Casca Belles
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La Marina. Para algunos, el escudo que mantiene a raya la anarquía, los héroes que defienden la justicia y el orden. Para mí, un grupo de hombres bien alimentados y aún mejor pagados, cuyo sentido de la moral depende de quién tenga más dinero para comprarlo. No es que no haya buenos marines, los hay, claro, como en cualquier parte hay idiotas que creen en lo que hacen. Pero la institución en sí… está podrida hasta la médula.
El Reino de Ilisia lo sabe bien. La ley en sus calles no la dictan estos tipos con uniforme blanco y azul, sino los nobles, los comerciantes con bolsillos profundos, los mismos que pueden permitirse cometer crímenes a plena luz del día sin miedo a una celda. Porque la justicia que la Marina defiende no es la de los hambrientos ni la de los desesperados. Es la de los que pueden costearla.
Y, sin embargo, aquí estoy. Dentro de la base G-19, caminando por un pasillo tan impecable que hasta el eco de mis pasos parece fuera de lugar. He estado en muchos edificios antes, pero este… este es un maldito laberinto de piedra y autoridad. Cada puerta es idéntica a la anterior, cada pasillo se extiende como si no tuviera fin.
Me detengo. Respiro hondo. Como les vomite en estas superficies blancas va a hacer un buen contraste...
Pero la verdad es que no sé a dónde ir. No sé con quién tengo que hablar ni a quién entregarle este informe. Mierda. Me rodean marines de todas las edades, todos con un destino claro en mente, mientras yo solo intento no parecer un estúpido. Aprieto los puños dentro de los bolsillos y miro a mi alrededor, tratando de encontrar un punto de referencia, un cartel, cualquier cosa que me indique el camino.
No debería estar aquí.
No porque tema a la Marina, sino porque estar rodeado de estos muros, de esta estructura que existe solo para reforzar la idea de que ellos son los buenos, me pone enfermo. Esto no es justicia. Esto es un teatro donde la gente como yo solo es útil hasta que deja de serlo.
Si algo he aprendido en este negocio, es que la confianza lo es todo. Si dudas, si titubeas, estás muerto. No literalmente, aunque a veces sí, pero el momento en que alguien nota una grieta en tu historia es el momento en que empiezan a tirar del hilo. Y yo no tengo ningún hilo del que tirar.
Porque no tengo pruebas.
La rata está muerta, sí. Enterrado en las afueras de Akauri, bajo una tierra que nunca será removida para escribir su nombre. Pero todo lo que tengo para probarlo es mi palabra y un informe sin más testigos que mis propios recuerdos.
Joder.
Intento imaginar la conversación que me espera:
—¿Y el cuerpo?
—Enterrado.
—¿Y las pruebas?
—Mi palabra.
Sí, claro. Eso va a salir bien, como si mi palabra me hubiese servido para esquivar alguna bala antes...
Paseo la mirada por los pasillos, buscando algo que me ayude a encontrar el camino, pero lo único que veo son marines ocupados en su propio teatro. Sigo avanzando, fingiendo que tengo un destino claro, mientras mi mente sigue repasando las posibilidades.
Podría decir que murió en un incendio. O que el cuerpo fue reclamado por su banda antes de que pudiera traerlo. Pero ambas suenan a excusas.
Lo único que tengo a mi favor es aquel marine.
El que apareció en el último momento.
Recuerdo su silueta, el reflejo de su insignia a la luz de la luna. No sé su nombre ni su rango, pero sé que me vio. Vio al mink en el suelo, vio la sangre empapando los adoquines. Ni siquiera levantó su arma, no intentó detenerme. Solo se quedó allí, observando.
¿Le parecí irrelevante? Creo que dijo algo antes de irse, algo del Grand Line... Ni idea, no estaba yo muy atento en ese momento.
Si supiera su nombre, podría usarlo. Podría decir que él lo confirmó, que todo está en orden. Pero no sé quién demonios era, y no puedo arriesgarme a soltar un nombre equivocado.
Sigo caminando.
A estas alturas, lo único que puedo hacer es lo mismo que siempre, fingir que todo está bajo control. Actuar como si la verdad me perteneciera, como si la sola mención de mi nombre bastara para que me creyeran.
Al final no se puede hacer nada, en un lugar como este, la verdad no importa tanto como la forma en que la cuentes.
Jean D´Orlanais
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13-03-2025, 10:25 PM
(Última modificación: 13-03-2025, 10:26 PM por Jean D´Orlanais.)
Las labores para los reclutas dentro de la Marina eran de los más variadas. Como proyectos de adalides de la justicia y la seguridad, las largas sesiones de entrenamiento eran imprescindibles. Sin embargo, a muchos les sorprendió que estos entrenamientos no eran solo físicos. La Marina era un enorme engranaje burocrático y con una estructura muy jerarquizada. Esto implicaba que toda orden debía guardar correlación entre el que la mandaba, sus atribuciones, y quienes la ejecutaban. Como consecuencia, una infinidad de informes se movían todos los días a través de los mares entre las distintas bases que la Marina tenía repartidas por el mundo. Indicaciones sobre las rutas diarias que llevaban todos los buques de la Marina, las patrullas, componentes de las mismas y relevos, nuevos carteles de Wanted con las caras de los criminales más peligrosos, juicios, condenas, nombramientos, ceses... La lista era interminable.
Jean avanzaba por aquellos diáfanos pasillos de la G-19 cargando un cartapacio con una variedad de informes en su interior. La mayoría iban a las dependencias de Capitanía, pero muchos otros tenía que repartirlos por los distintos departamentos de la base. Una tarea sencilla que servía a los nuevos reclutas para familiarizarse tanto con donde estaba cada cosa dentro de la base como para ser conscientes de toda la labor que había tras su entregado trabajo de capturar a los malos y llevarlos ante la Justicia. Aquello era algo que todo recluta intentaba evitar a toda costa, pero Jean era algo que agradecía. Cambiar los exigentes entrenamientos físicos por una tarea tan ligera le ayudaba a despejar la mente. Eran momentos que tomaba como un paseo en el que podía simplemente pensar en sus cosas, sin un estrés físico ni mental de por medio.
Giró una esquina tras un par de zancadas, se paró en seco y giró sobre sus pies. Por el pasillo discurrían multitud de Marines de todo tipo, algo común. Quien le había llamado la atención era un chico sin uniforme, de pelo blanco, estatura media, delgado, con una armadura ligera y...
- ¿Eso... son... alas? - se preguntó Jean mientras lo veía alejarse.
Sacudió la cabeza y avanzó tras él. Era cierto que las alas destacaban, pero lo que llamó la atención de Jean fue su andar. Seguro, pero sin prisa. O no sabía a donde iba, o no tenía a donde dirigirse. En cualquiera de los dos casos, los pasillos de la G-19 eran un sitio extraño para deambular. Y estaba claro que no era Marine. Es cierto que algunos rechazaban llevar el uniforme completo, sobre todo si no estaban de servicio, pero el aspecto de aquel chico no pegaba para nada con lo que estaba acostumbrada a vez. Una mezcla de curiosidad y pretensión de ayudar se apoderó de la joven rubia.
- Disculpa. - llamó Jean su atención, sonriéndole mientras bajaba un poco su cartapacio - ¿Estas buscando algo? ¿Puedo ayudarte?
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Alguien ha dicho algo. Su voz es clara, resuena en el pasillo, y aunque entiendo cada palabra, mi cuerpo no responde de inmediato. No me he dado la vuelta aún, pero conozco esta sensación, un ángel, tiene que ser eso. Hay un zumbido en mis oídos, una vibración que empieza en el centro de mi pecho y se expande hasta mis yemas. Y entonces giro lentamente la cabeza, como si mi cuello fuese un engranaje mal engrasado. En ese momento los veo. Sus ojos. Tan azules como la parte más honda del océano, me han atrapado sin misericordia. Un instante antes, yo era un simple cazador de recompensas. Ahora, soy menos y más al mismo tiempo, soy nada. Solo un hombre flotando en el espacio de sus pupilas.
Parpadeo y el mundo cambia, ya no estoy en la base G-19 de la marina.
El sol de la tarde se derrama a través de los ventanales de la pequeña taberna, tiñendo todo con un tono dorado cálido. A lo lejos, el bullicio de la ciudad se reduce a un murmullo distante, como si el mundo hubiese decidido darnos un respiro.
“Ella” está sentada frente a mí, con ese pelo rubio suyo atrapando la luz de una forma casi irreal. Me quedo embobado un instante, observando cómo su flequillo se mece con la brisa que se cuela por la ventana abierta. Es una visión hipnótica, tanto que creo olvidar respirar. Algo dentro de mí se revuelve, una mezcla incómoda de nervios y felicidad, que se traduce en un movimiento continuo de mis piernas.
—¿Vas a seguir mirándome así o planeas decir algo? —pregunta ella, inclinándose un poco sobre la mesa con una sonrisa divertida.
—No sé de qué hablas, sólo me ha sorprendido tu pelo, es precioso, sencillamente no se puede hacer nada al respecto… —respondo, desviando la vista hacia mi café. Suelta una risita y apoya la barbilla en su mano, mirándome con un brillo travieso en los ojos a la vez que se inclina un poco adelante.
—¿Qué pasa, Casca? ¿Nunca habías visto a alguien con pelo rubio?
—Bueno, sí, imagino que habré pasado delante de gente con el pelo rubio… Pero me acabo de dar cuenta de que nunca lo había visto… No así.
La respuesta me sale antes de que pueda detenerla, y me maldigo internamente. Ella parpadea una vez, y luego sonríe aún más, pero no dice nada. Sabe que me estoy retorciendo por dentro y, por supuesto, lo está disfrutando. Y en el fondo… Mentiría si dijese que yo no lo hago también, a pesar de que, por el calor que siento, mi cara y orejas deban recordar a un tomate en este momento.
Intento distraerme dando un sorbo a mi café, pero está más caliente de lo que esperaba y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no escupirlo de vuelta a la taza. Mis ojos se humedecen, y la chica se inclina un poco más, arqueando una ceja.
—¿Estás llorando?
—¡No! —toso, dejando la taza en la mesa y tratando de recuperar la compostura—. Es el café. Está hirviendo. Ah, espera, pero sé beber café, de verdad, ¡Sólo me he sorprendido!
—Ajá —dice ella, claramente no creyéndome.
