Tsunamaro
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![[Imagen: qrBvArSK_o.png]](https://images2.imgbox.com/9c/91/qrBvArSK_o.png)
— ¿Mentirle, yo?
¡Por cuánto!
Pruébela y compre, compre y verá
qué melena leonina le acaba saliendo
... ju, ju, ju.
Estaba muy contento porque mi ardid para convencer a Dean de la necesidad imperiosa de mi pócima capilar milagrosa parecía estar surtiendo efecto. Apenas pude, sin embargo, disfrutar de aquel pequeño triunfo mercantil, pues el peliblanco se puso manos a la obra y trató de ganarse la confianza del perrito apaleado. Entre medias, me pareció escucharle decir que teníamos suerte de no lucir como humanos —no supe discernir si se refería a mí o al chucho—.
—No me sea usted sentido, compadre, anda que no habrá chorizos de todas las razas, tamaños y colores —le dije entonces, tratando de quitarle hierro al asunto.
Y luego me dispuse a contestar a su pregunta acerca de si yo acostumbraba a meterme en líos por socorrer al prójimo, pero... pero... le tiró un pancito... y... el animalillo le miró con esos ojitos que...
—Enseguida estoy con usted, amigo Dean —balbuceé, llevándome el dorso de la mano al ojo derecho—. Otórgueme un instante, si es tan amable. Sniff. Se me han metido unos sentimientos por los ojos. Sniff...
Lo cierto es que ver la escenita del mendrugo de pan, a mí, que soy de barrio humilde, me abultó el corazón de ternura y me desencadenó una maldita dolencia hidráulica que heredé de mi rama materna, consistente en que cuando la víscera cardíaca rebasa su aforo, el sobrante se nos condensa en los conductos lacrimales y se nos escapa por los ojos.
(Muy distinto a la blandenguería esa de llorar, ¿eh? No se me confundan.)
La cuestión es que tuve que parar un momento a sorberme los mocos. Y fueron tantos que necesité sonarme. Así, mientras el perrillo, tras olfatear y lamer el chusco de pan, se acercaba tímidamente al peliblanco, yo, de cuclillas y de espaldas a ambos, me sonaba a trompetazos con la bandera de la Marina que hacía un momento enarbolaba el fulano de las facciones de hiena.
Para cuando me hube recompuesto, el perro estaba ya sentado entre los pies de Dean, con el flanco apoyado en su rodilla y el rabito repiqueteando como un metrónomo sobre los adoquines. Yo me incorporé despacio, dejando escapar un suspirito de los recios, y me acerqué a posar la mano sobre el hombro del peliblanco.
—¿Ve? Mire qué rápido han hecho ustedes buenas migas. Si ya sabía yo... —presumí, agachándome a recoger al chucho, que se dejó alzar sin oponer resistencia, y acomodándomelo contra el pecho—. Un servidor tiene un sexto sentido para estas cosas del querer.
—¿Eh? ¡Ay! ¡Pero hombre, suelte usted, suelte usted, criatura desagradecida! ¡Los tentáculos no, hombre, los tentáculos no! ¡Deponga la dentadura, fámula del averno, deponga la dentadura le digo!
Por algún motivo que un servidor no acertaba a comprender, aquella sabandija peluda no me quería. El muy ingrato solo se mostraba apaciguado cuando estaba con Dean, así que se lo tendí para que lo sostuviera mientras yo me alisaba la melena, comprobando que las dentelladas no me hubieran dejado calvas en el cuero cabelludo. Cuando la condenada criatura se hubo calmado, reanudé mi perorata.
—Verá, amigo Dean, retomando aquella pregunta suya sobre si suelo meterme en líos por ayudar al prójimo, le confesaré que jamás me había detenido a considerarlo —arranqué, frotándome con dos dedos el caballete de la nariz—. Aunque ahora que lo pone usted sobre la mesa, caigo en la cuenta de que vengo arrastrando esa costumbre desde bien pezqueñín. ¿Cree usted que se deberá a haberme criado donde se crio un servidor? En el Distrito las desavenencias rara vez se resuelven sin la mediación de un par de sopapos...
Nunca me había parado a pensar de dónde me venía aquella manía de socorrer a terceros. Para mí siempre había sido lo natural: uno andaba por la calle, se topaba con un entuerto y se metía a desentuertarlo. No había mucho misterio. ¿Que por qué? Porque si no lo hacía un servidor, ¿quién iba a hacerlo? Pero ahora, mirándolo desde la barrera, igual aquella forma de andar por el mundo, tan evidente para mí, no lo era tanto para los demás.
