[EVENTO CAMBIO ZONA] A la caza de los sueños; Parte 2 (Grupo 2)
#39
El vapor tibio de mi propia meada todavía subía desde el piso de piedra caliza, mezclándose con la humedad agria de la caverna y el persistente aroma a jabón de tocador que se iba apagando. Estaba ahí parado, con la espalda a metros de la roca fría a una veintena de metros de toda la pelea. Desde mi posición se veía todo con claridad, la nube violeta de la pelirroja se había disuelto por completo al caer ella desplomada sobre las piedras, muerta, aparentemente.

Quizá este era el momento de pasar al ataque. Baje la cadera y me dispuse a saltar pero de repente me quedé mirando todo, inmóvil, con los brazos caídos a los costados del cuerpo. Una puntada helada me cruzó el pecho, justo debajo del esternón, donde se juntan los rollos. Sentí una pesadez extraña, una sensación amarga que no tenía nada que ver con el cansancio que me pesaba en los hombros. ¿Qué carajo me estaba pasando? Yo le había tirado ese chamuyo recién para calmar las aguas, para convencerlo de que bajara la guardia y se viniera a mi rincón antes de que me matara con esas burbujas. Había sido una avivada callejera, una mentira piadosa para salvarme el pellejo.

Pero a mí la mentira no me sale. Nunca me salió. Mi boca está maldita por una honestidad de la que no puedo escapar. Entonces… si las palabras que salen de mi garganta, son siempre verdaderas… ¿Eso quiere decir, que el amor que le profese segundos antes es genuino?. No no, no puede ser. ¿Acaso mi propia cabeza se había creído el chamuyo? ¿Acaso al prometerle cariño y calma, mi alma había sellado un pacto que yo ni siquiera entendía?

Un dolor punzante, como si me hubieran clavado un clavo de ferrocarril al rojo vivo en medio de la frente, me partió el cráneo al medio.

Me agarré la cabeza calva con las dos manos pesadas, apretándome las sienes con tanta fuerza que los anillos de oro con forma de calavera me dejaron marcas en la piel. Cerré los ojos detrás de los diminutos anteojos oscuros y el mundo real se apagó de golpe.


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—¿A ti te gusta el heavy metal? ¡Cuanta aura… a mi me encanta el heavy metal!—

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—¡¡DOPAPAPAPA ESTO ES MUY DIVERTIDO!!—

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—Tus ojos son mi pelicula favorita, caramelito...—

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—¡¡ESTOY VOLANDO, CARAMELO, ESTOY VOLANDOOOO!!—

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—En las buenas y en las malas, osito—

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—Que rico lo moves, Betito—

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—Contigo Beto, contigo tengo mas un millon de aura.. fififififi—

¿Cuándo mierda pasó todo eso? La garganta se me cerró en un nudo seco. Esos momentos eran imposibles, jamás habían sucedido en este mundo podrido... Oo sí? Se sentían tan reales, tan míos, tan grabados a fuego en mi corazon que la sola idea de perderlos me arrancaba pedazos de carne viva.

¿Por que?.... ¿Por que tenia que ser asi?.... ¿Acaso esto es.... amor?

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Estábamos en un claro en medio de un bosque verde, espeso y pacífico, donde la brisa apenas movía las copas de los árboles y no existía el olor a pólvora, a aceite quemado ni la mugre de Kutsukku que tanto habia marcado mi vida. En el centro, sobre una alfombra de pasto fresco, había una mesa de madera rústica donde el tiempo parecía haberse frenado. Yo estaba sentado en una silla ancho que aguantaba mi mole sin crujir, vistiendo una camisa de lino blanco, suave y holgada, que caía limpia sobre mis hombros y me tapaba la panza sin apretarme los rollos. No había gritos. No había música estridente. Solo el canto de los pájaros y el murmullo de las hojas.

Del otro lado de la mesa estaba él.

