Hace 1 hora
(Última modificación: Hace 1 hora por Devon Drakkar.)
Día 61 Verano, Año 18
Isla Karate, South Blue
No había sido una noche normal. Ni siquiera iba a convertirse en algo que recordara. Todo iba a terminar y ni siquiera sé si había hecho lo correcto. ¿Había sido egoísta? Esa pregunta se me había cruzado por la cabeza toda la noche, no había podido siquiera dormir bien. Creo que con suerte, había dormido dos horas.
Lo recordaba, recordaba todo el viaje, todos mis viajes. Ah, ya había entrado en esa etapa. Dicen que antes de morir, recuerdas todo de tu vida, y sentía que este estaba siendo ese momento. El momento en el cual empezaba desde el día anterior hasta el principio de mis recuerdos como una niña.
Las caricias, los besos, las lamidas, suspiros, gemidos. Aquellos ojos rojos que me pedían más mientras mi cuerpo me pedía que pare. Si, supongo que había acelerado todo el proceso y no, no me arrepentía pero tampoco, como dije, sabía si había hecho lo correcto. ¿Era porque ya no la vería? ¿Había sido lo mejor para ella? Hacer esto no había sido un error pero… Sabía que le dejaría una marca que no iba a poder borrar con facilidad. De eso y por eso, es probable que si me arrepienta entonces.
Suspiré levemente mientras acomodaba un poco a Vex en mi pecho, desnudo y medio cubierto por las sábanas. Por suerte la cama era grande y eso que yo lo era. Por cómo entraba la luz desde las cortinas de la ventana, deduje que era muy de madrugada, con lo cuál todavía tenía tiempo. Había cosas que preparar, bueno, yo tenía cosas que preparar. No eran muchas y ya me había tomado el tiempo para hacer todo, sólo tenía que acomodarlo.
Poco a poco, fui acomodando una almohada en mi lugar para que la abrazara. Se veía tan linda durmiendo, tan pacífica, tan… Tranquila como las olas en la playa de verano. Acaricié levemente su cabeza con mi mano izquierda. Luego bajé esta, acariciando con el índice su mejilla, despacio, suave hasta que me levanté sin hacer ruido y prácticamente, sin moverla. Tomé mi ropa y me vestí rápido. Agarré mi espada y la dejé al lado de la cama, apoyada entre la mesita de luz y el colchón. Me quité el parche, lo miré, sonreí y lo colgué en la punta.
Fui hasta mi bolso con los pies descalzos y saqué de allí una bolsa con algunas monedas pero que valían mucho. Jugué con esta entre los dedos como una manía, un viejo hábito para luego dejarla dentro de la bolsita y cerrarla bien. Tomé mi cuaderno, lleno de anotaciones, dibujos, descripciones, aventuras, gente, historias y revisé la primer página, por las dudas. Ahí estaba la carta. La miré, sonreí levemente y dejé esta al lado de la bolsa de dinero. Tomé las botas con cuidado y salí hacia abajo.
No había un alma, y eso era bueno, para mi, claro. Me calcé algo rápido y salí de la casa. A un costado, durmiendo, estaba el cerdo que parecía estar soñando por comía movía las patas. Me reí un poco y me acerqué a acariciarlo y este pareció tranquilizarse.
Cuídala bien… - mi voz era casi como un susurro. Miré de nuevo hacia la casa. Hacía frío pero era tarde para volver a subir.
No quería despertar a Vex, tenía que irme antes de que se diera cuenta. Y encima no sabía dónde estaba Furia. Si llegaba a verme, seguro le daría una advertencia, así que tenía que irme ya.
Empecé a caminar, alejándome de esa casita que habíamos podido conseguir para nosotras. Una casa que se había llenado de recuerdos que ya no iba a poder verlos nuevamente. Caminé con fuerza, con ganas. Cuanto más pensaba en ello, más fuerte caminaba. No tenía un rumbo, sólo tenía que irme y jamás ser encontrada.
Algunas partes de mi cuerpo dolían un poco, primero por sus besos y mordidas, y luego por la misma enfermedad que me había agarrado al viajar hacia aquí. Y no, ya estaba demasiado avanzado como para salvarme, así que me habían dado unas medicinas fuertes para que no sintiera nada y pudiese continuar con mi vida. Y por suerte, no era contagioso. Al menos algo bien había salido. Si moría, iba a morir sola, sin llevarme a nadie.
