[Pasado] | What? A little bunny? | [Priv. Vixen] | [+18]
#10
La lengua de Jin pasó cerca otra vez. Demasiado cerca. Sentí el calor de ella antes que el contacto, un aliento húmedo rozando el interior de mi muslo que subía, y se desviaba en el último segundo como si mi cuerpo fuera un mapa y él un turista cobardemente fascinado que no se atreve a pisar el centro de la ciudad. Sus dedos, mientras tanto, seguían jugando con la humedad que había tenido el descaro de anunciar en voz alta. Que sí, cabrón. Estaba empapada. Que también, maldita sea, tenía toda la razón.

Cerré los ojos un segundo. Respiré por la nariz e intenté contar hasta tres. No llegué al dos. El cabrón era hermoso debajo de mí, y quizá fue esa belleza la que me hizo perder la cabeza un segundo, porque hice algo que no tenía planeado: lo agarré de la nuca, lo atraje hacia arriba y me lo comí. El beso salió sucio, hambriento, sin la más mínima coreografía: mis labios aplastando los suyos, mi lengua entrando a saquear su boca en busca del whisky que todavía le quedaba en el aliento.


—Ya está —dije con voz ronca, molesta conmigo misma por lo mucho que estaba disfrutando de aquello—. Ya está, yakuza. Se acabó la paciencia.

Agarré el pelo de Jin con una mano y lo alejé de mi de un tirón seco, lo suficiente para reclamar el territorio. Con la otra mano terminé lo que sus dientes habían empezado: me bajé los pantalones de un movimiento, los pateé hacia un lado del sofá sin importarme adónde fueron a parar, y quedé ahí, de pie frente a él, con las medias negras y nada más entre la lógica y yo.

Me quedé de pie frente al sofá un momento, registrando los estragos de mi propio trabajo: la camisa colgando abierta por los botones que yo misma había desprendido, el hueco del cuello dejando a la vista ese pecho pálido, y más abajo, la forma que el pantalón del traje ya no lograba disimular. El espejo de la pared me devolvió la escena por duplicado y pensé, con una claridad casi científica, que era una suerte que ese hombre no supiera lo que yo pensaba hacerle, porque si alguien le hubiera leído la mente a la coneja en ese momento, hasta él habría recomendado rezar por mí.

Me llevé una mano al escote, saqué las llaves de la habitación y las dejé caer sobre la mesa baja con un tintineo metálico. —De ahora en adelante las cosas cambian, yakuza. Acabas de tener un momento de gloria. Ahora te toca callar y obedecer. Créeme, vas a disfrutar cada segundo de ello. Me arrodillé entre sus piernas. Desabroché su cinturón con la eficiencia de una cirujana, tiré de la hebilla, de la cremallera, y lo liberé de un tirón. Y ahí estaba. Grande, caliente, palpitando contra el estómago pálido de Jin. La boca se me hizo agua, honestamente.

—Pinga... —murmuré para mis adentros—. Lo que denotaba contra el traje era la parte menos impresionante.

No me lo llevé a la boca. Sé que sorprende, porque yo también me sorprendí, porque llevaba media noche aguantándome las ganas de poner las cosas en su sitio. Me puse en pie, me monté sobre él de un movimiento, una rodilla a cada lado de sus caderas, y lo tomé con la mano derecha, alineándolo contra mi entrada. El solo contacto del calor de él contra mi humedad me arrancó un temblor que le escondí mordiendo el interior de la mejilla.

—Mírame —le dije, y mientras lo decía bajaba. Lento. Solo la punta, dejándonos a los dos saborear la fricción, el estiramiento, esa primera declaración de intenciones que hace el cuerpo cuando por fin deja de negociar.

Mis ojos no se apartaron de los suyos. Quería ver la exacta fracción de segundo en que el control de Jin empezara a resbalarme de las manos. Bajé más. Un centímetro. Otro. Mi cuerpo lo recibía con una avidez que yo misma subestimé, y tuve que frenar con las manos apoyadas en su pecho para no clavarme de golpe y entregarle la victoria gratis.

—No muevas una sola fibra Jin —ordené, con la voz ya quebrada por la mitad, odiando y amando esa quebradura—. Esta parte la dirijo yo. Y bajé del todo.

El sonido que salió de mi garganta no tuvo nada de elegante ni de calculado. Fue un gemido rasgado, profundo, que salió del fondo del estómago, mientras me sentaba con todo su grosor dentro de mí, llena de una forma que hizo que las estrellas bailaran detrás de mis párpados. Me quedé quieta tres segundos. Sintiendo el pulso de él dentro, latiendo contra mis paredes como si tuviera corazón propio, mientras mi cuerpo entero se adaptaba a esa medida que parecía haber sido discutida en comité.

—Joder... —jadeé, apoyando la frente un instante contra la suya—. Está bien. Vale. Te perdono la noche entera de paciencia. Esto lo compensa.

