Hace 1 hora
El vapor que brotaba del manantial había ido formando una ligera bruma en el interior de la caverna, envolviendo las rocas en un velo blanquecino a medida que la noche caía sobre Drum y la temperatura descendía en picado en el exterior. El contraste entre el frío que debía de reinar más allá de las paredes de piedra y el calor que emitían las aguas termales y que mantenían aquella cueva en una agradable calidez resultaba casi irreal. De vez en cuando, una corriente de aire se colaba por alguna de las grietas de la caverna, haciendo bailar las llamas de la hoguera y proyectando sombras cambiantes sobre la superficie del agua y los cuerpos de ambos.
Con la mano todavía apoyada en el rostro de Bai, el mink observaba las expresiones de la birkaniana, tratando de descifrar qué estaría pasando por su cabeza. Había algo en su mirada, en la forma en que sus labios habían parecido querer formar palabras (que total el mink tmpoco hubiese podido comprender a bien seguro), que despertaba en él una curiosidad difícil de ignorar. Parecía indecisa, por algún motivo que escapaba por completo a su comprensión. Su mano temblaba junto al brazo del mink, acercándose al pelaje en un movimiento fugaz, solo para detenerse a medio camino, como si una parte de ella quisiera acariciarlo mientras otra le advirtiese de que debía mantenerse alejada.
Aquella vacilación no pasó desapercibida para él, de hecho, por un instante, estuvo tentado de preguntarle qué le ocurría, de intentar averiguar si había hecho algo más que la incomodase o si, por el contrario, estaba experimentando algo parecido a lo que él mismo notaba en su interior. El problema era que, incluso en las circunstancias más favorables, sus habilidades para comunicarse con la joven eran bastante limitadas. En aquellos momentos, con tantas cosas revoloteando por su cabeza, la idea de recurrir a las piedras y a sus rudimentarios dibujos le pareció sencillamente poco práctica.
¿Cómo se suponía que iba a explicarle aquello? ¿Cómo iba a hacerle entender que, por algún motivo, le costaba apartar los ojos de ella? ¿Que aquella cercanía le despertaba una emoción que creía haber dejado atrás y que hacía meses que ni siquiera había recordado?
Al final, Kibai se limitó a sonreír, tratando de transmitir con aquel sencillo gesto una tranquilidad que ni siquiera él mismo estaba seguro de sentir. El mink retiró la mano del rostro de la birkaniana, dejando que las yemas de sus dedos se deslizaran suavemente por su mejilla antes de romper el contacto, y se separó del borde del manantial, con una idea formándose en su mente. En realidad, probablemente habría sido más prudente detenerse a pensar en los riesgos durante unos segundos adicionales, pero honestamente, nunca se había destacado por su capacidad para mantener la cabeza fría cuando algo despertaba su interés. Con cuidado de no sumergirse demasiado, rodeó a Bai hasta colocarse a su espalda. Haciendo una leve presión sobre sus hombros, el mink tumbó a la joven sobre el agua, sujetándola con suavidad por los hombros para llevarla hacia el centro del círculo.
Mientras la llevaba por el agua, la cabeza de Kibai funcionaba a todo trapo. Por un lado, no podía dejar de admirar la belleza de Bai, su piel bronceada que parecía brillar a la luz temblorosa de las llamas de la hoguera reflejadas en cada gota de agua que se quedaba sobre su torso, el arco que dibujaba su cabello bicolor alrededor de su rostro, y los dos ojos de un celeste tan inteso que le traía memorias de un cielo despejado. Había algo particularmente cautivador en aquella mirada, una mezcla de fuerza y vulnerabilidad que lo mantenía pendiente de ella incluso si intentase prestar atención a cualquier otra cosa. Pero por otro, algo le seguía atenazando las entrañas. No era exactamente desconfianza, sino más bien una reticiencia producto de las reacciones que había tenido la birkaniana, como había aceptado su contacto físico, solo para después apartarse, solo para volver a buscarlo de nuevo. Sin duda notaba que había química entre ambos, algo que llevaba mucho tiempo sin notar, al menos desde su estancia en el South Blue. Quizá por eso le costaba tanto ignorar lo que estaba sintiendo, ya que, más allá de la atracción evidente que despertaba en él la joven, había algo en su esencia que le resultaba magnético, aunque no habría sabido explicar el qué, o lo más importante, por qué. Puede que, simplemente, fuese algo que no tenía por qué tener explicación.
