[PRESENTE RELATIVO][SOCIAL][+18] - Algodones y adoquines
#11
Mis hombros se levantan, mi espalda se endereza como si el aire de esta base apretara más fuerte. Manola. La noto, su mirada rápida, su voz demasiado clara, su presencia que me recuerda a un aula, a una orden, a una trampa. Y me enciendo. Por dentro, claro. Siempre por dentro. No porque tenga algo personal contra ella, no.

Es el uniforme. Es el sello. Es la insignia de todas las veces que me fallaron.

Me miran raro. Me escuchan como quien escucha un loco en una plaza. Y mientras intento explicar lo que pasó allá afuera, me doy cuenta de lo absurdo que suena para ella. ¿Pero quién narices no reconoce su propio nombre? Puede que haya sido muy duro con esta tal Manola, a lo mejor le falta un tornillo después de todo.

Escucho sus susurros. “¿Quién es Jolyne?” “¿Será de alguna secta?” Me arde. Me arde por dentro como si me estuvieran desollando con palabras dulces. No saben nada. No vieron los ojos vacíos. No olieron la sangre. No tuvieron que disparar a un hombre que lloraba mientras se desangraba porque no podía volver a casa. No tienen ni idea.

Y entonces me preparo para hablar con más rabia. Con más veneno. Porque si no lo entienden, que al menos lo teman.

Pero ahí está ella. Joanna.

No se aparta. No se asusta. No interrumpe con leyes ni me señala con normas. Se acerca. Me toma del brazo. Me obliga a dejar de moverme y me planta frente a ella como si pudiera detener una tormenta con solo su voz.

Y lo hace.

—Casca. Lo entiendo.

Tres palabras. Tan simples, pero me apuñalan. Porque las dice de verdad. No como quien quiere calmar. Como quien quiere escuchar. Me dice que fallaron. Que me fallaron. Y eso... eso es lo que más me rompe. Porque nadie lo admite. Todos buscan justificaciones, todos lavan culpas con expedientes. Pero ella... lo admite. Y me ofrece algo. No perdón. No redención. Me ofrece un sitio.

No sé cómo manejar eso. El nudo en mi garganta no es tristeza. Es desarme. Me desarma su forma de mirarme, no como un problema. Como una persona. Como alguien que ha hecho cosas difíciles porque no había más opción.

—Este sitio es un hogar... —dice—. Nadie es prescindible, Casca.

Me quedo en silencio, ojiplático.

La rabia aún está ahí, en el fondo. No desaparece así como así. Pero empieza a doler menos. Me doy cuenta de que no me estoy defendiendo ya. No estoy contando mi historia como un animal acorralado. La estoy compartiendo. Porque, por una vez, hay alguien que escucha sin la intención de condenar.

—Joanna... —mi voz sale baja, grave, real—. No necesito una celda dorada. No se puede hacer nada, solo quiero dejar de mirar cada esquina esperando que alguien me clave otra etiqueta en la espalda.

Por primera vez, sólo quizás, siento que quizá no estoy completamente solo en esta isla de piedra y banderas.
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#12
La sonrisa de Jean se ensanchó un poco más al ver la reacción de Casca. Los segundos de silencio, densos y cargados, eran en realidad el sonido de un muro mostrando una pequeña grieta. Detrás de lo errático de sus pensamientos, de esa ferocidad que había mostrado con Mel, del cinismo con el que parecía ver a toda la organización de la Marina, había un chico exhausto, un alma herida que solo buscaba un ancla y un sitio donde poder descansar y tomar aire. Jean miraba con tranquilidad a los turbulentos ojos de Casca, atendiendo a sus palabras sin prisa. 

Ignoraba que le había pasado a aquel chico con la Marina, pero era evidente que le había fallado. No era algo extraño, no podían llegar a todas partes, e inevitablemente, bien por omisión, bien por la propia acción de los marines, podía haber daños colaterales. Casca parecía ser uno de ellos. Un chico joven que se había hecho cazarrecompensas y que veía en la Marina no a una organización amiga en la que poder apoyarse, sino seguramente un mal contra el que combatir. Otro más. Piratas, criminales, marines... ¿Todos eran lo mismo para él? Debía ser agotador. Creer que todo y todos estaban en contra de uno. El mundo entero un sitio sombrío, lleno de peligros donde nadie podía confiar en nadie. Jean comenzaba a comprender que la forma errática en la que se había estado comportando Casca no era fruto de una mente voluble, sino de una actitud a la defensiva de quien se creía en territorio enemigo.

- Puedes estar tranquilo, aquí yo vigilaré tus espaldas. - le tranquilizó ladeando ligeramente la cabeza en un gesto tierno. Pensaba en cómo Casca veía aquel lugar como una celda dorada. - Para ti esto es un laberinto, una jaula. Para mi es un lugar donde, a pesar de sus fallos, todavía hay gente que intenta hacer lo correcto. Gente que, como tu, se cansó de mirar a otro lado. Y no te hablo de Marines con emblema en el pecho. Te hablo de cocineros, técnicos, médicos... De personas que han encontrado aquí una forma de contribuir a la sociedad de la mejor manera que pueden hacerlo.