Empecé a moverme. Lento al principio, rodando las caderas hacia adelante y hacia atrás, buscando el ángulo, ese punto exacto que hace que la vista se nuble de blanco en los bordes. Mis manos se deslizaron por su pecho, uñas incluidas, dejando surcos finos en esa piel pálida que era mía ahora, por derecho de conquista. La cicatriz pasó bajo mis dedos y la acaricié con la yema de uno de ellos, despacio, casi con ternura, porque sí, incluso las mujeres malvadas tenemos nuestros momentos de piedad selectiva.


El ritmo fue creciendo por sí solo, como crecen las cosas buenas: sin darme cuenta, hasta que ya era imposible frenarlo. Subía y bajaba con más fuerza, dejándome caer sobre él una y otra vez, mientras el sofá se quejaba bajo nuestro peso y golpeaba la pared con sacudidas secas que marcaban el compás mejor que cualquier metrónomo. Fue el espejo el que me delató. Alcé la vista entre vaivén y vaivén y ahí estaba, reflejada dos veces: yo, aunque tardé un instante en reconocerme. Tenía las mejillas y las orejas encendidas, las gotas de sudor resbalándome por la frente, los ojos entrecerrados a medio camino entre el vicio y la rendición. La boca se me había quedado abierta, soltando jadeos que ya ni siquiera me molestaba en disimular.

Mi mano derecha subió por su pecho, recorrió el esternón, la garganta, y se cerró alrededor de su cuello. Apreté suave al principio, solo un anuncio, sintiendo bajo mi palma el pulso acelerado latiendo contra mis dedos como un pajarito asustado dentro de una jaula de acero. La presión creció con el ritmo de mis caderas, y cada vez que me clavaba hasta el fondo, apretaba un poco más, sincronizando dolor y placer.

—Mírate —le dije entre dientes, sin detener el vaivén, con la voz hecha jirones—. El temible Jin, con la katana a tres metros de distancia y la coneja encima decidiendo cuánto aire le queda. Kishishishi... si tus muchachos supieran.


Mi otra mano bajó hasta donde nuestros cuerpos se unían, y con dos dedos encontré mi propio clítoris, empezando a dibujar círculos que se sumaban a la fricción, apilando sensaciones una encima de otra como quien apila dinamita. El calor en el bajo vientre ya no era un incendio: era un derrumbe programado con hora exacta. Mis movimientos se volvieron más cortos, más desesperados, más honestos, y me dije a mí misma que estaba bien, que perder el control por elección no es lo mismo que perderlo por descuido.

—No pares de mirarme —ordené, con la respiración ya rota en pedazos—. Quiero que veas la cara de la que te está rompiendo. Quiero que te la grabes.

Los círculos de mis dedos se aceleraron. La ola creció, se irguió, y cuando rompió, rompió de verdad: me arqueé hacia atrás con todo el peso cayendo sobre mis rodillas, la espalda convertida en arco, la mano apretando su cuello sin darme cuenta de la fuerza exacta, y un grito que no reconocí como mío llenó la habitación VIP de arriba abajo. Mi cuerpo se contrajo alrededor de él, apretándolo desde dentro como si quisiera quedármelo, quedármelo todo, sin devolver nada.


Seguí moviéndome, más lento ahora, arrastrando cada última onda, saboreando la sensibilidad al límite, ese punto en que cada roce es demasiado y a la vez no es suficiente. Cuando la última contracción se apagó, me dejé caer hacia adelante, apoyando el peso sobre las manos plantadas a los lados de su cabeza, jadeando a un palmo de su cara, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera mudarse a la suya.

—Eso —consiguié decir entre respiraciones, con una sonrisa torcida y vencedora dibujándose sola—. Eso fue por el trago que pagaste en la barra.

Me incorporé despacio, sintiendo cómo él seguía dentro de mí, duro, intacto, esperando con una paciencia de santo que ninguno de los dos le íbamos a reconocer. Ladeé la cabeza, y una de mis orejas cayó hacia un lado con toda la pereza del mundo. Mis dedos dibujaron un círculo perezoso sobre su pecho, rodeando sin tocar, y bajé la mirada hacia él con el apetito recién despertado en lugar de saciado.

—Y esto... —dije, apretando las rodillas a los lados de sus caderas, dejando claro que el mueble no tenía permiso de moverse todavía—. Esto es por lo que tardaste en la barra en decir lo de la zona VIP. Una copa entera, yakuza. Una copa entera mirándome la boca.

Apoyé el mentón en la palma de mi mano, con el codo descansando en mi rodilla, y lo miré desde arriba, desde mi trono improvisado de huesos y músculos temblorosos, con la autoridad intacta y el pulso pidiendo la segunda ronda a gritos.

—Empezamos de nuevo. Y esta vez... —bajé la voz hasta un susurro que solo sus oídos entrenados podían captar—. esta vez no pienso llegar primero.


Bolsillo Táctico
[Imagen: HC5Abkg.png]
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RE: [Pasado] | What? A little bunny? | [Priv. Vixen] | [+18] - por Vixen Ventress - 13-10-2026, 10:24 PM

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