
Se detuvo por fin en uno de los finos arboles que aparecían de vez en cuando. Podía mantener su respiración tranquila pese a no haberse detenido antes, simplemente se recostó contra la madera y sacó de su bolsillo un pequeño cuadrado envuelto en hojas de maíz. Una barra de arroz, fácil de comer, con un envoltorio desechable, que terminó en su boca en poco tiempo. La única comida que había tenido, la única comida que necesitaba, el único momento que se tomó para calmarse nuevamente.
¿Dónde estaban? Era obvio que sus amigos ya no estaban en esa isla, por lo menos no sus espíritus, pero no tenía noticias de ellos ni de nadie más que pudiera hacerles daño. ¿Dónde estaban esas personas que los habrían podido derrotar? ¿Por qué no lo buscaban? ¿Por qué debía esperarlos más? Se quedó observando el horizonte, concentrándose, intentando encontrar movimiento a su alrededor usando el haki. Era una lástima que Eros no hubiera podido enseñarle más, era un alumno terrible…
Fue un amigo terrible.
Había dado vueltas todo lo que pudo, alejándose de sonidos o personas, todo eso era indeseable, pues solo necesitaba escuchar una voz. “Planeas avanzar”. La voz de su maestro resonó en su cabeza, como si aún estuviera a su lado, pese a que ahora mismo se encontraba corriendo en soledad. - No, debo encontrarlos -. Respondió, como si fuera lo más normal del mundo hablar consigo mismo. “Ya aceptaste que la mejor situación es que estén muertos, y que la peor sería que los capturaran. Ya nombraste espadas en honor a ellos y ya decidiste que ibas a vengarlos, no puedes engañarme, lo que quieres es irte de la isla y seguir tu camino”.
Uker no respondió, se limitó a detenerse para observar alrededor. - Se llevaron consigo algunas cosas, necesito encontrarlas -. Una excusa, hacia sí mismo, al tiempo que fijaba otro destino y volvía a correr en una dirección contraria. Algo dentro de sí mismo le decía que podía encontrarlos, que tal vez estaban ahí fuera, que si alguien los capturó debía al menos saberlo, para tener conocimiento de a quien no enfrentarse. En el fondo, y aunque no le gustaba admitirlo, le preocupaba el estado de sus compañeros, le dolía su falta y el hecho de quedarse solo quemaba en sus venas como lo hizo el metal ardiente que marcó su omóplato derecho tantos años atrás.
Se había pasado ya más de medio día recorriendo la isla, intentando encontrarlos. Buscando excusas para seguir investigando y no avanzar, escuchando una y otra vez la supuesta voz de su maestro que su cabeza creó para no volverse loco. “Si me fuera ahora y ellos simplemente se hubieran quedado un tiempo en otro punto, sería lo mismo que traicionarlos. No puedo traicionar a nadie, necesito conseguir favores, no deberlos”, esa fue la excusa principal que usó cuando comenzó a correr en la madrugada, simplemente queriendo mantener esa falsa mentalidad de no relacionarse con más nadie.
Se detuvo por fin en uno de los finos arboles que aparecían de vez en cuando. Podía mantener su respiración tranquila pese a no haberse detenido antes, simplemente se recostó contra la madera y sacó de su bolsillo un pequeño cuadrado envuelto en hojas de maíz. Una barra de arroz, fácil de comer, con un envoltorio desechable, que terminó en su boca en poco tiempo. La única comida que había tenido, la única comida que necesitaba, el único momento que se tomó para calmarse nuevamente.
¿Dónde estaban? Era obvio que sus amigos ya no estaban en esa isla, por lo menos no sus espíritus, pero no tenía noticias de ellos ni de nadie más que pudiera hacerles daño. ¿Dónde estaban esas personas que los habrían podido derrotar? ¿Por qué no lo buscaban? ¿Por qué debía esperarlos más? Se quedó observando el horizonte, concentrándose, intentando encontrar movimiento a su alrededor usando el haki. Era una lástima que Eros no hubiera podido enseñarle más, era un alumno terrible…
Fue un amigo terrible.
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