(Vaya tela, qué profundo se ponía uno por una preguntilla de nada. Estaba claro que necesitaba urgentemente entregarme a la bebida.)
Sacudí la cabeza para apartar la nube de cavilaciones y me volví hacia el peliblanco.
—¿Y qué hay de usted? No se ha andado con remilgos cuando ha tocado repartir. ¿También se mete usted en estos jaleos por socorrer al prójimo, o le tira el cuerpo, de natural, a la pelea? ¿Sabe qué? Mejor me lo cuenta con un trago delante. Y, ya de paso, llevamos a este pequeño Belcebú con pulgas con Bunzo, antes de que me arrepienta de haberle salvado el pellejo y lo tire al mar para que lo devoren los tiburones...
Charlatán (-)
Cita:Verá, amigo Dean, retomando aquella pregunta suya sobre si suelo meterme en líos por ayudar al prójimo, le confesaré que jamás me había detenido a considerarlo. Aunque ahora que lo pone usted sobre la mesa, caigo en la cuenta de que vengo arrastrando esa costumbre desde bien pezqueñín. ¿Cree usted que se deberá a haberme criado donde se crio un servidor? En el Distrito las desavenencias rara vez se resuelven sin la mediación de un par de sopapos...
Dean
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Pocas veces había reído tanto como cuando aquel cachorro se lanzó a morder al gyojin. Por la reacción de este, se notaba que no le estaba haciendo daño real, lo que hizo que la situación fuera aún más divertida. Si además de tener el mejor pelo de los blues, este tipo también va a tener dotes de humorista.
Tras aquel espectáculo que le pareció lo más cómico que ha visto en varias semanas, Dean sostuvo al cachorro con cierta torpeza cuando Tsunamaro prácticamente se lo encajó entre los brazos. El pequeño demonio con pulgas, como lo había llamado el gyojin, se acomodó contra su pecho todavía temblando apenas, aunque ya no parecía dispuesto a arrancarle la mano a mordiscos. Lo único que había estudiado en este tiempo era sobre la flora y fauna de los blues, por ende debería ser fácil para él poder lidiar con un perro, pero cualquier cosa que requiera socializar, aunque sea con un animal, requiere un esfuerzo extra para él.
- Vaya… parece que simplemente te odia a ti. - comentó con una pequeña sonrisa ladeada mientras observaba cómo el perro vigilaba al gyojin con absoluta desconfianza. - Honestamente, no puedo culparlo demasiado, debe tener envidia de esa cabellera. - Con una mano libre rascó suavemente detrás de la oreja del cachorro, el animal no se apartó, con eso sabía que ya tenía su confianza, así que eso facilitaría su traslado hacia ese lugar donde a priori le darán un mejor cuidado.
Dean guardó silencio unos segundos tras escuchar la pregunta de Tsunamaro. Su mirada descendió un instante hacia los reclutas inconscientes desparramados por el callejón mientras pensaba la respuesta, porque esta era realmente complicada para él. - No me gusta la pelea. - respondió finalmente, aunque incluso él sabía que aquello sonaba dudoso después de lo ocurrido. - Bueno, supongo que no me gusta la violencia inútil. - Alzó apenas la vista hacia el gyojin - He conocido demasiada gente que disfruta hacer daño solo porque puede hacerlo. Y demasiada otra que mira hacia otro lado mientras ocurre. - Su sonrisa se debilitó apenas. - Así que cuando veo algo así, simplemente me cuesta quedarme quieto. -
Estaba siendo sincero, obviamente omitiendo muchos detalles que su compañero improvisado no tenía porqué saber, lo más probable es que ni siquiera le importaba, después de todo no quería explicar demasiadas cosas sobre Sorbet y las barbaridades que vivió y vio allí. Dean había aprendido hacía mucho que sobrevivir dependía bastante de saber cuándo callarse.
El cachorro soltó un pequeño resoplido entre sus brazos y terminó acomodándose mejor contra él. El peliblanco bajó la vista hacia el animal unos segundos antes de soltar una risa baja. - Además, supongo que tengo debilidad por las causas perdidas. - Aunque quizá era al revés, a lo mejor se reconocía a si mismo en ellas.
Cuando Tsunamaro mencionó la bebida, Dean levantó apenas una ceja mientras comenzaban a salir lentamente del callejón.
- No esperaba que alguien como tú invitara tragos después de repartir golpes. - comentó con tono relajado. - Aunque supongo que eso te hace bastante más agradable que estos idiotas. - Sus ojos se desviaron brevemente hacia los reclutas inconscientes todavía tirados en el suelo. Luego observó cómo el gyojin se acomodaba el cabello después de haber usado aquella bandera para sonarse la nariz.
