19-09-2023, 03:51 PM
Derya inspiró hondo, dejando que el aire salado del mar entrase por sus pulmones. Era una mañana un tanto fría, pues aún era bastante temprano, sin embargo no dejaba de ser un tiempo agradable. Aún no había amanecido del todo, aunque se podía ver cómo las nubes empezaban a teñirse de un tono anaranjado y rojizo, indicativo de que el sol no tardaría en asomarse por el horizonte aguado. La joven observaba aquella vista con una sonrisa en el rostro. Los amaneceres siempre eran todo un espectáculo digno de admiración. Caminaba descalza, como de costumbre, por el suelo empedrado de Logue Town y podía notar en su suave piel el rocío fresco de la madrugada que poco a poco iría desapareciendo. Su mente se regocijaba en el silencio que reinaban las calles, un silencio que pronto se esfumaría, pero que en ese preciso momento era solamente suyo. Por fin disfrutaba de un rato para estar a solas. Llevaba ya varios días consecutivos en los que no se separaba de aquellos tres revolucionarios excepto para dormir e ir al baño. Era de esperar, pues al fin y al cabo habían formado un grupo y a partir de aquel momento irían juntos casi siempre. Y Derya estaba encantada, de verdad que sí, porque ya en el poco tiempo que llevaban juntos había podido comprobar que cada uno de ellos era una buena persona. Se lo había pasado en grande aquellos días, como hacía mucho que no se lo pasaba; peleando contra piratas, celebrando fiestas, peleando contra marines, peleando incluso entre ellos... Pero una cosa no quitaba la otra. Y es que Derya llevaba años viajando sola, y al final te acostumbras a la calmada y controlada soledad, y cuando tu mente empieza a notar la escasez, te pide por favor un tiempo muerto. Aunque con el manojo de nervios que era ella, aquel rato que necesitaba a solas se solucionaba siempre con bastante rapidez, y en seguida volvía a tener las pilas recargadas para la acción.
El caso es que ya había avisado a su grupo revolucionario de que ese día lo más seguro es que no iba a dejarse ver. No porque no quisiera o algo por el estilo, sino porque tenía una misión, encomendada por ella misma, en la cabeza y que no podía ignorar. Tenía que hacerlo ya, antes de que dieran el siguiente paso hacia el Grand Line, o sería demasiado tarde y probablemente se arrepentiría toda su vida. Así que con aquel objetivo entre ceja y ceja y el pecho lleno de determinación, caminó con buen paso por varias callejuelas. Le sorprendía lo grande que podía ser esa ciudad, llevaba ya tiempo con ganas de explorarla más en profundidad, pues alguna que otra vez se había pasado por allí, como lugar intermedio entre una isla y otra, pero nunca había estado el tiempo suficiente como para darse por satisfecha. Estaba contenta y expectante por lo que podía pasar, sin embargo caminaba un poco a ciegas. Sabía lo que buscaba: a un hombre gyojin, como ella, pero no sabía por dónde podría llegar a encontrárselo. Su plan era visitar la gran plaza central, y desde ahí podía empezar a improvisar dependiendo de lo que ocurría. Al fin y al cabo, aquella plaza era la parte más concurrida de la isla, donde más personas se encontraban a la vez. Si no lograba dar con aquel gyojin personalmente, al menos podría intentar preguntarle a alguien que sí supiera de su ubicación o al menos le conociera. La única información que había logrado reunir a base de rumores era que se llamaba Kang. No era mucho, pero era algo con lo que podía jugar. Por suerte, Derya no fue la primera en llegar a la gran plaza central. Al tratarse de un lugar muy turístico y visitado, mucha gente montaba puestos, abría bares, restaurantes, y en general negocio para verse benificiado por la afluencia de personas. Los más avispados empezaban a hacer acto de presencia desde bien temprano, como ella. Así que viendo el panorama, no se demoró más y comenzó su investigación.
