25-06-2024, 01:34 PM
La mujer escuchó tus palabras sin inmutarse. Parecía que no se percataba del peligro inminente o, si lo hacía, qué poco le importaba. Sus ojos continuaban reflejando esa expresión de melancolía y tristeza cuando te aproximaste para agarrarla. No podía hacer nada por resistirse, era tan solo una anciana a la que no le quedaban demasiados años de vida. Pesaba muy poco y apenas tenía fuerza. En un principio no parecía sentir miedo, pero con el libro en su boca sí, que se pudo apreciar este sentimiento, aunque, por algún motivo, parecía tratar de ocultarlo. Tampoco trató de resistirse. Era evidente que no podía hacer nada contra ti, pero luchó contra su impulso vano para no ofrecer ninguna resistencia.
Tus lágrimas bien podrían valer nada para aquella persona a la que le estabas arrebatando la vida, sin embargo, la anciana, más que terror, daba la impresión de que sentía lástima por ti. El dolor debía ser absolutamente inmovilizante. No parecía que aquella anciana bibliotecaria pudiese tener demasiada resistencia al dolor, pero no se movió ni se quejó. Tal vez, porque era mucho más de lo que podía aguantar. Cuando pediste disculpas, cerró los ojos. Con aquel gesto podía estar dando de entender que aceptaba tus disculpas, que comprendía tus motivaciones o, simplemente, que estaba decepcionada. Al no mostrar ningún gesto más ni poder pronunciar ninguna palabra era imposible saber qué se le pasaba a la mujer por la cabeza en esos momentos.
El silencio en la biblioteca era ensordecedor, solo roto por el leve susurro del viento que movía las hojas de los árboles del exterior, creando un murmullo que parecía burlarse de tu tormento interno. Las estanterías repletas de libros, testigos mudos de la tragedia, permanecían inmóviles a tu alrededor, como si también cargaran con el peso de tu culpa. El corazón de la anciana dejó de latir y sus ojos quedarom entreabiertos, todavía con aquella expresión de lástima que ahora te perseguiría en tus sueños más oscuros. Su mirada todavía parecía expresar algo de lástima por ti, aunque ya no quedaba vida en ella. Era la primera que se había percatado de la espiral en la que acababas de sumergirte, un ciclo de arrepentimiento y dolor del que tú serías la mayor víctima. La anciana, al irse de este mundo, se había llevado consigo una parte de tu humanidad.
Ya habían pasado varias horas desde que entraste en aquella biblioteca. Cuando saliste, el viento exterior te recibió con un aullido. La oscuridad era casi total y el frío de la noche se coló bajo tu piel, intensificando la sensación de desolación. No había vuelta atrás. La sombra de lo que habías hecho te seguiría allá donde fueras, recordándote constantemente el precio de tus acciones. Y así, con el alma fragmentada, te internaste en la oscuridad.
Tus lágrimas bien podrían valer nada para aquella persona a la que le estabas arrebatando la vida, sin embargo, la anciana, más que terror, daba la impresión de que sentía lástima por ti. El dolor debía ser absolutamente inmovilizante. No parecía que aquella anciana bibliotecaria pudiese tener demasiada resistencia al dolor, pero no se movió ni se quejó. Tal vez, porque era mucho más de lo que podía aguantar. Cuando pediste disculpas, cerró los ojos. Con aquel gesto podía estar dando de entender que aceptaba tus disculpas, que comprendía tus motivaciones o, simplemente, que estaba decepcionada. Al no mostrar ningún gesto más ni poder pronunciar ninguna palabra era imposible saber qué se le pasaba a la mujer por la cabeza en esos momentos.
El silencio en la biblioteca era ensordecedor, solo roto por el leve susurro del viento que movía las hojas de los árboles del exterior, creando un murmullo que parecía burlarse de tu tormento interno. Las estanterías repletas de libros, testigos mudos de la tragedia, permanecían inmóviles a tu alrededor, como si también cargaran con el peso de tu culpa. El corazón de la anciana dejó de latir y sus ojos quedarom entreabiertos, todavía con aquella expresión de lástima que ahora te perseguiría en tus sueños más oscuros. Su mirada todavía parecía expresar algo de lástima por ti, aunque ya no quedaba vida en ella. Era la primera que se había percatado de la espiral en la que acababas de sumergirte, un ciclo de arrepentimiento y dolor del que tú serías la mayor víctima. La anciana, al irse de este mundo, se había llevado consigo una parte de tu humanidad.
Ya habían pasado varias horas desde que entraste en aquella biblioteca. Cuando saliste, el viento exterior te recibió con un aullido. La oscuridad era casi total y el frío de la noche se coló bajo tu piel, intensificando la sensación de desolación. No había vuelta atrás. La sombra de lo que habías hecho te seguiría allá donde fueras, recordándote constantemente el precio de tus acciones. Y así, con el alma fragmentada, te internaste en la oscuridad.
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