La espesura blanca de las nubes os impedía ver absolutamente nada a vuestro alrededor, y la intensidad y la potencia de la música y aquel coro, recibía el añadido de la voz de un particular, varón, que recitaba por encima sus propios versos en un improvisado concierto o puesta en escena de bienvenida que os embargaba por completo el sentido del oído, y opacaba no sólo el estruendo de las olas o el viento, si no también los gritos de algunos. Gritos que, de al menos un buen puñado de personas, se fueron apagando al salir despedidas de los barcos. Algunos cayeron al mar, con un destino incierto pero posiblemente fatal al aterrizar desde tanta altura, y encima en alta mar. Otros tuvieron la suerte de ser atrapados por una corriente de aire y con las telas de sus ropas salir volando en dirección ascendente a la que los propios barcos tomaban.
Tras lo que pudiera parecer una eternidad pero con suerte fueron un par de minutos, los barcos que iban en cabeza en el ascenso de la columna de agua rompieron el final de las nubes y sus pasajeros contemplaron el brillo del sol como jamás lo hubieran hecho antes, desde la supremacía de gobernar sobre las propias olas que formaba el mar de nubes del cielo. Los barcos, agrietados, maltrechos y dañados por el trepidante ascenso reposaban sobre un lecho blanquecino y esponjoso de nubes teniendo frente a ellos una inmensa costa de arena perfecta y clara, que daba progresivamente paso a una inmensidad de vegetación, que a cada metro más se adentraba, más grande se iba volviendo, hasta pasar a formar parte de un brutalmente enorme bosque que comenzaba a treinta o cuarenta metros de dicha costa y desde el que ya no se veía más allá debido al denso follaje. En la costa había cinco antorchas separadas entre sí por varios cientos de metros. Eran grandes estacas de madera, de dos metros de alto, clavadas con firmeza y tras las cuales pareciera surgir un leve camino indicándoos los distintos caminos a seguir. Aquellos con buena vista podrían percatarse de una construcción que asomaba tímidamente sobre la marabunta arbórea, en la lejanía, con un potente brillo dorado.
De igual modo, en las costas pudisteis apreciar que estaban dispuestas a lo largo y ancho una aberrante cantidad de caracolas gigantes, de tamaños variables pero todas de más de un metro y menos de tres, siendo difícil contarlas de primeras pero presumiblemente alcanzarían la cifra de la media centena con facilidad. A su vez, flotando sobre las propias nubes/mar sobre las que os encontrábais, había fácilmente otra media centena de estas, explicando así de donde venía aquel estruendoso recibimiento, pues de todas aquellas caracolas - diales gigantes - terminaba de emanar aquel canto y sonido, algunos segundos después de que los barcos terminasen de emerger y cuando el sonido del agua y las mareas se hubiese calmado. Y tras eso, se escuchó una voz carraspear, proveniendo de las mismas caracolas pero a un tono considerablemente más reducido ya que comenzó a dirigirse a todos vosotros con algo de nervio y prisa en el tono.
— Saludos, viajeros. En nombre de su grandilocuente alteza, el Emperador Zarutsuki, guía del cielo y señor de las nubes, os doy la bienvenida a la sagrada tierra de Skypiea. Por favor, descargad las provisiones en la costa y dirigíos a los puntos de ruta establecidos y no os salgáis de los caminos. — y cortó la comunicación.
Tras lo que pudiera parecer una eternidad pero con suerte fueron un par de minutos, los barcos que iban en cabeza en el ascenso de la columna de agua rompieron el final de las nubes y sus pasajeros contemplaron el brillo del sol como jamás lo hubieran hecho antes, desde la supremacía de gobernar sobre las propias olas que formaba el mar de nubes del cielo. Los barcos, agrietados, maltrechos y dañados por el trepidante ascenso reposaban sobre un lecho blanquecino y esponjoso de nubes teniendo frente a ellos una inmensa costa de arena perfecta y clara, que daba progresivamente paso a una inmensidad de vegetación, que a cada metro más se adentraba, más grande se iba volviendo, hasta pasar a formar parte de un brutalmente enorme bosque que comenzaba a treinta o cuarenta metros de dicha costa y desde el que ya no se veía más allá debido al denso follaje. En la costa había cinco antorchas separadas entre sí por varios cientos de metros. Eran grandes estacas de madera, de dos metros de alto, clavadas con firmeza y tras las cuales pareciera surgir un leve camino indicándoos los distintos caminos a seguir. Aquellos con buena vista podrían percatarse de una construcción que asomaba tímidamente sobre la marabunta arbórea, en la lejanía, con un potente brillo dorado.
De igual modo, en las costas pudisteis apreciar que estaban dispuestas a lo largo y ancho una aberrante cantidad de caracolas gigantes, de tamaños variables pero todas de más de un metro y menos de tres, siendo difícil contarlas de primeras pero presumiblemente alcanzarían la cifra de la media centena con facilidad. A su vez, flotando sobre las propias nubes/mar sobre las que os encontrábais, había fácilmente otra media centena de estas, explicando así de donde venía aquel estruendoso recibimiento, pues de todas aquellas caracolas - diales gigantes - terminaba de emanar aquel canto y sonido, algunos segundos después de que los barcos terminasen de emerger y cuando el sonido del agua y las mareas se hubiese calmado. Y tras eso, se escuchó una voz carraspear, proveniendo de las mismas caracolas pero a un tono considerablemente más reducido ya que comenzó a dirigirse a todos vosotros con algo de nervio y prisa en el tono.
— Saludos, viajeros. En nombre de su grandilocuente alteza, el Emperador Zarutsuki, guía del cielo y señor de las nubes, os doy la bienvenida a la sagrada tierra de Skypiea. Por favor, descargad las provisiones en la costa y dirigíos a los puntos de ruta establecidos y no os salgáis de los caminos. — y cortó la comunicación.
Anotaciones particulares
Información