Eso logró sacarle otra risa genuina. - Ha sido probablemente lo más irrespetuoso que he visto hacerle a una bandera marine y sinceramente, creo que se lo merecen. - Aquella bandera representaba tantas cosas en el mundo y ninguna de ellas era positiva. Lo mejor era que todas esas banderas ardieran junto a la organización que representa, pero lamentablemente no cree vivir lo suficiente para ver algo como eso.
La sonrisa permaneció apenas unos segundos más antes de que Dean acomodara mejor al cachorro entre sus brazos.
- Acepto ir el trago, pero te recuerdo que mi tolerancia con el alcohol es nulo. Por eso, si este pequeño engendro vuelve a intentar arrancarte un pedazo, pienso dejar que resuelvan sus diferencias solos, tendré otras cosas de las que preocuparme. - Aún mantiene latente la última borrachera que tuvo... fue como poco dantesco.
Tsunamaro
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A decir verdad, estaba empezando a generar cierto resquemorcillo hacia los cánidos domésticos en general y hacia aquel pulgino desagradecido en particular. El muy cancerbero, cada vez que un servidor pretendía aproximarse al peliblanco, aprovechaba la maniobra para hincarme los molares en cualquier saliente blando de mi apolínea anatomía.
—¿Envidia, dice usted?
«Pues mire, oiga, bien podría ser...»
Y como tampoco era yo quién para descartarlo a la ligera, solo me quedó asentir, magnánimo, a la teoría del peliblanco, y abrazar la dolorosa carga de andar por la vida con una cabellera tan envidiosamente espléndida. Luego, echamos a andar hacia la taberna, dejando atrás los cuerpos inconscientes de aquellos cuatro majaderos aspirantes a soldados de la Marina.
«Confiemos en que la experiencia les sirva de escarmiento», pensé, volviéndome para echarles un último vistazo. La luna, en cuarto creciente, parecía dibujar una sonrisa sobre la calva incipiente del infeliz al que se le había extraviado la gorra durante la refriega.
Aquella hermosa estampa me hizo recordar que, hacía unos momentos, el peliblanco había tenido a bien responder a mi pregunta, franquearse un poco y confiarme que rechazaba la violencia fútil, confirmando de paso mis sospechas sobre nuestra común afición a meternos en jaleos ajenos por causas presuntamente irrecuperables. Se me ocurrió que estaría bien profundizar en aquello y, mientras paseábamos, di rienda suelta a la lengua otra vez.
—¿Sabe qué, amigo Dean? Tuve yo en mis tiempos mozos un profesor de Retórica Náutica y Disciplinas Piscícolas Conexas, un gyojin gamba pequeñito y escuálido que iba siempre arrastrando por el piso del aula sus dos bigotillos larguísimos, caídos según las malas lenguas merced a los seis divorcios que acumulaba en su prontuario marital... ¡Anda, mire, a lo lejos! Esa es la tasca de Bunzo...
Allá en el horizonte baquellano, iluminada con un rojo cálido por los dos farolillos que flanqueaban su puerta, empezaba a esbozarse contra el cielo cárdeno de la noche la sombra cuadrada de una fachada. Hice un gesto con la mandíbula en su dirección. Sobre el portón colgaba un tablón de madera con el nombre del establecimiento, todavía ilegible a esa distancia, pero que un servidor se sabía de memoria: La Botavara.
—Como le iba diciendo, aquel profesor mío acostumbraba a pontificar, cada vez que en clase salía a colación cualquier cuestión bélica o, sobre todo, cuando algún alumno bienintencionado se manifestaba «en contra de la violencia», que aquello, la violencia, no era más que una fuerza irresistible aplicada sobre un cuerpo vivo. Tan presente en el sádico que causa dolor por mero disfrute como en el del tercero que se interpone para que un atacante no hiera a su víctima. Y que la civilización, apostillaba con un dedito en alto, consistía en organizar esa capacidad en instituciones fuertes a las que otorgarles el monopolio de la misma, para que los demás no tuviéramos que andar siempre con un sable bajo la almohada.
— Se supone que la Marina lleva cumpliendo esa función desde tiempos de los trilobites, ¿no?...
—Si ellos se corrompieran, estaríamos todos en peligro.
¿Usted qué opina, amigo Dean?
Por la cara que se le ha puesto antes con la bandera,
intuyo que no tendrá usted en gran estima a los uniformados...
Me pareció bien dejar por allí mi perorata porque, salvo que me engañara el oído, me había parecido escuchar que la vocecilla de mi acompañante insinuaba, sugería, apuntaba...