Fue pasando de puesto en puesto, de persona a persona. Derya no llevaba reloj, pero por la posición del sol y el paulatino crecimiento de presencia de la gente, pudo intuirse que habían pasado algunas horas y que ya era bien entrada la mañana. Y de momento no había conseguido nada más que negaciones. Hizo una pausa para descansar, tanto el aspecto físico como el anímico y se sentó en una terracita de bar a pedirse un fresco zumo de naranja. ¿Cómo podía ser que fuera tan complicado? En su cabeza se imaginó que apenas tardaría unos minutos en hallar a alguien que supiera de la existencia de aquel gyojin llamado Kang. Supuso que al tratarse de un maestro que solo se encontraba en aquella isla, mucha gente vendría preguntando por él y mucha más gente sabría de su existencia, que sería una eminencia. Incluso visualizó en su mente que tendría oleadas de fans, o algo así. Para nada se había imaginado que después de varias horas, a nadie le sonase siquiera su nombre. Varios habían visto a gyojins por allí, pero ninguno como el que ella buscaba. Aquello la había desanimado un poco. ¿Y si después de todo, no le encontraba? ¿Y si todo había sido para nada? Igual estaba siendo un poco tremendista al darse por vencida tan rápido, con tan solo unas horas de búsqueda, pero también le hacía mella el hecho de que tenía hambre y estaba deshidratada. Cuando al cabo de unos minutos llegó su zumo anaranjado, poco a poco empezó a ver las cosas de otra forma. Así de fácil era hacer que Derya levantase el ánimo. Y no es que se trate de una persona simple, sino que le encanta la fruta.
Con las energías repuestas después de aquel chute de vitaminas, dejó el dinero que debía junto con una pequeña propinilla y se levantó de su asiento, preparada para volver a la carga. "Segundo asalto", pensó la gyojin para sus adentros, con el ánimo reforzado. No iba a rendirse tan fácilmente. Mientras continuaba con su búsqueda y sus incesantes preguntas a transeúntes, pensaba en por qué no podría haber aprendido aquella técnica antes, cuando aún vivía en la isla Gyojin. Eso le habría solucionado tantos problemas... Aunque lo que estaba haciendo ahora tenía cierto encanto también, una chispa de aventura. Quizás fue porque se fue de casa muy joven, o porque priorizó otras cosas antes que aprender a luchar... Quién sabe, al final pueden haber tantos condicionantes en la vida como gotas había en el mar. Estaba en modo automático prácticamente, preguntando a todo el que se dignase a parar sus actividades un poco para hablar con ella. Cuando vio a un niño pequeño, de no más de diez años, robando en el mercado. El dependiente se dio cuenta y tomó una actitud más bien agresiva hacia el chico, agarrándole del brazo y soltando amenazas e insultos por la boca de tal forma que parecía una fuente de improperios. Derya estuvo a punto de interponerse en medio, de pagarle al comerciante lo que sea que costase aquello que había intentado robar y solucionar el asunto pacíficamente. Entonces aquel niño gritó. — ¡Hyakumaigawara seiken! — Con el brazo que le quedaba libre, propinó un poderoso golpe sobre el mostrador. Los objetos volaron, alguna persona gritó del asombro, y el dependiente, del susto, soltó de inmediato el brazo del chaval. El chico aprovechó la confusión para salir corriendo, exitoso después del robo. Derya le siguió con la mirada. ¡Esa técnica... era karate gyojin! ¡Seguro que Kang era quién se la había enseñado! Tenía que conseguir hablar con él y preguntarle por el maestro, ¡por fin una pista!