El mink bajó la mirada durante un instante, observando las ondas que se extendían alrededor de ambos. Si hubiera podido hablar con Bai con la misma facilidad con la que lo hacía con cualquier otra persona, quizá todo habría resultado mucho más sencillo. Podría haberle preguntado qué pensaba, qué sentía, si aquella cercanía le agradaba tanto como a él. Incluso hubiese podido bromear para aliviar la tensión o, simplemente, reconocer que no tenía ni la menor gana de que aquel inesperado encuentro terminase. Aquella impotencia, tan sencilla y tan frustrante a la vez, sin embargo le proporcionaba una comprensión natural más profunda, ya que los gestos, incluso la mirada que era incapaz de dejar de manterle, se transformaban en todo lo que hubiera podido expresarle de otra manera. Obviamente, Kibai no tenía como saber si Bai estaba experimentando algo similar, o si todo aquello no era más que un producto de su deseo. Solo podía observarla, tratar de comprender sus reacciones y confiar en que sus propios gestos consiguieran transmitir algo de lo que las palabras le impedían expresar.
Sin embargo, el mink, como solía ocurrirle en aquellas ocasiones, decidió hacer oídos sordos a las voces de alarma de su cabeza, y se dejó llevar. Si había algo que sin duda sabía hacer bien, era encontrar motivos para justificar sus propias decisiones. Y, en aquel preciso instante, le resultaba mucho más sencillo dejarse llevar por la calidez del agua, la proximidad de Bai y aquella sonrisa que se negaba a abandonar su rostro que detenerse a analizar todas las posibles consecuencias de lo que estaba haciendo. Mientras la acompañaba a través del agua, Kibai alargó la mano con suavidad para acariciarle de nuevo el rostro, dejando que su pelaje, empapado debido al agua caliente, se deslizase sobre la piel de la birkaniana, siguiendo el contorno de su rostro hasta la línea de su mandíbula.
El ambiente en la caverna había devenido en un silencio total, solo roto por el agradable crepitar del fuego que seguía encendido y el suave murmullo del agua del manantial. El mink ajustó ligeramente su postura, atento a que el peso de ambos no le hiciera dar un paso en falso. La profundidad del manantial le obligaba a ser precavido, especialmente teniendo en cuenta que no le apetecía demasiado descubrir qué ocurriría si las fuerzas comenzaban a abandonarlo en el peor momento posible. No era precisamente la clase de situación en la que quisiera poner a prueba su resistencia como usuario de Akuma no mi. Con delicadeza, envolvió a Bai con sus sus brazos, dejando que la camisa le flotase abierta a su alrededor. El dorso de su mano seguía acariciándole la mejilla la mejilla, mientras su otros brazo, afianzado alrededor de su nuca, procuraba mantenerle el rostro a flote. Dado que había renunciado a respirar unicamente por la boca, con cada inhalación el aroma de Bai inundaba sus sentidos, atrayendo su mirada como una luz a una polilla.
— Oh, en serio Kibai? Otra vez? Lo tuyo ya es un patrón — le dijo su vocecilla interna con el tono del oficial de cubierta del Swift — Apenas la conoces, no puedes hablar con ella y ni siquie...
El mink acalló su voz inclinándose sobre el rostro de Bai para rozar los labios de la birkaniana con los suyos. Al hacer contacto, sus ojos se cerraron por acto reflejo y el brazo que mantenía por detrás de la nuca de la joven se tensó levemente, permitiendo que ella se elevase también hacia él si lo deseaba
— Magnífico, Kibai. Sencillamente magnífico. — musitó su voz interna — ¿Y ahora qué piensas hacer? ¿Dibujarle un corazón en una piedra?
El mink no fue capaz de contener una pequeña risa contra los labios de Bai, antes de rozar su nariz contra su mejilla, abriendo los ojos para ver su reacción, mientras las pequeñas ondas provocadas por los cuerpos de ambos golpeaban contra el cabello y el torso de la joven.
