Leyenda
El tipo puso cara de perplejidad ante mi espectáculo de nervios. No podía culparle, era probable que no entendiera todo lo que estaba ocurriendo en mi interior. De hecho, ni yo misma lo hacía. Tenía que calmarme un poco, no podía estar tan a la defensiva con cada persona que me cruzaba o iba a parecer sospechosa. Sólo que me había puesto... nerviosa. Tranquila Hécate, es un tío normal y corriente: guapo pero tonto. No hay peligro. Vas a hablar con este tipo durante dos minutos mientras esperas la comida y luego te largas. Puedes con esto.
Un regalo de su padre, dijo. Ojalá yo tuviera algo de mi padre... pensé. Sentí envidia, porque mi padre hacía mucho que no estaba entre nosotros como para poder hacerme ningún regalo. Saber eso de él me dio calma en cierto modo, dijo que la llevaba siempre, así que parecía tenerle mucho aprecio.
Abrí los ojos cuando vi que acariciaba a Fenrir. Ahora la que tenía cara de perplejidad era yo. No me lo esperaba. Pensé que... no sé, reaccionaría distinto, con miedo o rechazo. Todo lo contrario, parecía cómodo con ella, y, para más inri, ella con él. Encima la llamó por su nombre, y no "lagarto", "bicho" o cualquier otro apodo irrespetuoso al que estaba acostumbrada que utilizaran con ella. Mis nervios siguieron bajando. Si alguien trataba bien a Fenrir, podríamos decir que no le odiaba. O no mucho. Se defendió apelando a que fue su libre albedrío el que decidió que ella estuviera con él, él no había hecho nada. Era un argumento bastante sólido, ciertamente. Me calmé un poco más, confiaba en el criterio de Fenrir. Como de costumbre, hubo otra prueba más de mi creencia que estábamos conectadas y nos comunicábamos energéticamente: giró su cabeza hacia mí y siseó, como diciendo: ¿lo ves? Es majo, tengo razón. Argh, cállate Fenrir, y giré mi cabeza hacia las estanterías de alcohol tras la barra.
Siguió hablando y seguí escuchando. Más que nada, no podía irme, por muchos motivos. Había alcanzado la calma suficiente como para sentarme en la barra, lo hice sin mirarle. Ah, ya. Que no era de allí. No pues obviamente, muy observador el chico. Cuando me preguntó qué me había traído por ahí, respondí internamente: nada, es que quiero hacer la revolución en todo el mundo y derrocar al Gobierno Mundial así que he venido aquí a hacerme amiga de los trabajadores de las fábricas para sabotear las armas de los marines. Ah, y necesito un ejército. ¿Quieres venir? No parecía buena idea contestar eso, miré nerviosa al camarero y a los demás ocupantes de la taberna. Quizás si estuviéramos a solas, podía intentar tantear el terreno para ver qué clase de persona era y decidir qué contarle, pero ahí delante de los demás, no era una opción. Demasiado arriesgado.
- He venido a conocer Ballywood - le miré de reojo - He estado por el East. La gente es muy maja por allí.
Me giré para ver su reacción por nombrar el East, eso me daría información. Ya no sonreía. Quizás había sido muy desagradable. No tenía cara de rape, al contrario. Lo miré de arriba abajo de nuevo y volví a encontrarme con su katana. Sonreí.
- Qué suerte poder llevar un regalo de tu padre contigo - dije. Un sentimiento de tristeza me inundó. Hacía tiempo de eso y gracias a Tudeau todo se había hecho más llevadero. Aún así, seguía doliendo. No sabía si fue por cómo trató a Fenrir, por conectar con mi padre o por la calma que desprendía, pero me animé a abrirme un poco. - Hécate, me llamo Hécate. ¿Cómo has dicho que te llamabas tú?
Karmas