—Tú ni siquiera has probado el tuyo. Se va a enfriar, algún año de estos…
—Porque tengo sentido común —se ríe y revuelve su taza con una cucharilla, como si el simple hecho de removerlo hiciera que el café adquiriera alguna propiedad mística.
Me quedo mirándola sin darme cuenta de que estoy sonriendo hasta que la sensación se instala en mis mejillas. Es un gesto natural, sin la máscara de indiferencia que suelo llevar. Y entonces, algo cálido me invade el pecho, como una ola inesperada.
Parpadeo, sorprendido, cuando siento la humedad en mi mejilla.
—¿Casca?
La rubia me observa con el ceño ligeramente fruncido, su tono de burla reemplazado por una leve preocupación. Toco mi rostro y descubro la pequeña lágrima que ha escapado sin permiso. Me quedo mirándola en el plexo entre mis dedos y los callos de las manos, incrédulo.
—Oh, genial —digo—. Ahora sí estoy llorando. ¿De quién será la culpa?
Juliette estalla en carcajadas.
—¿Pero qué te pasa? —se lleva una mano a la boca, tratando de contenerse, pero fracasa miserablemente—. ¿Es el café? ¿El sol? ¿El destino trágico de ese pobre grano de azúcar que dejaste caer sobre la mesa?
—Todo a la vez —respondo, secándome la cara con la manga—. Es demasiado. Me superó el momento. Además, acabo de caer en que no me has dicho cómo te llamas.
Ella se ríe más fuerte y yo termino siguiéndola, porque su risa es contagiosa, porque todo en este instante es ridículo y hermoso al mismo tiempo. La gente en la cafetería nos mira de reojo, pero nos da igual.
—Juliette – Dice en bajo, yo me sorprendo un segundo antes de que continúe. — No te lo había dicho, pero me llamo Juliette — Repite un poco más alto.
La ciudad sigue allí fuera, con su ruido, su caos y sus problemas, pero aquí, en esta pequeña mesa con tazas de café sin tocar, con el sol iluminando el cabello dorado de Juliette y una risa que me hace sentir ligero, nada más importa.
Solo nosotros.
La luz de los candelabros se filtra en el amplio salón del cuartel de la Marina, reflejándose en las pulidas baldosas de mármol y en los adornos dorados que decoran las columnas. El murmullo de conversaciones, el tintineo de copas y la música elegante de la orquesta llenan el aire.
Estoy ansioso. Quizás un poco avergonzado.
Mi mano derecha se cierra y se abre sobre mi rodilla, un gesto automático que delata mi incomodidad. Nunca he sido un hombre de fiestas, mucho menos de bailes. Sin embargo, aquí estoy, atrapado en este momento.
—Tranquilo, yo tampoco soy tan buena bailando —dice una voz cercana.
Levanto la cabeza y la veo.
Juliette.
Su cabello dorado resplandece bajo la luz tenue, cada mechón atrapando un brillo sutil como si el mismo aire la envolviera en un aura dorada. Lleva un vestido de un verde etéreo, ajustado en la cintura, con un escote delicado que se adorna con encaje blanco. Pero lo que realmente captura mi atención es su espalda descubierta, la suave curva de su piel desnuda revelándose con cada movimiento.
Me quedo mirándola demasiado tiempo.
—¿Casca? —me llama con una sonrisa divertida, inclinando ligeramente la cabeza.
Sacudo la cabeza, recomponiéndome.
—No suelo... hacer este tipo de cosas, no quiero dejarte en ridículo —digo, sintiéndome absurdamente torpe.
—Yo tampoco —responde ella, extendiendo su mano hacia mí—. Pero no vamos a dejar que eso nos detenga, ¿verdad?
La observo un segundo más antes de aceptar su mano. Su piel es cálida contra la mía, su tacto ligero pero firme. Me guía con confianza hasta la pista de baile, donde otras parejas se mueven al compás de la música.
La orquesta cambia de ritmo. Un vals suave.
Coloco una mano en su cintura y ella desliza la suya sobre mi hombro. El primer paso es incierto. El segundo también. Pero cuando la música avanza, Juliette sonríe, y de alguna manera eso hace que todo sea más fácil.
—Mira quién resulta ser un buen bailarín —bromea, inclinando la cabeza hacia mí.
—No me hagas ilusiones —murmuro—. Aún no hemos chocado con nadie, pero sería raro que no pasase.
Ella ríe, y el sonido me sacude de una manera inesperada. Me sorprendo al darme cuenta de que yo también estoy sonriendo.
Mis pasos se vuelven más seguros. Mi mano en su cintura deja de dudar. Me permito mirarla a los ojos sin miedo a perderme en ellos.
—Sabes —dice Juliette—, no creí que aceptarías venir.
—¿Y por qué no? Fuiste tú la que me invitó, no se puede hacer nada, no querría rechazarlo.
—Porque eres Casca Belles, el cazador de recompensas con una actitud de que no necesita a nadie.
—Eso suena un poco exagerado, soy un desastre, necesito alguien que recoja los pedazos. — Recuerdo brevemente a Bigotes y Rosita, pero lo desecho en un instante.
—Tal vez —dice ella, inclinando la cabeza—. Pero dime, ¿lo estás disfrutando?
No respondo de inmediato. Entonces lo siento.
El calor en mi pecho. La ligereza en mi respiración. El cosquilleo en mis mejillas.
La música sigue sonando, pero por un momento todo lo demás desaparece.
—¿Casca? —pregunta con suavidad.
Sonrío, sacudiendo la cabeza.
—No sé por qué… pero sí, estoy seguro de que lo estoy disfrutando, no se puede hacer nada.
Ella me mira por un instante, como si quisiera grabar ese momento en su memoria. Luego, con una sonrisa traviesa, dice:
—Eso significa que ahora sí puedo pisarte los pies sin que te quejes.
—¡Ni lo pienses! — Reacciono — Además, ¡Eso será si logras hacerlo antes que yo!
Estallamos en carcajadas, atrayendo algunas miradas curiosas en la pista de baile. Pero no nos importa.
Porque esta noche, en medio de luces doradas y la brisa de una ventana abierta, el mundo nos pertenece.
Pero al pestañear llega otra escena, y con ella me sumerjo cada vez más en la fantasía con completa naturalidad, como si fuese una parte que ya he aceptado. ¿Cuánto tiempo estará pasando en la realidad? ¿Segundos? ¿Minutos? Eso ahora no importa.
La noticia llegó con el viento de la madrugada. Un mensajero de la Marina, vestido con su impecable uniforme azul, apareció en la base con un sobre sellado y una expresión sombría. Yo estaba allí como visitante, no discutían mucho si eras cazador. Juliette estaba a mi lado cuando lo recibió. Vi cómo su rostro cambió en tiempo real, la forma en que la sangre pareció abandonarla, dejando su piel más pálida de lo habitual.
—No… —murmuró antes de siquiera abrir la carta.
Su instinto no se equivocaba.
Cuando sus ojos recorrieron las palabras, su cuerpo se tensó y sus labios temblaron levemente. Fue un temblor sutil, casi imperceptible para cualquiera que no la conociera, pero yo lo vi. Yo lo sentí.
—Juliette… —dije, adelantándome un paso, pero ella ya se alejaba.
Dio media vuelta y salió del cuartel sin decir una palabra, el sobre arrugado en su puño. No dudé en seguirla.
La busqué desesperadamente hasta encontrarla en el muelle, de espaldas al mar, con las olas golpeando suavemente la madera bajo sus pies. Su postura era rígida, pero sus hombros temblaban. No intentó alejarse cuando me acerqué, y cuando estuve lo suficientemente cerca, pude escuchar su respiración entrecortada.
—Era mi tío… —susurró finalmente, la voz hecha un hilo—. El único que… que quedaba.
No necesitó decir más. Lo entendí, yo también había tenido un “tío” que había sido como una figura paterna para mí. Su pérdida me había sentado fatal, admiraba a Juliette ahora mismo por tener la fuerza para no romperse ante esa presión. Para no acabar como yo.
No fue un accidente. No fue una enfermedad. Fue la guerra. Un enfrentamiento con piratas al otro lado del mar, una batalla sin sentido que se llevó a alguien que ella amaba. Un hombre que, aunque no era su padre, había sido su refugio en la infancia, su apoyo cuando todo lo demás fallaba.
—Juliette… —intenté de nuevo, pero ella negó con la cabeza, con los ojos fijos en el horizonte.
—No puedo… —su voz se rompió—. No puedo creerlo.
Entonces, con la misma facilidad con la que la marea borra las huellas en la arena, su control se desmoronó. Soltó la carta, dejó caer la cabeza y se cubrió el rostro con ambas manos. Su cuerpo se sacudió con un sollozo mudo, sin gritos ni lágrimas estridentes. Solo puro dolor.
No lo dudé. Aún podía frenar la caída al abismo, al menos, tenía que intentarlo.
La envolví con mis brazos, acercándola a mi pecho con la firmeza de alguien que no iba a dejarla caer. Por un momento, pareció resistirse, como si aún intentara aferrarse a su orgullo, pero al final, cedió. Sus dedos se cerraron en mi chaqueta, y apoyó la frente contra mi cuello, dejando que todo su peso recayera en mí.
No dije nada. No había palabras que pudieran arreglar esto. Solo la sostuve.
Los días siguientes fueron un torbellino de ceremonias, trámites y despedidas. La Marina le ofreció honores, palabras de consuelo vacías que no llenaban el vacío que la pérdida había dejado en ella. Yo estuve ahí en cada momento. No hice preguntas. No la presioné. Simplemente estuve. Mi odio por la institución era insignificante cuando la felicidad de ella estaba sobre la mesa.
Y cuando la última formalidad terminó y la última mano dejó de tocar su hombro en señal de pésame, cuando la multitud de compañeros y oficiales se disipó en la bruma de la noche, solo quedamos nosotros dos. De pie en la entrada de mi casa, ella se veía más cansada que nunca. Sus ojos tenían sombras, su cuerpo estaba tenso como si cada músculo estuviera conteniendo algo que no podía liberar.
—Quédate aquí esta noche, no quiero que estés sola y el camino al cuartel es largo —dije suavemente.
Juliette no respondió de inmediato. Me miró durante un largo momento, su mirada buscando algo en la mía. Finalmente, asintió.
