[Auto T3] El horno de los desterrados
#1
Día 15 de Otoño, Año 18 · Isla Kutsukku, centro de la isla


Llevaba cinco días en Kutsukku y todavía no había visto un solo árbol, era acojonante aquello. El segundo día la tripulación subió a las ciudades con Mika y Pucca, dispuestos a vender lo que no tenían y a comprar chatarra que nadie quería. Hanma se quedó abajo. Puso como excusa que a él las calles estrechas le daban urticaria, nada nuevo por lo que no era mentira del todo. A un tipo de siete metros y medio le cuesta encajar los hombros entre dos fachadas sin llevarse por delante un tejado y parte de tendereros por muy derruida que estuviera la isla. Pero la verdad era otra. Una isla que vomita cañones a todas horas y no huele jamás a pan caliente tiene las tripas podridas desde dentro. A él le gusta mirar el fondo de los calderos antes de sentarse a la mesa. De modo que cargó a Ratatouille en la clavícula, se ató a la faja un fardo con raíces y sal gorda, y cogió el camino de tierra que subía hacia las entrañas de la comarca. El pavimento se terminó a los dos kilómetros. La senda seguía abierta por el paso continuo de los tractores de oruga y las carretas de hierro. Todo era barro del que te cuesta quitarte de los pies. A los cinco kilómetros el terreno entero se convirtió en una escombrera. Montones de chatarra de veinte y treinta metros de altura se alzaban sin orden a los lados del camino. Había calderas reventadas por todos lados. La niebla bajaba pegajosa, cargada de un polvillo de carbón que se pegaba a la piel cobriza como una costra de hollín. Ratatouille asomaba el hocico blanco entre la melena roja de Hanma. Olfateaba con desconfianza el tufo a lubricante quemado. Se frotaba el parche contra el cuello del oni, buscando calor.

En una hondonada vio el primer fémur encajado entre una llanta y un engranaje colosal; cincuenta pasos más allá asomó una mandíbula con empastes de plomo gastados. La isla no solo tiraba chatarra: tiraba a incluso a todo aquel que no valia que se pudriera ahi en su suerte. Hanma apretó las muelas ante aquel vertedero donde la vida valía menos que un remache. A media mañana el viento roló al este trayéndole un aroma insólito: por debajo del hollín flotaba un hilo inconfundible de grasa y cebolla pochada. Comida. El gigante siguió el humo hasta una fundición abandonada cuyas cerchas parecían el esqueleto de un monstruo varado en la niebla, parecia un perrillo. Bajo el techo si es que a eso se le podia llamar techo combada sobrevivían unas cuarenta personas alrededor de un horno refractario de resplandor cobrizo: viejos doblados por los yunques, mujeres pelando bobinas de cobre y críos descalzos jugando en el fango con tuercas gigantescas. Todos vestían harapos de grasa y nadie portaba armas; aquel fogón era el único calor en leguas. Junto a la boca del horno montaba guardia con un badil una vieja de cabellera cenicienta cuyas manos parecían ramas carbonizadas. Vio aproximarse la mole de siete metros y medio y no reculó ni un palmo, clavando sus ojos grises en la pechera del oni.

-Vaya bicho. Un gigante con cuernos. ¿Vienes de los capataces a cobrarte el pago o a comprar metal limpio?- Hanma hincó una rodilla en el fango para no quebrar las vigas y bajó la voz cavernosa. -Vengo siguiendo el olor a cebolla. Llevo casi una semana tragando tocino rancio en los muelles de abajo y quería ver qué se cuece aquí. ¿Qué hay al fuego, vieja?- La mujer señaló con el badil una marmita abollada sobre una trilla. -Agua turbia, tres tronchos de col y un hueso con tres hervores. Si no te gusta el menú, media vuelta; aquí no regalamos nada a los vagos.- Hanma dejó en una caja cuatro raíces y sal gorda de su fardo. La vieja asintió con brillo hambriento y le sirvió un cuenco de lata: agua grisácea con motas de grasa y verdura marchita. Hanma bebió de un trago; quemaba la garganta, pero carecía de cuerpo y solo engañaba al estómago un par de horas. Mientras apuraba el cuenco, la vieja habló. Se llamaba Nakiri. Vació moldes de cañón cuatro décadas en Piston hasta que el trabajo la arruino por completo y la tiraron al callejón.