Salió del trance en el que el asombro la había dejado y se apresuró para salir corriendo detrás del niño. Por suerte, sus ojos no habían perdido el rastro de aquella cabellera pelirroja que revoloteaba. — ¡Espera! ¡Espera un momento! — El niño obviamente no se paró para hablar con ella, seguramente se pensaría que la gyojin se trataba de alguna figura de autoridad y que quería reprenderle por el robo y el caos público. Nada más alejado de la realidad, pero a Derya le iba a costar explicarse si aquel chaval no se dignaba a pararse un momento para hablar con ella y dejar que se explicara. El chico tomó una esquina, buscando perderse entre las callejuelas y escapar de su insistente perseguidora. — ¡Que no voy a hacerte nada, solo quiero hablar! — Pero el chico no hacía ningún tipo de caso a lo que Derya le decía, era como si fuera sordo, pues ni si quiera giraba su cabeza para hacer como que la escuchaba, tampoco para comprobar si seguía siendo perseguido o no. Le ignoraba tremendamente, centrado solo en su carrera. La mujer giró en la misma esquina que él, derrapando sobre las piedras del suelo. Por suerte contaba con una ventaja física indudable, era más alta, tenía las piernas más largas, y también era más fuerte. El conjunto de esas cosas la hacía bastante más rápida que su contrincante en aquella encarnizada persecución callejera. El chico, por su parte, contaba con la ventaja de ser pequeño y escurridizo, lo que hizo que en alguna ocasión Derya tuviese que buscar una vía alternativa a la que él había tomado. Pero finalmente lo consiguió. El niño se había metido sin darse cuenta en un callejón sin salida, además de que estaba quedándose sin aliento. Se paró en seco al darse cuenta de aquel fallo de cálculo que había cometido. Parecía conocerse bien las calles, pero en ese momento su memoria le había traicionado, agobiado también por la presión que ejercía su gran oponente. Giró su pequeño cuerpo, dándose la vuelta, para observar a aquella gyojin que le devolvía la mirada con una sonrisa victoriosa. — Escúchame, joder, que no te voy a hacer nada. — Parecía ser la primera vez que el niño le escuchaba de verdad. Tampoco tenía otra opción. — Habla rápido. — Aquel chaval tenía cojones, eso tenía que admitirlo. La miraba con unos ojos fieros, como una presa acorralada. — ¿Dónde has aprendido esa técnica? — El chaval se quedó callado, como si estuviera dudando en si desvelarle esa información o no. — Te la enseñó un gyojin, ¿verdad? Llamado Kang. ¿Dónde puedo encontrarle? — El niño chasqueó la lengua. Le había pillado, la gyojin sabía demasiadas cosas, no podía mentirle. Además al tratarse de una gyojin decidió darle un voto de confianza. — Vale, te lo diré, pero no le digas que te lo he dicho yo. Le gusta tener privacidad. — La joven sonrió. ¡Lo había conseguido! — Tranquilo, no te mencionaré. — No parecía muy convencido, pero estaba contra la espada y la pared. — Vive en un santuario, en una pequeña isla que queda al norte. Es tan pequeña que solo cabe su casa en ella, con un patio y un bosque que la rodea y oculta desde fuera. La reconocerás porque tiene forma de luna menguante. — Abrió los brazos, dando a entender que no tenía nada más que contarle. — ¿Contenta? — La sonrisa de Derya se amplió hasta su máximo, dejando a la vista unos enormes colmillos de tiburón. — ¡Muchísimo! ¡Gracias, chaval! Por casualidad no estarás interesado en la revolución, ¿verdad? Eres muy fuerte y escurridizo, habilidades que valoramos mucho. — La expresión de él delató su asombro ante tal propuesta. El chico nunca se lo había planteado. Realmente nunca se había planteado muy bien qué hacer con su vida. Era un ladronzuelo, huérfano y sin muchas esperanzas de futuro, aún siendo todavía tan joven, era como si el mundo hubiera decidido su destino antes que él. Pero aquella propuesta encendió una llama en sus ojos, por un segundo, Derya pudo verla. Se quedó tan cortado ante aquella idea que no supo qué responder, seguramente se emocionó al ver como alguien podía confiar en él para algo más que para ser un joven delincuente. — Cuando crezcas un poco más, búscame, soy Derya Tyhr, soldada revolucionaria. ¡Confío en ti, chaval! — Comenzó a alejarse de aquel callejón, aunque girando el tren superior de su cuerpo para seguir haciendo contacto visual con él mientras podía. Levantó el brazo en señal de despedida. — ¡No pierdas tu potencial robando tonterías! ¡Nos veremos! — Terminó de decir, y salió corriendo en dirección a la costa norte de la isla Polestar, siguiendo las indicaciones que le habían dado. El chaval se quedó un rato aturdido por lo que acababa de pasar. Y mientras la joven se alejaba, pudo escuchar un lejano sollozo lleno de emoción.