Cerré la puerta tras ella y, por primera vez en días, el silencio nos envolvió completamente. Me giré hacia ella.
Y entonces, sucedió.
No sé quién se movió primero, si fue ella o fui yo. Solo sé que sus labios encontraron los míos con la misma desesperación con la que una persona que se está ahogando busca aire. Mis manos, salvavidas, agarrando su cintura, tan cerca que el calor de su cuerpo se funde con el mío. Su piel es cálida, una promesa hecha de fuego bajo la yema de mis dedos. No sé en qué momento cerré los ojos, pero cuando los abro, ella me sigue besando, con elegante iniciativa.
Un roce primero, y después un hambre voraz que me consume desde adentro. No hay batalla que se compare a este choque de alientos, a esta lucha entre nuestros labios.
Mi cuerpo reacciona como si hubiese esperado toda su vida este momento, como si ese pequeño gesto fuera la clave de un engranaje que nunca supe que existía dentro de mí. No sé qué significa esto. No sé qué seremos después de esta noche.
Pero por ahora, nada más importa. No es solo deseo lo que siento. Es más profundo. Más crudo.
Juliette se aferra a mí como si soltarme significara perderse en la inmensidad de su dolor. No me suelta ni cuando la levanto, sus piernas envolviéndose instintivamente alrededor de mi cintura. Caminamos a tientas hasta mi habitación, con el mundo reduciéndose a nuestra respiración acelerada, a los suspiros entrecortados que nos guían a la penumbra.
Cuando la recuesto en la cama, la miro.
Su cabello dorado se desparrama sobre las sábanas, su pecho sube y baja con rapidez. Sus ojos me buscan en la penumbra, y en ellos veo todo: tristeza, deseo, necesidad… confianza.
—Casca… —su voz es un susurro que se quiebra en mi piel cuando me inclino sobre ella.
No hay prisa.
Mis labios recorren su cuello con la delicadeza de quien toca algo irremplazable. Ella tiembla bajo mis caricias, sus dedos deslizándose por mi espalda, enredándose en mi cabello cuando la piel se vuelve demasiado sensible y el aliento se convierte en jadeo.
La ropa cae lentamente, con la suavidad de un secreto compartido.
Nos movemos en sincronía, como si nuestros cuerpos supieran algo que nuestras mentes aún no comprenden del todo, algo que queremos… Que necesitamos explorar. Cada caricia es una promesa silenciosa. Cada roce, un puente entre el dolor y la necesidad de sentirse vivos.
Cuando finalmente nos unimos, es más que solo piel contra piel. Es un refugio.
Juliette ahoga un suspiro contra mi hombro, sus uñas se clavan en mi espalda, marcándome con algo más profundo que el placer: la certeza de que esta noche somos solo nosotros dos, de que aquí, en este momento, no hay pérdidas ni despedidas.
Solo hay calor.
Solo hay nosotros.
Nos movemos como si quisiéramos borrar el tiempo, como si el universo entero se redujera a este cuarto, a este instante en el que el dolor y la pasión se confunden, donde su respiración en mi oído se vuelve la única melodía que importa.
Cuando el mundo se disuelve a nuestro alrededor, cuando todo se reduce a la sensación de estar juntos, la abrazo con más fuerza.
Y sé que, aunque el dolor la acompañará por mucho tiempo, esta noche no está sola.
Y tras un tiempo, llego a pensar que yo tampoco, mientras el entorno a mi alrededor vuelve a distorsionarse.
Ahora el sol del atardecer cubre el mar con reflejos mientras la brisa salada mece las velas de nuestro pequeño barco. Es un navío modesto, sin bandera, sin nombre. Sin pasado, al menos sin uno reconocible.
La veo reír, encorvada sobre la barandilla, el viento jugando con su cabello. Tras todos estos años, jamás podría cansarme de ese cabello. Ha cambiado con los años, pero sigue siendo la mujer que amo. Su rostro ha madurado, sus ojos azules como el mar, son más profundos, más llenos de historias y tesoros hundidos. Sus facciones ya no pertenecen a la joven impulsiva de dieciocho años que conocí en la Marina, sino a una mujer que ha vivido, que ha perdido y ganado tanto como yo.
Y yo… bueno, yo ya no soy el mismo de hace diez años. Las cicatrices son más evidentes en mi piel curtida por el sol, mis alas se han vuelto más resistentes, pero mi cuerpo también carga el peso de una década de batallas. Mi cabello es un poco más largo, con algún que otro mechón gris escapando entre las hebras blancas y una poblada barba ahora ocupando la mitad de mi rostro. Y sin embargo, cuando ella me mira con esa sonrisa traviesa, me siento joven otra vez.
Nos hemos fugado de todo. La Marina, la cacería, el deber. Lo hemos dejado atrás como los rastros de espuma en una playa de océano.
Hemos pasado demasiado tiempo en guerra, demasiado tiempo con un rifle en las manos y un precio en nuestras cabezas. Piratas, marines, cazarrecompensas… no había ningún lugar donde encajar. Así que tomamos la única decisión lógica: escapar.
—Parece que el mundo sigue sin darnos alcance —dice Juliette, apoyando los codos en la barandilla mientras me mira de reojo.
—No se puede hacer nada, o no les importa suficiente… O hemos aprendido a correr mejor —respondo, acercándome hasta que nuestros brazos se rozan.
Ella sonríe.
—¿Crees que nos seguirán buscando?
—Probablemente. Pero ahora no somos más que un par de fantasmas en el mar. Y eso me gusta.
—¿Un par de fantasmas, eh? —se gira hacia mí, apoyando la cadera contra la barandilla—. Si somos fantasmas, ¿eso significa que podemos empezar desde cero?
—Si eso quieres.
Juliette me observa en silencio durante un momento. Luego, sus manos suben hasta mi rostro, sus dedos rozando la cicatriz junto a mi ceja que no tenía cuando nos conocimos. La arrugada expresión alrededor de mis ojos carmesí.
—Diez años —susurra—. ¿Te das cuenta?
—Cada día, no puedo estar más agradecido por el tiempo que he podido pasar contigo —respondo, tomándola de la cintura y acercándola más.
Sus labios se curvan en una sonrisa suave.
—Casca Belles, el cazador, Yo, la marine. Ahora fugitivos… ambos individuos sin título.
—¿Eso es malo?
—Eso es perfecto.
Y me besa.
No hay guerra, ni bandos, ni enemigos en la sombra. Solo estamos ella y yo, con el océano como único testigo. Aquí, en esta travesía que no tiene final, solo importa ella.
No sé en qué momento nos compramos una casa. Pero al pestañear ya estaba en ese lugar, y sabía lo que era.
En algún punto entre la huida, la vida en el mar y las noches sin preocupaciones, terminamos aquí. No en un refugio improvisado ni en una posada temporal, sino en un hogar. Un lugar con paredes de madera cálida, con ventanas abiertas al viento del atardecer, con el sonido de las olas rompiendo suavemente a lo lejos.
Juliette dice que fue idea mía. Yo lo dudo. No suelo hacer planes tan a largo plazo, pero supongo que, con ella, el tiempo dejó de ser algo que me pesara.
Los días se suceden como capítulos de un libro que no quiero que termine.
Despertar con su calor a mi lado es la única certeza que necesito. Nos quedamos en la cama más tiempo del que deberíamos, explorándonos en el amanecer, entregándonos a la sensación de pertenecer el uno al otro. Su aliento en mi piel, sus dedos deslizándose por mi espalda, la manera en que mi nombre suena en su boca con un deje de placer... No hay tormenta en el mar que pueda igualar la fuerza con la que nos tomamos.
Parpadeo, creyendo que se ha acabado que viviré la continuación, pero aún es nuestra casa. Juliette no me dejará irme antes de que pase lo que deba pasar, y sinceramente, tampoco quiero permitírmelo.
No sé dónde, no me importa. La luz de la tarde se filtra entre las cortinas y la silueta de ella se recorta contra la ventana. La observo moverse con la confianza de quien sabe que la deseo con cada fibra de mi ser. La tela de su vestido ligero se aferra a su cuerpo cuando se estira, dejando que la brisa acaricie su piel. Su cabello dorado cae en ondas suaves sobre su espalda descubierta, y por un momento, solo me quedo viéndola, memorizando cada curva, cada movimiento, cada sombra que la luz dibuja en su piel. Sólo para recordar que ya conozco todas esas cosas.
Me acerco en silencio, mi pecho rozando su espalda cuando me inclino sobre su hombro.
—¿Pensando en huir? No olvides que una vez fui cazador —murmuro contra su cuello, sintiendo cómo su piel se eriza.
—Si lo hiciera, sabes que me atraparías —susurra, su voz apenas un aliento.
Mis manos encuentran su cintura, deslizándose con la familiaridad de quien ha recorrido este camino muchas veces y aún no se cansa de hacerlo. Ella suspira, inclinándose sutilmente contra mí, entregándose a la certeza de que la sostendré.
Nos movemos con la lentitud de quienes han aprendido que el tiempo nos pertenece.
Mis labios recorren la línea de su cuello, descendiendo con caricias suaves, disfrutando de la forma en que su respiración se acelera al apretarnos. Su risa se convierte en un jadeo contenido cuando mis manos encuentran la piel desnuda bajo la tela, explorándola con la misma devoción que la primera vez. Quizá con una redescubierta con el tiempo.
Se gira en mis brazos, sus ojos azules brillando con algo más que deseo. Hay amor, hay pertenencia, hay años de historia en la forma en que me mira antes de besarme.
Y entonces, como siempre sucede con ella, me pierdo.
Nos dejamos caer sobre la cama, explorándonos como si cada noche juntos fuera la primera, como si la vida nos hubiera dado un millón de oportunidades y aún así esta fuera la única que importara. Cuando finalmente me sumerjo en ella, es más que solo cuerpos encontrándose. Es la certeza de que después de todo, después de los años, las pérdidas, las huidas y los comienzos inciertos, seguimos eligiéndonos.
Y en ese momento, lo entiendo:
No importa dónde estemos. Mientras sea con ella, siempre será hogar.
Y entonces pestañeo de nuevo, la escena cambia y la música suena.
El sol de la tarde tiñe el cielo de un naranja suave, reflejándose en las aguas tranquilas del puerto. Una brisa ligera se desliza entre las calles adoquinadas del pueblo costero que hemos llamado hogar durante los últimos años.