Recuerdo también los días que pasaron antes de llegar hasta aquí. Había conocido algunas personas en Barterilla, como esa chica de pelo de dos colores que no sabía hablar en común, Bai. Y también ese Marine al cual le enseñé todo un día para que aprenda también, Alex. Y había muchos más que podía contar mil historias.
Mi mente seguía yendo hacia atrás, recordando. Sonreía, tragaba con dificultad, jadeaba un poco cuando el terreno se volvía algo dificultoso porque por alguna razón, iba cuesta arriba. Y luego, bueno, creo que ya había entrado en la etapa de las ilusiones. Empecé a “ver” viejos compañeros Marines. Pasaban por al lado mío, como si estuviese estudiando todavía. Debía admitirlo… Esos habían sido buenos días pero no suficiente como para seguir en línea.
Y por un momento, mis pies se detuvieron.
¿Papá? ¿Mamá? - estaban a mi frente.
No sé que sentí pero no fue normal. Mi único ojo se puso borroso y empecé a llorar en silencio. Uno de ellos me extendió su mano y yo, la tomé.
Al fin… - musité antes de caer a un vacío eterno, alto, sobre un pico montañoso y me estrellé contra las rocas.
La muerte fue inminente.
Su cuerpo quedó completamente destrozado y su alma se fue con aquellos que tanto amó. Una parte se quedó en la tierra, con aquellos que la recordarían como una amiga, o una buena amante, o una buena profesora o incluso historiadora.
Mientras Vex dormía, el chancho se despertó como si hubiese sentido esa pérdida y empezó a hacer ruiditos con la nariz, como si estuviese sollozando o llorando. ¿Pero que más le puedes pedir a alguien que tiene una enfermedad avanzada y terminal? No se iba a quedar al lado de su amor, así que, en vez de eso, le dejó todo lo que podía dejarle, incluso su amor por una noche entera.
“Vex:
Si estás leyendo esto… Bueno, no creo que pueda alguna vez explicártelo ni tampoco creo que me perdones, pero tenía que hacerlo de esta manera.
He sido cobarde… He sido cobarde de no quedarme hasta el final pero no quería ver esos hermosos ojos apagarse.
Seguramente te preguntarás porqué dejé mi parche, mi espada, mi cuaderno, mi dinero, porqué lo dejé todo… Y ahora te lo contaré.
Estoy muriendo Vex… Todavía faltan dos días para llegar a la Isla Karate y siento que llegaré muerta, si es que no me tiran por la borda antes. Pero si llego a sobrevivir, quiero pasar el resto de lo que me quede contigo. No importa cómo, sólo quiero estar contigo. Te juro que si me muero entre tus brazos mientras miramos el atardecer, sé que me puedo ir en paz. Los ojos me pesan, el cuerpo me duele y lo único que quiero es dejartelo todo.
Siempre estuviste a mi lado, incluso en nuestras ausencias, la que siempre me creyó, fue mi espada y mi escudo, fuiste tú. Honestamente, nunca fui buena para estas cosas… Mucho menos ahora que creo que estoy delirando. Veo cosas que no deberían estar, tengo fiebre y dicen que los ojos se me ponen un poco rojos. La verdad que no sé si es por la misma enfermedad o por haber estado llorando por horas, el cansancio o que.
Así que perdoname…
Como te dije, soy una cobarde.
No te quería preocupar porque no sé si lo voy a lograr, ni siquiera sé si nos vamos a ver una última vez, sólo sé que si te veo, te dejaré mis cosas para que hagas con ellas lo que quieras. A mi personalmente, me gustaría verte una última vez, hacerte el amor y morirme en la cama a tu lado. Pero la vida es jodida y estoy segura de que tendrá algo preparado para mi. No será agradable, pero será mi camino al infierno.
Tengo sangre en mis manos, no soy santa pero tampoco soy mala. Ambas lo sabemos. Siempre encontré que es mucho más fácil arrodillarse ante aquello que no es agradable porque es más difícil ser buena persona. ¿Acaso nos gobierna gente buena? ¿Alguna vez has visto a un rico darle oro a un pobre sin pedirle nada a cambio? Ya no sé ni que estoy escribiendo…
Lo siento…
Espero que puedas perdonarme por haberte fallado de forma constante…
Nunca te lo dije pero me enamoré de ti hace unos cuantos años. Me enamoré de la libertad que tienes, de esos ojos como dos rubíes, de esa sonrisa pícara, de como tensas la espalda cuando disparas una flecha, de cómo te concentras para hacer flechas y como me explicas para qué sirve tener distintos tipos de cuerdas y puntas de flecha.
Siempre serás mi eterno amor. Siempre seré tuya y te cuidaré desde el lugar en el que esté,
Te amo y con amor,
D.”
