[Auto T1] Novecientos noventa y nueve
#1
Día 51 - Otoño - Año 11

En Cobo me contaron sobre Ballywood. Cuando insistí en saber por qué seguían con armas tan sencillas si producían y exportaban metal y piedra, me dijeron que no tenían forma de producir algo menos rudimentario que lo que ya tenían. De eso se encargaban las fábricas de Ballywood y no tenían una ruta comercial directa que les comunicara, ni demasiados recursos para adquirirlas.

Me llamaron la atención las fábricas que comentaron, quería investigar sobre la producción de armas: cómo las hacían, quién las hacía y a quién se las vendían. Me contaron que esa isla tenía una gran ciudad y, aunque me diera una gran pereza por las miradas hacia mis alas, quizás sería interesante visitarla. Aún me quedaban algunas plantas del bosque de Korossasu que podía intentar comerciar. A parte, en las ciudades, una se entera de lo que pasa en el mundo. Iba con la idea de averiguar si había salido un periódico nuevo, quizás había alguna noticia sobre los revolucionarios, en el de verano no hubo precisamente buenas noticias. Además, en general me interesaba ir conociendo las islas del West. Me sobraban razones por visitar Ballywood, y con tan solo una ya la hubiera visitado, así que partí sin dudarlo.

Después de atracar en el embarcadero con mi destartalado barco – tenía que conseguir algo mejor con urgencia – y sobrevolar un tranquilo lago que acaricié con mis manos, llegué a la ciudad y ya me mareé al poco de pisarla. Qué asco, de verdad no podía entender cómo podía haber personas que les gustara vivir aquí. Reflexioné que realmente no sabía nada sobre Ballywood más que lo que los cobenses me habían contado. La ciudad era grande y me sentía totalmente desubicada. Observé a mi alrededor y me di cuenta que el alboroto urbano estaba especialmente activo, estaba rodeada de comercios. Gritos, risas y cánticos ensayados para conseguir ventas. Ruido. Cuando me encontraba en medio de la ciudad me planteaba seriamente por qué quería dedicar mi vida a luchar por personas que en su gran mayoría me parecían molestas. Cualquier día me hacía pirata y me los cargaba a todos. Un correteo de pasos ligeros interrumpió mis pensamientos, me giré en dirección al ruido y me encontré con un niño humano observándome con unos ojos engrandecidos de ilusión que, señalando mis alas, dijo: ¡Uau! ¿Puedes volar? Rápidamente apareció una mujer que me sonrió nerviosamente a modo de disculpa, y tiró de la mano del niño. Oí cómo le regañaba. Sonreí. Pirata… jamás podría ser pirata. El mundo estaba podrido, pero seguía pensando que construir un mundo más agradable para esos niños aún exentos de prejuicios tenía sentido para mí.

Suspiré hastiada por mi masoquismo y reprendí mi marcha. Tenía que preguntar a alguien dónde mierda estaba y hacia donde tenía que-

- Marines. – susurré para mí. Un grupo de soldados rasos con alguien que parecía comandarles apareció bastantes metros enfrente, patrullando las calles. Intuitivamente desvié mi recorrido para no cruzármelos. Tampoco es que hubiera hecho nada para temerles, quizás no era miedo y más bien era evitar situaciones que pondrían en riesgo mi autocontrol. Ah, eso y que había degollado un par de guardias. Culpa suya, por corruptos. Seguí andando y a lo lejos vislumbré otra pareja de marines, no eran los mismos que los del grupo.

- Oiga, vieja chepada. ¿Por qué hay tanta marina aquí? – dije a una señora mayor que se encontraba a mi derecha.
- ¿Qué? – dijo la señora rodeando su oreja con su mano. Con la sorda había topado.
- Que ¡POR QÚE HAY TANTA MARINA POR AQUÍ! ¡MA-RI-NA!
- No vendo cortinas, señorita, esto es una zapatería. ¿Quiere pasar? No sé si tengo algunos de su talla, déjeme ver… - y se perdió su aguda voz mientras entraba en su tienda.

Reí para mis adentros. Esto no iba a llegar a ningún sitio.

-          ¿Eres nueva por aquí, verdad?

