22-10-2026, 07:51 PM
Bai sintió cómo, lenta y dolorosamente, una fuerza ciega la incitaba a inclinarse hacia él, traicionándola desde la profundidad de las entrañas y terminando de agrietar el magro juicio que le restaba; su prudencia había encontrado mil razones para mantener la distancia —su mano así lo había demostrado— y, pese a ello, ninguna de estas lograba imponerse al impulso irracional que la forzaba a ceder el rostro hacia la garra que tanto le desagradaba a su sensatez. Y era tal el disgusto ante su propia flaqueza que, en un intento inútil por contenerse, cerró los párpados por un instante, hallando una paradoja amarga en aquel gesto que pretendía ir más allá de ocultar su turbada mirada por el impaciente hambre de un amante en cuyo vientre arde el calor de una brasa.
Sin embargo, cuando el contacto cesó y se vio obligada a sostenerle la mirada, una parte de su ser lo odió por hacerla sentirse así. Pero otra se odió aún más por no querer escapar y terminar de ceder a su primitiva pulsión.
De pronto, el murmullo del agua quebró la tibia ilusión en la que se hallaba sumergida. La mano que reposaba sobre la del mink tembló en un espasmo involuntario al revelarle, de golpe, dónde y cómo se encontraba. Sus pupilas, hasta entonces dilatadas por el trance, se contrajeron bruscamente, devolviéndola al presente donde, ahora, su cuerpo se hallaba prácticamente desnudo, habiendo sucumbido al canto de sirena que era Kibai para ella en aquel momento. Y, mientras tanto, el agua, ajena a su tardía sensatez, cobraba vida sobre su piel morena, lamiéndola con una pasividad perversa mientras Bai continuaba adentrándose en la profundidad del manantial.
Su voz se había ahogado en la garganta, haciéndola incapaz de hablar y, sin embargo, su figura comenzaba a deslizarse lánguida y dulcemente hacia Kibai, supliendo la falta de palabra con un lenguaje corporal que nadie en su sano juicio negaría entender.
Al sentir la yema de sus dedos sobre la comisura de sus labios, estos se entreabrieron ligeramente, invitando a recorrerlos; su mirada permanecía fija en las esmeraldas que refulgían tras la cortina de vapor y, dejándose llevar por la ola de calor abrasador que le recorría el cuerpo de la cabeza a los pies, se atrevió a besar la garra con una devoción cargada de irracionalidad animal. Después, por un instante, su cuerpo estremecido vibró bajo el agua, sintiendo cómo la tibia corriente se volvía helada al contacto con su piel. Culpa del calor de un vientre que dominaba partes más primarias. Y, a continuación, tentada por la idea de transgredir cualquier frontera impuesta por la naturaleza de ambos, su lengua rozó los dedos de la garra con una timidez febril, justo antes de romper el contacto y distanciarse de él.
Respiró profundamente, quedándose de pie, paralizada por el peso de su propia audacia, sin saber si huir o quedarse allí, pero manteniéndose firme en el corazón del manantial, sumergida apenas por su tamaño, sintiendo cómo el agua caliente del manantial serpenteaba, envolviendo su cuerpo, creando un contraste abrasador con el resquicio de paisaje nocturno que se alzaba a su espalda. Después, exhaló con lentitud, apenas rompiendo el silencio que poco a poco se volvía denso y casi palpable.
—Déjame conocerte un poco más, Kibai —susurró, sin ademán de cubrirse ni buscar refugio en la turbiedad del agua. Permaneció despojada de ropajes y de prudencia, exponiendo la textura morena de su piel al calor emanado por la roca y al juicio de aquella mirada que se le antojó dolorosamente lejana.
Mientras tanto, sus alas se replegaron, ondeando el agua al moverse, y se llevó la mano al pecho en un gesto mudo hacia el marine, pidiéndole permiso para volver a acercarse ante el irrefrenable deseo de rodearle el cuello en un abrazo lento y ciego, ofreciéndose por completo al mink.
Sin embargo, cuando el contacto cesó y se vio obligada a sostenerle la mirada, una parte de su ser lo odió por hacerla sentirse así. Pero otra se odió aún más por no querer escapar y terminar de ceder a su primitiva pulsión.
De pronto, el murmullo del agua quebró la tibia ilusión en la que se hallaba sumergida. La mano que reposaba sobre la del mink tembló en un espasmo involuntario al revelarle, de golpe, dónde y cómo se encontraba. Sus pupilas, hasta entonces dilatadas por el trance, se contrajeron bruscamente, devolviéndola al presente donde, ahora, su cuerpo se hallaba prácticamente desnudo, habiendo sucumbido al canto de sirena que era Kibai para ella en aquel momento. Y, mientras tanto, el agua, ajena a su tardía sensatez, cobraba vida sobre su piel morena, lamiéndola con una pasividad perversa mientras Bai continuaba adentrándose en la profundidad del manantial.
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Su voz se había ahogado en la garganta, haciéndola incapaz de hablar y, sin embargo, su figura comenzaba a deslizarse lánguida y dulcemente hacia Kibai, supliendo la falta de palabra con un lenguaje corporal que nadie en su sano juicio negaría entender.
Al sentir la yema de sus dedos sobre la comisura de sus labios, estos se entreabrieron ligeramente, invitando a recorrerlos; su mirada permanecía fija en las esmeraldas que refulgían tras la cortina de vapor y, dejándose llevar por la ola de calor abrasador que le recorría el cuerpo de la cabeza a los pies, se atrevió a besar la garra con una devoción cargada de irracionalidad animal. Después, por un instante, su cuerpo estremecido vibró bajo el agua, sintiendo cómo la tibia corriente se volvía helada al contacto con su piel. Culpa del calor de un vientre que dominaba partes más primarias. Y, a continuación, tentada por la idea de transgredir cualquier frontera impuesta por la naturaleza de ambos, su lengua rozó los dedos de la garra con una timidez febril, justo antes de romper el contacto y distanciarse de él.
Respiró profundamente, quedándose de pie, paralizada por el peso de su propia audacia, sin saber si huir o quedarse allí, pero manteniéndose firme en el corazón del manantial, sumergida apenas por su tamaño, sintiendo cómo el agua caliente del manantial serpenteaba, envolviendo su cuerpo, creando un contraste abrasador con el resquicio de paisaje nocturno que se alzaba a su espalda. Después, exhaló con lentitud, apenas rompiendo el silencio que poco a poco se volvía denso y casi palpable.
—Déjame conocerte un poco más, Kibai —susurró, sin ademán de cubrirse ni buscar refugio en la turbiedad del agua. Permaneció despojada de ropajes y de prudencia, exponiendo la textura morena de su piel al calor emanado por la roca y al juicio de aquella mirada que se le antojó dolorosamente lejana.
Mientras tanto, sus alas se replegaron, ondeando el agua al moverse, y se llevó la mano al pecho en un gesto mudo hacia el marine, pidiéndole permiso para volver a acercarse ante el irrefrenable deseo de rodearle el cuello en un abrazo lento y ciego, ofreciéndose por completo al mink.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