...deslizaba,
...daba a entender,
...presuponía,
...daba por hecho
...que ¡YO!, este humilde servidor, iba a ser quien pagara los tragos.
(¡Oioioioioioi!)
¿No acababa acaso de confesar el caballero que me flanqueaba que no esperaba que un tipo como yo convidara a tragos a la concurrencia después de repartir hostias? Pues bien, si he de ser honesto, aquello había sido más un ofrecimiento a que me acompañara que una promesa de pagar nada. De hecho, mi patrimonio por aquel entonces se componía exclusivamente de deudas, razón por la cual mucho se temía el suscrito no poder afrontar la interpretación... particularmente munífica que mi socio circunstancial parecía dispuesto a hacer de mis palabras.
Sin embargo, y considerando que el cerebelo de su servidor andaba ya urdiendo ardides por los que el peliblanco terminase pagando la cuenta, o, en su defecto, ambos pudiéramos consumar un simpa, no me pareció de recibo trasladarle en aquel preciso instante los pormenores contables de la cuestión.
Resolví que ya afinaríamos los detalles, glosa marginalia mediante, una vez instalados en la barra y entregado el chucho de los cojones en adopción.
Por suerte, en aquellos momentos el peliblanco se hallaba refiriéndome de nuevo su escasa tolerancia al alcohol, añadiendo que, si llegara a embriagarse, dejaría que la mala bestia que habíamos rescatado y un servidor resolviéramos a solas nuestras diferencias. Decidí prestar al asunto toda la atención que merecía. Básicamente, porque me convenía dejar atrás el espinoso tema de quién financiaría las consumiciones.
—¿A solas con este malnacido?...
—Tenga fe en mí, hombre —proferí, sin apartar los ojos del cánido que llevaba en brazos—. Un servidor se compromete a velar por que el contenido alcohólico de su sangre no rebase niveles compatibles con esa blandenguería hepática de la que tanto habla.
Con aquella promesa por delante, recorrimos los últimos metros que nos separaban del portón de La Botavara. Los dos farolillos rojos iban creciendo a cada zancada hasta darnos la bienvenida con su rumorcito de pábilo agitado por la brisa. Empujé la puerta, le cedí el paso al peliblanco con una pequeña reverencia cortesana y respiré hondo, dejando que me llenara las branquias el cóctel de aromas de vino, sopa de pescado, tabaco y... humanidad. Especialmente, humanidad.
Si todo iba bien, entregaríamos al perro a su nuevo dueño, despacharíamos un par de rondas y, con un poco de suerte, saldríamos del lance por el módico precio de cero coma cero cero berries.
— Bebamos.
Charlatán (-)
Cita:¿Sabe qué, amigo Dean? Tuve yo en mis tiempos mozos un profesor de Retórica Náutica y Disciplinas Piscícolas Conexas, un gyojin gamba pequeñito y escuálido que iba siempre arrastrando por el piso del aula sus dos bigotillos larguísimos, caídos según las malas lenguas merced a los seis divorcios que acumulaba en su prontuario marital... ¡Anda, mire, a lo lejos! Esa es la tasca de Bunzo...
Dean
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Dean escuchó toda aquella extensa explicación en silencio, con las manos dentro de las mangas del kimono y el perro todavía removiéndose entre sus brazos como si estuviera planeando activamente cuál sería el mejor lugar para clavarle los dientes después. De vez en cuando desviaba la mirada hacia Tsunamaro, más por intentar seguir el hilo imposible de su discurso que por otra cosa, porque el hombre realmente hablaba como si cada frase tuviera tres introducciones y dos epílogos antes de llegar al punto principal, lo cual le pareció genuinamente gracioso, pero también confuso, ya que él tampoco es que destacara por su vocabulario o capacidad de retención, de hecho puede que ambas cosas sean parte de sus debilidades.
A pesar de esto, no lo interrumpió, había algo curiosamente entretenido en escucharlo pasar de un profesor gyojin divorciado a teorías sobre la violencia y la Marina sin tomar una sola pausa para respirar. - Retórica Náutica y Disciplinas Piscícolas Conexas... - repitió por lo bajo, casi incrédulo. - Definitivamente tuviste una educación mucho más peculiar que la mía. - comentó con una pequeña sonrisa cansada mientras seguían avanzando hacia las luces rojizas de la taberna.
