Ayer, 02:10 AM
Una diva no persigue a nadie, tiende la pasarela y deja que el escenario haga el resto.
Con los ojos todavía anegados de jabón, el mundo era una acuarela borrosa de burbujas y neblina violeta, y yo seguía sin poder respirar ni decir una palabra. Primero me llegó un perfume a mi espalda, de rosas, bastante decente para estar en un agujero como este. Justo después, algo duro y seco se me estrelló en la nuca con tanta fuerza que la cabeza se me fue hacia delante y el cuello me crujió de una forma nada elegante. Eso me costó, por lo menos, cincuenta puntos de aura pues arruinó mi duckface perfecta. El perfume a rosas se alejó hacia arriba, muy arriba, y desapareció por encima de mí. Casi a la vez, dos puñetazos con algo punzante se me clavaron en el estómago, alguien me tiró de la red con un descaro imperdonable – ¡mi red de diseñador! – pensé, y el peso de la chica de las escamas, que seguía sentada a mi espalda, desapareció de un tirón, arrastrada lejos de mí.
No sabía quién me había pegado ni quién me había jalado la ropa, pero sí sabía de dónde había salido aquel veneno que me tenía sin voz ni oxígeno lo cual era terriblemente grave para mi mantener mi tersa piel. Mi memoria no olvida nada, tan perfecta como yo, y menos aún a quien se burla de mí. Sabía que, a unos veinticinco metros por delante, a mi izquierda, la pelirroja del bate a quien su wanted identificaba como Pucca seguía exactamente donde la había visto por última vez, quieta en medio de su propia neblina, sin haberse movido ni un centímetro. Si alguien iba a caer primero en esta cueva, iba a ser ella, aunque para eso tuviera que hacer algo que odio con toda mi alma. Dejé morir de golpe mis dos oleadas de burbujas. Miles de ellas reventaron a la vez por toda la caverna con un chasquido húmedo y prolongado, y el escozor de mis ojos fue cediendo lo justo para enfocar. Después me vacié por dentro. No hubo pose ni brillo, nada que mereciera un solo aplauso, solo un tirón brutal desde el fondo del pecho, que me arrancó la vida a jirones y me dejó el cuerpo entero agarrotado, rígido de pies a cabeza, sin poder mover ni los párpados. De mis pies brotó una franja de burbujas de dos metros de ancho, recta y sin adornos, que avanzó hacia ella sin desviarse un palmo. La cosita de las coletas quedaba a casi diez metros a un lado, el alado flotaba treinta metros por encima, y el resto estaba a mi espalda o demasiado lejos para estorbar. Las burbujas llegaron hasta sus botas de plataforma, le subieron por las piernas, por la cintura y por los brazos, y le fueron bebiendo la energía hasta la última gota, cayendo de bruces sobre la grava para siempre, y por siempre, amén. Con ella se deshizo también la neblina violeta, hilo a hilo, hasta no quedar ni rastro.
El aire limpio me entró solo en los pulmones, con olor a jabón, y en ese preciso instante ocho brazos me envolvieron por detrás ¿estaba viviendo acaso una epifanía? ¿estaba entre el abrazo de Polvo Nocturno y Mañanero? Era imposible, sentía más brazos que los que ellos tenían. Cuatro se cerraron sobre mi cabeza, dos sobre mis antebrazos y otros dos sobre mis muslos, con unas ventosas que se me pegaron a la piel con más confianza de la que mis polvorinchines tenían al tocarme. Me levantaron del suelo y saltaron conmigo ocho metros hacia atrás y una rodilla erizada de pinchos se me hundió en las costillas. Ni siquiera pude intentar soltarme pues mi cuerpo seguía clavado en aquella rigidez espantosa, y aunque no lo hubiera estado, aquellos brazos me apretaban con una fuerza que no habría conseguido aflojar. Por primera vez en toda la noche me sentí acorralado. Desde algún punto por delante sonó un disparo, y una bala se me estrelló contra el pecho y cayó aplastada sobre la grava sin dejarme ni una marca. Y desde la pared más lejana, una voz ronca y arrastrada me llegó con todo el cariño del mundo, pero en mi situación no le presté demasiada atención, presa del pánico y sumido ante las consecuencias de mis actos. No pude mover ni un músculo para responderle, pero por dentro le dediqué la sonrisa más sincera de la noche pues provenía del único con buen gusto en toda esta cueva, con aquel osito tenía una cena pendiente, yo sería el postre y él el plato principal, fififi.
