[FIC-Pasado] Dios provee a sus hijos.
#1
Día 3 de Primavera, Año 13
Mañana

El sol de la mañana pasaba a través de los espacios que quedaban entre algunas tablas de la cabaña donde Beto había encontrado su hogar, sin embargo el gigante era incapaz de ver aquella luz filtrada. Su cuerpo se había acostumbrado a los horarios de la isla y casi siempre se dormía y se despertaba a la misma hora.

Su enorme cuerpo de dieciocho metros se movía con una torpe pero familiar gracia dentro de aquellas paredes de madera y piedra construidas para alguien de su tamaño quien sabe cuando. Desde que los aldeanos del Pueblo Cobo lo acogieron siendo un bebé cerca de las ruinas del abandonado Pueblo Yasu, Beto había aprendido a amar esta isla y a cada uno de esos habitantes.

El aroma a leña quemada y a hierbas silvestres usadas como especias flotaba en el aire dentro de la cabaña mientras Beto preparaba su desayuno. Sus grandes manos se movían con una sorprendente destreza a pesar de su ceguera cortando verduras gigantescas y revolviendo guisos humeantes en ollas gigantes. Cada acción en la cocina estaba seguida por una silenciosa plegaria de agradecimiento hacia Dios, podría ser un imperfecto pecador pero nunca un mal agradecido con su Dios.

— Debería ir a buscar más ingredientes. Casi no tengo alimentos para mañana —pensó Beto mientras reposaba aún la comida del desayuno y terminaba su oración de agradecimiento por la comida—. Vamos allá.

Beto salió de su cabaña en dirección a Pueblo Yasu. De vez en cuando, la curiosidad lo llevaba a explorar aquellas ruinas gigantes. Se guiaba utilizando su sentido del tacto, su oído y su olfato, apoyado en el uso de un látigo que cuyo extremo tenía unos cascabeles. En el pueblo Yasu aún existían remanentes de árboles enormes y ciertos alimentos apropiados para el tamaño y el apetito de Beto. Aunque no eran suficientes para sostener una nueva civilización de gigantes, servían para el sustento de nuestro querido cegato.

Mientras Beto revisaba árboles en busca de frutas cerca del Pueblo Yasu, un olor inusual llamó su atención desde el suelo. No era algo que haya olido antes, y al tacto no era la familiar textura rugosa de las piedras ni la suavidad de una fruta. Era algo con una forma extraña y un aroma dulzón y ligeramente picante que nunca antes había percibido. Se agachó con cuidado, sus grandes manos palpando el objeto.

— ¿Será una fruta extraña? Algunos tienden a cruzar plantas para mejorar la calidad de los alimentos pero esto es extraño —pensó Beto—. El olor me intriga. Me la llevaré.

Sintió una curiosidad intensa por aquel descubrimiento, ya que era primera vez que encontraba una fruta como esa en la isla. Intrigado y confiando en que la providencia lo había puesto en su camino, Beto decidió probarla.

Llevó la extraña fruta de vuelta a su cabaña junto al resto de alimentos que había recogido aquella mañana. El aroma se había intensificado, llenando el aire con una mezcla exótica y apetitosa. Usando un cuchillo y un tenedor, pico un trozo de la fruta y con lentitud lo acercó a su boca. La textura era suave al tacto, casi gomosa. Dudó por un instante, preguntándose si sería segura. Pero la extraña sensación de destino persistía. Ofreció una breve plegaria dando gracias a Dios por todo lo que provee y pidiendo protección en caso de que fuese algo dañino, y luego la mordió.

El sabor fue explosivo, una sinfonía de dulzura y un ligero picor que danzaba en su lengua. La textura se deshizo rápidamente, dejando un regusto extraño pero no desagradable. En cuestión de segundos, el sabor explosivo y dulce se convirtió en uno persistente y desagradable haciendo que el gigante casi vomitara la fruta.

— ¡Dios mío! ¿¡Qué es esto!? — gritó Beto mientras escupía y limpiaba su lengua con sus manos. Al principio, no sintió nada fuera de lo común y continuó con sus tareas habituales tratando de recordar nunca volver a probar una fruta igual que esa.

Cuando estaba preparando la cena, mientras cortaba un tronco grueso para alimentar su fuego, notó algo extremadamente raro. La madera al contacto con su mano pareció ablandarse, y desprende de repente un olor y una textura idéntica a la carne de res. Confundido, volvió a intentarlo y ocurrió lo mismo. Entre sus manos ahora parecía tener dos rodajas de carne gigantes, igual de grandes que el tronco que intentaba cortar.

Dejó caer el tronco y empezó a orar asustado. Todos sus sentidos ahora estaban alerta ante cualquier cambio a su alrededor. ¿Sería cosa de Dios? Caminó torpemente alrededor de la cabaña e incluso mesa de madera se sentía gomosa en algunos puntos y las paredes de la cabaña parecían ceder ligeramente a su presión. Los olores no lo engañaban, la mesa olia a malvavisco y las paredes a pan dulce.

El miedo comenzó a mezclarse con la sorpresa. ¿Era acaso por haberse comido aquella fruta extraña? ¿Era una bendición o una maldición? En su confusión, tropezó con una de sus grandes ollas de metal. Al intentar levantarla, sintió una oleada de energía recorrer su cuerpo. Instintivamente, su mano se apretó alrededor del metal, y para su incredulidad, la dura superficie se volvió blanda como arcilla, deformándose y expulsando un fuerte olor a chocolate amargo.

Beto comenzó a entender o a suponer lo que ocurría. Todo lo que tocaba se convertía en alimentos crudos o procesados. Empezó a probarlos y noto que su sabor no era agradable, pero definitivamente sabían mejor que aquella fruta espantosa.

— Se que esto viene de ti mi Dios. Descubriré el porqué me has enviado esto a mí —dijo en voz alta Beto—. Dios da y Dios quita, bendito sea el nombre de Dios.

Esa noche Beto permaneció despierto en su cabaña, experimentando con su nuevo don, utilizando todo aquellos nuevos materiales para cocinar. Tocaba la madera, la piedra, incluso el agua en sus grandes recipientes, descubriendo los límites y las posibilidades de ese extraño poder. Probablemente ese don pudiera ser usado para ayudar a los demás y a llevar bendiciones al mundo.

Recordó las dificultades de los aldeanos del Pueblo Cobo, el esfuerzo que les costaba conseguir alimentos y el trabajo extenuante de trabajar con piedras, metales y madera. Quizá esta era una oportunidad de ser agradecido en gran manera con quienes lo habían criado y un nuevo nacimiento de la mano de Dios.
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