Cuando Tsunamaro empezó a hablar sobre la violencia y el supuesto rol de la Marina, Dean perdió un poco aquella expresión relajada, sus ojos se desviaron hacia el suelo unos segundos mientras escuchaba cada palabra, no porque estuviera incómodo exactamente, sino porque era un tema que le obligaba a pensar demasiado. El peliblanco siempre había preferido resolver las cosas actuando antes reflexionar demasiado, pero incluso él entendía el punto detrás de todo eso. - Supongo que tiene sentido. - respondió finalmente, con calma. - La mayoría de personas necesita creer que alguien más mantiene el orden... aunque sea para dormir tranquilo por la noche. - Hizo una pausa breve mientras el cachorro intentaba morderle un dedo y él lo apartaba apenas levantándolo un poco. - El problema es que cuando quienes llevan el uniforme empiezan a disfrutar demasiado esa fuerza irresistible de la que hablas, dejan de parecer protectores. - Su tono seguía siendo tranquilo, pero por primera vez desde que se conocieron había algo más pesado detrás de las palabras, el albino no era alguien que odiara a la Marina por simple rebeldía juvenil; más bien su pensamiento viene tras haber visto suficientes cosas como para desconfiar por costumbre.
Dejó escapar un suspiro corto y ladeó apenas la cabeza hacia Tsunamaro. - Aunque también te digo algo… si existiera una institución perfecta capaz de arreglar todo eso, probablemente nosotros dos no habríamos terminado pateando marines en un callejón hace media hora, y de haberlo hecho, nos habrían atrapado - comentó con una media sonrisa seca, quitándole peso al ambiente antes de que la conversación se volviera demasiado seria.
Cuando el otro habló con tanta seguridad sobre controlar cuánto bebería, lo único que pudo hacer es arquear apenas una ceja. - Eso sonó sospechosamente parecido a las palabras de un hombre que no tiene intención alguna de pagar la cuenta. - dijo sin apartar la vista del frente. - Pero tranquilo, todavía quiero creer en tu honestidad, aunque mi subconsciente me dice que estoy siendo muy ingenuo - Soltó un leve suspiro por la nariz apenas cruzó el umbral de la taberna.
El contraste entre el aire nocturno y el calor cargado de alcohol, humo y conversaciones ajenas casi le hizo cerrar los ojos un instante. No era precisamente un lugar elegante, pero sí uno de esos sitios donde la gente dejaba de hacer preguntas mientras las jarras siguieran llenas, y sinceramente, después de la noche que acababan de tener, eso le parecía perfecto.
Ajustó apenas el agarre sobre el perro antes de dirigirle una mirada de reojo a Tsunamaro. - Empiezo a pensar que tienes demasiada facilidad para hablar de cosas peligrosas, casi como si estuvieras comentando el clima. - comentó con esa calma seca que ya parecía habitual en él. La reflexión sobre la Marina todavía le rondaba la cabeza, aunque no porque le sorprendiera; más bien porque escucharla en voz ajena le hacía notar cuánto resentimiento llevaba guardado sin darse cuenta.
Dean desvió la vista hacia el interior de La Botavara, recorriendo las mesas ocupadas antes de responder del todo. - Supongo que tu profesor no estaba equivocado. El problema empieza cuando quienes tienen ese monopolio empiezan a ver los beneficios de esto. - Hizo una pausa breve. - Ahí es cuando la gente deja de confiar y cuando tipos como esos de afuera empiezan a aparecer. - No sonó furioso ni apasionado, sino extrañamente resignado, como alguien que había pensado demasiado tiempo en eso como para seguir enfadándose.
Entonces bajó la mirada hacia el cachorro, justo cuando el animal aprovechó el momento para intentar morderle otra vez la manga del kimono, apenas reaccionó entrecerrando los ojos. - Y tú definitivamente vas a terminar abandonado en el mar si sigues haciendo eso. - murmuró antes de extenderle el perro a Tsunamaro con total naturalidad. - Toma, dijiste que velarías por mí si me emborracho, así que me parece justo que empieces demostrando que puedes sobrevivir cinco minutos con esta bestia infernal. - avanzó un par de pasos hacia la barra, relajando apenas los hombros por primera vez en toda la caminata. - Ya que insististe tanto en lo de “bebamos”… voy a confiar en tu palabra. - Giró apenas el rostro hacia él, dejando asomar una sonrisa leve, cansada pero genuina. - Aunque te aviso algo desde ya: si al final resulta que ninguno de los dos puede pagar la cuenta, pienso correr más rápido que tú. - Una de las pocas veces que se emborrachó en territorio desconocido, casi le hacen poner a Shinso como medio de pago ante el desastre que había creado.
Quien sabe, quizá en esta ronda el gyojin pueda responder por él, siempre y cuando sea verdad el hecho de que es un bebedor nato, pues ya está casi seguro de que le mintió con aquel ungüento capilar. De todas formas, esperará a la mañana siguiente para dar un veredicto sobre aquello.
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