Día 35 de Verano, Año 15.
01:45 A.M, País de Kano.
“Hijos del Mar, Hijos del Fuego”.
Aquella noche era tan clara que hasta la luna parecía más cercana.
El fuego en mi espalda ardía suave, sin rabia, como si también quisiera escuchar.
Suiro, Pin y yo estábamos sentados fuera del taller, sobre los tablones de madera, bebiendo algo que no sabíamos si era sake o gasolina.
Pero era cálido. Y esa noche, eso bastaba.
—A veces pienso... Dijo Suiro, mirando hacia el cielo.
—Que el mar nos dejó nacer sólo para ver cómo fallamos intentando comprenderlo.
Pin lo miró de reojo.
—No todos nacimos en el mar.
—¿Y crees que eso cambia algo? En este mundo, o navegas… o te hundes.
No dije nada. Miré las brasas. Crujían. Como si tuvieran algo que decir.
—Pero hay quienes se lanzan sin saber nadar. Murmuré.
—Esos son los que más lejos llegan. Respondió Suiro sin vacilar
—Porque sólo cuando crees que te vas a ahogar, empiezas a nadar de verdad.
Me quedé pensando en eso.
En tantos que se habían lanzado.
En leyendas que empezaron así. En barcos diminutos, con sueños ridículos, y una sonrisa estúpida.
—¿Tú navegaste alguna vez?
—Navegué, me enamoré, me traicionaron, naufragué, me volví a enamorar, volví a naufragar… y al final, llegué aquí.
—No con gloria. Con calma. Que no es lo mismo, pero se parece.
Pin sorbió de su taza y habló con voz baja.
—Un viejo me dijo una vez que el verdadero mar no es agua.
—Es voluntad. Y que algunos barcos no necesitan velas, sino propósito.
Suiro asintió, y me miró.
—¿Y tú, Kelo? ¿Qué viento sopla en tu pecho?
—No lo sé aún.
—A veces creo que lo sé, y entonces algo cambia.
—Como si alguien desde allá arriba cogiera el mapa y lo doblara distinto.
—Tengo fuego. Tengo pasado.
—Pero no sé si eso basta.
—No basta. Dijo Pin sin pensarlo.
—Pero es un inicio.
Me reí, aunque no estaba de humor para hacerlo.
—Una vez escuché que hay piratas que no buscan oro, ni gloria, ni fama. Solo una respuesta.
—Y a veces me siento como ellos. Buscando algo que no sé nombrar.
—La mayoría no lo sabe. Murmuró Suiro
—Pero eso no nos detiene.
—Lo que nos hace libres no es encontrar lo que buscamos…
—Es atrevernos a buscarlo, sabiendo que quizá nunca lo haremos.
El viento trajo consigo el sonido lejano de una gaviota. O eso quise creer.
Quizá venía de otro mar...
—A veces me pregunto si realmente podría con todo esto.
—El fuego.
—La fruta.
—La historia que me persigue.
—Y este nombre que me pesa como una espada enfundada.
Pin alzó la vista.
—Hay quienes cargan una voluntad que no era suya, y aún así la llevan como si lo fuera.
—Porque saben que el mundo necesita que alguien la lleve. Aunque nadie se lo pida.
—¿Y si no soy suficiente?
—Entonces arderás intentando serlo.
—Y en este mundo… eso ya es más de lo que la mayoría hace.
Suiro se inclinó hacia adelante mirándome.
—Te voy a decir una verdad que me costó muchos años tragar:
—No importa si naces en una isla olvidada, en una prisión, en una familia rota o en un barco sin bandera.
—Este mundo no decide tu valor. Tú lo decides.
—Y si tienes fuego, entonces úsalo. Pero no para quemar.
—Úsalo para iluminar.
—Para que, si un día caes… alguien recuerde que una vez hubo un loco que ardió con sentido.
Se hizo el silencio.
Profundo. Pesado. Verdadero.
Nadie habló durante un rato. Solo se escuchaban las brasas, y algún bicho del bosque.
—A veces me asusta pensar que todos somos piezas de una historia que no entendemos. Dije.
—Como si el mundo nos usara para contar algo… más grande que nosotros.
—Sí. Dijo Suiro
—Pero no olvides lo siguiente chaval.
—Hasta el personaje más pequeño puede cambiar el final del cuento.
—Y a veces… es el que lo salva.
No dije nada más esa noche.
Ni ellos tampoco.
Solo nos quedamos ahí, bajo las estrellas, con el fuego bailando suavemente en mi espalda…
...y el corazón latiendo como un tambor que aún no sabe el ritmo,
pero se niega a dejar de sonar.
