[Presente absoluto] Pueblo Cobo, Una chispa en Pueblo Cobo.
#1
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Día 66 de Verano, Año 15.
Korossasu, Pueblo Cobo, 14:25.




Una chispa en Pueblo Cobo.



El sol ya estaba alto cuando divisé la silueta de Korossasu en el horizonte. Había tardado más de lo previsto, claro, por el cambio de rumbo… pero no me importaba. La isla se alzaba tranquila, con esas montañas de perfil familiar y la línea de árboles que siempre parecía dormida.

Me acerqué al puerto menor, el de las barcas humildes, donde el viento siempre olía a sal y a madera vieja. Me incorporé en el bote para atar mejor la cazuela, pero entonces una ola inesperada levantó el casco y nos empujó con fuerza hacia los viejos pilotes de madera.

—¿Eh?

Tuve el tiempo justo para coger mi mochila, a Kurimuzon y salir volando. 

¡CRACK!

El bote chocó de lleno contra una viga rota del muelle. El impacto fue seco y maldito. El costado de estribor se astilló como si estuviera hecho de galleta.

—¡No, no, no…!
—...Maldito seas, Suiro. —dije con media sonrisa.
—Otro bote hecho polvo. Al final voy a tener que aprender a construirlos yo mismo.

Me quedé un rato mirando los restos con resignación. Recogí la cazuela, milagrosamente intacta, y comencé a andar.



El camino hacia Pueblo Cobo estaba igual… y al mismo tiempo, no.
La cuesta de piedra seguía crujiente bajo los pies, pero ahora oía más silencio que de costumbre. Las risas de niños, que ya eran pocas aunque no me fijara, hoy eran apenas un eco lejano. Al cruzar la plaza, lo vi claro: solo dos chavales jugaban a patear una piedra. Uno de ellos se detuvo a mirarme, curioso. El otro ni levantó la vista.

—¿…Kelo? —dijo el primero, dudando.

Le guiñé un ojo y seguí caminando. No sabía si me reconocía, o si solo adivinaba por la trenza blanca y la espalda ardiente.



La primera tienda estaba cerrada, con las ventanas tapiadas por dentro. La segunda, también. Al pasar junto a una casa, noté que el tejado seguía roto, con unas tablas provisionales mal puestas que seguro llevaba meses así. Una tormenta debió de arrasar parte del pueblo, y nadie parecía tener prisa en repararlo.

La última vez que estuve aquí, simplemente… no lo vi. Vivía dentro de ese gris sin saberlo. Ahora era diferente. Ahora tenía ojos.



Doblé por la calle del pozo y encontré el viejo puesto del comerciante, aún cubierto por la misma lona raída. El cartel colgaba torcido, pero ahí seguía: "Objetos curiosos/0Cómpralo si no sabes para qué sirve".

Me acerqué. Dentro, el anciano estaba sentado sobre una banqueta de madera, afilando una concha como si fuera una daga.

—¿Sigues vendiendo brújulas que giran solas? —dije, apoyándome en el marco.

Levantó la vista, frunció el ceño… y luego sonrió con esa boca incompleta que siempre le daba un aire pícaro.

—No puede ser… Humo rojo. ¿Has vuelto?

—He vuelto.

Me ofreció un taburete. No me preguntó por qué. Solo se quedó en silencio mientras encendía una pequeña pipa de caña y me observaba como si tratara de averiguar si era el mismo tipo que una vez le compró un den den mushi que sonaba ronco y una brújula con una grieta en el centro.

—El pueblo está callado, ¿no te parece?

—Sí… aunque creo que siempre lo estuvo. Tan solo no me fijaba en ello. 

Asintió, y se quedó un rato mirando el humo que salía de su pipa.

—Hace falta algo… —murmuró.
—Algo que recuerde a la gente que están vivos. No una guerra, no una amenaza. Una chispa. Algo que les diga: “mirad lo que sois capaces de sentir”.



Esa frase me acompañó el resto del día.
Cuando cayó la noche, busqué al niño que me reconoció y le pedí un favor:

—¿Puedes avisar a todos los que puedas? Esta noche… en la plaza. Una sorpresa.



