15-03-2024, 01:12 PM
A medida que te aproximas, puedes ver de dónde provienen esas columnas de humo. Un centenar de casas, o más bien chozas, se agrupan de forma algo desordenada a varios metros de la salida del bosque. Es evidente que el estilo de vida de las personas que allí habitan es humilde y austero, sin ningún tipo de lujo. Los caminos entre las casas son de tierra y piedras, están desgastados y en un estado deplorable, al igual que el de las propias viviendas. Acostumbrados, los habitantes no parecen darle importancia, pasean y realizan sus tareas de forma habitual. Todos ellos comparten un rasgo en común que puede apreciarse desde la distancia, unas grandes alas blancas a sus espaldas. Tanto los adultos como los niños, no hay excepción. A menos que alguien diferente permanezca oculto en alguna de las casas, parece que aquel pequeño y humilde pueblo pertenece exclusivamente a los birkanianos.
Cuando te encuentras a una distancia más próxima, recibes algunas miradas de sorpresa, incluso de miedo. Algunas de las personas cogieron a sus hijos en brazos para resguardarse en las casas, otras apartaron la vista rápidamente, ignorando tu presencia, pero un grupo grande de habitantes que se había percatado de que te aproximabas nada más dejar atrás el bosque, se había organizado para recibirte a la entrada del pueblo o, más bien, para impedir tu entrada en él por el momento. A pesar de no parecer una zona peligrosa o inmersa en algún conflicto bélico, se notaba que eran gente precavida, acostumbrada a lidiar con los problemas de forma pacífica para evitar enfrentamientos de los cuales podían salir mal parados.
Unas 95 personas desarmadas, pero en buena forma física y con actitud defensiva, se colocaron ante la entrada del poblado y permanecieron unos segundos en silencio tras escuchar tu presentación. Finalmente, uno de ellos, que parecía el cabecilla, te dirigió la palabra de forma seria y con semblante severo. Era un hombre alto, mediría dos metros y medio. Su pelo oscuro era largo y lacio, le llegaba casi a la altura de la cadera. Su tez era oscura y sus ojos ligeramente rasgados, con los cuales parecía escrutarte y evaluar si podías constituir una amenaza para los suyos.
—¿De dónde vienes y cómo has llegado hasta aquí? ¿Te has escapado de un Mord? Aquí no queremos problemas, como comprenderás —dijo advirtiéndote y quedando a la espera de una respuesta, dándote tiempo para explicarte. Todos los birkanianos permanecieron inmóviles, su actitud no era hostil, más bien de curiosidad, interés y algo de preocupación. Tanto los habitantes como el lugar parecían pacíficos, pero cuando se trata de proteger un hogar, una familia, las personas son capaces de cualquier cosa. Mientras tanto, el resto de habitantes se habían ocultado en las casas o miraban la escena desde lejos, atentos para ser capaces de reaccionar a cualquier situación que pudiese darse, ya sea prestando ayuda, huyendo o uniéndose al enfrentamiento.
Cuando te encuentras a una distancia más próxima, recibes algunas miradas de sorpresa, incluso de miedo. Algunas de las personas cogieron a sus hijos en brazos para resguardarse en las casas, otras apartaron la vista rápidamente, ignorando tu presencia, pero un grupo grande de habitantes que se había percatado de que te aproximabas nada más dejar atrás el bosque, se había organizado para recibirte a la entrada del pueblo o, más bien, para impedir tu entrada en él por el momento. A pesar de no parecer una zona peligrosa o inmersa en algún conflicto bélico, se notaba que eran gente precavida, acostumbrada a lidiar con los problemas de forma pacífica para evitar enfrentamientos de los cuales podían salir mal parados.
Unas 95 personas desarmadas, pero en buena forma física y con actitud defensiva, se colocaron ante la entrada del poblado y permanecieron unos segundos en silencio tras escuchar tu presentación. Finalmente, uno de ellos, que parecía el cabecilla, te dirigió la palabra de forma seria y con semblante severo. Era un hombre alto, mediría dos metros y medio. Su pelo oscuro era largo y lacio, le llegaba casi a la altura de la cadera. Su tez era oscura y sus ojos ligeramente rasgados, con los cuales parecía escrutarte y evaluar si podías constituir una amenaza para los suyos.
—¿De dónde vienes y cómo has llegado hasta aquí? ¿Te has escapado de un Mord? Aquí no queremos problemas, como comprenderás —dijo advirtiéndote y quedando a la espera de una respuesta, dándote tiempo para explicarte. Todos los birkanianos permanecieron inmóviles, su actitud no era hostil, más bien de curiosidad, interés y algo de preocupación. Tanto los habitantes como el lugar parecían pacíficos, pero cuando se trata de proteger un hogar, una familia, las personas son capaces de cualquier cosa. Mientras tanto, el resto de habitantes se habían ocultado en las casas o miraban la escena desde lejos, atentos para ser capaces de reaccionar a cualquier situación que pudiese darse, ya sea prestando ayuda, huyendo o uniéndose al enfrentamiento.
Narración