Me giré para reconocer quién me estaba hablando. Un señor mayor con cara de pocas amistades me miró por encima de las gafas. Estaba sentado en una silla enfrente del que parecía su comercio. En sus manos tenía una revista y en la boca, un puro que apestaba toda la zona con su fumarada.

-          A usted qué le importa, viejo arrugado.
-          ¡Já! Jovencita maleducada… - soltó una risita que acabó en una tos violenta. – Estamos en el Boulevard pero por allá cerca empieza el Hills. Es normal que algunos marines salgan del cuartel para venir a abastecerse en la zona comercial.
¿Qué dijo? ¿Cuar-qué?
-          ¿Cu-cuartel? – dije con la mayor indiferencia que fui capaz que, por cierto, fue poca. No me jodas, viejo. Cómo que cuartel.
-          Sí, el cuartel de la marina. Hay un capitán así que olvídate de hacer ninguna tontería.
-          ¿Qué tontería voy a hacer? ¿Es porque soy lunarian? ¡No sea racista! – los nervios me hicieron acusarle porque sí.
-          ¿Racista yo? ¡Qué estupidez! La mujer más guapa que he conocido en mi vida era una semi-oni. ¡Oh! Qué pedazo de mujer…

No quería oír una sola palabra más, así que desvié la conversación hacia mi interés.

-          ¿Así que cuartel? ¿Toda la isla está repleta de marines? – un sí y me largaba rápido. No iba a quedarme en una isla petada de ratas yendo sola. Me sentí mal por las ratas, son unos animales muy inteligentes, no hacía falta faltarles de esa manera.
-          Bueno, hay zonas que les gustan más que otras. Mayormente se encuentran en el Hills, obviamente. Por aquí vienen de vez en cuando y por el East casi que ni se pasan…
-          ¿El East?
-          Sí, el barrio de las fábricas y sus trabajadores. Creo que les importa más sus productos que los productores.

¡Las fábricas!

-          Olvida que he dicho eso. – dijo señalándome con los dedos con los que sujetaba el puro.
-          Oiga viejo ¿dónde están las fábricas?
-          ¿El East? A ver si adivinas… - dijo burlón mientras bajaba las gafas para observarme mejor por encima de ellas.
-          Al este. Muy gracioso.

Empezó a reír y de nuevo terminó tosiendo ruidosamente.

-          Gracias, viejo. ¡Y deje de fumar!

El viejo se despidió haciendo gestos con la mano que invitaban a perderme de su vista. Alcancé a ver cómo aspiraba una profunda calada de su puro. Revoleé los ojos y me dirigí al este. Já, me cayó bien el viejo ese.
 
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Supe claramente cuando había cambiado de barrio. Los colores y alboroto se tornaron gris y silencio, sin transición. Mucho mejor, pensé. Casas idénticas y sin gracia se repetían una y otra vez. Las calles estaban asfaltadas, acorde con el gris general, y algunas farolas empezaban a encenderse, otras se quedaron en un eterno parpadeo. Empezaba a oscurecer y tomé consciencia en que no había comido nada en todo el día desde que dejé el barco, ni siquiera bebido. No estar en mi hábitat pasaba factura. Distinguí un local que parecía una taberna en la misma calle que estaba transitando, un poco más adelante. Quizás podría comer algo.

Abrí la puerta y todas las miradas cayeron sobre mí. Un silencio absoluto invadió el lugar con mi entrada. Observé a mi alrededor y vi grupos de hombres con ropas similares, que parecían uniformes. Grises, cómo no. A mi izquierda, un grupo de chicos más jóvenes bebía jarras de cerveza y me miró con prudencia. A mi derecha, un grupo de bastante más edad fumaba y jugaba a cartas. Cinco viejos, cinco copas de vino. Cuando se giraron hacia mí mostraron su más clara indiferencia y siguieron jugando.

-          ¡No hay mus!
-          Oh, maldita sea, Ronald. ¡Deja de trucar las cartas!
-          No es culpa mía que no sepas ni montar una culata.

