Leyenda
Había estado casi una semana en el lago y, com siempre, donde hubiera poca gente, yo me encontraba bien. Aún así, ya era momento de que me moviera, en la isla había mucha marina - aunque en el lago no me había cruzado con más - y ya había hecho mi trabajo en el barrio de los trabajadores de las fábricas. Bueno, casi todo mi trabajo... aún faltaba el tema del ejército. Francamente lo veía difícil, no sabía por qué había hecho una promesa tan inalcanzable. Suponía que por el fervor del momento, no se podían desaprovechar oportunidades de ese tipo. Si tan solo llegara con un grupo de compañeros de la Armada, ya me parecería suficiente y daría la promesa por cumplida. Pero no tenía ninguno y seguramente no los iba a tener. No estaba en mis planes fiarme de nadie.
Estaba en el embarcadero mientras cavilaba, preparando mi barco. Ya tenía ganas de zarpar, me apetecía volver a Ohara a ver al viejo Tudeau, ya llevaba un tiempo moviéndome y quería saber cómo le iba todo. Aunque, quizás debía pasarme antes por Korossassu para ver cómo estaban los tontos de Cobo. Esperaba que estuvieran bien y que mis... discrepancias con los guardias portuarios no les hubieran traído problemas. Eran buena gente y no tenían muchos recursos para defenderse, me preocupaba esa intemperie militar en la que se encontraban. Observé mi equipaje y concluí: me faltaban víveres. Necesitaba agua y algo de comer, en el lago había sobrevivido en la naturaleza algunos días pero para el viaje no iba a tener suficiente. Cerca del embarcadero había una playa, así que me dispuse a andar, seguro habrían tabernas de pescadores en las que podía equiparme. Prefería no volar por estos lares, lo mejor sería no llamar mucho la atención. Fenrir siseó en mi cuello, ella también tenía ganas de irse de allí.
- Ya nos vamos Fenrir, sólo consigo un par de cosas y nos largamos.
Efectivamente, al poco de andar me encontré con una taberna. Abrí la puerta y observé el panorama. Había poca gente: mejor, pensé. Había dos tipos en una mesa hablando jocosamente y hacían el innecesario ruido de diez. Qué molestos. Sentado en la barra, había un hombre de no sabía muy bien qué edad, comiendo un chuletón con ganas. Le observé y el tipo estaba bien fuerte: se le podían ver unos musculosos brazos y una marcada espalda. Vestía con ropas sencillas y unas botas gastadas. Aún con todo ese aspecto imponente, daba una sensación como de desgana con la vida, estaba pensativo, incluso con un punto depresivo. Tomé consciencia de que me había pasado unos segundos de más observándole y reaccioné dirigiéndome a la barra, sintiendo cierto rubor. El tipo quedó a mi derecha y no le dirigí la mirada. Sólo esperaba que él no se hubiera dado cuenta, no tenía ninguna intención de entablar conversaciones. Quería comprar mis cosas e irme, cuanto antes mejor. Tras la barra se encontraba un camarero limpiando jarras con un pañuelo que sugería que en algún momento había sido blanco. Claramente ya no. Me miró con cara de fastidio. Parecía que en general estaban un poco asqueados por aquí. Como fuera, yo no tenía tiempo que perder.
- Oye, ¡tú! ¡Cara de sapo hambriento! Necesito un par de cosas para el viaje. Dame agua y comida para tres días, la comida que se conserve en alta mar. Y mientras me espero, un zumo de calabaza. - el camarero abrió los ojos estupefacto, no se movió - Gracias - añadí, en son de paz.
Karmas