Una media hora después, la plaza se había llenado. No a rebosar, pero sí con alma. Hombres con la cara cansada, mujeres en silencio con los brazos cruzados, críos medio dormidos… y el viejo tendero, sentado en su silla, como si siempre supiera que acabaría ahí.

Me coloqué en el centro. Me quité la camisa. El fuego de mi espalda se alzó como un farol vivo. Cerré los ojos.

—Yōen no Shishi… versión espectáculo. —dije bajito, casi riendo.

Cuatro pequeñas crías de fuego surgieron lentamente, más pequeñas que en combate, suaves como luciérnagas. Flotaban entre la gente sin miedo, dejando estelas de luz dorada. Cambiaban de color con el viento. Bailaban al ritmo de los murmullos.

Los niños se reían. Uno gritó:

—¡¡Son gatos de fuego!!

—No, tonto, ¡son panteras mágicas!

Una mujer rompió a llorar en silencio al verlos girar sobre su cabeza. Un abuelo silbó una melodía antigua. Dos adolescentes comenzaron a dar palmas, y pronto todos los acompañaron.

Yo lancé al aire una llamarada controlada que explotó arriba como una flor de luz. Luego otra. Y otra más, en forma de espiral.

—¡Mira, mamá, esa tiene mi color favorito!

Hice girar una figura de fuego en torno a una niña que no paraba de reír. La panterita de llamas giraba como si jugara con ella. Cada vez que tocaba el suelo, una chispa nacía como una flor.

La plaza vibraba. La gente se soltaba.

—¿Lo estás viendo, viejo? —le susurré al tendero desde lejos. 
—Están vivos.

Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, Pueblo Cobo cantó sin abrir la boca. Cantó con las palmas, con los ojos, con las llamas flotando en el aire.

Yo me senté en el suelo, entre niños, como uno más.
Y el fuego de mi espalda no ardía por pelea, sino por alegría.



La plaza quedó en silencio poco a poco, pero no vacío. Era ese tipo de silencio bueno, el que queda después de una canción compartida. Las familias se fueron retirando despacio, como si no quisieran romper el hechizo. Algunos se despidieron de mí con una leve inclinación de cabeza, otros solo con la mirada.

Yo me quedé un rato más, recogiendo nada.
Luego tomé el camino que llevaba a mi vieja casa en Pueblo Yasu.



La puerta estaba igual de desencajada que siempre. Empujé con el hombro, y el crujido de la madera me saludó como un perro viejo. Entré.

Todo seguía allí… solo más callado. El polvo cubría las estanterías, el suelo, el marco de la cama sin hacer.
Me dejé caer en el tatami. El fuego en mi espalda se apagó por primera vez en todo el día. No por tristeza. Por paz.
Saqué un cigarro. Lo encendí creando una diminuta llamita, y exhalé despacio, viendo cómo el humo bailaba entre las gigantes vigas viejas.

—Supongo que me necesitabas tú ami más, que yo a tí. —le dije a la casa.

Me giré hacia la ventana abierta. La luna estaba alta, brillante, pintando el polvo en plata.

—No sé cuánto tiempo me quedaré… pero esta vez no me iré sin hacer algo bien.

Me llevé el cigarro a los labios y dejé que la brasa iluminara la habitación una última vez.

—Y si alguien viene a buscar guerra… que sepa que en Korossasu ya no estamos dormidos.

Apagué el cigarro en una piedra, me tumbé boca arriba sobre el suelo áspero y dejé que el silencio me abrazara.

Como un viejo amigo que no necesitaba decir nada.



Aclaraciones


Inventario




Este tema viene de aquí:
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#2
Atributos Personaje


Día 66 de Verano, Año 15
23:00 Hrs
Barco de la Armada Revolucionaria - Mar que rodea Korossasu

Un barco enorme se acercaba a Korossasu. Dentro de la embarcación, varias siluetas cuyos rostros eran tapados por una especie de impermeable, se preparaban para desembarcar. Entre ellas una silueta enorme que parecía una montaña se encontraba sentada en la cubierta, ese era Beto.