El resto del grupo empezó a reírse y el quejoso parecía molesto, aunque terminó riéndose con todos. Delante de mí había un grupo de tres personas, que se quedaron mirándome fijamente. El tipo corpulento que estaba apoyado en la barra, propinó:

-          ¿Te has perdido, chata?
-          No me he perdido, estoy dónde quiero estar. Y tu barriga es de todo menos chata.
-          Sólo oigo verdades, Michael. – comentó uno con sorna. El tal Michael parecía que iba a rebatirle, cuando:
-          ¡¿A qué huele aquí?! – gritó una mujer de mediana edad que salió decidida de una puerta interior detrás de la barra. Era rolliza, iba con un delantal y se movía con soltura. Miró hasta verme. – Tú, ven aquí. ¿Qué llevas en esa bolsa?

Me quedé confusa por un momento, no supe qué decir.

-          No tengo todo el día, muchacha. Tengo tres ollas en marcha ¿tienes hierbas de bosque? – la mujer hablaba muy rápido y no paraba de moverse.
-          ¿Puede parar, histérica? – la miré y me sentí un poco mal, pero me había puesto nerviosa con tanto movimiento. A ella no pareció importarle.
-          ¿Llantén o borraja? – me sorprendió. ¿De verdad podía identificar las plantas sólo con el olor a esa distancia? Increíble.
-          Llantén.
-          ¿Lo otro qué es? ¿Hierbabuena?
-          Menta.
-          Oh, genial. ¿Vas a comer?
-          Estaría bien.
-          Eres demasiado confiada, Julia. No sabemos nada de ella.
-          No necesito saber nada para saber que come, todos comemos Michael. Y si alguien quiere comer en mi taberna, será servido. ¿Alguna preferencia? – preguntó al centrar su mirada en mí.
-          Mmmm, prefiero que no sea carne.
-          ¿Bebida?
-          Zumo de calabaza.
-          ¡Marchando! – volvió a irse con la misma intensidad con la que vino. Aproveché para sentarme en la barra mientras una calma volvía a emerger. Una calma, que duró poco.
 
-          Seré claro, Lunarian. ¿A qué has venido aquí?
-          No me llamo Lunarian, tengo un nombre – dije molesta porque siempre me redujeran a eso.
-          ¿Y cuál es ese nombre?
-          Hécate.
-          Está bien, Hécate. Yo me llamo Michael.
-          Lo sé. – Julia salió con desparpajo y me sirvió una jarra con mi zumo y moví la cabeza en agradecimiento.
-          Bonita serpiente – dijo ella con una sonrisa. Se la correspondí.
-          Aquí somos los mismos cada día, bebiendo lo mismo y haciendo lo mismo. Está claro que tú no estabas ayer ni anteayer. ¿A qué has venido, Hécate? – incidió.
 
A qué vine. Ni siquiera yo lo tenía claro, sólo que ¿una ciudad que fabricaba y comerciaba armas? Ese barrio de obreros tenía el conocimiento y habilidad para armar a un ejército entero y revolucionar la isla, como poco. Tenía que vincularme con ellos de alguna manera. Pero ¿acaso querrían hacer algo así? ¿Qué clase de personas vivían ahí? No tenía ni idea. Terminé mi primer sorbo de zumo que, por cierto, estaba espectacular.

-          Quería conocer el barrio.

Se puso a reír ruidosamente.

-          ¿A conocer el barrio? ¡Já! ¿Viste dos calles? Ya viste todo, ya lo conoces. Es todo igual, aunque no creo que vengas a ver aburridas casas grises. Di la verdad, vienes a robar armamento ¿cierto? ¿Eres pirata?

Oí un movimiento leve por toda la sala: espaldas enderezándose, recolocaciones en los asientos, un cigarrillo se encendió. Noté el nerviosismo, quizás porque era parte de él. No era mi plan enemistarme con esta gente, al contrario. Aún así, si nos íbamos a llevar bien tenía que ser de manera real, así que le propiné una dura mirada.

-          Yo no robo a la clase obrera. – tomé otro trago que aportó un ligero suspense – Código ético.

El tipo alzó ambas cejas. Se le podía ver claramente sorprendido por mi respuesta, pero pronto volvió a la burla.

-          Oh, vaya, ¡mirad eso chicos! La muchacha tiene código ético.
-          Sí, lo tengo. ¿Por qué no hablamos sobre el tuyo? -  me lo quedé mirando fijamente mientras me debatía sobre si preguntarle o no. Al carajo: - ¿A quién le vendéis las armas?

