28-09-2026, 08:32 AM
El sendero subía entre bancales de piedra y Hanma lo tragaba a zancadas largas, con los trescientos cincuenta kilos de carne cobriza haciendo crujir la tierra batida bajo las botas. A su vera, Kai caminaba pegado a la hierba jugando con una piedrecilla; cada dos pasos torcía el cuello y le clavaba los ojos, fijo y concentrado, apretando el ceño como si pretendiera abrirle la frente desde dentro. Hanma lo cazó de reojo y soltó un resoplido ronco por la nariz. -Garararara. Deja de comerme con los ojos, chaval, que me vas a hacer un agujero. Pones cara de estar cagando piedras.- El peliblanco no aflojó. Seguía escudriñando con cara de pasmarote, clavándole la mirada sin pestañear. Daba risa verlo. Hanma negó despacio con la testuz cornuda. Casi pareciera que aquel chico pensara que Hanma podía leer la mente y no que el destino que llevaba a Hanma era tan tonto que había confundido un comentario con un pensamiento, qué sé yo.
Lo del pincho moruno lo había visto en su jeta, no en su cabeza. Bastaba verle la ceja torcida y los ojos de tasador de casquería en cuanto Ratatouille asomó el hocico blanco por el cuello de la camisa. Cualquiera que vigile su caldero sabe cuándo un muerto de hambre le pone precio a la carne ajena. Ni pestañeó. La rata acomodó las uñas entre la melena cobriza áspera, enderezó el parche de cuero y le soltó al chaval un bufido corto, de pura jefatura. Hanma le pasó la yema del pulgar por el lomo para calmarla. -Y no voy de víctima, que te veo venir. Voy de palabra. Te prometí un plato caliente por el nombre de esa giganta y aquí estamos, subiendo una cuesta para pagarlo. Las víctimas lloriquean. Yo cocino, cumplo y ya está.- Lo de destrozar el garito le arrancó una mueca entre los colmillos. -No reviento tascas que me van a dar de comer. Eso es de imbéciles. Si hubiera querido romperte el espinazo ya lo habría hecho en la plaza, que tenía las manos libres y el pozo cerca para lavarme.-
La melena roja y áspera le caía revuelta sobre los cuernos negros mientras los ojos ámbar miraban al frente, al repecho que quedaba hasta el mesón. Su zancada firme obligaba al crío a meter tres trotes seguidos para no tragar polvo: siete metros y medio de músculo escoltados por un retaco de Spider Miles. Lo de la giganta sí le quemaba dentro, y ahí se puso serio sin soltar la guasa. -Baterilla. Deambulando sola, sin barco y haciéndote trepar a un árbol para hablarle al ombligo. Me lo creo. Los gigantes no nos agachamos por cualquiera.- Que Kai no tuviera navío le cuadraba: quien no tiene madera bajo los pies no espera nada en el muelle. Lo de la lanza colosal sin escudo se lo apuntó en la mollera: un guerrero grande que ataca a dos manos y desprecia la defensa o es muy bueno o está rematadamente loco. -¿Marcas rojas en la cara? En mi tierra se ganan con hierro, no se pintan con tizón. Si lleva lanza y no le teme a ir descubierta, no es ninguna panadera. Dime más: ¿hacia dónde tiró desde Baterilla? ¿Sabes si enfila hacia este mar o si solo anda perdida dando tumbos?-
Que le recordara a ella le arrancó otra risa corta, un trueno apagado en el pecho. Soberbios los dos, decía el renacuajo. Pues vale. Los grandes miraban desde arriba porque no cabían abajo, y los chicos ladraban desde el fango porque no llegaban arriba. Cuestión de escala. -¿Que qué hago aquí si Akuma es gigante? Buscar, chaval. De rumor en rumor y de puerto en puerto. Nadie parece conocerlo, y aun no puedo nadar en aguas mayores, ya me entiendes.- Así de simple. Karate era isla de dojos pulidos, patios de arena y maestros con vara de bambú, no de gigantes paseando por la plaza. Si un portento como Akuma se dejara ver por aquí, lo sabría hasta el arroz del muelle. Por eso preguntaba y por eso pagaba con comida caliente: un plato bien servido aflojaba más lenguas que un puñetazo en los dientes.
