07-03-2024, 09:29 PM
Aquel bosque parecía lleno de vida y muerto al mismo tiempo. Una calma tensa se palpitaba en el aire envolvía a aquellos que se aventuraban a deambular durante horas por el sendero de tierra. La imagen estática del paisaje, inmutable y constante, parecía burlarse del paso del tiempo. Solo el camino trazado ofrecía una ilusión de avance, una línea que se extendía hacia adelante, marcando el único camino posible en medio de la inmensidad del bosque, donde cada paso podría parecer, a los que se aventuraban en solitario, una lucha contra la monotonía y la incertidumbre. Este camino se erigía como la única opción viable, pues cualquier desvío solo conduciría a una vuelta atrás, hacia la seguridad de lo conocido y lo ya transitado.
En un intento por que aquel viaje no fuese en vano, el temible pirata Zarek encendió su den den mushi negro, pero el silencio continuó siendo sepulcral. Seguramente se debiese a que gran parte de la población se encontraba ocupada asistiendo al gran evento organizado por el Emperador. No había tiempo de llamadas, solo de diversión. Por el contrario, en el bosque la monotonía comenzaba a resultar asfixiante. Tal vez ese mismo camino podría ser agradable en compañía o si se realizaba con el propósito de disfrutar de la naturaleza y el aire libre, pero no tanto para el pirata, que tenía un objetivo claro en mente. Para él, este paseo sería un obstáculo más que le distanciaba de este objetivo.
Durante unos minutos más, el paisaje permaneció imperturbable. Los mismos árboles, los mismos helechos, las mismas flores, las mismas setas, las mismas rocas cubiertas de musgo. Nada apuntaba a que aquel camino eterno fuese a acabar, como si de una pesadilla se tratase, hasta que un nuevo elemento apareció en la ecuación, cambiando todo. Una gran roca se encontraba plantada en medio del camino. Su tamaño era considerable, pero no era lo importante, el tamaño no era relevante, sino lo que marcaba.
Desde aquel punto, el sendero se bifurcaba en dos direcciones opuestas, como si fuera una encrucijada marcada por la indecisión del bosque. Uno de los senderos continuaba por la izquierda y otro por la derecha. Ambos caminos parecían exactamente iguales, tenían la misma apariencia, lo cual desafiaba cualquier intento de distinguir entre ellos. A medida que se adentraban en la espesura del bosque, los senderos se perdían entre la densa vegetación. La vista se repetía en ambas direcciones, con árboles majestuosos que alzaban sus ramas hacia el cielo y una tupida vegetación que se arremolinaba a los lados del sendero. Sin embargo, a pesar de su aparente similitud, cada sendero dirigía hacia un lugar muy distinto y, sin ninguna marca o cartel que ofreciese indicaciones, parecían desafiar a los viajeros inexpertos o a los forasteros en aquella isla del cielo a elegir a ciegas su destino.
En un intento por que aquel viaje no fuese en vano, el temible pirata Zarek encendió su den den mushi negro, pero el silencio continuó siendo sepulcral. Seguramente se debiese a que gran parte de la población se encontraba ocupada asistiendo al gran evento organizado por el Emperador. No había tiempo de llamadas, solo de diversión. Por el contrario, en el bosque la monotonía comenzaba a resultar asfixiante. Tal vez ese mismo camino podría ser agradable en compañía o si se realizaba con el propósito de disfrutar de la naturaleza y el aire libre, pero no tanto para el pirata, que tenía un objetivo claro en mente. Para él, este paseo sería un obstáculo más que le distanciaba de este objetivo.
Durante unos minutos más, el paisaje permaneció imperturbable. Los mismos árboles, los mismos helechos, las mismas flores, las mismas setas, las mismas rocas cubiertas de musgo. Nada apuntaba a que aquel camino eterno fuese a acabar, como si de una pesadilla se tratase, hasta que un nuevo elemento apareció en la ecuación, cambiando todo. Una gran roca se encontraba plantada en medio del camino. Su tamaño era considerable, pero no era lo importante, el tamaño no era relevante, sino lo que marcaba.
Desde aquel punto, el sendero se bifurcaba en dos direcciones opuestas, como si fuera una encrucijada marcada por la indecisión del bosque. Uno de los senderos continuaba por la izquierda y otro por la derecha. Ambos caminos parecían exactamente iguales, tenían la misma apariencia, lo cual desafiaba cualquier intento de distinguir entre ellos. A medida que se adentraban en la espesura del bosque, los senderos se perdían entre la densa vegetación. La vista se repetía en ambas direcciones, con árboles majestuosos que alzaban sus ramas hacia el cielo y una tupida vegetación que se arremolinaba a los lados del sendero. Sin embargo, a pesar de su aparente similitud, cada sendero dirigía hacia un lugar muy distinto y, sin ninguna marca o cartel que ofreciese indicaciones, parecían desafiar a los viajeros inexpertos o a los forasteros en aquella isla del cielo a elegir a ciegas su destino.
Narración