Se incorporó un poco, alejándose unos centímetros de Casca y se detuvo, dejando que sus palabras se asentasen. Era una pequeña pausa calculada para darle tiempo a Casca a asimilar y respirar ese nuevo espacio de posibilidades. 

- Puede que nunca veas este sitio como un hogar. Pero, solo te pido una cosa: Permítete ver. Respirar. Mira. - dijo extendiendo los brazos a sus lados, con Marines pasando a su alrededor, algunos mirándolos con curiosidad, otros demasiado centrados en los papeles que llevaban entre las manos para pararse a curiosear. - Lo creas o no, el interés de toda esta gente no es clavarte un puñal en la espalda. Unos llevan informes de misiones a registro, otros se están preparando para salir de patrulla, otros van camino a entrenar y formar a los reclutas... Y todos con el mismo objetivo: Poder hacer del mundo un lugar mejor. Con mayor o menor éxito, pero todos aspiran a ello.

Se detuvo de nuevo, inspirando el aire del pasillo y expulsándolo lentamente.

- Puede que este no sea tu hogar... Pero desde luego no va a ser un sitio hostil para ti. 

Le tendió la mano.

- Vamos, sigamos. - le dijo con una sonrisa.
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#13
La miro. No, la escucho. Pero más que nada... la peso. Cada una de sus palabras cae como piedra en el pecho, y no porque duela, aunque sí, un poco duelen, sino porque llevan algo que no sé si estoy preparado para sostener: comprensión. No compasión, no lástima. Comprensión real. Jodidamente rara.

Cruzo los brazos, mi espalda recargada contra la pared fría de este pasillo blanco. Veo cómo extiende los brazos, cómo deja que los demás nos atraviesen con su rutina cotidiana, como si eso bastara para que yo baje la guardia.

—¿Tú crees que porque me digas que me mire alrededor, voy a ver un paraíso en este sitio? —pregunto, con la voz baja, pero afilada. No grito, no es necesario. Si algo pude aprender en este reino, es que el silencio pesa más que cualquier amenaza—. Mira, Juana… tú ves cocineros, técnicos, médicos. Gente buena intentando hacer lo correcto. Yo... veo gente ocupada justificando el sistema al que sirven. Porque al final, todos tienen una placa, un emblema, o alguien con uniforme a quien responder. Y cuando alguien con las alas rotas y sucias como yo queda atrapado entre sus engranajes, nadie se detiene a preguntar si nos merecíamos algo distinto.

Mi mirada cae a su mano extendida. No la ignoro, pero tampoco la acepto.

—Tú puedes prometer que cuidarás mis espaldas. Vale. Pero... ¿Qué pasará cuando no estés tú? ¿Cuándo vuelva a estar solo en un pasillo blanco, rodeado de papeles, órdenes y ojos que me miden por lo que represento, no por quién soy?

Saco un cigarro, lo dejo colgando en la comisura de la boca, sin encenderlo. Solo lo dejo ahí, como una excusa para no decir algo peor.

—Esto no es una celda dorada. Es peor. Es una jaula que te permite caminar lo justo para que olvides que estás encerrado. Y yo... ya estuve atrapado una vez. Bajo puentes, entre cajas de basura y promesas rotas. Aprendí a no mirar hacia arriba, porque mirar al cielo solo me recordaba que nadie iba a venir a rescatarme.

Hago una pausa. Aprieto los bordes de mis cejas, juntando y separando la distancia entre ellas con mis dedos. El cigarro cae directo en la misma posición del paquete en que había estado segundos atrás, sin mirar.

—Pero igual... estoy aquí. Tal vez por testarudo. Tal vez porque quiero demostrar que puedo hacer algo contra este sistema desde dentro. O tal vez... —me doy cuenta de como mis palabras se quiebran un poco, apenas, pero se nota— tal vez porque estoy harto de estar en guerra con el mundo.

Levanto la cabeza. La miro otra vez.

—Así que sí, Juana. Vamos. Pero no me pidas que crea que todos son buenos. Solo... dame tiempo. Y espacio. Si de algo no tengo dudas, es de que el corazón se endurece cuando aprendes a respirar en el barro. Y a mí me está costando un mundo volver a hacerlo entre mármol y banderas, no se puede hacer nada.

Y sin tomar su mano, contra todos los instintos que me gritan que lo haga, que no la deje ir, empiezo a caminar. Por algún motivo confío en ella, si quiere acompañarme, que lo haga. Pero no dejo de mirar hacia atrás, por si el puñal viene de donde menos lo espero. Porque aún no sé si puedo permitirme caminar tranquilo, sin prepararme para lo peor.
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