Con los ojos todavía anegados de jabón, el mundo era una acuarela borrosa de burbujas y neblina violeta, y yo seguía sin poder respirar ni decir una palabra. Primero me llegó un perfume a mi espalda, de rosas, bastante decente para estar en un agujero como este. Justo después, algo duro y seco se me estrelló en la nuca con tanta fuerza que la cabeza se me fue hacia delante y el cuello me crujió de una forma nada elegante. Eso me costó, por lo menos, cincuenta puntos de aura pues arruinó mi duckface perfecta. El perfume a rosas se alejó hacia arriba, muy arriba, y desapareció por encima de mí. Casi a la vez, dos puñetazos con algo punzante se me clavaron en el estómago, alguien me tiró de la red con un descaro imperdonable – ¡mi red de diseñador! – pensé, y el peso de la chica de las escamas, que seguía sentada a mi espalda, desapareció de un tirón, arrastrada lejos de mí.
No sabía quién me había pegado ni quién me había jalado la ropa, pero sí sabía de dónde había salido aquel veneno que me tenía sin voz ni oxígeno lo cual era terriblemente grave para mi mantener mi tersa piel. Mi memoria no olvida nada, tan perfecta como yo, y menos aún a quien se burla de mí. Sabía que, a unos veinticinco metros por delante, a mi izquierda, la pelirroja del bate a quien su wanted identificaba como Pucca seguía exactamente donde la había visto por última vez, quieta en medio de su propia neblina, sin haberse movido ni un centímetro. Si alguien iba a caer primero en esta cueva, iba a ser ella, aunque para eso tuviera que hacer algo que odio con toda mi alma. Dejé morir de golpe mis dos oleadas de burbujas. Miles de ellas reventaron a la vez por toda la caverna con un chasquido húmedo y prolongado, y el escozor de mis ojos fue cediendo lo justo para enfocar. Después me vacié por dentro. No hubo pose ni brillo, nada que mereciera un solo aplauso, solo un tirón brutal desde el fondo del pecho, que me arrancó la vida a jirones y me dejó el cuerpo entero agarrotado, rígido de pies a cabeza, sin poder mover ni los párpados. De mis pies brotó una franja de burbujas de dos metros de ancho, recta y sin adornos, que avanzó hacia ella sin desviarse un palmo. La cosita de las coletas quedaba a casi diez metros a un lado, el alado flotaba treinta metros por encima, y el resto estaba a mi espalda o demasiado lejos para estorbar. Las burbujas llegaron hasta sus botas de plataforma, le subieron por las piernas, por la cintura y por los brazos, y le fueron bebiendo la energía hasta la última gota, cayendo de bruces sobre la grava para siempre, y por siempre, amén. Con ella se deshizo también la neblina violeta, hilo a hilo, hasta no quedar ni rastro.
El aire limpio me entró solo en los pulmones, con olor a jabón, y en ese preciso instante ocho brazos me envolvieron por detrás ¿estaba viviendo acaso una epifanía? ¿estaba entre el abrazo de Polvo Nocturno y Mañanero? Era imposible, sentía más brazos que los que ellos tenían. Cuatro se cerraron sobre mi cabeza, dos sobre mis antebrazos y otros dos sobre mis muslos, con unas ventosas que se me pegaron a la piel con más confianza de la que mis polvorinchines tenían al tocarme. Me levantaron del suelo y saltaron conmigo ocho metros hacia atrás y una rodilla erizada de pinchos se me hundió en las costillas. Ni siquiera pude intentar soltarme pues mi cuerpo seguía clavado en aquella rigidez espantosa, y aunque no lo hubiera estado, aquellos brazos me apretaban con una fuerza que no habría conseguido aflojar. Por primera vez en toda la noche me sentí acorralado. Desde algún punto por delante sonó un disparo, y una bala se me estrelló contra el pecho y cayó aplastada sobre la grava sin dejarme ni una marca. Y desde la pared más lejana, una voz ronca y arrastrada me llegó con todo el cariño del mundo, pero en mi situación no le presté demasiada atención, presa del pánico y sumido ante las consecuencias de mis actos. No pude mover ni un músculo para responderle, pero por dentro le dediqué la sonrisa más sincera de la noche pues provenía del único con buen gusto en toda esta cueva, con aquel osito tenía una cena pendiente, yo sería el postre y él el plato principal, fififi.
Resumen
Sobre el turno anterior
Bélico
Gastos
Posicionamiento
Karmas usados
Turno
