Aquel Lunarian... no tenía ningún tipo de duda. Su porte, su forma de moverse, incluso el tono de su voz o la calidez de su sonrisa. Era prácticamente un calco, mucho más joven y más inexperto. Esta batalla era un regalo del destino traído directamente a las puertas de mi reino, que no era más mío, pues yo sólo era su custodio y su guardián. El protector asignado y el regente impuesto. Siempre era un deleite ver guerreros de mi raza exhibir sus habilidades y el regalo que el mar azul nos había traído con la presencia de todos aquellos invitados y participantes este año... con la sorpresa de contar entre sus filas con nativos y naturales de este paraíso en las nubes, hinchaban mi pecho de orgullo y el crepitar de las llamas de mi espalda se incrementaba con alegría, como la hoguera de un fuego de invierno dentro de un hogar.
— Querido amigo... — dije dirigiéndome al chamán a mi lado — ... me siento especialmente afortunado de poder verlo con mis propios ojos... y extremadamente viejo al apreciar las llamas de su juventud y por contraparte la madurez de su rostro-son... ¿cuántos años han podido pasar? — le pregunté devolviendo la mirada al campo observando como el combate empezaba y una oleada de calor abrumador sacudía la estancia más próxima, haciéndome abrir los ojos de par en par. El humano tenía un poder curioso...
El transcurso del enfrentamiento llevó a tornar una expresión seria y fruncida en mi rostro. El humano había conseguido desgastar con sus oleadas de calor al señor Yojimbo, y había encajado un par de golpes peligrosos y potentes... pero lentos, y cuando parecía que por fin mordía el polvo y se quedaba a merced del poderío Lunarian, este emitió una redoblada ola de calor, más potente y más molesta que ninguna hasta ahora, quemando mi garganta por dentro y llevando a un punto altísimo la temperatura, haciendo caer a Yojimbo en aquella trampa y preocupando a James, quien se levantó tembloroso y visiblemente afectado ante los gritos de clemencia de mi pueblo y los avisos de algunos de los habitantes del mar azul, observando al enmascarado proclamar que hoy caería un dios, preparándose para asestar un golpe contra el ya derrotado y rendido heredero del imperio.
Cuando su kanabo descendió, apenas apoyé las puntas de los dedos de mis pies en el suelo salí despedido en su dirección, redoblando la intensidad del fuego de mi espalda para hacerlo más rápido, flexionando mi cuerpo encorvado e interponiendo mi propia figura entre el que yacía y su ejecutor, teniendo respectivamente a estos a mi derecha y a mi izquierda, dando un revés ascendente con el puño izquierdo hacia el arma en llamas, repeliendo su ataque y haciendo que el garrote retrocediera por donde había venido, impidiendo la ejecución de aquel hombre. Entonces me erguí alcanzando toda mi talla y mire desde la altura al pequeño hombre enmascarado que se había atrevido a dar aquel paso — Aquellos que más brillan son los que se queman más rápido-son — dije con seriedad, emitiendo una oleada de poder abrumador, más brutal y más puro que cualquiera de estos jueguecitos de calor. En las tierras del mar azul lo llamaban el Color del Conquistador. El Haki que te permitía imponerte a todos los débiles de conciencia y de mente, haciéndoles padecer ante la fuerza de tu espíritu sin miramientos. Una oleada de poder tal que hizo que todos los presentes en las gradas desfallecieran uno por uno, quedando inconscientes sentados en sus asientos, incluso desmayando a James, el bueno del Dirigente y a los Custodios, quienes cayeron de rodillas al suelo.
El combate había terminado.
— Querido amigo... — dije dirigiéndome al chamán a mi lado — ... me siento especialmente afortunado de poder verlo con mis propios ojos... y extremadamente viejo al apreciar las llamas de su juventud y por contraparte la madurez de su rostro-son... ¿cuántos años han podido pasar? — le pregunté devolviendo la mirada al campo observando como el combate empezaba y una oleada de calor abrumador sacudía la estancia más próxima, haciéndome abrir los ojos de par en par. El humano tenía un poder curioso...
El transcurso del enfrentamiento llevó a tornar una expresión seria y fruncida en mi rostro. El humano había conseguido desgastar con sus oleadas de calor al señor Yojimbo, y había encajado un par de golpes peligrosos y potentes... pero lentos, y cuando parecía que por fin mordía el polvo y se quedaba a merced del poderío Lunarian, este emitió una redoblada ola de calor, más potente y más molesta que ninguna hasta ahora, quemando mi garganta por dentro y llevando a un punto altísimo la temperatura, haciendo caer a Yojimbo en aquella trampa y preocupando a James, quien se levantó tembloroso y visiblemente afectado ante los gritos de clemencia de mi pueblo y los avisos de algunos de los habitantes del mar azul, observando al enmascarado proclamar que hoy caería un dios, preparándose para asestar un golpe contra el ya derrotado y rendido heredero del imperio.
Cuando su kanabo descendió, apenas apoyé las puntas de los dedos de mis pies en el suelo salí despedido en su dirección, redoblando la intensidad del fuego de mi espalda para hacerlo más rápido, flexionando mi cuerpo encorvado e interponiendo mi propia figura entre el que yacía y su ejecutor, teniendo respectivamente a estos a mi derecha y a mi izquierda, dando un revés ascendente con el puño izquierdo hacia el arma en llamas, repeliendo su ataque y haciendo que el garrote retrocediera por donde había venido, impidiendo la ejecución de aquel hombre. Entonces me erguí alcanzando toda mi talla y mire desde la altura al pequeño hombre enmascarado que se había atrevido a dar aquel paso — Aquellos que más brillan son los que se queman más rápido-son — dije con seriedad, emitiendo una oleada de poder abrumador, más brutal y más puro que cualquiera de estos jueguecitos de calor. En las tierras del mar azul lo llamaban el Color del Conquistador. El Haki que te permitía imponerte a todos los débiles de conciencia y de mente, haciéndoles padecer ante la fuerza de tu espíritu sin miramientos. Una oleada de poder tal que hizo que todos los presentes en las gradas desfallecieran uno por uno, quedando inconscientes sentados en sus asientos, incluso desmayando a James, el bueno del Dirigente y a los Custodios, quienes cayeron de rodillas al suelo.
El combate había terminado.
Resumen
Bélico