Soltó una risita que denotaba más molestia que gracia.

-          Nosotros no vendemos las armas, nosotros las hacemos. Esas preguntas son para el patrón.

Bingo: eran obreros de las fábricas de armamento. Tenía que intervenir inteligentemente, esto tenía que salir bien. Le miré de reojo sin decir nada.

-          Parece que no sabes tanto de la clase obrera como quieres aparentar.
-          Puede ser que aún me quede mucho por aprender, pero lo que sé es que esta isla está plagada de marines y todos van armados. Así que era una pregunta retórica, por supuesto que la fábrica se las vende al cuartel de la marina.
-          Mira, bonita. No me vengas con tus discursos baratos ¿crees que quiero salvar el mundo? Tengo una familia que alimentar. Me levanto a las cinco de la mañana, fabrico lo que me piden y luego me tomo una cerveza. Y así cada día. ¿Quieres juzgarme? Adelante, no vas a cambiar nada.
-          No te juzgo, entiendo tu posición. Yo también tuve una familia que hizo todo por mí.
-          ¿Entonces?
-          Que fueron las armas de esos marines las que me jodieron la vida. Así que entiende tú también que no les tengo aprecio a esos bastardos.
-          ¿Crees que nosotros les tenemos aprecio? Esta ciudad está llena de criminales. ¿Qué barrio crees que protegen? ¿El nuestro? ¡Já! Ni siquiera se pasan por aquí, están demasiado ocupados protegiendo a los ricachones.
-          ¿Y con qué los protegen, Michael? – dejé un breve silencio – Con las armas que tú haces.

Suspiró. La conversación claramente le estaba cansando y hizo un amago por irse, pareciera que donde fuera, pero lejos de mí. No podía dejarlo ahí.

-          No me entiendas mal. No es tanto una crítica, es más bien: un reconocimiento de poder.
-          ¿De poder? - volvió - ¿Qué puto poder tengo yo? ¿Crees que si tuviera poder llevaría este uniforme? – dijo zarandeándose el atuendo.
-          Justamente porque llevas uniforme eres quién tiene el poder. No tú, todos vosotros – dije alzando la voz.

Miradas de reojo desde la mesa de los jóvenes estaban pendientes. La mesa de los viejos parecía no interesarle en absoluto la conversación y seguían con su juego de cartas.

-          ¿Y qué se supone que quieres decir con eso?
-          Nada, sólo quería recordároslo. La tierra es de quién la trabaja. La fábrica es de quién la hace funcionar.
-          ¿Qué es lo que estás proponiendo exactamente? Que vaya al patrón y le diga: Sí, ¿hola señor jefe? ¿Sabe quién soy? No, por supuesto que no, porque hay cientos de trabajadores aquí como yo y ni siquiera se sabe mi puto nombre, aunque lleve veinte años trabajando para usted. Solo que: he tenido una idea. A partir de hoy, usted no va a decidir más quién vender las armas, lo vamos a decidir nosotros. ¿Sabe por qué? Porque Hécate, la revolucionaria, dice que tenemos poder.

Hécate, la revolucionaria. Sonreí.

-          Suena bien ¿no?
-          No, no suena bien ni mierdas. ¡Suena a que vamos a morir todos si alguno se atreve a hacer semejante estupidez! ¿Crees que el patrón vive en el East? El patrón vive en Hills, rodeado de marines.
-          Bueno, el poder tiene muchas formas. Quizás ahora no podéis hacerlo, no tenéis poder militar. Aunque tiene guasa que las personas más formadas en hacer armamento no tengan poder militar ¿cierto?
-          Uy sí, me parto. ¿No lo estás viendo? – dijo con cara enfadada.
-          Ahora es así, pero no tiene por qué ser así siempre.

Ahí sí empezó a reírse, era una risa desesperada.

-          ¿Acaso vas a venir con un ejército?
-          No tengo un ejército.
-          ¡Por supuesto que no, infeliz! – golpeó con fuerza la barra y se levantó aparentemente muy molesto y se alejó de mí.