Isla Karate, South Blue
No había sido una noche normal. Ni siquiera iba a convertirse en algo que recordara. Todo iba a terminar y ni siquiera sé si había hecho lo correcto. ¿Había sido egoísta? Esa pregunta se me había cruzado por la cabeza toda la noche, no había podido siquiera dormir bien. Creo que con suerte, había dormido dos horas.
Lo recordaba, recordaba todo el viaje, todos mis viajes. Ah, ya había entrado en esa etapa. Dicen que antes de morir, recuerdas todo de tu vida, y sentía que este estaba siendo ese momento. El momento en el cual empezaba desde el día anterior hasta el principio de mis recuerdos como una niña.
Las caricias, los besos, las lamidas, suspiros, gemidos. Aquellos ojos rojos que me pedían más mientras mi cuerpo me pedía que pare. Si, supongo que había acelerado todo el proceso y no, no me arrepentía pero tampoco, como dije, sabía si había hecho lo correcto. ¿Era porque ya no la vería? ¿Había sido lo mejor para ella? Hacer esto no había sido un error pero… Sabía que le dejaría una marca que no iba a poder borrar con facilidad. De eso y por eso, es probable que si me arrepienta entonces.
Suspiré levemente mientras acomodaba un poco a Vex en mi pecho, desnudo y medio cubierto por las sábanas. Por suerte la cama era grande y eso que yo lo era. Por cómo entraba la luz desde las cortinas de la ventana, deduje que era muy de madrugada, con lo cuál todavía tenía tiempo. Había cosas que preparar, bueno, yo tenía cosas que preparar. No eran muchas y ya me había tomado el tiempo para hacer todo, sólo tenía que acomodarlo.
Poco a poco, fui acomodando una almohada en mi lugar para que la abrazara. Se veía tan linda durmiendo, tan pacífica, tan… Tranquila como las olas en la playa de verano. Acaricié levemente su cabeza con mi mano izquierda. Luego bajé esta, acariciando con el índice su mejilla, despacio, suave hasta que me levanté sin hacer ruido y prácticamente, sin moverla. Tomé mi ropa y me vestí rápido. Agarré mi espada y la dejé al lado de la cama, apoyada entre la mesita de luz y el colchón. Me quité el parche, lo miré, sonreí y lo colgué en la punta.
Fui hasta mi bolso con los pies descalzos y saqué de allí una bolsa con algunas monedas pero que valían mucho. Jugué con esta entre los dedos como una manía, un viejo hábito para luego dejarla dentro de la bolsita y cerrarla bien. Tomé mi cuaderno, lleno de anotaciones, dibujos, descripciones, aventuras, gente, historias y revisé la primer página, por las dudas. Ahí estaba la carta. La miré, sonreí levemente y dejé esta al lado de la bolsa de dinero. Tomé las botas con cuidado y salí hacia abajo.
No había un alma, y eso era bueno, para mi, claro. Me calcé algo rápido y salí de la casa. A un costado, durmiendo, estaba el cerdo que parecía estar soñando por comía movía las patas. Me reí un poco y me acerqué a acariciarlo y este pareció tranquilizarse.
Cuídala bien… - mi voz era casi como un susurro. Miré de nuevo hacia la casa. Hacía frío pero era tarde para volver a subir.
No quería despertar a Vex, tenía que irme antes de que se diera cuenta. Y encima no sabía dónde estaba Furia. Si llegaba a verme, seguro le daría una advertencia, así que tenía que irme ya.
Empecé a caminar, alejándome de esa casita que habíamos podido conseguir para nosotras. Una casa que se había llenado de recuerdos que ya no iba a poder verlos nuevamente. Caminé con fuerza, con ganas. Cuanto más pensaba en ello, más fuerte caminaba. No tenía un rumbo, sólo tenía que irme y jamás ser encontrada.
Algunas partes de mi cuerpo dolían un poco, primero por sus besos y mordidas, y luego por la misma enfermedad que me había agarrado al viajar hacia aquí. Y no, ya estaba demasiado avanzado como para salvarme, así que me habían dado unas medicinas fuertes para que no sintiera nada y pudiese continuar con mi vida. Y por suerte, no era contagioso. Al menos algo bien había salido. Si moría, iba a morir sola, sin llevarme a nadie.
Recuerdo también los días que pasaron antes de llegar hasta aquí. Había conocido algunas personas en Barterilla, como esa chica de pelo de dos colores que no sabía hablar en común, Bai. Y también ese Marine al cual le enseñé todo un día para que aprenda también, Alex. Y había muchos más que podía contar mil historias.