Nunca imaginé algo así. Nunca imaginé quedarme en un solo lugar el tiempo suficiente como para que la gente me conociera, como para que me saludaran al pasar y me ofrecieran pan recién horneado en las mañanas. Pero aquí estamos. Y hoy, más que nunca, sé que esta vida es real.
Como dije antes, los días se suceden igual que los capítulos de un libro que no quiero que termine. Y este, este capítulo en particular, es el que jamás pensé que escribiría.
Estoy de pie frente a Juliette, y ella está radiante.
Su vestido es sencillo, blanco con detalles en encaje, moviéndose con la brisa como si fuera parte del viento mismo. Su cabello rubio brilla bajo la luz cálida del atardecer, y sus ojos azules me miran con esa intensidad que todavía consigue hacerme olvidar cómo respirar.
El pueblo entero ha venido. Hombres y mujeres con sonrisas sinceras, niños correteando alrededor, ancianos que nos han visto crecer juntos en este lugar durante algún tiempo. Gente que, de alguna manera, se ha convertido en nuestra familia.
No hay nadie de nuestro pasado aquí. Ni de ella. Ni de mí.
Pero cuando miro alrededor, cuando veo los rostros felices, cuando escucho las risas y los murmullos de emoción, sé que eso no importa. Porque no estamos solos.
La ceremonia es sencilla, sin grandes discursos ni reglas complicadas. El viejo capitán del puerto, que se ha convertido en algo parecido a un amigo con los años, es quien oficia. Su voz es áspera, curtida por décadas en el mar, pero su sonrisa es cálida mientras nos mira.
—No tengo mucho que decir —declara—. Bueno, podría, pero todos están esperando la parte en la que se besan, así que mejor no me alargo.
Las risas estallan entre los asistentes, y yo no puedo evitar sonreír. Mi amigo tiene razón, después de todo.
Juliette me mira con una mezcla de diversión y emoción en los ojos.
—Vaya, qué ceremonia más solemne —murmura, y yo suelto una risa baja.
—Solo hazlo oficial antes de que el viejo empiece a contar historias.
Ella asiente, y sin apartar la vista de mí, dice:
—Casca Belles… Te elijo. Para cada día que venga. Para cada tormenta y cada atardecer. Para cada pelea y cada risa. No hay nadie más con quien quiera compartir esta vida.
Su voz es firme, clara. No hay duda en sus palabras.
Me aclaro la garganta, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, algo me quema en el pecho.
—Juliette… No soy un hombre de palabras bonitas. No sé cómo expresar todo lo que significas para mí sin que suene ridículo, así que solo diré esto. — No puedo imaginar un solo día sin ti. Nunca quise un hogar, hasta que me di cuenta de que tú lo eres.
Ella sonríe, con los ojos brillando con lágrimas que no derrama.
El viejo capitán sacude la cabeza con fingida impaciencia. Evidentemente conmovido.
—¿Ya? Bien, bien. Casca, ¿la aceptas?
—Sí, no se puede hacer nada, ¿No?
—Juliette, ¿lo aceptas?
—Por supuesto.
—Entonces, haz lo que todos esperan.
Y lo hago.
Cuando la beso, el mundo entero desaparece. Solo somos ella y yo, como siempre ha sido.
Los vítores y aplausos nos rodean, pero apenas los escucho. Solo siento sus labios contra los míos, su risa suave cuando nos separamos apenas unos centímetros, el temblor en su respiración.
Cuando finalmente nos giramos hacia la multitud, una lluvia de pétalos cae sobre nosotros. Algunos niños saltan de emoción, las mujeres del pueblo se secan las lágrimas con sus pañuelos, y los hombres asienten con satisfacción.
Nos convertimos en una historia del pueblo, en algo que los ancianos contarán con orgullo en los años venideros. La pareja que llegó sin pasado y construyó un futuro, juntos.
Y mientras bailamos en medio de la celebración improvisada, bajo el cielo estrellado, lo sé con certeza. Los días seguirán sucediéndose como capítulos de un libro.
Y aunque lo dije antes también, ahora, más que nunca, quiero que esta historia nunca termine. Y entonces vuelvo a pestañear.
Hay risas en la casa. La misma que cuando llegamos a esta isla, lo recuerdo con nostalgia ahora.
Esas risas llenan cada rincón, rebotando en las paredes como el eco de una felicidad que mucho tiempo atrás jamás podría pensar en conocer. Voces pequeñas, pasos apresurados, el sonido de pies descalzos corriendo por el suelo de madera.
Mis alas se agitan levemente cuando unas manos diminutas tiran de ellas con curiosidad infantil.
—¡Papá, papá! ¿Por qué tus alas son más grandes que las mías? —pregunta la voz impaciente de nuestro hijo, Campanillo, un torbellino de seis años con el cabello de su madre y la testarudez… Si alguien pregunta, también de ella.
— ¿Y sino cómo iba a volar? ¡Pero no es lo único que tengo más grande, señor pirulín! —respondo, haciéndome el serio.
—¡Mentira! —salta su hermana, Elia, apenas un año mayor que él. Su cabello es más oscuro, con reflejos dorados, y tiene esa misma mirada afilada que Juliette pone cuando sabe que está ganando una discusión, es decir, todo el tiempo—. Mamá dice que ya no vuelas porque eres viejo.
—¿Ah, sí? —arqueo una ceja, lanzando una mirada a Juliette, que está apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa divertida en los labios.
—Yo no dije viejo —se defiende, riéndose—. Solo dije que no tienes la misma energía de antes.
Campanillo y Elia me miran con expectación, esperando mi reacción.
—¿Así que creen que no puedo volar, eh? No se puede hacer nada ¡Pues vais a ver!
Las risas estallan en un grito de emoción cuando los atrapo a ambos de la cintura y los alzo en el aire. Sus pequeños cuerpos se retuercen de felicidad, las piernas pataleando mientras giro con ellos en círculos.
—¡Papá, no tan alto! —Campanillo grita entre carcajadas.
—¡Más, más! —exige Elia.
Juliette sacude la cabeza, pero sé que está disfrutando el espectáculo.
Los bajo lentamente, dejando que sus pies toquen el suelo, y cuando los suelto, caen de espaldas sobre el sofá, jadeando de risa. Yo me enderezo, notando la tensión en mi espalda, la manera en que mis músculos protestan por el esfuerzo. Juliette me mira con una ceja arqueada.
—¿Estás bien, viejo?
—Perfectamente, tampoco estoy tan mayor, es sólo que no se puede hacer nada —digo, aunque cuando me doy la vuelta, lo hago más despacio de lo que me gustaría.
Me acerco a Juliette y dejo que mi frente repose contra la suya por un instante.
Ella me observa, con esa mirada que no ha cambiado ni un poco en los años que llevamos juntos. No necesito que diga nada. Lo sé.
La vida nos ha dado esto, una nueva aventura que nunca creímos posible, una en la que no había que cazar o detener a un pirata.
Miro de reojo a nuestros hijos, todavía tumbados en el sofá, riéndose entre ellos como si el mundo no pudiera ser más perfecto. Me inclino, atrapando a la criatura revoltosa que lleva mi sangre y lo alzo en el aire una vez más, solo porque puedo.
Su risa es un sonido que perfora todo lo que alguna vez creí imposible.
Parpadeo de nuevo y somos viejos.
El tiempo nos ha cincelado con paciencia, dejando surcos en nuestras pieles, pero no ha logrado cambiar lo esencial. Sus cabellos dorados han sido besados por la nieve del tiempo, pero sus ojos siguen siendo los mismos. Azules, cálidos, llenos de vida incluso ahora, cuando todo se siente más lento, más ligero, como si el viento pudiera llevarnos con un simple susurro.
Nos encontramos sentados en la terraza de nuestra casa, esa que construimos con los años, con paciencia y amor. Frente a nosotros, el océano se extiende hasta donde la vista alcanza, reflejando el cielo teñido por los últimos colores del atardecer.
Juliette me toma de la mano. Su tacto es más frágil que antes, sus dedos huesudos entrelazados con los míos, pero su agarre sigue teniendo la misma certeza de siempre.
A nuestro alrededor, las voces suaves de nuestros hijos y nietos llenan el aire. Campanillo y Elia, adultos ahora, nos observan con ternura, cada uno con su propia familia, con su propia historia que nació del amor que compartimos.
—Abuelo, ¿puedes contarme otra historia? —pregunta una vocecita.
Es nuestro nieto más pequeño, de apenas cinco años, con el cabello revuelto y los ojos llenos de curiosidad.
Juliette sonríe y me aprieta la mano con suavidad.
—Tu abuelo siempre tuvo buenas historias, pero las de la abuela son mejores —dice en un susurro.
Sonrío, porque es verdad. Nuestras vidas han sido una historia en sí misma. Una historia de fugas y batallas, de risas y tormentas, de noches bajo cielos infinitos y amaneceres robados entre sábanas. Una historia de amor, de pasión, de promesas cumplidas.
Pero esta vez, no hay más historias que contar.
—Tal vez mañana, zagalico, hoy el abuelo no puede hacer nada más… —digo con voz ronca, recordando al que una vez fue mi mentor, y él asiente con una sonrisa, abrazándose a las piernas de su madre.
El silencio nos envuelve de nuevo, un silencio cómodo, un silencio lleno de recuerdos. Nos quedamos allí, observando el atardecer como dos marineros que han llegado finalmente a puerto.
No hay remordimientos, no hay arrepentimientos. Todo valió la pena, cada segundo juntos fue una historia que valía la pena contarse.
Juliette apoya su cabeza en mi hombro, su respiración tranquila, acompasada con la mía.
—No podría haber pedido una vida mejor —susurra.
Cierro los ojos y dejo que su voz se mezcle con la brisa, con el murmullo de las olas, con los suspiros de nuestra familia reunida.
Y sé que, si el final llegara en este instante, no tendría miedo, por primera vez, no me importa que esto acabe.
Porque ella está aquí.
Porque siempre lo estuvo.
Porque siempre lo estará.
Parpadeo una vez más. El mundo vuelve a ser el pasillo de la base G-19. Juliette me mira con expectación. Siento un leve cosquilleo en mi barbilla y, al alzar la mano, me doy cuenta de que me he dejado la boca abierta y he estado babeando un poco . Toso, aclarándome la garganta, y fuerzo una sonrisa, después de todo, hemos estado casados.
