Día 36 del año 12, Verano - 9:30 p.m.
West Blue - Reino de Ilisia - Ciudad Akarui
West Blue - Reino de Ilisia - Ciudad Akarui
La Luna, en fase de gibada menguante, y en lo más alto del nocturno cielo, bañaba las calles y adineradas casas de la zona más lujosa de Ciudad Akarui junto a las distintas estrellas del firmamento, que brillaban con un esplendor sin igual a años luz del planeta azul y verde… Mentira, sí que habría algo, o mejor dicho, alguien, que podría igualar el resplandor de una estrella con su talento, galante y carisma, y aún más en una noche que llevaba firmado su nombre, casi como si le perteneciera: Griffith Tudor. Uno de los más influyentes, si no es que era el más influyente, pintores de todo el West Blue, rivalizando directamente con el séquito de artistas que nacían en la isla de Toroa, cuna del arte por antonomasia de aquel mar. Sin embargo, no todo es lo que aparenta y es que, bajo esa perfectamente construida fachada, en las sombras, Griffith se había labrado una reputación, casi igual de relevante que la de artista, en el bajo mundo del West Blue, siendo el principal exportador y vendedor de armas ilegales a lo largo y ancho del Blue.
Bajo las estrictas órdenes de vuestro superior Iosef Nilats, os embarcasteis hacia el Reino de Ilisia con la misión de investigar aquel comercio de armas e incluso, en caso de darse la ocasión, detener al traficante y eliminar la amenaza que se cernía en el West Blue. Y que mejor oportunidad había cuando, el responsable de esa venta ilegal, iba a dar una fiesta vip en su lujosa mansión, tras exponer sus más simbólicas obras de arte allí mismo. Aunque algo os decía que todo eso se trataba de una simple tapadera. Con las advertencias de Iosef de ser lo más discreto posible y evitar muertes innecesarias, con días de antelación al evento, conseguís mimetizaros en el repipi ambiente, obteniendo Zorak una invitación a la exposición y fiesta y Kisuke un puesto como guardaespaldas y agente de seguridad, gracias al tejemaneje de hilos del primero.
Por un lado, el mestizo se dirige hacia el lugar en el que se dará tal ocioso evento, a través de una calle, completamente ajena al festival del fuego que estaba se estaba dando en el resto de la ciudad, de unos 10 metros de ancho y unos 70 metros de largo, que finalizaba con la mansión de Griffith. A cada lado de la calle, podías vislumbrar una gran hilera de casas, a cada cual más absurdamente cara que la anterior. Hasta los propios adoquines de la calzada parecían valer un ojo de la cara pues, conforme más os acercabais al final de la calle, los adoquines llevaban incrustadas piedras preciosas autóctonas de la isla de toda índole. Pero lo que realmente quitaba el hipo era la edificación que se extendía ante ti. Dispuesta en una zona rectangular de 100 metros de ancho por 80 metros de alto que abarcaba una superficie de 8000 metros cuadrados, se erigía una mansión, o mejor dicho, un palacete, perfectamente blanco sobre plano, de 80 metros de ancho y 40 metros de alto. Un gran arco, que llegaba hasta una altitud de 10 metros y anchura de 5 metros, apoyado sobre dos columnas salomónicas, ejercía como entrada, en el centro de la fachada. La altura de dicho edificio podía llegar perfectamente a los 60 metros, ubicándose a 30 metros de altura, dos balcones, con barandillas bañadas en oro, uno a cada lado de la fachada de la mansión, y de los cuales descendía una hilera de hiedras. Dichos balcones daban entrada, cada uno, a una habitación desconocida. Frente a la mansión, a unos 20 metros de ella y a 20 metros de la entrada, una gran fuente circular de mármol, de otros 10 metros de altura y 5 de radio, se situaba con una sirena en los más alto de ella, y de la cuál emanaban agua de distintos colores. La entrada al recinto estaba protegida por una gran puerta vallada de oro macizo que, para aquella ocasión, se encontraba abierta de par en par, y una interminable valla de metal, de 40 metros de alto, acabada por puntiagudos pinchos, que rodeaba toda la superficie. El camino de adoquines por el que transitabas continuaba dentro del recinto, siguiendo una línea recta que, se dividía en dos tramos para rodear la fuente, y acababa en la entrada de la mansión. El resto del recinto estaba decorado con un jardín lleno de verdor, setos con distintas formas, y gran variedad de colores, al coexistir más de 50 distintos tipos de flores.
Estando ya en la fuente de mármol podías presenciar como, absolutamente todo el mundo, va con sus mejores galas, llevando lo que, probablemente debían ser, sus más caros trajes y vestidos. También, dirigiendo tu mirada hacia la entrada de la mansión, se podía apreciar una fila de invitados, esperando a como, un guardia de seguridad, comprueba que cada individuo tenga permiso para asistir al evento. Nada que temer poseyendo en tus manos la invitación que, astutamente, lograste obtener.
Por otro lado, el espadachín, infiltrado como uno de los hombretones del cuerpo de seguridad, se ubicaba en el hall de la mansión donde se iba a dar la exposición, en la planta baja, teniendo esta sala una expansión superficial de 40 metros de ancho por 20 metros de alto. El salón daba a otras dos habitaciones a ambos lados, si se miraba de frente desde la entrada al exterior, separados tan solo por una gran puerta de oro en cada una de las paredes, y, al fondo, se podía apreciar una gran escalera, tapizada con una tela roja, que llevaba a la planta de arriba, donde se daría la posterior fiesta vip. Tal y como te había ordenado el jefe de seguridad Jason y estaba estipulado que os organizarais el cuerpo de seguridad, los más recientemente incorporados guardaespaldas estaríais, ojo avizor, vigilando todo lo que sucedía en el interior de la sala, habiendo hasta un total de 8 agentes de seguridad en esa sala, contándote a ti. En tu caso, te situabas junto a una de las paredes, de la habitación, concretamente, si se mirara de frente desde la entrada del exterior, en la pared de la izquierda. Desde ahí, podías observar lo cuidadosamente bien que estaba todo decorado, con un suelo de madera de la más alta calidad, tan perfectamente limpia y pulida que era capaz de reflejar la enorme lámpara de araña que colgaba del entretecho, a 25 metros de altura. Varias mesas circulares, de un metro y medio de alto, y con manteles blancos se disponían a lo largo del hall, cada una con un jarrón encima lleno de flores blancas y rojas. Y como no podía ser, la joya de la corona, las múltiples obras de arte que había creado el virtuoso del pincel, el inspirador de musas, Griffith Tudor, habiendo casi una cantidad de 30 cuadros repartidos en toda la sala en total. Mientras estabas en tu mundo, al acecho de todo lo que podía suceder, veías como iban entrando, poco a poco, las distintas personalidades que habían sido invitadas, o habían pagado un dineral para asistir a tal exposición al hall. Lo más curiosos empezaban a apreciar las obras de arte que se hallaban colocadas allí desde la lejanía. Otros, en cambio, se quedaban próximos a las mesas esperando a que, el anfitrión hiciera acto de presencia al igual que lo hacíais vosotros.
INFO
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