Hace 5 horas
(Última modificación: Hace 5 horas por Nyxara Archeron.)
77 de Primavera, Año 17 ❥ Baterilla
Forgive me for I don't know what I gain...Alone in this garden of pain
─ ♚ ─
Trucos de magia había sobrevivido a la primera afrenta verbal y había decidido, contra la voluntad de ella, acompañarla. En silencio lo vio sentarse a su lado guardando la distancia ¿Estaba loco o simplemente no tenía sentido de la preservación? Quizás, solo quizás, si lo tenía y no le importaba …y si no le importaba, eso volvía el asunto ligeramente interesante.
Por que ella no iba a ceder territorio.
Y trucos de magia, estaba por descubrir, porque no tendría que haberse quedado esa noche sobre la cornisa.
No. No se rio ante la mención de las canas ni de la racha que la volvía especial, al contrario, aquello casi le arranca ese arqueo sutil de esos labios carmesí. Una sonrisa cargada de una ironía tan afilada que, más que una sonrisa, era la promesa implícita de un peligro desconocido que decidía agonizar en sus labios.
¿Su irritante confianza le hacía creer que aceptaría ese halago barato como verdad?
Era un seductor charlatán de tomo y lomo esculpido en un rostro perfecto y Nyx, no iba a creerle ni una sola palabra. Fue ahí, justo ahí, cuando la ráfaga de luz dorada surcó la penumbra y el silencio a una velocidad que la mayoría de los hombres no podrían seguir; ella ni siquiera pestañeo, solo percibió la brisa repentina contra su rostro, el peso ajeno sobre el puente de la nariz, el mar de sus ojos tomado por la negrura y la osadía de quebrar su propio espacio personal sin su permiso.
Sus dedos, a respuesta, volvieron a crisparse en la superficie irregular de la piedra fría, sin embargo, no se sobresaltó. No iba a concederle ese placer ni a él, ni a ningún otro. En cambio, iba a arrancarle las uñas por el atrevimiento.
Era rápido.
Peligrosamente rápido.
Una cualidad que Nyxara Archeron tenía que concederle. Una cualidad que el escondía detrás de bromas, despreocupación y cortejo barato, pero que no dudaba en utilizar con entrenada precisión. Lo observo en silencio detrás de esos lentes oscuros que no le pertenecían, que no se hiciera ilusiones ni confundiera sus intenciones, el mar de sus ojos recorriendo cada espacio de su rostro, cada línea afilada, cada ángulo perfecto de su mandíbula, de su nariz, de sus cejas, de sus labios...de esa belleza engañosa tallada en mármol, no buscaba admirarlo.
Al contrario.
Lo estaba midiendo.
Porque ese era el tipo de criatura que ella era.
Con ese cálculo frío y distante de quien mide el potencial de un arma mientras se decide qué hacer con ella, si se cataloga como una herramienta útil…o una amenaza si decidía volverse un obstáculo en su camino.
Alzó la barbilla permitiendo que la luz de la luna se deslizara por el trazo delicado de sus clavículas expuestas mientras su mano se posaba en el marco de las gafas – Veo que la marina si sabe entrenar a sus perros veloces – pronuncio con esa aterciopelada suavidad, como si buscase darle un peso propio a sus palabras que escondían el tono de amenaza implícito y distaban demasiado de un cumplido para quien supiera escuchar – Así que, detrás de tu falta de tacto y tus cumplidos baratos, te encontraron algo en lo que fueras medianamente útil – Con lentitud premeditada, Nyx deslizó una pierna sobre la otra en el borde del vacío, como si se tratase de una reina acomodándose en su trono de piedra. La tela de su pantalón, se ajustó a penas contra la piel desnuda de sus muslos.
Sus finos dedos, como si cargaran con algo insignificante, retiraron las gafas de su rostro dejando que la cascada azabache volviese a acomodarse sobre su hombro enmarcando su figura. Mantuvo la espalda recta, asegurándose que su semblante se grabara en esas pupilas cerúleas solo para ver si era capaz de sostener la tensión que ella acababa de crear – Los que sonríen son los más fuertes – repitió sus palabras – Una sonrisa constante, perro de la marina, es solo una máscara – y quizás allí, justo allí, estaba revelando demasiado de sí misma – máscara de idiotas para no ver la realidad o falsa fortaleza de débiles mientras se caen a pedazos –
¿Ella habría caído en ello?...
Importaba…¿Ahora?...
La joven que había sido antes de Seren, había muerto con ella.
Y, con el cristal opaco colgando de sus dedos, el mar de sus ojos embistió contra el azul cerúleo de los contrarios, ahora desprovisto de cualquier objeto que pudiera mantenerlo a salvo de ella – Y esa velocidad tuya sería eficiente si supieras usarla para mantener las manos donde te corresponden – La mirada de la Archeron cambio a penas, un gesto sutil, un descenso leve de sus parpados bajo el marco oscuro de sus pestañas. Lo suficiente para que aquella calma orgullosa adquiriera un filo distinto, era esa manera silenciosa que tenía de volverse tormenta antes de arrasar con todo – porque asumir que puedes tocarme sin mi permiso – continuó, mientras sus dedos soltaban las gafas con una sutileza calculada, a penas un par de centímetros en el aire que la llevarían a atraparlas con estudiada calma – fue tu primer error – Sutil, se inclinó hacia él. Alerta o amenaza directa que él lo decidiera, pero lo suficiente como para que el aire se volviera pesado al cargarse de ese aroma a lavanda, romero y cedro que emanaba de su piel, ese que acababa de alcanzarlo – No cometas la osadía de volver a confundirte, perro de la marina – El mar de sus ojos volvieron a recorrer su rostro con lentitud. Volvieron a medir el ángulo de su mandíbula, la línea afilada de su perfil – Si vuelves a ponerme las manos encima sin mi permiso – Y esta vez las gafas se deslizaron desde sus dedos hasta golpear contra sus muslos para posicionarse allí en un balance que desafiaba la seguridad, mientras el murmullo de seda que era su voz, cortó más fuerte que su propia espada – Voy a arrancarte las uñas –
No se movió ni tampoco apartó su mirada. Si ese hombre cometía el error de creer que ella estaba pronunciando una amenaza vacía…estaría muy equivocado. Ahora, el había entrado en su terreno y ella, acostumbrada a avanzar de frente tomando todo lo que encontrara a su paso, lo arrasaría sin dudarlo.
Porque esa era la clase de criatura que ella era.
Su mano fue hacia las gafas, las cuales giraron entre sus dedos con esa insultante habilidad de quien se ha curtido en el arte de la espada para sobrevivir. Y giraron cerca, peligrosamente cerca, de caer hacia el abismo que se extendía bajo sus pies – Demuéstrame esa velocidad que tanto te jactas, trucos de magia – no había piedad en sus palabras, ni tampoco en su acción al momento que el destello del lente que antes pendía de sus dedos, ahora, era tragado por la oscuridad del vacío – Atrápalas antes que se estrellen o acepta que tu juego, acaba de costarte tu accesorio favorito –
Léeme