—Sí. Sí... creo que me vendría bien algo de ayuda, me llamo Casca. — Digo, señalando el papel del encargo por la caza del mink rata… Vaya, casi lo había olvidado.
Mi voz suena ligeramente más ronca, mi respiración aún alterada por el sueño vívido del que acabo de despertar. ¿Era siquiera un sueño? Juraría que había vivido una vida entera allí dentro. Una feliz.
Quizás, algún día, los sueños y la realidad dejen de ser cosas separadas.
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16-03-2025, 08:47 PM
(Última modificación: 16-03-2025, 09:23 PM por Jean D´Orlanais.)
El chico giró la vista lentamente mientras los pies de Jean se detenían frente a él. La joven mostró una cálida y solicita sonrisa. No era que fuese su labor servir de guía a los extraños que se pasearan por la base G-19, pero Jean tenía una amabilidad innata y unas ganas de ayudar a quien fuera que le obligaban siempre a pararse e intentar poner su granito de arena en cualquier momento.
Aquel momento fue algo largo. A ambos lados de los jóvenes pasaban marines que giraban la cabeza con el ceño fruncido o una ceja levantada. Jean mantuvo la sonrisa, aunque con el paso de cada segundo está iba manteniéndose de forma más forzada. Frente a él, el chico peliblando había parpadeado una vez, y a partir de ahí se había quedado con la mirada perdida en la joven marine rubia. La boca abierta, con algo de saliva asomando y cayendo lentamente por la comisura.
- Vale, creo que a este le pasa algo... - pensó la joven con una pequeña gota de sudor cayéndole por la sien.
¿Podría tratarse de algún joven que se había pasado veinte pueblos con la bebida y no sabía donde se encontraba? ¿Tal vez un joven traumatizado por algún pasado truculento que venía a pedir ayuda? ¿O simplemente uno al que le había dado un telele en el momento más preciso? Había algo de vida en aquellos ojos, eso estaba claro. Puede que incluso demasiada vida para el aparente estado de catatonia en el que se encontraba el joven. Jean se llevó el puño cerrado frente a los labios y carraspeo ligeramente.
Como si de un truco de hipnotismo se tratase, el joven parpadeo de nuevo y agitó la cabeza, como si volviera de un trance después de que un mago hubiese chasqueado sus dedos. El chico tose, se aclara la garganta y, con una sonrisa, logra presentarse. La voz ronca y rasgada no pega a un joven de su apariencia, piensa Jean. Le ofrece a la joven un papel que esta recoge. Aguanta con una mano su cartapacio mientras con la otra lee la nota, alternando la mirada entre esta y el joven.
- Suena como si se hubiese despertado después de una resaca de tres días... - dice para sus adentros. - Pero esto... Es un encargo que parece real...
Jean levantó la mirada y volvió a centrarse en aquellos ojos rojos, que parecían chispear, valorando que pensar de aquel chico.
- Encanta Casca, me llamo Jean. - se presentó la rubia con una dulce sonrisa y un pequeño movimiento de cabeza. Bajo de nuevo la vista hacía la nota y alzó ambas cejas al intentar leerla rapidamente.
Cita:Nesesitemos de alluda, las caies del suvurbió 2 estan perdidas, nuestres familias destruidas. Desde qie se llevo acabo la rededa, el consumo a vajado, los chicos estan nerviosos y nuestro kerido Folk, el bueno de Folk... Alguien tien que acabar con sus sufrimientos, está fuera de sin, e un peligro para tós nsotros. Ofreceremo lo pogo que tenemo al q sea capas de ponerle en el canmino de la tunbas.
Jean tuvo que releer varias veces la nota para entender bien lo que decía. Y, aun así, no terminaba de comprender bien el mensaje. Volvió a centrar su vista en Casca, al que miró de arriba a abajo al tiempo que la primera impresión de que el joven era un tipo algo alelalo se salía de sus gráficas internas.
- Bueno... Realmente esto implica que alguien necesita ayuda... - dijo Jean mordiéndose el labio inferior, planteándose cual sería la mejor manera de abordar la situación. - ¿La... has escrito tú? - aventuró la joven
No podía obviar el hecho de que la nota indicaba a un tal "Folk" que estaba "fuera de sin" y que era un "peligro para tós nsotros". Quien era el tal Folk era una de las primeras preguntas a las que había que responder. La segunda, cómo estaba implicado aquel joven. Si la nota la había escrito él o un conocido suyo, bien podía haberse acercado a la G19 buscando ayuda de la Marina. Si aquel era el caso, tenía que sacar de Casca toda la información que pudiera antes de mandarlo a la enfermería e ir con la historia a alguno de sus superiores.
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Parpadeo varias veces, como si todavía no pudiera sacudirme la sensación de haber vivido una vida entera en un abrir y cerrar de ojos. Siento la boca seca y la garganta áspera, probablemente debido a la sensación de haber estado horas sin hablar. Algo en mi pecho se encoge al notar la forma en que Jannire me observa, con esa mezcla de confusión y precaución que a menudo la gente suele reservarse para los que no inspiran confianza de inmediato.
La sensación de perder el control de la primera impresión es como un puñetazo al estómago. No es la primera vez que me pasa y probablemente no será la última, pero en este momento, en este lugar, pesa más que nunca. Porque no estoy en un bar cualquiera ni en una taberna donde los juicios ajenos me son completamente indiferentes. Estoy en la base G-19, rodeado de marines, en un sitio donde cualquier mala percepción sobre mí podría traducirse en problemas reales. Y no solo problemas para esta conversación en particular, sino para todo lo que intento construir. Aunque eso no es lo importante, podría resultar en la pérdida de mi última oportunidad para contar esa historia a mi nieto en un banco a las afueras de mi casa en alguna isla lejana.
Trago saliva, intentando recomponerme. Miro el papel en sus manos como si fuera la cuerda de salvamento que necesito para salir del agujero en el que me acabo de meter. Pero una sombra de duda se instala en mi mente. Si Jannire ya me ha catalogado como un tipo raro, como alguien que no parece estar del todo bien, ¿cómo narices iba a solucionar eso? Definitivamente tenía que hacerlo, pero no había una respuesta evidente al problema. Razoné y deseché decenas de situaciones distintas en el intervalo de un segundo, todas llevaban al desastre.
Intento repasar mentalmente lo sucedido desde que giré la cabeza y la vi. Había algo en su presencia que me sacudió, que me dejó atrapado en ese momento más tiempo del que debería. No fue solo su voz ni su actitud amable, fue algo más. Algo que me hizo perderme en un futuro que no es mío, que no sé si alguna vez lo será. Una visión demasiado vívida, demasiado real, como si en un solo instante mi mente hubiera tejido una historia entera basada en una posibilidad ridícula. ¡NO! ¡No puedo creer que fuese ridícula! ¡Eso invalidaría todos mis sentimientos hacia Jannire!
Y eso es lo que más me frustra. Porque ahora que he vuelto a la realidad, ahora que estoy aquí, con este papel en juego y con esta marine esperando una respuesta que no parezca salida de un tipo en medio de un colapso nervioso, me doy cuenta de que lo que imaginé... me importa.
Ese futuro, esa vida que acabo de soñar, es más de lo que jamás me permití desear. Es algo tan ajeno a la forma en que he vivido hasta ahora que casi duele reconocer cuánto lo quiero. Y si todo eso puede tambalearse solo por una mala primera impresión, entonces lo que está en juego no es solo la percepción de una desconocida. Es la posibilidad de un destino que, por primera vez, no está teñido de sangre, de huida o de lucha constante.
Tomo aire, intento recuperar la compostura. Tal vez aún pueda salvar la situación. Tal vez aún pueda parecer, si no confiable, al menos persona. Pero una voz en mi cabeza insiste en que no importa lo que diga a continuación, la semilla de la duda ya ha sido plantada en la mente de Jannire.
Y si ella ya duda de mí, si me ha visto como alguien poco digno de confianza, ¿qué probabilidades tengo de construir algo real en este sitio?
No lo sé. Y ese pensamiento me desanima más de lo que quiero admitir. Drenando toda la energía de mi piernas y casi provocando que colapsen bajo el peso de mi cuerpo. No puedo rendirme, debo contestar a su pregunta, ¡La sinceridad me llevará al éxito!
— E-encantado Jannire — Consigo gesticular, el primer paso ya ha sido dado, reúno toda la confianza que me queda en algún remoto lugar de mi ser y continúo con la verdad. Jamás mentiría a la madre de mis futuros hijos. ¡Campanillo y Elia cuentan conmigo ahora mismo! — No la he escrito yo, fueron unos habitantes del suburbio dos, esa nota la envió el único que sabía leer y escribir un poco…
A medida que las palabras salen, el nerviosismo desaparece para dejar paso a la sombra del remordimiento y la culpa.
— Fue uno de los primeros en morir, porque no tuve la determinación para acabar el trabajo. Después fueron diecinueve más. — Aprieto los dientes, tengo la boca seca y un nudo en la garganta. Aquella rata me había afectado más de lo que quería admitir. — A Twitch lo maté yo…
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Jean mantuvo un tenso silencio cuando Casca comenzó a explicar el contenido real que había detrás del pequeño papel que aún mantenía entre los dedos. Frunció ligeramente el ceño y dibujó con sus labios una fina linea mientras comenzaba a interpretar lo que debía de haber sucedido. Evidentemente le faltaban datos, pero podía aproximar que aquella nota tan precariamente escrita no era sino una llamada de auxilio de aquellos que apenas pueden permitirse un techo sobre sus cabezas. Una llamada a la que Casca había respondido. Pero, ¿Cómo se había involucrado exactamente? ¿Formaba parte del suburbio 2? ¿Tenía alguna relación personal con ellos? ¿O simplemente era un agente externo? Lo volvió a mirar de arriba a abajo mientras el tenso silencio, breve pero pesado, les encerraba en una burbuja de privacidad entre toda la gente que continuaba discurriendo por el pasillo, cada uno preocupado por sus propios asuntos.
- No, definitivamente no es Marine. Pero tampoco parece un simple civil... - reflexionó Jean fijándose en su armadura ligera - ¿Un cazarrecompensas tal vez?
