26-03-2024, 08:58 PM
El jefe de la aldea no mencionó nada cuando decidiste cambiarle el nombre, bien porque no le molestaba o, más probablemente, porque no le importaba en absoluto cómo te refirieses a él. Los tres birkanianos que se encontraban contigo en la cabaña te escucharon atentamente. Sus rostros mostraban, en un principio, curiosidad por lo que tenías que decirles, pero sus expresiones fueron cambiando a medida que narrabas cómo casi derrotas a uno de los custodios. Sus familias llevaban viviendo en aquella isla durante generaciones, conocían perfectamente a los custodios, a los Mords, incluso a su gobernante, el Emperador, así que los tres fruncieron el ceño y se miraron entre ellos, siendo completamente conscientes de que había algo extraño en tu historia y, probablemente, motivaciones ocultas tras ellas que les acabarían perjudicando. Su silencio tras tu discurso no duró demasiado.
—Nosotros no vivimos mal. Somos libres aquí —dijo Shea con el rostro serio y convencida de sus palabras, aunque con algo de preocupación por el ritmo que había adquirido la situación. Mientras, Ukhtulu profirió un fuerte silbido y cogió la lanza de su espalda con un rápido movimiento que apenas pudiste ver para apuntar hacia tu cuello, de forma que la afilada punta rozaba peligrosamente tu piel. Las dos mujeres se apartaron un par de metros asustadas profiriendo un grito ahogado al ver la reacción de Ukhtulu, aunque no parecían mostrarse en contra de su medida. En el fondo, sabían que debían confiar en él, por algo era su líder. Especialmente si la otra persona a la que debían escuchar era un desconocido, un forastero. —¡Ni se te ocurra moverte! ¿Te crees que somos idiotas? ¿Quién te envía? —dijo dejando ver su enfado y caminando para rodearte y poder apuntarte con la lanza en dirección a la salida.
Fuera de la cabaña se podían escuchar pasos, cada vez de más personas, que la rodeaban desde el exterior. Por lo que se podía escuchar, eran bastantes, más de los que te habían recibido. Serían más de un centenar de birkanianos listos para defender sus hogares. Los habitantes de la aldea se estaban posicionando siguiendo las órdenes de su líder. Era evidente que estaban preparados para este tipo de situaciones. No por nada habían conseguido fraguarse una vida de libertad en un mundo de esclavitud. —No quiero matarte, pero no dudaré en hacerlo si intentas escapar o enfrentarte a nosotros. Sal de la cabaña, entrégate de forma pacífica y podrás seguir viviendo. Niégate o haz algo raro y te atravieso el cuello ahora mismo —dijo dándote una única oportunidad para seguir sus órdenes y apretando un poco más la punta de la lanza contra tu cuello, para hacerte ver la magnitud de los hechos.
—Nosotros no vivimos mal. Somos libres aquí —dijo Shea con el rostro serio y convencida de sus palabras, aunque con algo de preocupación por el ritmo que había adquirido la situación. Mientras, Ukhtulu profirió un fuerte silbido y cogió la lanza de su espalda con un rápido movimiento que apenas pudiste ver para apuntar hacia tu cuello, de forma que la afilada punta rozaba peligrosamente tu piel. Las dos mujeres se apartaron un par de metros asustadas profiriendo un grito ahogado al ver la reacción de Ukhtulu, aunque no parecían mostrarse en contra de su medida. En el fondo, sabían que debían confiar en él, por algo era su líder. Especialmente si la otra persona a la que debían escuchar era un desconocido, un forastero. —¡Ni se te ocurra moverte! ¿Te crees que somos idiotas? ¿Quién te envía? —dijo dejando ver su enfado y caminando para rodearte y poder apuntarte con la lanza en dirección a la salida.
Fuera de la cabaña se podían escuchar pasos, cada vez de más personas, que la rodeaban desde el exterior. Por lo que se podía escuchar, eran bastantes, más de los que te habían recibido. Serían más de un centenar de birkanianos listos para defender sus hogares. Los habitantes de la aldea se estaban posicionando siguiendo las órdenes de su líder. Era evidente que estaban preparados para este tipo de situaciones. No por nada habían conseguido fraguarse una vida de libertad en un mundo de esclavitud. —No quiero matarte, pero no dudaré en hacerlo si intentas escapar o enfrentarte a nosotros. Sal de la cabaña, entrégate de forma pacífica y podrás seguir viviendo. Niégate o haz algo raro y te atravieso el cuello ahora mismo —dijo dándote una única oportunidad para seguir sus órdenes y apretando un poco más la punta de la lanza contra tu cuello, para hacerte ver la magnitud de los hechos.
Narración