Claramente no tenía un ejército. No tenía ni un solo compañero, por no tener. Mi barco de mierda se caía a pedazos. Sólo estábamos Fenrir, mi hacha y yo. La situación era desesperante, así nunca iba a conseguir nada. Julia apareció con una sopa vegetal y me limité a observarla, absorta. No había nada que hacer. Siempre iba a ser igual, no podría conseguir nunca nada si no tenía nada que ofrecer. Empecé a comer mi sopa, deprimida. Al cuarto sorbo de mi sopa, oí movimiento a mi izquierda y vi como el grupo de jóvenes se levantó y se acercó hacia mí.

-          Si tuvieras un ejército ¿lo traerías hacia aquí? – por poco me atraganté, pero disimulé lo más que pude. Ni siquiera le miré.
-          ¿Qué? – dijo Michael, acercándose de nuevo.
-          Contesta. – al joven no parecía importarle mucho la opinión del otro y seguía mirándome fijamente.
-          ¿Os estáis volviendo locos?
-          Cállate Michael. – Sí, cállate Michael.
-          Puede. ¿Si trajera un ejército, haríais algo para cambiar las cosas? – ahí sí me giré hacia él.
-          No te creas tan especial. Cada día me levanto pensando en el asco que me da producir esas armas para los putos ricachones mientras nosotros nos comemos una mierda.

Sonreí.

-          Está bien, haremos un trato. Yo os traigo un ejército y vosotros os empezáis a organizar. Para cuando llegue, ya estará todo en marcha. – Me estaba tirando un triple estratosférico. Pero no podía desaprovechar esta oportunidad de alborotar consciencias. La revolución está en el espíritu. Maldito Tudeau.
-          No la conocemos de una mierda ¡sois unos irresponsables! ¡Nos van a matar a todos! – el tipo estaba visiblemente nervioso.
-          Ya era hora de que viniera alguien a animar las cosas. ¿No crees, Richard? – dijo el viejo del mus, aún sentado en la mesa jugando a las cartas.
-          Ya te digo, Ronald. Hace mucho de aquello… Qué buenos tiempos ¿eh? Huelgas, protestas… ¡já!
-          ¿De qué estáis hablando? ¡No inventéis batallitas, viejos!
-          Michael, no me toques los cojones. - propinó el viejo mientras golpeaba las cartas contra la mesa. Se levantó y se posicionó muy cerca del otro hombre, cara a cara, a pocos centímetros. - ¿Cuántas horas trabajas al día?
-          ¿Qué? Lo sabes perfectamente.
-          No, dime. ¿Cuántas?
-          Ocho.
-          Oh, mira tú. Richard. ¿Cuántas horas trabaja tu hijo al día?
-          Ocho.
-          Ah bueno, ¿el tuyo Scott?
-          Ocho, amigo.
-          Ya. ¿Cuántas trabajábamos nosotros cuando empezamos?
-          Uuuh, ni me acuerdo. Todo el día, creo. ¿Doce? ¿Catorce?
-          ¿Qué? – dijo Michael con sorpresa.
-          Cómeme los huevos, Michael. ¿Te crees que siempre han sido así las cosas? Trabajáis ocho horas porque un día vi a mi hijo con barba y no tenía ni idea de cuando le había crecido. Y ahí me di cuenta: no podíamos seguir así. Nosotros también teníamos derecho a una vida.
-          ¡Está bien! Y la tenemos, más o menos.
-          La tenéis porque un día nos pusimos en pie y le dijimos al patrón que no se hacía ni media pieza hasta que no cambiara eso.

Michael se quedó en silencio. Yo me limitaba a sonreír, ni siquiera tenía que decir nada.

-          Y como bien dices, tenéis vida pero más menos que más. ¿Qué tiene si estos jóvenes quieren más? Vuestra generación se quedó cómoda con lo que nosotros conseguimos y ni siquiera sois conscientes de ello. Si no quieres luchar, está bien, no te juzgo, pero no impidas que los otros se muevan. – le seguía mirando de forma desafiante.

Parecía que había algo latente en ese barrio que sólo hacía falta apretar algunos botones para despertarlo.