— Definitivamente, me alegro de que hayas venido hoy aquí, Bai.
Con la mano todavía apoyada en el rostro de Bai, el mink observaba las expresiones de la birkaniana, tratando de descifrar qué estaría pasando por su cabeza. Había algo en su mirada, en la forma en que sus labios habían parecido querer formar palabras (que total el mink tmpoco hubiese podido comprender a bien seguro), que despertaba en él una curiosidad difícil de ignorar. Parecía indecisa, por algún motivo que escapaba por completo a su comprensión. Su mano temblaba junto al brazo del mink, acercándose al pelaje en un movimiento fugaz, solo para detenerse a medio camino, como si una parte de ella quisiera acariciarlo mientras otra le advirtiese de que debía mantenerse alejada.
Aquella vacilación no pasó desapercibida para él, de hecho, por un instante, estuvo tentado de preguntarle qué le ocurría, de intentar averiguar si había hecho algo más que la incomodase o si, por el contrario, estaba experimentando algo parecido a lo que él mismo notaba en su interior. El problema era que, incluso en las circunstancias más favorables, sus habilidades para comunicarse con la joven eran bastante limitadas. En aquellos momentos, con tantas cosas revoloteando por su cabeza, la idea de recurrir a las piedras y a sus rudimentarios dibujos le pareció sencillamente poco práctica.
¿Cómo se suponía que iba a explicarle aquello? ¿Cómo iba a hacerle entender que, por algún motivo, le costaba apartar los ojos de ella? ¿Que aquella cercanía le despertaba una emoción que creía haber dejado atrás y que hacía meses que ni siquiera había recordado?
Al final, Kibai se limitó a sonreír, tratando de transmitir con aquel sencillo gesto una tranquilidad que ni siquiera él mismo estaba seguro de sentir. El mink retiró la mano del rostro de la birkaniana, dejando que las yemas de sus dedos se deslizaran suavemente por su mejilla antes de romper el contacto, y se separó del borde del manantial, con una idea formándose en su mente. En realidad, probablemente habría sido más prudente detenerse a pensar en los riesgos durante unos segundos adicionales, pero honestamente, nunca se había destacado por su capacidad para mantener la cabeza fría cuando algo despertaba su interés. Con cuidado de no sumergirse demasiado, rodeó a Bai hasta colocarse a su espalda. Haciendo una leve presión sobre sus hombros, el mink tumbó a la joven sobre el agua, sujetándola con suavidad por los hombros para llevarla hacia el centro del círculo.
Mientras la llevaba por el agua, la cabeza de Kibai funcionaba a todo trapo. Por un lado, no podía dejar de admirar la belleza de Bai, su piel bronceada que parecía brillar a la luz temblorosa de las llamas de la hoguera reflejadas en cada gota de agua que se quedaba sobre su torso, el arco que dibujaba su cabello bicolor alrededor de su rostro, y los dos ojos de un celeste tan inteso que le traía memorias de un cielo despejado. Había algo particularmente cautivador en aquella mirada, una mezcla de fuerza y vulnerabilidad que lo mantenía pendiente de ella incluso si intentase prestar atención a cualquier otra cosa. Pero por otro, algo le seguía atenazando las entrañas. No era exactamente desconfianza, sino más bien una reticiencia producto de las reacciones que había tenido la birkaniana, como había aceptado su contacto físico, solo para después apartarse, solo para volver a buscarlo de nuevo. Sin duda notaba que había química entre ambos, algo que llevaba mucho tiempo sin notar, al menos desde su estancia en el South Blue. Quizá por eso le costaba tanto ignorar lo que estaba sintiendo, ya que, más allá de la atracción evidente que despertaba en él la joven, había algo en su esencia que le resultaba magnético, aunque no habría sabido explicar el qué, o lo más importante, por qué. Puede que, simplemente, fuese algo que no tenía por qué tener explicación.