-Esta tierra no da grano desde hace treinta inviernos. Las ciudades solo funden cañones para el mar; a cambio entran sacos contados de harina y manteca vieja. Es el pacto de Kutsukku: ración justa para seguir martillando. Quien se rompe sobra y acaba pudriéndose aquí.- -¿Y quién se lleva las armas?- La mujer sacó del horno apagado una plancha de latón fundido con una ola marina partida por un corte vertical. -No sabemos nombres. Todas las cajas de Pinion van selladas con este latón. La última remesa zarpó hace dos días y la siguiente sale el día veinte, de noche cerrada. Troquelé diez mil tapas con esta figura; me acuerdo mejor que de mis muertos que son muchos.- Hanma sopesó la placa fría. Una ola partida; grano por plomo, estaban jugando con la vida de aquella gente en cierta manera.

Un estruendo de bielas quebró la calma. Dos vehiculos pesados irrumpieron vomitando hollín y triturando el barro, aplastando una caseta vacía. Bajaron doce hombres con guardapolvos de cuero grasiento, armados con mosquetones y machetes. Sobre la cabina apuntaba una ametralladora pesada con la cinta dorada colgando. Al frente marchaba un tipo rechoncho con garfio de acero en la mano izquierda, escupiendo tabaco negro hacia las brasas como si fuera el dueño del lugar y eso le ponia enfermo. Nakiri apretó el badil sin retroceder. -Venimos a por la remesa de cobre limpio. Todo al camión, ya. Y apartad a esos tres rapaces delgaduchos del fondo; en las galerías de munición de Piston hacen falta manos finas para desatascar tolvas de pólvora.- Nakiri alzó la vara de hierro con furia. -¡El cobre es nuestro rescate para el invierno y los críos no van a vuestras carboneras, perro sarnoso!- El del garfio soltó una carcajada hedionda y amartilló la pistola.

-La vieja todavía cree que tiene voto. Rompedle las rodillas y cargad los fardos, luego coger a los niñatos.- Una sombra colosal cubrió de golpe la luz mortecina del mediodía. Hanma se incorporó: sus siete metros y medio y trescientos cincuenta kilos de hueso macizo se interpusieron entre la cuadrilla y la vieja. Los maderos crujieron bajo sus plantas desnudas. El gigante dejó caer los brazos a los costados, con las palmas abiertas y la melena cobriza ondeando bajo el aire espeso, clavando su mirada ámbar sobre el oficial del garfio. -Los críos se quedan donde están. El metal no sale de esta nave. Y a la dueña del caldero le vas a hablar con la boca limpia mientras yo esté respirando aquí delante, con la boca limpia o sin dientes elige.-

El tipo del garfio retrocedió sobre el lodo, asombrado por el tamaño del gran oni, y señaló con su prótesis de hierro. -¡Ametrallad a esa mole! ¡Vaciadle los peines en la cabeza cuernosa que tiene!- La ametralladora bramó escupiendo fuego continuo mientras ocho fusileros abrían fuego cerrado. El plomo desgarró la camiseta de Hanma y golpeó el torso como martillazos; varias postas rebotaron contra sus clavículas y un proyectil rasante le rajó la oreja izquierda, haciéndole brotar sangre oscura por el cuello. Hanma no pestañeó. La Ley del Ogro no concebía el retroceso ante el plomo: el dolor era un tributo para recordar que la carne seguía viva. Aguantó la descarga a pie firme en el barro mientras Ratatouille bufaba erizada tras su nuca. Los percutores golpearon en seco entre una nube de pólvora. Esperaban ver una mole desplomada; se toparon con dos ojos amarillos brillando con calma aterradora. Hanma chasqueó las vértebras del cuello y escupió al lodo una bala aplastada que había cazado con los dientes. -Mucho ruido y poca manteca.-