— Parece que falta poco para llegar a tu isla natal Beto. Se ve como un lugar tranquilo —dijo alguien posado sobre el hombro de nuestro gigantón amigo.

— Es una isla tranquila y bendecida por Dios. Es una lástima que no pueda quedarse y conocer la isla. Sargento Calhoun —le respondió Beto.

— Ya habrá tiempo para eso. Debo ir a recoger colegas en otras islas. Aunque admito que extrañaré tu comida. Tu eres el único que conoce esta isla como la palma de la mano, se que los aldeanos te recibirán de brazos abiertos y eso servirá de ayuda para la misión. Encárgate de apoyar a tus superiores encargados—continuó diciendo el sargento.

La misión de la que hablaba el sargento era simplemente reunir a algunas personas que habían expresado su deseo de unirse a la armada y esperar a que alguna embarcación de la armada revolucionaria los recogiera tiempo después.

— ¡ATENTOS TODOS! —dijo en voz alta el sargento—. Cumplan su mision fielmente y actuen como unos civiles más y mantengan la prudencia. Cuiden de nuestro amigo y colega Beto, él se encargará de guiarlos por la isla y será el encargado de los alimentos del grupo. Ya vamos a desembarcar.

Mientras Calhoun decía esas palabras, Beto solo podía concentrarse en el olor familiar que entraba por sus enormes fosas nasales, ese olor era algo que jamás olvidaría. Hace dos años se alistó en la Armada Revolucionaria y desde entonces solo había estado en alta mar, de puerto en puerto. La alegría que su rostro mostraba reflejaba lo bendecido que se sentía de que la primera isla en la que tendría una misión formal era su misma isla de origen.

— Dios siempre es bueno con sus hijos. Gracias señor por traerme a casa de nuevo sano y salvo —dijo Beto en voz baja mientras iniciaba una plegaria.



Korossasu - Puerto cercano a Pueblo Cobo

— Oye Beto, justo frente de ti hay tierra en la que puedes desembarcar —dijo un soldado que sabia que Beto tendría problemas para saber hacia donde debía ir.

— Gracias por tu ayuda, que Dios premie tus buenas intenciones. Por favor todos agarrense de algo —dijo Beto antes de saltar hacia tierra firme.

Cuando Beto saltó, el barco al perder tanto peso de golpe se estremeció y algunos gritaron y otros simplemente reian al ver a otros asustados pensando que se hundiría el barco.

El aterrizaje de Beto en tierra causo un gran estruendo e hizo que la tierra vibrara. Por lo que probablemente todos en el pueblo se asustaran y despertaran ante aquel extraño acontecimiento.

Cualquiera que viera a Beto desde el pueblo solo vería un gigante cuyo rostro no era visible oculto detrás de una capa impermeable.

— Nos vemos. Cumplan con su mision y que el Dios de la Liberación los acompañe —gritó el sargento antes de irse de nuevo hacia otro lugar del mar.

— Amén —dijo Beto.

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#3
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Atributos Personaje


Korossasu.
Pueblo Yasu, 23:00.




La noche se había calmado, pero yo no. Por más que el pueblo hubiese vibrado con las luces y los fuegos, por más que las sonrisas me hubieran calado, algo en mi pecho seguía despierto.

No era inquietud. Era costumbre.

Cogí mi mochila, a Kurimuzon y bajé en silencio por el camino que llevaba hasta la playa. No había luna llena, pero sí una claridad suave, suficiente para ver cómo la espuma acariciaba la orilla sin prisa.

Me quité las sandalias y caminé hasta donde la arena estaba fría. Me senté con las piernas estiradas, el fuego de mi espalda apagado del todo, y encendí un cigarro con la yema del dedo. El crepitar de la brasa fue lo único que sonó durante minutos.

Estaba por empezar una ronda lenta de entrenamiento, solo para mover la energía, cuando sentí algo.

Primero fue el viento. Cambió. Trajo olor a hierro, sal pesada… y otra cosa. Algo antiguo, casi sagrado. Algo grande.

Levanté la vista. A lo lejos, cruzando el borde del horizonte como un coloso olvidado, avanzaba un barco tan enorme que parecía tallado en roca. No llevaba linternas de fiesta ni banderas visibles, pero sus líneas eran limpias, sobrias… con un porte que hablaba de deber y propósito.