Parecía la opción más probable. En el poco tiempo que Jean había servido a la Marina, poco más de una semana, no habían sido poco los cazarrecompensas que se habían pasado por la base G-19 para cobrar un Wanted o un aviso menor. Pese a lo que en un principio pensaba la joven rubia, dentro de los cazadores no había un arquetipo concreto. Había visto tanto a montañas de músculos que solo estaban separados del otro lado de la ley por una interpretación legal algo laxa, había visto elegantes hombres bien vestidos a los que solo les faltaba un Martini en la mano, a bandoleros de buen corazón y, sobre todo, a jóvenes ilusionados que buscaban con avidez la fama y el protagonismo que demanda aquella temprana edad en la que nada importa más que el ego.
De tener que encajar a Casca en algún molde, sería en este último. Su juventud, y esa mirada llena de fuego.
Pero no podía ignorar que el joven acababa de admitir que se había visto involucrado en un evento que había dejado al menos casi una veintena de muertos, uno de ellos a sus propias manos. Aquello hizo que a Jean se le formara un pequeño peso en la boca del estomago. No era tan ingenua como para pensar que ninguno de sus compañeros tenía las manos limpias, pues no eran pocas las historias donde una patrulla era atacada sin previo aviso, o donde un arresto se descontrolaba y las cosas acababan de la peor manera. Pero si que era la primera vez que Jean se veía de cara y de manera tan directa con alguien que había sesgado una vida. No pudo evitar pensar que, algún día, ella sería la que estaría allí. Aquel pensamiento la aterró.
Sacudió la cabeza para alejar aquella oscura reflexión y volvió a concentrarse. Casca no parecía alguien sanguinario en absoluto. De hecho, parecía estar bastante afectado. Se mordió el labio inferior y negó para si. No podía con aquello ella sola.
- Lo siento, Casca. - dijo Jean bajando la voz y acercándose a Casca, devolviéndole la nota mientras entrelazaba sus dedos con los suyos. - Te seré sincera, no llevo mucho tiempo aquí, así que creo que esto se me queda un poco grande. Quiero que me acompañes a las oficinas que hay en el ala de aquí al lado, allí podrán ayudarte más de lo que podría hacerlo yo. Ven conmigo.
Jean avanzó un par de pasos rodeando a Casca, soltando su mano una vez este dio una vuelta sobre si mismo para señalarle el camino. Le ofreció una sonrisa cálida, intentando que el joven se calmara y sintiera que estaba en un lugar seguro.
- Cuéntame todo lo sucedido y veremos que hacer. - dijo comenzando a andar por el pasillo, señalándole a Casca con el brazo que la siguiera. - Ah, por cierto. - se detuvo en seco, girándose hacia el peliblanco. - Es Jean, no Jannire. - le advirtió con un tono tranquilo para quitar un poco de hierro a la situación.
Sonrió y se dio la vuelta, emprendiendo de nuevo la marcha.
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La rabia y la impotencia hacían presión contra mi pecho, garganta y oídos. Como el potencial de presión de agua de una tubería, buscando cualquier pequeño rincón por el que aliviarse. Siempre me he considerado una estupenda llave de paso, pero la pesadez de mi alma comenzaba a hacer mella en esa confianza. Las dudas me asaltan como siempre lo han hecho, desde que tenía cinco años, con esa insistencia constante, recordándome cada fracaso, cada tropiezo. Y aunque sé que no debo hundirme en esos pensamientos, no puedo evitar preguntarme: ¿Habría podido salvarlo realmente? ¿O era inevitable ese triste final?
Renegaba de la figura de dios, no de su existencia; y mentiría si dijese que no había pensado en un ser superior moviendo los hilos, consumiendo a Ratatouille en la locura, involucrando a todos aquellos que una vez fueron sus amigos y... finalmente, enviar a aquel proyecto de meapilas de la Marina para forzar mi mano, para dejarme cometer el error de, no sólo permitir su muerte, sino también perpetrarla. Aquel mink se había convertido en mi responsabilidad, para bien o para mal, en aquel momento no habría podido salvarle, matarle fue la única opción. Y esa verdad me atormenta, quiero rechazarla, a pesar de estar frente a mí.
¿Disfrutaría aquel dios retorcido jugando con las vidas de la gente? ¿Disfrutaría mientras aquella rata suplicaba? Con aquellos ojos en los que podía ver mi propio reflejo, exhalando su último suspiro, para al final agradecer la muerte. ¿Se estará regocijando ahora, sobre su asiento de plata mientras ve que los restos tenemos que seguir adelante? ¿Incapaces de superarlo?
Si esa es la clase de dios que tenemos, algún día merece morder el polvo.
Había sido especialmente consciente de dónde me encontraba cuando llegué; más todavía, de un modo irónico, cuando acabé perdiéndome por la base, rodeado de idiotas rimbombantes impecablemente vestidos. Preguntaría cuál es la utilidad de un uniforme de combate blanco, pero sería inútil. En primer lugar, porque estaría pidiendo lógica a la Marina, casi como pedir peras a un olmo. En segundo, porque hacer la pregunta realmente sería suponer que realizan alguna clase de trabajo por el que pudiesen ensuciarse. Sencillamente eso era algo que, cuando entré aquí, no era capaz de concebir.
Pero ahora, mientras esas dudas se apoderan de mi mente, escucho una voz clara, casi musical, que rompe la monotonía de mis pensamientos. Ahí está ella. Julia.
Su sonrisa, que tenía un brillo tan genuino hace apenas un momento que había desarmado mis defensas casi al instante; ahora se había tornado oscura, preocupada. Me pregunta algo, pero apenas escucho las palabras, pues he hecho desaparecer su sonrisa.
No sé por qué, pero eso me golpea más de lo que debería. Me tensa el pecho de una manera que no esperaba, que no quiero. La miro fijamente, tratando de encontrar en su expresión el reflejo de mi propio estado, pero en su lugar solo veo esa maldita preocupación, esa lástima disfrazada de interés.
No quiero verla así.
Intento esbozar una media sonrisa, un gesto automático, torpe, apenas un intento de quitarle importancia a lo que sea que ha visto en mí. Pero sé que no es suficiente. Julia se muerde el labio, ¿Como si intentara leerme? O quizá como si no se creyera esa pobre excusa de expresión que he tratado de improvisar. Tal vez ni siquiera fuese una de esas dos opciones.
— Lo siento, Casca — dice en voz baja.
Una disculpa. Aunque aún brillante, la luz en la cara del ángel frente a mí ahora se veía difuminada. Y para colmo, había conseguido darle lástima hasta un punto que parecía afectarle. Siento como mis rodillas empiezan a dudar sobre si merece la pena seguir soportando el peso de un inútil como yo y no puedo evitar pensar que tienen razón.
El primer recuerdo me golpea sin previo aviso.
El sol se filtra a través de los ventanales de la taberna, bañando con su cálido resplandor el cabello dorado de Julia. Su sonrisa juguetona, sus ojos brillantes, la burla en su voz cuando se ríe de mi torpeza con el café caliente. Parpadeo y lo veo todo con una nitidez insoportable, como si realmente estuviera aquí, como si pudiera estirar la mano y tocar el borde de la mesa, sentir el calor de la taza entre mis dedos, escuchar su risa envolviéndome en una burbuja de felicidad inquebrantable.
Pero la burbuja estalla.
Otro parpadeo y la música suena. Un vals suave en la base de la Marina, el roce de mis dedos contra la espalda desnuda de Julia mientras bailamos torpemente bajo la tenue luz de los candelabros. Su cabello brilla como el oro mientras ella se ríe y susurra algo en mi oído. Siento la calidez de su cuerpo, la seguridad de sus brazos. Mi corazón late contra el suyo y en ese momento sé, con certeza, que nunca he querido nada más en mi vida.
Y entonces otro “Pop”.
Vuelve la tragedia familiar. El muelle en la madrugada. El sobre arrugado en las manos de Julia, su cuerpo temblando, la noticia de la muerte de su tío arrancándole el aire de los pulmones. La sostengo contra mi pecho, sintiendo sus sollozos apagados empapando mi chaqueta. Quise protegerla. Quise cargar con su dolor. Y esa noche, en el refugio de mi hogar, con la desesperación latiendo en mis venas, no nos separamos. Nos aferramos el uno al otro como si fuéramos todo lo que quedaba en el mundo.
“Pop”.
El barco sin bandera, la brisa marina jugando con su cabello. Los susurros de una vida en la que finalmente encontramos paz. Nos fugamos, dejando atrás todo lo que nos ataba, todo lo que alguna vez fuimos. En la cubierta, la tomo de la cintura, la beso bajo la luna. Somos libres. Somos felices.
“Pop”
Todo queda negro por un instante y entonces lo veo. El hogar que construimos. El lugar al que escapamos. Un último oasis en el desierto de mi mente, que se encontraba matándome de sed.
Los días tranquilos en la isla, las risas resonando entre las paredes de madera, el aroma del pan recién hecho por las mañanas. Y ahí están ellos. Dos niños de cabello revuelto y ojos chispeantes, correteando por la casa. Nuestros hijos.
—¡Papá, papá! —grita una vocecita mientras se aferra a mi ala, tirando de ella con curiosidad infantil.
—¿Por qué tus alas son más grandes que las mías? —pregunta el pequeño Cosmo, con el cabello dorado como su madre y la travesura grabada en su sonrisa.
—¡Mamá dice que eres viejo! —exclama su hermana, Evelyn, con una risa burlona que es un eco de la de Julia.
Me río. Los alzo en el aire, giro con ellos en un torbellino de felicidad. Julia nos observa desde el marco de la puerta, sonriendo con ternura.
Pero entonces algo cambia.
El mundo se distorsiona. Los colores se vuelven más pálidos, más débiles. Julia deja de sonreír. El viento se vuelve helado. Y nuestros hijos… nuestros hijos me miran con ojos enormes, llenos de algo que jamás habría querido ver en ellos. Tristeza. Dolor.
Decepción.
—¿Por qué? —pregunta Evelyn con voz temblorosa.
—¿Por qué nunca vamos a existir? —susurra Cosmo, su manita aferrándose a mi abrigo con desesperación.
Su voz se rompe, se mezcla con el viento, y siento que se me desgarra el alma. Un peso inmenso me aplasta, el pecho se me cierra como si un yunque hubiera caído sobre mí. Miro a Julia, pero ella también se está desvaneciendo, su silueta volviéndose una sombra, sus ojos inundados de lágrimas silenciosas y su mano débilmente levantada, casi alcanzando la mía, sólo para atravesarla como si nunca hubiese estado ahí, desapareciendo.
