Ayer, 10:17 AM
(Última modificación: Ayer, 10:51 AM por Rackham Uker.
Razón: Olvidé restar los puntos de vitalidad correspondientes
)
No pudo reaccionar a nada.
En solo un parpadeo algo explotó a su lado, generando daño suficiente para aturdirlo e incluso mandarlo a volar a gran velocidad. Como siempre, los bendecidos por el destino lo superaban en todo, no era una sorpresa, siempre se iban a encargar de arruinar su vida sin importar cuánto intentara librarse de su propia maldición.
Eros le habría dicho que él no era más que un topo, pero incluso el Focalor había conseguido vencerlo sin esfuerzo varias veces. Nunca había podido ganar por su cuenta, siempre había tenido que recurrir a los demás, incluso en la batalla contra Sakana. Nunca había podido superar a sus compañeros de tripulación, perdió de forma lamentable en los juegos de Skypeia y luego sólo pudo brillar por errores de su oponente. ¿Cómo podría ganar? Él no había conseguido esos poderes divinos, él no había conseguido esa fuerza, tuvo que luchar contra el mundo cada día de su vida y nunca se volvió más fácil.
Cuando su mente comenzaba a aclararse al menos un poco, otro ataque llegó a él. El dolor en su pecho se hizo evidente, haciendo imposible que no soltara un quejido de dolor. Conseguía hacer mucho daño a gran velocidad, era una molestia increible.
Le habló, sus palabras llegaron al pirata, pero estas no fueron tomadas en cuenta. Sus amigos se habrían rendido así de fácil? No, seguramente no, el tonto de Kiyoshi habría insultado hasta su último aliento y no habría nada que Eros no haría por defenderlos.
Su cabeza se alzó, su cuerpo temblaba mientras se reincorporaba del pasto y su mano sostenía aún con fuerza la katana. Podía sentirlos, esos agarres que lo obligaban a rendirse, que lo llamaban a acompañar a aquellos que una vez perdió, pero no los encontraría si agachaba la cabeza ahora. Escupió sobre el césped a su lado, bastante sangre, la suficiente para ser preocupante, pero sus ojos se mantuvieron fijos en el marine.
Un perro del gobierno, con el poder suficiente para matarlo y aún así se tomaba el tiempo para intentar conseguir que Uker se rindiera sin más. Los odiaba, detestaba tener que ser un saco de boxeo para esos hombre nuevamente, pero ahora ya no había nadie que pudiera salvarlo.
Ni siquiera él mismo.
En solo un parpadeo algo explotó a su lado, generando daño suficiente para aturdirlo e incluso mandarlo a volar a gran velocidad. Como siempre, los bendecidos por el destino lo superaban en todo, no era una sorpresa, siempre se iban a encargar de arruinar su vida sin importar cuánto intentara librarse de su propia maldición.
Eros le habría dicho que él no era más que un topo, pero incluso el Focalor había conseguido vencerlo sin esfuerzo varias veces. Nunca había podido ganar por su cuenta, siempre había tenido que recurrir a los demás, incluso en la batalla contra Sakana. Nunca había podido superar a sus compañeros de tripulación, perdió de forma lamentable en los juegos de Skypeia y luego sólo pudo brillar por errores de su oponente. ¿Cómo podría ganar? Él no había conseguido esos poderes divinos, él no había conseguido esa fuerza, tuvo que luchar contra el mundo cada día de su vida y nunca se volvió más fácil.
Cuando su mente comenzaba a aclararse al menos un poco, otro ataque llegó a él. El dolor en su pecho se hizo evidente, haciendo imposible que no soltara un quejido de dolor. Conseguía hacer mucho daño a gran velocidad, era una molestia increible.
Le habló, sus palabras llegaron al pirata, pero estas no fueron tomadas en cuenta. Sus amigos se habrían rendido así de fácil? No, seguramente no, el tonto de Kiyoshi habría insultado hasta su último aliento y no habría nada que Eros no haría por defenderlos.
Su cabeza se alzó, su cuerpo temblaba mientras se reincorporaba del pasto y su mano sostenía aún con fuerza la katana. Podía sentirlos, esos agarres que lo obligaban a rendirse, que lo llamaban a acompañar a aquellos que una vez perdió, pero no los encontraría si agachaba la cabeza ahora. Escupió sobre el césped a su lado, bastante sangre, la suficiente para ser preocupante, pero sus ojos se mantuvieron fijos en el marine.
Un perro del gobierno, con el poder suficiente para matarlo y aún así se tomaba el tiempo para intentar conseguir que Uker se rindiera sin más. Los odiaba, detestaba tener que ser un saco de boxeo para esos hombre nuevamente, pero ahora ya no había nadie que pudiera salvarlo.
- Como si confiara en un idiota del gobierno -
Ni siquiera él mismo.
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