Este tema viene de aquí:
https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=1656&pid=15442#pid15442
01:45 A.M, País de Kano.
“Hijos del Mar, Hijos del Fuego”.
Aquella noche era tan clara que hasta la luna parecía más cercana.
El fuego en mi espalda ardía suave, sin rabia, como si también quisiera escuchar.
Suiro, Pin y yo estábamos sentados fuera del taller, sobre los tablones de madera, bebiendo algo que no sabíamos si era sake o gasolina.
Pero era cálido. Y esa noche, eso bastaba.
—A veces pienso... Dijo Suiro, mirando hacia el cielo.
—Que el mar nos dejó nacer sólo para ver cómo fallamos intentando comprenderlo.
Pin lo miró de reojo.
—No todos nacimos en el mar.
—¿Y crees que eso cambia algo? En este mundo, o navegas… o te hundes.
No dije nada. Miré las brasas. Crujían. Como si tuvieran algo que decir.
—Pero hay quienes se lanzan sin saber nadar. Murmuré.
—Esos son los que más lejos llegan. Respondió Suiro sin vacilar
—Porque sólo cuando crees que te vas a ahogar, empiezas a nadar de verdad.
Me quedé pensando en eso.
En tantos que se habían lanzado.
En leyendas que empezaron así. En barcos diminutos, con sueños ridículos, y una sonrisa estúpida.
—¿Tú navegaste alguna vez?
—Navegué, me enamoré, me traicionaron, naufragué, me volví a enamorar, volví a naufragar… y al final, llegué aquí.
—No con gloria. Con calma. Que no es lo mismo, pero se parece.
Pin sorbió de su taza y habló con voz baja.
—Un viejo me dijo una vez que el verdadero mar no es agua.
—Es voluntad. Y que algunos barcos no necesitan velas, sino propósito.
Suiro asintió, y me miró.
—¿Y tú, Kelo? ¿Qué viento sopla en tu pecho?
—No lo sé aún.
—A veces creo que lo sé, y entonces algo cambia.
—Como si alguien desde allá arriba cogiera el mapa y lo doblara distinto.
—Tengo fuego. Tengo pasado.
—Pero no sé si eso basta.
—No basta. Dijo Pin sin pensarlo.
—Pero es un inicio.
Me reí, aunque no estaba de humor para hacerlo.
—Una vez escuché que hay piratas que no buscan oro, ni gloria, ni fama. Solo una respuesta.
—Y a veces me siento como ellos. Buscando algo que no sé nombrar.
—La mayoría no lo sabe. Murmuró Suiro
—Pero eso no nos detiene.
—Lo que nos hace libres no es encontrar lo que buscamos…
—Es atrevernos a buscarlo, sabiendo que quizá nunca lo haremos.
El viento trajo consigo el sonido lejano de una gaviota. O eso quise creer.
Quizá venía de otro mar...
—A veces me pregunto si realmente podría con todo esto.
—El fuego.
—La fruta.
—La historia que me persigue.
—Y este nombre que me pesa como una espada enfundada.
Pin alzó la vista.
—Hay quienes cargan una voluntad que no era suya, y aún así la llevan como si lo fuera.
—Porque saben que el mundo necesita que alguien la lleve. Aunque nadie se lo pida.
—¿Y si no soy suficiente?
—Entonces arderás intentando serlo.
—Y en este mundo… eso ya es más de lo que la mayoría hace.
Suiro se inclinó hacia adelante mirándome.
—Te voy a decir una verdad que me costó muchos años tragar:
—No importa si naces en una isla olvidada, en una prisión, en una familia rota o en un barco sin bandera.
—Este mundo no decide tu valor. Tú lo decides.
—Y si tienes fuego, entonces úsalo. Pero no para quemar.
—Úsalo para iluminar.
—Para que, si un día caes… alguien recuerde que una vez hubo un loco que ardió con sentido.
Se hizo el silencio.
Profundo. Pesado. Verdadero.
Nadie habló durante un rato. Solo se escuchaban las brasas, y algún bicho del bosque.
—A veces me asusta pensar que todos somos piezas de una historia que no entendemos. Dije.
—Como si el mundo nos usara para contar algo… más grande que nosotros.
—Sí. Dijo Suiro
—Pero no olvides lo siguiente chaval.
—Hasta el personaje más pequeño puede cambiar el final del cuento.
—Y a veces… es el que lo salva.
No dije nada más esa noche.
Ni ellos tampoco.
Solo nos quedamos ahí, bajo las estrellas, con el fuego bailando suavemente en mi espalda…
...y el corazón latiendo como un tambor que aún no sabe el ritmo,
pero se niega a dejar de sonar.
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