—Lo siento… —susurro, mi voz quebrada, mis rodillas cediendo bajo mi propio peso—. Lo siento… Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento tanto…
Extiendo las manos en un vano intento de aferrarme a ella, pero no hay nada. Mis dedos solo encuentran el vacío.
Los niños dan un paso atrás.
—Nos olvidaste, papá —dice Cosmo, su pequeña voz cargada de una tristeza insoportable—. Nos dejaste atrás.
—Nos condenaste al olvido —añade Evelyn, con lágrimas resbalando por sus mejillas infantiles.
Jadeo, desesperado.
—¡No! ¡No quería perderlos! ¡No quería perderlos! ¡Juro que nunca quise…! ¡Dios! ¿Cuál es tu problema? ¿¡Por qué juegas así conm...!?
Pero como si no quisiese escuchar mis palabras, mi voz se ahoga en un sollozo desgarrador. Nuestros hijos se desvanecen, convirtiéndose en polvo dorado que se pierde en el viento. Julia me lanza una última mirada, una mezcla de amor y tristeza infinita, antes de que ella también desaparezca. Incluso al final, esa mirada demostraba que siempre había sido la única que lo entendía. No había rencor, era comprensión.
Y entonces, solo quedo yo. Arrodillado en la nada, con mi llanto desgarrándome la garganta, gritando sin voz contra un destino que nunca había estado ahí, contra un dios que había creado para odiar, con el peso de una vida ficticia aplastándome hasta que no queda nada más que mi dolor.
Oigo el último “Pop” y parpadeo.
Y estoy de vuelta en la base G-19. Julia está aquí, mirándome con aquella expresión mientras palabras salen de su boca, palabras que no consigo escuchar. Sin sospechar el infierno que acaba de consumir mi mente. Mi respiración está entrecortada, mis manos tiemblan levemente y entonces ella me coje una.
No es un agarre normal, nada logístico. Sus dedos y los míos forman una red ahora y un escalofrío repleto de euforia recorre todo mi esqueleto desde los dedos de los pies hasta la cabeza. Una avalancha de esperanza renovada llena cada rincón de mi ser y siento como colorea mi rostro del mismo rojo intenso que mis ojos.
Y entonces, los veo.
Cosmo y Evelyn aparecen a su lado, con sonrisas radiantes, sus pequeñas manos extendidas hacia mí. Sus ojos chispean con la misma alegría que alguna vez imaginé, pero esta vez no hay tristeza, no hay reproches, solo amor puro. Un nudo me sube por la garganta, imposible de tragar, un temblor involuntario sacude mis hombros cuando, sin dudarlo, corren hacia mí y me envuelven en un abrazo cálido, tangible, como si por un instante la realidad y la ilusión fueran una sola.
Cierro los ojos y dejo que sus pequeñas presencias me llenen, absorbiendo cada segundo de ese contacto efímero, aferrándome a la sensación de tenerlos conmigo, aunque solo sea por un instante.
Sólo Julia podía transformar el dolor en paz y me siento estúpido mientras lo acepto, mientras me envuelvo en la esperanza.
Entonces se acerca un par de pasos, ¿Cuál es su intención? ¿Espera un beso? ¿Aquí? Pero no es así como debe ir la historia… No tiene sentido, pero no tengo la fuerza de voluntad para evitarlo y me preparo.
— Cuéntame todo lo sucedido y veremos que hacer — dice mientras me rodea y suelta mi mano. Duele un poco, pero esa cálida sonrisa me consuela.
Extiende un brazo con un gesto silencioso, indicándome que la siga. Por un momento dudo. Pero entonces, siento el calor de los pequeños brazos de Cosmo y Evelyn, empujándome, y lo único que puedo hacer es aceptar su invitación y dar un paso adelante.
¿Qué quiere exactamente que le cuente…?
Espera, ¿Habrá visto lo mismo que yo?
Era tan real que podría haber pasado de verdad… Pero no tiene sentido.
— ¿Eh? Disculpa, no sé de qué me estás hablando, cascacasca… — suelto con una risilla nerviosa. Irónicamente nunca he sido bueno soltando mentiras.
— Ah, por cierto. — Se para. — Es Jean, no Jannire.
No entiendo nada, ¿Qué está diciendo Julia ahora? ¿Quiénes son Jean y Jannire?
Asiento ligeramente con la cabeza, confuso y con eso los dos caminamos por el pasillo.
— No se puede hacer nada… Por cierto, ¿A dónde estamos yendo?— Digo finalmente.
Jean D´Orlanais
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C. de Haki
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21-03-2025, 11:41 PM
(Última modificación: 21-03-2025, 11:42 PM por Jean D´Orlanais.)
Jean continuó caminando por el pasillo, girando su mirada hacia Casca, que le seguía un poco por detrás. Inclinó ligeramente la cabeza al escucharle. Volvió a levantar una ceja, aunque corrigió rápidamente su acción y volvió a mirar al frente. Las sospechas de que aquel chico estaba traumatizado por aquel evento crecieron. De forma paralela, cavando un poco más en su interior, también coexistía la idea de que simplemente fuese un joven con una limitación intelectual bastante severa. Incluso planeaba sobre su cabeza la idea de que simplemente estaba tomándole el pelo. Fuese cual fuese la realidad, la labor de Jean no cambiaba. Tenía que intentar ayudarle como fuera posible. Adoptó de nuevo un tono de voz relajado mientras guiaba a Casca por los pasillos de la base.
- Nos dirigimos al ala de aquí al lado, a las oficinas. – repitió, aunque la imagen de una sala totalmente acolchada flasheo en su mente por una centésima de segundo. – Allí creo que podremos encontrar a alguien que pueda ayudarte más que yo.
Pero ¿Cuál era realmente el plan? Pensó en recurrir a la Sargento Amren, pero estaba segura de que por el talante que la caracterizaba acabaría tirando a Casca por la ventana más cercana. Tal vez acudir a la oficina donde emitían las ordenes de Wanted y donde acudían los cazadores a cobrar sus recompensas era un objetivo más adecuado. Tal vez allí alguien tuviera información sobre el evento en el que se había envuelto Casca. Algo que dejaba un reguero de veinte muertos no podía pasar desapercibido. Si, tal vez aquello sería lo más adecuado.
- ¡Jean! ¡Te estaba buscando!
Una estridente voz llena de energía les atropelló nada más girar una esquina. Ante ellos, Mel, la primera chica que había conocido Jean nada más entrar a la Marina. Algo más baja que la rubia, vestía un uniforme de la Marina algo manchado, pero iluminaba el ambiente con una enérgica sonrisa de ilusión. Sus ojos, plateados y brillantes, contrastaban con la maraña pelirroja que era aquel pelo rizado que salvajemente enmarcaba un rostro redondo.
- Mel, ¿Que haces aquí? ¿No estabas hoy de patrulla?
Mel era una de las primeras reclutas que la Sargento Amren había elegido para salir a realizar las primeras patrullas de prácticas por la ciudad. Esta sonrió con suficiencia.
- ¡Exacto! De hecho me han mandado aquí de vuelta a pedir refuerzos. Al parecer uno de los jefes había visto a unos tipos... Blablabla... Lo cierto es que no me he enterado bien. - hizo unos remolinos con la mano mientras ponía lo ojos en blanco - Ya sabes lo intensitos que son a veces. Así que han mandado a la nueva para avisar a la base. Yo creo que se me querían quitar del medio porque hasta donde sé los Den Den Mushi no se quedan sin energía... Total que he dado el aviso y ahora iba a hacer un poco el vago. Hay que aprovechar las oportunidades que da la vida. ¿Quieres venirte a...? - se quedó en silencio de repente, al caer en que Casca parecía ir con Jean.
Mel se inclinó sobre si para mirar a Casca. Luego se acercó a Jean con una mano cerca de la boca.
- Oye, ¿este quien es? - preguntó en un tono mucho más confidencial de lo que la situación ameritaba.
Jean se giró hacia Casca, dubitativa.
- Es... Bueno...
¿Qué era? Lo cierto es que, aparte de que estaba algo traumatizado y/o alelado, Jean tampoco tenía mucha información sobre su acompañante. Se había presentado, pero solo sabía su nombre y que había venido por aquella nota del suburbio dos. Nada más.
- Se llama Casca. - le presentó Jean - Estábamos yendo a las oficinas, se vio envuelto en algún problema que hubo en el suburbio dos, con varios muertos, y allí tomaran mejor los datos.
Mel se acercó con curiosidad al chico.
- Bien, bueno, encantada. ¿Sabes? Os acompaño. ¡Lo dejamos y luego nos vamos por ahí! - exclamó con una sonrisa traviesa.
- Mel, estamos trabajando... - le advirtió la rubia.
La joven pelirroja alzó un dedo.
- Estas. - corrigió, pícara - Salvo que alguien indague más de la cuenta, yo he terminado mis tareas del día. Pero tienes razón, en las oficinas me pillaran seguro... - se giró de nuevo hacia Casca, pensativa, valorando sus opciones. Le señaló con el índice - Seguro que podemos solucionarlo sin tener que ir allí. A ver, tu, ¿Qué te ha pasado?
Casca Belles
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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140
140
140
44
31
0
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Camino tras Jolyne, y aunque mis pasos son lentos, mi pecho retumba como si cada latido fuera un tambor en mitad del silencio. Ella... ella tiene esa forma de andar que corta el aire, que abre camino incluso sin quererlo. Es imposible no mirarla. Me habla, y mi mente intenta retener cada sílaba como si fueran piedras preciosas. No importa si es sobre oficinas o alas acolchadas. Podría decirme que vamos a limpiar retretes y yo asentiría como un idiota feliz.
Entonces aparece un personaje secundario que no pinta nada en la historia que quiero crear. Que anhelo profundamente con cada célula de piel, con cada pelo de mi cuerpo y cada pluma en las alas de mi espalda.