El mink bajó la mirada durante un instante, observando las ondas que se extendían alrededor de ambos. Si hubiera podido hablar con Bai con la misma facilidad con la que lo hacía con cualquier otra persona, quizá todo habría resultado mucho más sencillo. Podría haberle preguntado qué pensaba, qué sentía, si aquella cercanía le agradaba tanto como a él. Incluso hubiese podido bromear para aliviar la tensión o, simplemente, reconocer que no tenía ni la menor gana de que aquel inesperado encuentro terminase. Aquella impotencia, tan sencilla y tan frustrante a la vez, sin embargo le proporcionaba una comprensión natural más profunda, ya que los gestos, incluso la mirada que era incapaz de dejar de manterle, se transformaban en todo lo que hubiera podido expresarle de otra manera. Obviamente, Kibai no tenía como saber si Bai estaba experimentando algo similar, o si todo aquello no era más que un producto de su deseo. Solo podía observarla, tratar de comprender sus reacciones y confiar en que sus propios gestos consiguieran transmitir algo de lo que las palabras le impedían expresar.
Sin embargo, el mink, como solía ocurrirle en aquellas ocasiones, decidió hacer oídos sordos a las voces de alarma de su cabeza, y se dejó llevar. Si había algo que sin duda sabía hacer bien, era encontrar motivos para justificar sus propias decisiones. Y, en aquel preciso instante, le resultaba mucho más sencillo dejarse llevar por la calidez del agua, la proximidad de Bai y aquella sonrisa que se negaba a abandonar su rostro que detenerse a analizar todas las posibles consecuencias de lo que estaba haciendo. Mientras la acompañaba a través del agua, Kibai alargó la mano con suavidad para acariciarle de nuevo el rostro, dejando que su pelaje, empapado debido al agua caliente, se deslizase sobre la piel de la birkaniana, siguiendo el contorno de su rostro hasta la línea de su mandíbula.
El ambiente en la caverna había devenido en un silencio total, solo roto por el agradable crepitar del fuego que seguía encendido y el suave murmullo del agua del manantial. El mink ajustó ligeramente su postura, atento a que el peso de ambos no le hiciera dar un paso en falso. La profundidad del manantial le obligaba a ser precavido, especialmente teniendo en cuenta que no le apetecía demasiado descubrir qué ocurriría si las fuerzas comenzaban a abandonarlo en el peor momento posible. No era precisamente la clase de situación en la que quisiera poner a prueba su resistencia como usuario de Akuma no mi. Con delicadeza, envolvió a Bai con sus sus brazos, dejando que la camisa le flotase abierta a su alrededor. El dorso de su mano seguía acariciándole la mejilla la mejilla, mientras su otros brazo, afianzado alrededor de su nuca, procuraba mantenerle el rostro a flote. Dado que había renunciado a respirar unicamente por la boca, con cada inhalación el aroma de Bai inundaba sus sentidos, atrayendo su mirada como una luz a una polilla.
— Oh, en serio Kibai? Otra vez? Lo tuyo ya es un patrón — le dijo su vocecilla interna con el tono del oficial de cubierta del Swift — Apenas la conoces, no puedes hablar con ella y ni siquie...
El mink acalló su voz inclinándose sobre el rostro de Bai para rozar los labios de la birkaniana con los suyos. Al hacer contacto, sus ojos se cerraron por acto reflejo y el brazo que mantenía por detrás de la nuca de la joven se tensó levemente, permitiendo que ella se elevase también hacia él si lo deseaba
— Magnífico, Kibai. Sencillamente magnífico. — musitó su voz interna — ¿Y ahora qué piensas hacer? ¿Dibujarle un corazón en una piedra?
El mink no fue capaz de contener una pequeña risa contra los labios de Bai, antes de rozar su nariz contra su mejilla, abriendo los ojos para ver su reacción, mientras las pequeñas ondas provocadas por los cuerpos de ambos golpeaban contra el cabello y el torso de la joven.
— Definitivamente, me alegro de que hayas venido hoy aquí, Bai.

![[Imagen: Leopardo-vampiro-bajo-la-luna-roja-1.png]](https://i.ibb.co/JRTpyWKs/Leopardo-vampiro-bajo-la-luna-roja-1.png)