Mi mente seguía yendo hacia atrás, recordando. Sonreía, tragaba con dificultad, jadeaba un poco cuando el terreno se volvía algo dificultoso porque por alguna razón, iba cuesta arriba. Y luego, bueno, creo que ya había entrado en la etapa de las ilusiones. Empecé a “ver” viejos compañeros Marines. Pasaban por al lado mío, como si estuviese estudiando todavía. Debía admitirlo… Esos habían sido buenos días pero no suficiente como para seguir en línea.
Y por un momento, mis pies se detuvieron.
¿Papá? ¿Mamá? - estaban a mi frente.
No sé que sentí pero no fue normal. Mi único ojo se puso borroso y empecé a llorar en silencio. Uno de ellos me extendió su mano y yo, la tomé.
Al fin… - musité antes de caer a un vacío eterno, alto, sobre un pico montañoso y me estrellé contra las rocas.
La muerte fue inminente.
Su cuerpo quedó completamente destrozado y su alma se fue con aquellos que tanto amó. Una parte se quedó en la tierra, con aquellos que la recordarían como una amiga, o una buena amante, o una buena profesora o incluso historiadora.
Mientras Vex dormía, el chancho se despertó como si hubiese sentido esa pérdida y empezó a hacer ruiditos con la nariz, como si estuviese sollozando o llorando. ¿Pero que más le puedes pedir a alguien que tiene una enfermedad avanzada y terminal? No se iba a quedar al lado de su amor, así que, en vez de eso, le dejó todo lo que podía dejarle, incluso su amor por una noche entera.
“Vex:
Si estás leyendo esto… Bueno, no creo que pueda alguna vez explicártelo ni tampoco creo que me perdones, pero tenía que hacerlo de esta manera.
He sido cobarde… He sido cobarde de no quedarme hasta el final pero no quería ver esos hermosos ojos apagarse.
Seguramente te preguntarás porqué dejé mi parche, mi espada, mi cuaderno, mi dinero, porqué lo dejé todo… Y ahora te lo contaré.
Estoy muriendo Vex… Todavía faltan dos días para llegar a la Isla Karate y siento que llegaré muerta, si es que no me tiran por la borda antes. Pero si llego a sobrevivir, quiero pasar el resto de lo que me quede contigo. No importa cómo, sólo quiero estar contigo. Te juro que si me muero entre tus brazos mientras miramos el atardecer, sé que me puedo ir en paz. Los ojos me pesan, el cuerpo me duele y lo único que quiero es dejartelo todo.
Siempre estuviste a mi lado, incluso en nuestras ausencias, la que siempre me creyó, fue mi espada y mi escudo, fuiste tú. Honestamente, nunca fui buena para estas cosas… Mucho menos ahora que creo que estoy delirando. Veo cosas que no deberían estar, tengo fiebre y dicen que los ojos se me ponen un poco rojos. La verdad que no sé si es por la misma enfermedad o por haber estado llorando por horas, el cansancio o que.
Así que perdoname…
Como te dije, soy una cobarde.
No te quería preocupar porque no sé si lo voy a lograr, ni siquiera sé si nos vamos a ver una última vez, sólo sé que si te veo, te dejaré mis cosas para que hagas con ellas lo que quieras. A mi personalmente, me gustaría verte una última vez, hacerte el amor y morirme en la cama a tu lado. Pero la vida es jodida y estoy segura de que tendrá algo preparado para mi. No será agradable, pero será mi camino al infierno.
Tengo sangre en mis manos, no soy santa pero tampoco soy mala. Ambas lo sabemos. Siempre encontré que es mucho más fácil arrodillarse ante aquello que no es agradable porque es más difícil ser buena persona. ¿Acaso nos gobierna gente buena? ¿Alguna vez has visto a un rico darle oro a un pobre sin pedirle nada a cambio? Ya no sé ni que estoy escribiendo…
Lo siento…
Espero que puedas perdonarme por haberte fallado de forma constante…
Nunca te lo dije pero me enamoré de ti hace unos cuantos años. Me enamoré de la libertad que tienes, de esos ojos como dos rubíes, de esa sonrisa pícara, de como tensas la espalda cuando disparas una flecha, de cómo te concentras para hacer flechas y como me explicas para qué sirve tener distintos tipos de cuerdas y puntas de flecha.
Siempre serás mi eterno amor. Siempre seré tuya y te cuidaré desde el lugar en el que esté,
Te amo y con amor,
D.”
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