Lo que escucho es una voz chillona, como un Den Den Mushi con resaca y sin filtro, irrumpiendo en el pasillo, reclamando una atención que no merece. Ahí está, frente a nosotros. Una maraña pelirroja envuelta en uniforme impoluto pero manchado por el peso de lo que representa, sonrisa de feria barata y ojos brillantes como monedas de plata. Habla como si todo esto fuera una fiesta, como si no camináramos entre cadáveres invisibles. No me gusta. No me gusta su voz, su manera de caminar, ni cómo se mete en conversaciones ajenas con la soltura de quien nunca ha conocido el rechazo. Apenas la he visto por primera vez y ya sé que la odio.
Se me revuelve algo dentro. No tiene derecho.
¿Quién se cree que es para tratar a Jolyne con tanta familiaridad? ¿Para llamarla sin respeto, sin cuidado? Y lo peor… lo peor es que Jolyne no le gruñe, no le dispara esa mirada gélida que a mí me lanzó la primera vez que me acerqué. No. A esta... ¿Morcilla? Para empezar, ¿Quién narices se llama Morcilla? A esta “Morcilla” parece recibirla como quien recibe una brisa cálida.
“¿Y este quién es?” dice. Me mira con esa curiosidad impostada que tienen los que nunca han dormido en la calle, los que nunca han temido desaparecer y que nadie lo note.
Te lo diré yo, Morcilla.
—¿Quién soy? —respondo, clavando la mirada en sus ojos como si buscara romper algo dentro de ella—. Soy la persona equivocada a la que hacerle preguntas estúpidas, si no estás preparada para las respuestas. Y tú, tú eres exactamente lo que está mal con esta institución. Una bocazas sonriente demasiado ocupada fingiendo simpatía como para notar que te pisan las tripas. Sigue jugando a soldadito feliz, Morcilla, a ver si cuando la sangre llegue a tus tobillos, todavía te da para hacer remolinos con los dedos. ¡No se puede hacer nada!
Silencio. Suele ser tan dulce como un paseo por la playa, pero más dulce es cuando lo provoco yo.
Doy un paso al frente, acortando la distancia con ella. Mi voz baja apenas un poco.
—No necesito que me acompañes. Ni a las oficinas ni al infierno, y créeme, uno de los dos está más cerca de lo que piensas. Jolyne me guía. Tú... tú solo estorbas.
No sé qué más dije después. Ni siquiera sé si Morcilla respondió. Lo único que siento es que cada palabra que dije me aleja un paso más de Jolyne. Pero no me arrepiento. Si esa chica representa a la Marina, entonces todo lo que he odiado desde Akauri tiene rostro y nombre: Morcilla. Y su estúpida sonrisa.
Morcilla... esa escoria embotellada en forma de chica, su sonrisa que era como si el mundo fuera un festival, se apaga con cada escupitajo en forma de palabra que mana de mi boca. Que la jodan. Que los jodan a todos en esta mierda de institución.
—¿Quieres saber qué pasó con Exfoliante? —murmuro, sin mirar a nadie, como si me hablara a mí mismo para no estallar—. Bien, pues te lo resumo con palabras sencillitas para que lo entiendas, ya que a nadie le interesa la verdad detrás de sus cadáveres apilados.
Mi voz es ronca, cargada de algo que no sé si es rabia o pena. A estas alturas, se parecen demasiado, la línea entre la valentía y la desesperanza es a veces invisible.
—Exfoliante era una rata corrupta. No se puede hacer nada, ¡¿No?! No por elección, sino porque el mundo lo arrinconó hasta que no pudo ser otra cosa. Un tipo común, medio tonto, que solo quería dejar de sentir hambre y se lanzó a un vicio que ahogaba la pena de su vida. Pero la miseria, esa que apesta en las calles que deliberadamente decidís ignorar, se lo tragó. Se volvió loco, sí. Empezó a matar. Despacio al principio, ¿Quién sabe? A lo mejor aún mantenía un poco de humanidad. Luego ya no podía parar, se volvió una bestia desenfrenada.
Trago saliva. Me arde el pecho. Mi respiración está acelerada. Las manos me tiemblan y por un momento no veo nada más que a Morcilla. Apenas es una cabeza más baja que yo, pero desde mi percepción, cada vez era más pequeña.
—Yo fui, no vosotros. Yo acepté el encargo. No por dinero, ni por gloria, ni por esas putas medallas que reparten en oficinas donde no pisan barro porque ni siquiera saben lo que es. Lo hice porque alguien tenía que parar la masacre. Porque cada día que pasaba sin que nadie actuara, más cuerpos se sumaban a la pila. Niños. Mujeres. Hombres. Da igual, ¿verdad? Solo eran pobres. ¿Y a quién le importan?
—Cuando lo encontré, ya no quedaba casi nada de él. Solo un montón de carne temblorosa, ojos vacíos y una risa que te perforaba el alma. No suplicó. No entendía. La pelea se alargó, gente murió en vano porque intenté salvar los despojos de una sociedad que clamáis proteger, porque no entendí que la crueldad es piedad hacia nosotros mismos. Y luego... —mi voz se apaga— luego lloré como un niño. Lloré por él, por mí, por todos los que ya no estaban. Porque pude haberlo parado antes, si hubiera sido más fuerte. Porque si la Marina, esta maldita institución de postureo y limpieza superficial, hubiera prestado un poco de atención a lo que ocurre en los suburbios, nada de esto habría pasado. Pero claro, no se puede hacer nada.
Me detengo. Miro las paredes limpias del pasillo. Todo aquí brilla. Todo aquí es mentira. Una fachada limpia que no consigue esconder toda la mierda dentro de sus muros. Su olor da nauseas.
—Pero no. Claro que no. A los que llevan uniforme no les importa lo que no pueden ver desde sus torres de marfil. Y si alguna vez les importó, lo olvidaron entre papeleo, ascensos y fiestas de té con los meñiques levantados. Los demás somos prescindibles. Somos... el ruido de fondo. Hasta que explotamos. Y entonces sacáis la escoba y nos barréis bajo la alfombra.
Una pausa. El aire pesa. Entonces, suelto un bufido irónico.
—Así que sí, ya que te interesaba tanto, ese fue el caso de Exfoliante. Un monstruo que dejasteis que se crease, al que tuve que matar yo. Y aún tienes la desvergüenza de mirarme como si yo fuera un bicho raro. Supongo que no se puede hacer nada.
Sigo caminando. Pero esta vez más lento. Cada paso más denso que el anterior.
—Que me pregunten otra vez quién soy. Que lo hagan. A ver si les gusta la respuesta.
Jean D´Orlanais
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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Un relámpago de recelo, desconfianza y aprensión recorrió a toda velocidad el pasillo, atravesando a Casca, cuya actitud cambió al entrar Mel en escena. Las dos jóvenes marines se quedaron quietas frente al mercenario mientras este respondía, de manera increíblemente intensa, a la pregunta de Mel de quien era. Ambas con una cara de poker de quien no sabe con seguridad de si el que esta delante está hablando en serio o no.
- Oye... - le susurro Mel a Jean mientras Casca daba su discurso - ¿Quién es Morcilla?
- No tengo ni idea... - respondió Jean bajando un poco la voz. - Y, ¿Quién es Jolyne?
La joven pelirroja encogió los hombros.
- ¿Quizá alguna diosa en la que cree? Dice que le guía, ¿será algún tipo de fanático religioso de alguna secta rara?
Ambas giraron levemente la cabeza hacia la derecha, observando a Casca con interés. Jean sabía que aquel chico muy normal no era, pero tampoco tenía pinta de ser ningún loco religioso que fuese a inmolarse en mirad de una base de la Marina. Aunque muchas veces ese tipo de personas no lo parecían. Los peores asesinos siempre saludaban a sus vecinos y tenían un trato de lo más normal.
La divagación se cortó en seco cuando Casca comenzó a hablar de un tal Exfoliante. Los sentidos de Jean se aguzaron. La aparición de Mel, aunque parecía haber perturbado bastante a Casca, parecía que había impulsado que este les contase lo que había sucedido en la ciudad.
- La verdad es que tiene talento para el teatro... - comentó Mel en voz baja mientras Jean se ponía el indice en los labios y movía una mano para que bajase un poco más la voz. Casca, por suerte, continuó hablando.
No podían desaprovechar la oportunidad de saber por que aquel chico había acabado en la base de la Marina. La narración de los hechos, aunque Jean podía coincidir con Mel en que se presentaba de manera algo dramatizada, era demoledora. Lo que la joven rubia logró sacar en claro contaba la historia de una persona que fue entrando en la oscuridad, comenzando a matar y a ensañarse con unas victimas que no tuvieron más alternativa que recurrir a gente como Casca, que cada vez le quedaba más claro a Jean que se trataba de un cazarrecompensas. Bajo la vista mientras Casca terminaba su narración.
El propio cazarrecompensas estaba sumido en la oscuridad. A podía verse el odio contra la Marina emanando de cada célula de su ser. Jean lo comprendía. No alcazaba seguramente a empatizar con todo lo que sentía el joven, pero podía notar aquella rabia derivada de una situación injusta que terminó mal y en la que nadie tenía la culpa, más que la sociedad y las condiciones en las que cada uno nace y con las que se tiene que enfrentar. Podía ver como alguien que había sido testigo de tal injusticia abrazaba la oscuridad como su nuevo espacio, como su nuevo hogar. Pero no podía consentirlo. El mundo podía ser una ruina, pero no se podía simplemente bajar los brazos, culpar a todos y rendirse. No.
- Casca. - le detuvo dando un par de rápidas zancadas hasta él, sujetándolo por el brazo y rodeándolo hasta quedarse frente al joven - Lo entiendo. La Marina le falló. Te falló. No somos perfectos, fallamos, fallaremos... Pero seguiremos intentándolo. Queremos proteger a la gente. A todos. Aunque no lo consigamos.
Le sonrió. Era una sonrisa cauta, triste. Pero llena de esperanza.
- Lo has pasado mal, pero no estas en ninguna torre de marfil. Este sitio es un lugar seguro. Es un hogar para aquellos que tienen que salir fuera a luchar contra los horrores del mundo. Nadie es prescindible Casca. Mucho menos los que, como tu, se arrojan a ayudar a los demás. Tendrías un sitio aquí. - le dijo con tono conciliador. Le miró de nuevo a los ojos, esperando que se hubiese calmado un poco.
Mel observaba desde la distancia, habiéndose acercado solo un par de tímidos pasos y contemplando la escena con genuina curiosidad, pero sin interferir en la misma.
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