Caramelito me miraba con una dulzura que me derretía las entrañas. Su melena rosa le caía sobre los hombros enmarcando esos cuernitos rojos, vistiendo su saco violeta que tanto me gustaba. Tenía esa risa brillante, limpia, de ojos achinados por la felicidad, una sonrisa sincera que jamás en mi vida nadie me había dedicado en toda mi vida.

—Osito... abrí la boca, grandote... mirá que si no te lo comés tu, se enfría— Me decía con esa voz suave y melosa que no necesitaba gritar para hacerme temblar los tres mentones. 
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Frente a él descansaba un plato hondo de fideos caseros, y con un movimiento elegante de su muñeca enrolló una porción perfecta de espaguetis en el tenedor. El vapor caliente subía despacio, cargado con el perfume a salsa de tomate, albahaca fresca y queso rallado. Con la mano izquierda abierta en un gesto de entrega absoluta, estiró el brazo cruzando la mesa y me acercó el tenedor humeante directo a los labios, cuidando que no goteara ni una sola gota de tuco.

Incliné mi torso pesado hacia adelante y recibí la comida despacio. El sabor era una locura, era el gusto de algo hecho con amor, algo puro, lejano a los asados en tachos de chapa que solia hacer o a los guisos grasientos que comía a las apuradas entre botellazos.

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Cerré los ojos detrás de mis anteojos y me llevé la mano derecha a la boca, tapándome los labios con los dedos cargados de anillos, masticando despacio, sintiendo cómo se me formaba un nudo espeso en la garganta. La salsa tibia llenaba de amor mi paladar mientras el corazón me latía despacito, en paz, sabiendo que en esa mesa no tenía que hacerme el guapo, ni el capo, ni el macho. Ahí era simplemente Beto, y alguien me cuidaba. 


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—Caramelo.... creo que.... te amo..— Alcancé a susurrarle, sintiendo una calidez que me envolvía el pecho entero.

Él solo soltó una risita cómplice, mirándome comer como si yo fuera la criatura más hermosa del universo. Un momento tan perfecto, tan lleno de vida. Ojala nunca terminara, ojala esto fuera eter..—.



El dolor de cabeza cedió de golpe, dejándome caer de nuevo en la cruda penumbra de la caverna.

La realidad me golpeó en la cara como un baldazo de agua helada. Ya no habia arboles verdes y picnics romanticos. Solo había una cúpula de roca húmeda donde una horda de asesinos se abalanzaba en círculo sobre aquel cuerpo inmóvil. El tipo de los ocho brazos lo apretaba sin piedad, y los demás preparaban sus armas para rematarlo en el suelo, para borrar para siempre esa luz que acababa de encenderse en mi memoria.

Mis piernas no aguantaron esa escena. Las dos rodillas se estrellaron contra la grava y el barro con un crujido sordo, hundiéndose en la tierra húmeda sin que me importara el dolor de los huesos. Las manos me temblaban como hojas secas apoyadas sobre los muslos. Por debajo de los anteojos negros empezaron a brotar dos torrentes de lágrimas gruesas y pesadas, calientes como brea, que me surcaron las mejillas, empaparon los tres mentones y se perdieron en la maraña de mi barba roja. La mandíbula se me desencajó en una mueca de agonía pura, viendo cómo el final se le venía encima a escasos metros de mí, sin que mis patitas inútiles pudieran llegar a tiempo para interponer mi panza entre él y la muerte.

Estiré un brazo desesperado hacia el centro de la cueva, abriendo la mano cargada de oro hacia esa figura que se apagaba, y desde el fondo más desgarrado de mis tripas solté un aullido que quebró el aire.

—¡Che, suéltenlo ya mismo que me están partiendo el corazón en mil pedazos, manga de asesinos hijos de mil puta!—

Tomé una bocanada de aire que me supo a ceniza y sangre, y el nombre que brotó de esos recuerdos imposibles me reventó la garganta en un grito desgarrador. 

—¡¡CARAMELITOOOOO!!—
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Puto el q lo lea
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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] A la caza de los sueños; Parte 2 (Grupo 2) - por Beto Bullicio - Hoy, 12:40 AM

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