Entre la espada y la pared. O el tablón, más bien.
Cuando el pequeño hombre enmascarado se levantó, temí que se generara una pelea en el acto. No tenía miedo de mancharme las manos con algo más que zumo, pero, no era el momento ni el lugar. Sobre todo cuando yo era el más... pintoresco de los dos. Seguramente terminara conmigo en un calabozo y eso sería un dolor de cabeza. Era mejor dejarlo pasar, a pesar de sus palabras y su mirada, que aunque no logré detallar entre los agujeros de su máscara, estaba más que claro que denotaban un tinte desafiante.
El sujeto se giró para abandonar la escena y fue en ese momento cuando me fijé en su brazo. Portaba un brazalete con lo que parecía una calavera. Se me ocurren pocos símbolos que llamen más la atención que una calavera sobre un brazal negro.
- ¿Podría ser?... - pensé, girando bruscamente la cabeza hacia el tablón de anuncios - Faltan algunos carteles, es posible. - aseguré mentalmente para mí mismo.
El sujeto podría ser un pirata que hubiera quitado su propio cartel para que no fuera reconocido de inmediato. Quizá por eso tampoco me confrontó, sabiendo que en una trifulca, si los marines se personan, lo arrestarían.
Decidí jugar. Probar algo nuevo. Tras dejar la jarra en la mesa de la que se levantó el enmascarado, comencé a caminar tras él, alcanzándolo rápidamente y colocando mi mano derecha sobre su hombro derecho, colocándome a su lado justo cuando llegaba al portón.
- Vamos, no te enfades, deja que te invite a algo en otro sitio... - dije en tono conciliador mientras atravesábamos la puerta -... ¿Eh?, pirata. - Sentencié tras una breve pausa, cambiando mi tono a uno más provocador.
Ahora las cartas estaban empezando a jugarse.
