20-03-2024, 07:24 PM
La mujer esbozó una sonrisa ladeada al escucharte, pero no parecía impresionada por tus músculos o por tus palabras. El jefe de la aldea permaneció en la entrada, poniendo los ojos en blanco ante tu intento por seducir a la birkaniana, que parecía dudar sobre si debía responder a tus preguntas. —No te preocupes. No es de aquí. O eso parece —dijo el hombre rompiendo su silencio para tranquilizarla. Era evidente que suponía un problema que procedieses de la misma isla que ellos, aunque lo habitual era que se diese la situación contraria. La mujer se acercó a la mesa y comenzó a moler y mezclar unas plantas medicinales para preparar el ungüento con el que iba a curarte las heridas. —Encantada, Zarek. Yo me llamo Shea. ¿Puedo preguntar de dónde eres y por qué has venido? Aquí no hay mucho de interés, sobre todo para alguien como tú —dijo la birkaniana con curiosidad.
Dentro de la cabaña solo se podía escuchar el crepitar de las velas y los sonidos de las plantas siendo molidas y mezcladas. El ambiente era calmado, desde fuera solo se colaban ruidos aislados, como el de las pisadas y las risas de unos niños que habían pasado corriendo por delante o las voces ininteligibles de algunos aldeanos, que charlaban a varios metros del lugar. Tu llegada había revolucionado la aldea, pero, incluso así, se podía respirar la calma. Parecía que habían decidido confiar en tu buena voluntad, ya no tenía miedo, solo curiosidad por un compatriota proveniente del mar azul y con un aspecto bastante peculiar.
Precisamente por ello, tanto la mujer como el hombre estaban dispuestos a escuchar todo lo que tuvieses que decir, pero no eran los únicos en aquella cabaña. Detrás del biombo se podía ver otra silueta que permanecía inmóvil y en silencio. Sus grandes alas evidenciaban que se trataba de una persona birkaniana, al igual que todos los de la aldea. Era muy bajita o, tal vez, estuviese sentada en un taburete. Era difícil de discernir. Cuando la chica joven tuvo listo el ungüento, dirigió su mirada hacia la silueta. —¡Baba! Ya está todo listo. Ahora mismo viene mi compañera a curarte —dijo dirigiéndose esta vez a ti mientras te guiñaba un ojo.
De detrás del biombo apareció una figura, otra mujer, pero de avanzada edad. No debía medir más de metro cincuenta, múltiples arrugas surcaban su rostro y su pelo largo y canoso cubría toda su espalda. —Manos a la obra —su voz sonaba temblorosa por la edad, pero firme. Se dirigió hacia la mesa para coger el ungüento y unas gasas y luego arrodillarse junto a ti. —Qué chico más guapo me habéis traído hoy. ¿Habéis visto estos músculos? Vamos, que no tengo todo el día. Ponte boca arriba y estate quieto —dijo untándose el mejunje en las manos para luego restregártelo por las heridas y vendar las más profundas.
Dentro de la cabaña solo se podía escuchar el crepitar de las velas y los sonidos de las plantas siendo molidas y mezcladas. El ambiente era calmado, desde fuera solo se colaban ruidos aislados, como el de las pisadas y las risas de unos niños que habían pasado corriendo por delante o las voces ininteligibles de algunos aldeanos, que charlaban a varios metros del lugar. Tu llegada había revolucionado la aldea, pero, incluso así, se podía respirar la calma. Parecía que habían decidido confiar en tu buena voluntad, ya no tenía miedo, solo curiosidad por un compatriota proveniente del mar azul y con un aspecto bastante peculiar.
Precisamente por ello, tanto la mujer como el hombre estaban dispuestos a escuchar todo lo que tuvieses que decir, pero no eran los únicos en aquella cabaña. Detrás del biombo se podía ver otra silueta que permanecía inmóvil y en silencio. Sus grandes alas evidenciaban que se trataba de una persona birkaniana, al igual que todos los de la aldea. Era muy bajita o, tal vez, estuviese sentada en un taburete. Era difícil de discernir. Cuando la chica joven tuvo listo el ungüento, dirigió su mirada hacia la silueta. —¡Baba! Ya está todo listo. Ahora mismo viene mi compañera a curarte —dijo dirigiéndose esta vez a ti mientras te guiñaba un ojo.
De detrás del biombo apareció una figura, otra mujer, pero de avanzada edad. No debía medir más de metro cincuenta, múltiples arrugas surcaban su rostro y su pelo largo y canoso cubría toda su espalda. —Manos a la obra —su voz sonaba temblorosa por la edad, pero firme. Se dirigió hacia la mesa para coger el ungüento y unas gasas y luego arrodillarse junto a ti. —Qué chico más guapo me habéis traído hoy. ¿Habéis visto estos músculos? Vamos, que no tengo todo el día. Ponte boca arriba y estate quieto —dijo untándose el mejunje en las manos para luego restregártelo por las heridas y vendar las más profundas.
Narración

![[Imagen: NxzFy8I.jpeg]](https://i.imgur.com/NxzFy8I.jpeg)