26-05-2024, 12:33 PM
El sonido de la puerta al ser golpeada resonó tanto en el interior como el exterior de la biblioteca. Sin embargo, la respuesta a la llamada no llegaba. Incluso los pájaros que piaban desde los árboles parecían haber enmudecido al escuchar los tres golpes contra la puerta. Lo único que se podía escuchar era el sonido del viento pasando entre las hojas de los frondosos árboles, que filtraban parcialmente la luz del sol. La brisa era suave y arrastraba un olor a tierra húmeda. En cuestión de segundos de espera, los pájaros volvieron a entonar sus cantos y aletear, como si nada hubiese perturbado su calma. Daba la impresión de que todos los seres vivos se habían puesto de acuerdo para ignorar aquella llamada a entrar en la biblioteca, incluso los insectos, que revoloteaban por los alrededores sin reparar en tu presencia. Lo único que permanecía aparentemente inmóvil, aunque vivo, era el musgo y las plantas trepadoras, que se enredaban entre los recovecos de las piedras que conformaban la biblioteca.
La puerta tenía una gran cerradura, pero podría estar abierta. Antes de que pudieses comprobarlo por tu cuenta, una voz ronca pero potente sonó a varios metros desde el interior de la biblioteca. —¡Que sí! ¡Ya voy! —gritó como si hubieses estado varios minutos aporreando la puerta con desesperación. Tras estas palabras, se escuchó un golpe y el sonido de varios objetos cayendo. —¡Pasa! —dijo la misma voz de forma algo más seca. A pesar de la cerradura, la puerta estaba abierta, probablemente porque la persona encargada de cuidar los libros se encontraba en el interior. Aunque tampoco es que fuese muy común que alguien tratase de entrar a una biblioteca a robar, y menos aún en una isla que parecía tan civilizada y controlada por la presencia del shichibukai Zarutsuki y su legión de guardias. El mayo peligro que podían correr aquellos libros era ser desgastados por la humedad, comidos por los insectos o incendiados por un accidente forestal.
Al abrir la puerta podrías tener acceso visual a toda la primera planta, una sala amplia y rectangular iluminada por la luz de las ventanas y por varias lámparas de araña colgadas en el techo. Las paredes estaban revestidas de estanterías de madera de roble oscuro. Estas estanterías también se encontraban a lo largo de la estancia de forma vertical y separadas entre sí por metro y medio de distancia. A los lados de las estanterías habían carteles indicando la temática de cada sección y, de frente, los apellidos de los autores. Todas estaban repletas de libros sin un solo hueco entre ellos y llegaban hasta casi la altura del techo, a poca distancia de las lámparas colgantes. El suelo de piedra estaba cubierto por una alfombra roja que parecía algo desgastada, aunque tenía un aspecto baste limpio y cuidado. Al final de la sala, en el lado izquierdo, una escalera de caracol llevaba hasta el piso superior, que no era muy diferente a aquella primera planta. Todo recto había un pequeño hueco que dejaba espacio para otra puerta de madera cerrada por un candado. A la derecha en una esquina había una mesa con seis sillas. Sobre ella se encontraban varios libros antiguos apilados y en el suelo otros tantos desparramados.
Al fijarte en ella podrías ver cómo una pequeña figura cubierta por una capa azul oscura que cubría su cuerpo y su rostro se apoyaba en una de las esquinas de la mesa mientras se encogía para tocarse la rodilla derecha. —Ayayay… —murmuraba frotándose la extremidad —. ¿De qué universidad vienes? Deja en la mesa tus credenciales y mira lo que quieras, pero no molestes —dijo con un tono de voz cansado y sin molestarse en levantar la vista para mirarte. Efectivamente, era tal y como describían los habitantes de aquella isla del cielo, una persona anciana sin demasiadas ganas de visitas en su biblioteca.
La puerta tenía una gran cerradura, pero podría estar abierta. Antes de que pudieses comprobarlo por tu cuenta, una voz ronca pero potente sonó a varios metros desde el interior de la biblioteca. —¡Que sí! ¡Ya voy! —gritó como si hubieses estado varios minutos aporreando la puerta con desesperación. Tras estas palabras, se escuchó un golpe y el sonido de varios objetos cayendo. —¡Pasa! —dijo la misma voz de forma algo más seca. A pesar de la cerradura, la puerta estaba abierta, probablemente porque la persona encargada de cuidar los libros se encontraba en el interior. Aunque tampoco es que fuese muy común que alguien tratase de entrar a una biblioteca a robar, y menos aún en una isla que parecía tan civilizada y controlada por la presencia del shichibukai Zarutsuki y su legión de guardias. El mayo peligro que podían correr aquellos libros era ser desgastados por la humedad, comidos por los insectos o incendiados por un accidente forestal.
Al abrir la puerta podrías tener acceso visual a toda la primera planta, una sala amplia y rectangular iluminada por la luz de las ventanas y por varias lámparas de araña colgadas en el techo. Las paredes estaban revestidas de estanterías de madera de roble oscuro. Estas estanterías también se encontraban a lo largo de la estancia de forma vertical y separadas entre sí por metro y medio de distancia. A los lados de las estanterías habían carteles indicando la temática de cada sección y, de frente, los apellidos de los autores. Todas estaban repletas de libros sin un solo hueco entre ellos y llegaban hasta casi la altura del techo, a poca distancia de las lámparas colgantes. El suelo de piedra estaba cubierto por una alfombra roja que parecía algo desgastada, aunque tenía un aspecto baste limpio y cuidado. Al final de la sala, en el lado izquierdo, una escalera de caracol llevaba hasta el piso superior, que no era muy diferente a aquella primera planta. Todo recto había un pequeño hueco que dejaba espacio para otra puerta de madera cerrada por un candado. A la derecha en una esquina había una mesa con seis sillas. Sobre ella se encontraban varios libros antiguos apilados y en el suelo otros tantos desparramados.
Al fijarte en ella podrías ver cómo una pequeña figura cubierta por una capa azul oscura que cubría su cuerpo y su rostro se apoyaba en una de las esquinas de la mesa mientras se encogía para tocarse la rodilla derecha. —Ayayay… —murmuraba frotándose la extremidad —. ¿De qué universidad vienes? Deja en la mesa tus credenciales y mira lo que quieras, pero no molestes —dijo con un tono de voz cansado y sin molestarse en levantar la vista para mirarte. Efectivamente, era tal y como describían los habitantes de aquella isla del cielo, una persona anciana sin demasiadas ganas de visitas en su biblioteca.
![[Imagen: 8Rsjucn.png]](https://imgur.com/8Rsjucn.png)