La sonrisa no se desprendió de los labios de Derya durante un buen rato. Sabía que había dejado mella, sabía lo que se sentía cuando alguien te lo hacía, ella misma lo había experimentado en sus propias carnes. Se emocionó pensando en que igual aquel pequeño gesto podría cambiarle la vida, con suerte, a mejor. ¿Y si de verdad crecía y se unía a la armada revolucionaria? Continuó corriendo, callejeando por la ciudad de Logue Town en dirección al norte. Gracias a su buen sentido de la orientación, aquello no le resultaría difícil. Ahora que había conseguido resolver el problema de hallar al gyojin Kang, le quedaba la incógnita de cómo sería aquella persona. ¿Estaría abierto a enseñarle la técnica, o tendría que luchar -metafóricamente- por convencerle? Desde luego a Derya ganas no le faltaban, haría lo que fuera por conseguirlo, ahora que había conseguido llegar tan lejos, pero su mente no dejaba de divagar imaginando diferentes escenarios posibles. Confiaba en que al ser una gyojin, aquel hombre estaría más dispuesto a enseñar sus secretos, al final el karate gyojin tenía ese nombre por un motivo, era su raza la que lo había inventado. Aunque luego se dio cuenta de que aquel niño era humano y conocía la técnica también, además de ser bastante joven. Aquello le generó muchas dudas. En su cabeza, imaginó que aquel hombre debería ser bueno y amable, lo suficiente como para ayudar a aquel chaval, como para confiar en él y enseñarle ese antiguo arte. Su curiosidad y ganas no dejaban de crecer dentro de su pecho mientras corría con ansias por la ciudad. Sentía como si el corazón se le fuera a salir del pecho, impulsado por la enorme adrenalina que el momento le provocaba.
Después de una gran carrera consiguió llegar por fin a la costa norte de la isla. Menos mal que Derya andaba bien en cuanto a cardio se refería, pues le llevó algo más de tiempo de lo que había planeado. Al final era la isla más grande del East Blue por un motivo que pudo comprobar en su propia piel. Desde aquella cala podía ver varias islitas, formaciones de tierra que habían quedado desprendidas de la isla principal y que en principio nadie visitaría, pues eran demasiado irrelevantes y pequeñas. Pero una de ellas era su destino, su meta marcada. El niño le había dicho que la isla que tenía que buscar tenía forma de luna menguante, era una pista valiosa, aunque desde ahí no podía distinguir del todo bien de cuál podía tratarse. Seguramente desde el agua sería capaz de verlo mejor, o al menos eso fue lo que pensó. Cogió carrerilla, caminando unos metros hacia atrás, para acto seguido salir corriendo con potencia hacia el agua, dando un salto en el último momento, apurando la tierra que podía pisar. Se quedó suspendida en el aire por unos segundos, el viento revolviendo alocadamente sus rubios cabellos, juntó los brazos hacia abajo, preparándose para caer sobre la superficie marina en picado. Su cuerpo se hundió rápidamente en el agua, como una bala que se disparaba. Era tan refrescante, en seguida notó como su mente se despejaba. Y era curioso como la temperatura del agua nunca le molestaba, daba igual si estaba muy fría o caliente, para ella siempre era reconfortante y agradable.