-          Vamos a hacerlo, joder. ¿Por qué tienen que quedarse con lo que nosotros hacemos? ¡No es justo! ¿Por qué tenemos que producir unas armas que ni siquiera nos protegen? Cada día hay crímenes en el barrio y nadie viene a hacer nada. ¡Estoy harto de esta mierda! Nos plantaremos delante del patrón y la liaremos.
-          ¡Síii!¡Vamooos! – empezaron a gritar el resto de jóvenes, medio borrachos.
-          Estos son gilipollas – dijo el viejo, asqueado, y se dirigió hacia su mesa, de nuevo.
-          Calmaos. – dije con severidad – Como bien dice Michael, si hacéis esto con los recursos que tenéis ahora mismo, os van a matar a todos.
-          ¡Menos mal! La de fuera es la que tiene más cabeza de todos. ¡Esto es increíble!
-          Como ya he dicho, esto no tiene por qué ser siempre así. Pero quizás pueda hacer algo. Sólo necesito tiempo, y vosotros también: tenéis que organizaros. – Me giré hacia la mesa del grupo de mayores – Eh, viejos. ¿Cuento con vosotros?
-          Ni de coña.
-          ¿Cómo? – eso no me lo esperaba.
-          Estás totalmente drogada, niña. ¿Crees que voy a ponerme a pelear después de años de jubilación? – soltó una ligera risa mientras ordenaba las cartas en su mano – Yo ya hice lo mío, habla con los yogurines. Nosotros ya estamos de vuelta de todo. ¡Mus!
-          ¡Y una mierda Ronald! ¡Vuelve a repartir!

Me giré hacia los jóvenes.

-          Chico, ¿cómo te llamas?
-          Arnold.
-          Arnold, esto es el principio de una larga carrera. Empezad a organizaros y no deis mucho al cante. No quiero volver aquí e iros a visitar al cementerio. Usad la cabeza.
-          Pides mucho – añadió Richard desde la mesa - ¡no hay mus!
-          Eres vengativo, Richard. No sabes perder.
-          ¡Chúpate esa, Ronald!
-          Arnold, escúchame. ¿Me escuchas?
-          Sí – dijo muy ilusionado.
-          Tengo una sopa deliciosa enfriándose. Así que por ahora lo vamos a dejar aquí, pero volveré. – tomé otra cucharada y no pude sino añadir: Uau, ¡está realmente deliciosa!
-          ¡Graciaaas! – se escuchó desde la cocina.

Arnold asintió con la cabeza y me dio la mano enérgicamente, se le veía contento. Fue a sentarse con los demás y empezaron una conversación animada.

-          Si vienen, cuántos, ¿mil lunarians con hachas como esa? ¿Habéis visto sus alas? ¡Seremos invencibles!

¡¿Mil lunarians?! Nada más lejos de la realidad. No sabía si reírme o llorar. No aclaré nada, por no bajar entusiasmo, y me limité a seguir comiendo. Cuando terminé, fui directa hacia la mesa de los ancianos. Esos viejos… los viejos eran la clave. Los jóvenes tenían el entusiasmo, pero algo me decía que necesitaban una guía. Me puse de cuclillas para mantener el contacto visual.

-          Está bien, no cuento con vuestra fuerza, pero cuento con vuestro espíritu. Mantened esto activo hasta que vuelva.
-          El espíritu, dice. ¿Tenemos cara de exorcistas?
-          ¡Julia! – dije incorporándome. – Cóbrame, por favor. Será mejor que me marche.
-          Invita la casaaaa – gritó sin salir.
-          No, porfavor, sal.
-          La casa manda, reina. – se asomó por la puerta y me guiñó un ojo. Volvió a entrar con su rapidez habitual.

Sonreí. Otra vez. Hacía mucho que no sonreía tanto. Dejé la bolsa con las hierbas en la barra, era lo mínimo que podía hacer y parecía que a Julia le habían gustado. Salí de esa taberna con una gran sensación: había ido mucho mejor de lo que esperaba. Los viejos de esta ciudad eran realmente increíbles. Alcé el vuelo para volver cerca del lago, ahí encontraría algún sitio para pasar la noche. Mientras volaba reflexioné sobre el pequeño detalle de que necesitaba…un ejército. Y de momento era… una. Bien, sólo quedaban… novecientos noventa y nueve.
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Mensajes en este tema
[Auto T1] Novecientos noventa y nueve - por Hécate - 17-01-2024, 08:14 PM
RE: [Auto T1] Novecientos noventa y nueve - por PX-5 - 19-01-2024, 03:03 PM

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