El oni dio un paso al frente y el suelo tembló. Antes de que el artillero metiera otra cinta, la manaza de Hanma arrancó la ametralladora ardiente de su ajuste y la arrojó a los escombros. Dos hombres cargaron con bayonetas; a mano abierta mandó al primero diez metros por el aire sobre un bidón de alquitrán, y al segundo le quebró el fusil de un manotazo, dejándolo sentado en el fango con la mandíbula dislocada. Avanzó hasta el primer vehiculo, metió los dedos bajo el parachoques y lo volteó en vilo sobre el segundo vehículo: las cabinas se aplastaron y los radiadores estallaron en vapor blanco. -Garararara.- La risa cavernosa del oni heló la sangre a la cuadrilla. Hanma recogió una barra de tracción de dos metros y la manejó con soltura limpia: quebrando culatas, hombros y muñecas sin matar a nadie. En dos minutos, los doce hombres yacían gimiendo en el fango sin un hueso sano para empuñar un arma en todo el invierno. El del garfio intentaba arrastrarse por el lodo, pero la bota de Hanma cayó junto a su rostro salpicándole fango negro. Con dos dedos, el oni lo alzó por la solapa a cuatro metros de altura frente a sus ojos amarillos. Un hilillo de sangre goteaba desde su oreja rota sobre el capote del oficial.

-El que me hace sangrar se gana el derecho a saber mi nombre: me llamo Hanma. La patrona de este sitio se llama Nakiri. Y el metal de este campamento no lo vuelve a tocar nadie. Si tu amo en Piston tiene quejas, que baje al puerto. Coge a tus lisiados y lárgate antes de que me acuerde de que tengo hambre.- Soltó la tela y el oficial cayó a plomo sobre el barro. Se puso a gatas, arrastró a los suyos y enfiló la niebla, dejando atrás los camiones aplastados y los fusiles partidos. El silencio volvió a la nave, roto por el siseo del agua en la marmita. Los desterrados salieron despacio mientras Nakiri contemplaba los hierros aplastados y el hombro ensangrentado de Hanma. -Hay leña en esos carros, fuego en el horno y cobre para salvar el invierno.- Hanma se limpió la oreja con el dorso y sonrió enseñando colmillos. -Pues a faenar, vieja. Que ese aguachirle no alimenta ni a un gorrión tullido.- El oni se ató a la cintura un mandil de cuero grueso: apenas le cubría la tripa, pero la cocina era sagrada. Puso a los peones a quebrar maderos de camión para cebar el horno al rojo vivo e inspeccionó la despensa: siete huesos de buey, tres coles duras y nabos amargos. Miseria pura; pero un cocinero saca sustancia del desecho.

Hanma quebró los huesos en el yunque, exponiendo el tuétano graso, y los arrojó directo a las brasas. La grasa chisporroteó sellando bordes y caramelizando cartílago hasta inundar la nave de olor a asado. Tostar el tuétano mataba el rancio y despertaba la gelatina. Lavaron una cubacon agua de pozo. Al hervir, Hanma echó los huesos tostados, raíces machacadas de su fardo, sal gorda y ajos silvestres. Vigiló dos horas el hervor espumando impurezas hasta lograr un caldo dorado y espeso que velaba la cuchara. Al final arrojó la col troceada a mano: se ablandó sin perder verdor ni crujiente.

Comieron las cuarenta bocas del campamento. Los críos devoraron el caldo a lametones con labios brillantes de manteca y mejillas sonrosadas por el vapor. Las mujeres bebían despacio, sintiendo el aliento volverles al pecho. Ratatouille se acomodó sobre un madero con una caña de hueso entre las zarpas, rebañando el tuétano tostado con deleite de reina pirata. Nakiri apuró su ración apoyada contra el fogón, en silencio, hasta la última gota. La noche cayó sobre Kutsukku con niebla helada. Hanma guardó la placa de la ola partida en su fardo junto a la sal sobrante. Nakiri se le acercó renqueando en la penumbra.

-¿Vas a bajar a Pinion muchacho?-

Hanma miró al este, donde las chimeneas costeras escupían llamaradas rojas al cielo negro. Ratatouille trepó por su hombro hasta ovillarse en su nuca. -No se si mi camino me lleve hasta esa ola partida anciana, pero si lo hace le saludare de tu parte. Si quieren hierro, les daré hierro en la crisma; y si quieren comida, aprenderán a pagarla como es debido. Ya nos veremos, vieja. Cuida de ese fuego.- Y sin aguardar respuesta, el Gran Oni echó a andar por el sendero de chatarra, perdiéndose en la niebla mientras el campamento quedaba a sus espaldas, caliente y en pie.

Resumen
[Imagen: AL4aO9R.jpeg]
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[Auto T3] El horno de los desterrados - por Hanma - Hace 1 hora

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