Cualquiera podría pensar que desde arriba sería más fácil ver la forma de la isla, pero no cuentan con el hecho de que Derya debajo del agua se movía tremendamente rápido, comparable solo a un tigre en plena carrera o a un halcón al vuelo. Fue recorriendo las islas una a una. No quería tener que dar otra vuelta a todas porque había mirado mal o no se había fijado bien, así que antes de pasar a la siguiente se aseguró de que la había rodeado y analizado bien por todos lados. Las primeras fueron fáciles de descartar, tenían más bien una forma redonda o alargada, como elipses. Ninguna parecía una luna. Ya no le quedaban demasiadas por revisar, ¿se le había pasado? Dudó por un momento, pero no. La siguiente que rodeó pudo distinguirla a la perfección. Supo reconocerlo al momento, tenía la forma prácticamente perfecta de una luna menguante, por un momento imaginó que alguien debería de haberla incluso retocado, ¿no? Quitando algunas rocas para pulirlo un poco más, aunque ya de por sí tuviera aquella forma al natural. Derya se tomó unos minutos para mentalizarse antes de salir del agua de entre las rocas. No sabía con qué se iba a encontrar, qué tipo de persona sería Kang, qué tipo de entrenamiento requerrería aquella técnica... Tenía que ser consciente de que igual aquel hombre no querría enseñarle su técnica, de que fuera un cabrón y un hijoputa. Tenía que estar preparada para el peor escenario posible, así estaría preparada para todo lo que viniera.
Salió a la superficie, nadó hasta las rocas de la cala y comenzó a escalarlas con cuidado. Su piel resbalaba un poco cuando estaba mojada, no quería tropezarse. Una vez que consiguió llegar hasta arriba, le esperaba una pequeña espesura de árboles y arbustos. Era lo suficientemente densa para que desde fuera no se pudiera ver que el interior escondía un pequeño edificio. Aunque no era lo demasiado espesa como para que se tratase de un gran bosque. El tamaño de la isla tampoco permitía mucho más. Incluso podía verse cómo las gruesas raíces de los árboles sobresalían de la tierra por debajo, pues la superficie estaba saturada de todas las que había, era como si compitieran por el espacio. A pesar de eso, Derya sabía que no había pérdida, solo tenía que caminar hacia el centro. De hecho, ya comenzaba a ver lo que parecía un claro en medio de aquel paraíso verdoso. La joven salió de entre los árboles, llegando a lo que el niño le había llamado patio. Se trataba de un círculo de suelo empedrado para formar como una pequeña placita. Había muñecos de entrenamiento, tejas de madera, tejas de arcilla, y en general estaba un poco destrozada y desordenada, como si arrastrara muchos años de uso. Daba la impresión de que muchos jóvenes se habían entrenado en ese patio. A lo mejor era verdad, ¿quién lo sabía? No había señales de que el maestro Kang estuviera por allí, así que con paso despacio pero lleno de seguridad, se dirigió hacia la puerta del edificio. Era como un templo al estilo antiguo, pero bastante más pequeño que los que acostumbraba a ver. Podía ser perfectamente una casita. Estaba nerviosa como si fuera una niña pequeña, al final se estaba presentando en la casa de un desconocido sin ser invitada, pero se obligó a sí misma a disimular ese sentimiento, no podía dar aquella impresión. No de primeras.