El sendero olía a resina y a tierra caldeada por el sol, y a lo lejos el tejado oscuro de la taberna asomaba ya tras una curva, a escasos cien metros. Hanma señaló la chimenea con la barbilla sin frenar el paso pesado que hacía crujir los bancales. -Cuando lleguemos pides tú el fogón, que a ti ya te conocen del sopapo. Y no mandes al camarero a volar esta vez, que cocinar entre escombros ensucia el guiso. Si hay lumbre viva y una sartén que no esté podrida, comes caliente. Palabra.-
Lo del pincho moruno lo había visto en su jeta, no en su cabeza. Bastaba verle la ceja torcida y los ojos de tasador de casquería en cuanto Ratatouille asomó el hocico blanco por el cuello de la camisa. Cualquiera que vigile su caldero sabe cuándo un muerto de hambre le pone precio a la carne ajena. Ni pestañeó. La rata acomodó las uñas entre la melena cobriza áspera, enderezó el parche de cuero y le soltó al chaval un bufido corto, de pura jefatura. Hanma le pasó la yema del pulgar por el lomo para calmarla. -Y no voy de víctima, que te veo venir. Voy de palabra. Te prometí un plato caliente por el nombre de esa giganta y aquí estamos, subiendo una cuesta para pagarlo. Las víctimas lloriquean. Yo cocino, cumplo y ya está.- Lo de destrozar el garito le arrancó una mueca entre los colmillos. -No reviento tascas que me van a dar de comer. Eso es de imbéciles. Si hubiera querido romperte el espinazo ya lo habría hecho en la plaza, que tenía las manos libres y el pozo cerca para lavarme.-
La melena roja y áspera le caía revuelta sobre los cuernos negros mientras los ojos ámbar miraban al frente, al repecho que quedaba hasta el mesón. Su zancada firme obligaba al crío a meter tres trotes seguidos para no tragar polvo: siete metros y medio de músculo escoltados por un retaco de Spider Miles. Lo de la giganta sí le quemaba dentro, y ahí se puso serio sin soltar la guasa. -Baterilla. Deambulando sola, sin barco y haciéndote trepar a un árbol para hablarle al ombligo. Me lo creo. Los gigantes no nos agachamos por cualquiera.- Que Kai no tuviera navío le cuadraba: quien no tiene madera bajo los pies no espera nada en el muelle. Lo de la lanza colosal sin escudo se lo apuntó en la mollera: un guerrero grande que ataca a dos manos y desprecia la defensa o es muy bueno o está rematadamente loco. -¿Marcas rojas en la cara? En mi tierra se ganan con hierro, no se pintan con tizón. Si lleva lanza y no le teme a ir descubierta, no es ninguna panadera. Dime más: ¿hacia dónde tiró desde Baterilla? ¿Sabes si enfila hacia este mar o si solo anda perdida dando tumbos?-
Que le recordara a ella le arrancó otra risa corta, un trueno apagado en el pecho. Soberbios los dos, decía el renacuajo. Pues vale. Los grandes miraban desde arriba porque no cabían abajo, y los chicos ladraban desde el fango porque no llegaban arriba. Cuestión de escala. -¿Que qué hago aquí si Akuma es gigante? Buscar, chaval. De rumor en rumor y de puerto en puerto. Nadie parece conocerlo, y aun no puedo nadar en aguas mayores, ya me entiendes.- Así de simple. Karate era isla de dojos pulidos, patios de arena y maestros con vara de bambú, no de gigantes paseando por la plaza. Si un portento como Akuma se dejara ver por aquí, lo sabría hasta el arroz del muelle. Por eso preguntaba y por eso pagaba con comida caliente: un plato bien servido aflojaba más lenguas que un puñetazo en los dientes.
El sendero olía a resina y a tierra caldeada por el sol, y a lo lejos el tejado oscuro de la taberna asomaba ya tras una curva, a escasos cien metros. Hanma señaló la chimenea con la barbilla sin frenar el paso pesado que hacía crujir los bancales. -Cuando lleguemos pides tú el fogón, que a ti ya te conocen del sopapo. Y no mandes al camarero a volar esta vez, que cocinar entre escombros ensucia el guiso. Si hay lumbre viva y una sartén que no esté podrida, comes caliente. Palabra.-
