26-05-2025, 12:35 PM
Mis hombros se levantan, mi espalda se endereza como si el aire de esta base apretara más fuerte. Manola. La noto, su mirada rápida, su voz demasiado clara, su presencia que me recuerda a un aula, a una orden, a una trampa. Y me enciendo. Por dentro, claro. Siempre por dentro. No porque tenga algo personal contra ella, no.
Es el uniforme. Es el sello. Es la insignia de todas las veces que me fallaron.
Me miran raro. Me escuchan como quien escucha un loco en una plaza. Y mientras intento explicar lo que pasó allá afuera, me doy cuenta de lo absurdo que suena para ella. ¿Pero quién narices no reconoce su propio nombre? Puede que haya sido muy duro con esta tal Manola, a lo mejor le falta un tornillo después de todo.
Escucho sus susurros. “¿Quién es Jolyne?” “¿Será de alguna secta?” Me arde. Me arde por dentro como si me estuvieran desollando con palabras dulces. No saben nada. No vieron los ojos vacíos. No olieron la sangre. No tuvieron que disparar a un hombre que lloraba mientras se desangraba porque no podía volver a casa. No tienen ni idea.
Y entonces me preparo para hablar con más rabia. Con más veneno. Porque si no lo entienden, que al menos lo teman.
Pero ahí está ella. Joanna.
No se aparta. No se asusta. No interrumpe con leyes ni me señala con normas. Se acerca. Me toma del brazo. Me obliga a dejar de moverme y me planta frente a ella como si pudiera detener una tormenta con solo su voz.
Y lo hace.
—Casca. Lo entiendo.
Tres palabras. Tan simples, pero me apuñalan. Porque las dice de verdad. No como quien quiere calmar. Como quien quiere escuchar. Me dice que fallaron. Que me fallaron. Y eso... eso es lo que más me rompe. Porque nadie lo admite. Todos buscan justificaciones, todos lavan culpas con expedientes. Pero ella... lo admite. Y me ofrece algo. No perdón. No redención. Me ofrece un sitio.
No sé cómo manejar eso. El nudo en mi garganta no es tristeza. Es desarme. Me desarma su forma de mirarme, no como un problema. Como una persona. Como alguien que ha hecho cosas difíciles porque no había más opción.
—Este sitio es un hogar... —dice—. Nadie es prescindible, Casca.
Me quedo en silencio, ojiplático.
La rabia aún está ahí, en el fondo. No desaparece así como así. Pero empieza a doler menos. Me doy cuenta de que no me estoy defendiendo ya. No estoy contando mi historia como un animal acorralado. La estoy compartiendo. Porque, por una vez, hay alguien que escucha sin la intención de condenar.
—Joanna... —mi voz sale baja, grave, real—. No necesito una celda dorada. No se puede hacer nada, solo quiero dejar de mirar cada esquina esperando que alguien me clave otra etiqueta en la espalda.
Por primera vez, sólo quizás, siento que quizá no estoy completamente solo en esta isla de piedra y banderas.
Es el uniforme. Es el sello. Es la insignia de todas las veces que me fallaron.
Me miran raro. Me escuchan como quien escucha un loco en una plaza. Y mientras intento explicar lo que pasó allá afuera, me doy cuenta de lo absurdo que suena para ella. ¿Pero quién narices no reconoce su propio nombre? Puede que haya sido muy duro con esta tal Manola, a lo mejor le falta un tornillo después de todo.
Escucho sus susurros. “¿Quién es Jolyne?” “¿Será de alguna secta?” Me arde. Me arde por dentro como si me estuvieran desollando con palabras dulces. No saben nada. No vieron los ojos vacíos. No olieron la sangre. No tuvieron que disparar a un hombre que lloraba mientras se desangraba porque no podía volver a casa. No tienen ni idea.
Y entonces me preparo para hablar con más rabia. Con más veneno. Porque si no lo entienden, que al menos lo teman.
Pero ahí está ella. Joanna.
No se aparta. No se asusta. No interrumpe con leyes ni me señala con normas. Se acerca. Me toma del brazo. Me obliga a dejar de moverme y me planta frente a ella como si pudiera detener una tormenta con solo su voz.
Y lo hace.
—Casca. Lo entiendo.
Tres palabras. Tan simples, pero me apuñalan. Porque las dice de verdad. No como quien quiere calmar. Como quien quiere escuchar. Me dice que fallaron. Que me fallaron. Y eso... eso es lo que más me rompe. Porque nadie lo admite. Todos buscan justificaciones, todos lavan culpas con expedientes. Pero ella... lo admite. Y me ofrece algo. No perdón. No redención. Me ofrece un sitio.
No sé cómo manejar eso. El nudo en mi garganta no es tristeza. Es desarme. Me desarma su forma de mirarme, no como un problema. Como una persona. Como alguien que ha hecho cosas difíciles porque no había más opción.
—Este sitio es un hogar... —dice—. Nadie es prescindible, Casca.
Me quedo en silencio, ojiplático.
La rabia aún está ahí, en el fondo. No desaparece así como así. Pero empieza a doler menos. Me doy cuenta de que no me estoy defendiendo ya. No estoy contando mi historia como un animal acorralado. La estoy compartiendo. Porque, por una vez, hay alguien que escucha sin la intención de condenar.
—Joanna... —mi voz sale baja, grave, real—. No necesito una celda dorada. No se puede hacer nada, solo quiero dejar de mirar cada esquina esperando que alguien me clave otra etiqueta en la espalda.
Por primera vez, sólo quizás, siento que quizá no estoy completamente solo en esta isla de piedra y banderas.