—¿Qué cojones…?

El mar que rodeaba la nave vibraba con su paso, como si la corriente le tuviera respeto.

Y entonces lo vi.

No era el barco lo que imponía más. Era una figura, sentada en la cubierta, enorme. Aun a esa distancia, sobresalía del resto como una montaña con capa. La silueta era gigante, sin rostro visible. Pero el tamaño… el tamaño no dejaba lugar a dudas.

Segundos después, la figura se puso de pie y… saltó.

—¡¡SU PUTA MADRE!!


El impacto hizo temblar la orilla de Pueblo Yasu. Un estruendo seco recorrió la tierra como si hubiese caído un árbol sagrado. Las gaviotas salieron volando en bandada, y varios perros ladraron a lo lejos. Yo me puse de pie por instinto.

—Eso ha sido real.—susurré.
—Ha llegado alguien.

Miré hacia la costa de Pueblo Cobo, asumiendo que allí había aterrizado esa... "Cosa".

La silueta del barco empezó a alejarse lentamente de nuevo, como si hubiese dejado en tierra algo importante y no pensara mirar atrás.
Yo tiré el cigarro al agua.

—Demasiado grande para ignorarlo.

Recogí a Kurimuzon, la até a la cintura, me puse las chanclas y me puse la mochila. 

—Si los de Cobo tienen problemas con fantasmas gigantes, no pienso quedarme de brazos cruzados.
—Aunque espero que no sea un puñetero fantasma... y menos uno gigante!.

Eché a volar a toda velocidad por la playa, rumbo al otro lado de la isla. Con las brasas de la espalda encendidas de nuevo. Pensaba manter la distancia con aquella cosa.. si esque era real. Había una zona donde acababa el bosque, cerca de pueblo Cobo, a no más de 15 metros, desde donde podría observar la zona desde las sombras, sin ser visto. 

No sabía quién o que era. Ni qué buscaba.
Pero sí sabía esto: algo acababa de empezar.



Resumen


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#4
Atributos Personaje


— Lamento haberlos asustado—dijo Beto con su voz siempre amable a algunos iniciados de la Armada que aún estaban alterados del susto por los brincos que habia dado el barco—. Esto hará que se tranquilicen un poco.

El gigante sacó de dentro de su ropa una especie de dulce envuelto del tamaño de un humano normal. Aunque para él era un pequeño aperitivo, para sus compañeros seria suficiente para comer entre todos hasta empalagarse.

— Es un regalo para ustedes mis buenos amigos. Disfruten y coman todos de él. No sean mezquinos, sino generosos, y así el Señor bendecirá todos sus trabajos y todo lo que emprendan. Amen —les dijo Beto.

Mientras tanto cinco soldados que el sargento había dejado a cargo hablaban entre ellos decidiendo como proceder y organizar a los iniciados. La isla era de bajo riesgo asi que no tendrian mucho de que preocuparse o eso es lo que esperaban.

Mientras Beto esperaba órdenes, estaba concentrado en los olores nostálgicos de la isla. Esperaba volver a oír las voces de sus queridos amigos aldeanos y volver a cocinar para ellos. Desde que emprendió su viaje con la Armada Revolucionaria había cambiado un poco y crecido individualmente. Sin embargo, era muy tarde para saludar, lo mejor era dirigir las tropas a su cabaña y que descansaran allí. Había espacio de sobra para todos.

De repente, un olor familiar llegó a Beto, pero en el instante no pudo reconocerlo, cada vez era un olor más fuerte, significaba que se estaba acercando.

— ¿Un olor a Gallina Asada? Me parece familiar pero está lejos aún como para saber de quién se trata —pensó Beto mientras sacaba su látigo para poder orientarse mejor.

Los soldados superiores llegaron a la misma conclusión que Beto, lo mejor era descansar en la cabaña gigante del Gigante. Así que dieron órdenes y esperaron a que el gigante los orientara, sin embargo Beto estaba concentrado en el olor que se acercaba cada vez más y más a gran velocidad.

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