Llamó a la puerta, un par de golpecitos con los nudillos que resonaron en la estancia desde dentro, con eco. Silencio. No hubo ningún tipo de respuesta. ¿Y si no estaba en casa? Esperó un poco... empezó a incomodarse, ¿debería volver a llamar o seguir esperando? Tras mostrarse indecisa por unos segundos, llamó de nuevo, repitiendo el mismo sonido. — ¿Hola? ¿Maestro Kang? ¿Está en casa? — Se atrevió a preguntar. Había una ventana al lado, se sintió tentada a echar un ojo hacia el interior, pero no quería dar una mala impresión. Igual simplemente era mayor y no escuchaba bien. La verdad es que sabía muy poco de él, por ejemplo de su aspecto físico. Habían pasado ya unos cinco minutos desde que llamó la primera vez, así que las opciones se le iban agotando. Seguramente se trataba de eso, de que no la había escuchado, o que no estaba en casa, sino ya habría respondido. Así que llamó una tercera vez. — ¡¿Holaaaaa!? — Esta vez aporreando la puerta con el puño. Si se trataba de una persona mayor necesitaría insistir un poco más para hacerse escuchar. Enseguida la puerta se abrió de par en par, dejando el puño de Derya en el aire a medio camino de dar otro golpe. — ¡No quiero comprar nada, gracias! — Y cerró de golpe otra vez. Había sido muy rápido, pero por suerte, Derya tambien era muy rápida. Metió su pie izquierdo en medio del camino de la puerta, para impedir que esta se cerrase de nuevo. — ¡Señor, se equivoca! No vengo a venderle nada, verá... — Intentaba explicarse, pero la negativa del gyojin la paralizaba un poco. — ¡Váyase de mi casa! — Insistía el maestro. — ¡No, señor, no me iré! Llevo mucho tiempo buscándole, mi nombre es Derya, ¡quiero que me enseñe karate gyojin, señor! — Derya abrió la puerta, empujandola con la mano, para que pudieran verse cara a cara. El rostro de la joven expresaba determinación, actitud, ganas, con el ceño fruncido y una pose firme. El maestro la estaba examinando de arriba abajo. Igual que ella a él. Se trataba de una persona grande, de casi tres metros, y era prácticamente igual que una tortuga marina, solo que podía caminar de pie con las dos patas traseras y vestía con un kimono. Su mirada era profunda como el mismísimo abismo marino y sintió que cuando hacían contacto visual, tenía el poder de observar su alma desnuda. El gyojin se demoró un tiempo en dar una respuesta, empezaba a producirse un silencio un poco incómodo en el que Derya no sabía si interrumpir o mantener, como si fuera una estatua. — Vale, vamos afuera. — Pues sí que era calmado, el tío.
Ambos salieron al patio. El gyojin tortuga se sentó en el suelo de piedra con mucha calma. Era un hombre de movimientos lentos y pausados, por cada paso que daba Derya había dado ya diez más. Pero no importaba, las prisas no eran buenas cuando se intentaba aprender. La mujer se quedó de pie frente a él. — ¿Cómo empezamos, maestro? — Kang hizo un gesto con la mano, indicándole a la ansiosa gyojin que se sentara, a lo que ella hizo caso enseguida. — Cierra los ojos, joven. Medita mientras escuchas mis palabras. — Derya tenía muchas ganas de empezar con la acción, pero no iba a desafiar sus decisiones. Así que obedeció, cerrando los ojos e intentando evadirse de su plano físico. Había tanta paz en aquella isla, no se había dado cuenta hasta ahora. Era un silencio únicamente interrumpido por el sonido de las hojas de los árboles que se mecían por el viento. — El viejo arte del karate gyojin se remonta a cientos y cientos de años atrás... Los gyojins aún no teníamos una sociedad formada, no teníamos una isla establecida, no teníamos una política... pero teníamos el karate, incrustado en nuestro ADN. Tienes que darle la importancia que se merece, no es un juego, no debe ser tomado a la ligera, y no debes enseñárselo a nadie sin la autoridad de tu maestro, que ahora soy yo. Es un tesoro que tenemos como raza y como tal, debemos cuidar de él, pulirlo con cariño, abrazarlo, respetarlo. — Derya acababa de empezar un importante camino personal en ese mismo momento. El cúlmen de los luchadores de su raza. Tenía que aprenderlo con orgullo. Ambos se mantuvieron en silencio unos minutos, meditando. Derya podía sentir la enorme energía que desprendía aquel hombre tortuga, seguro que era tremendamente fuerte, incluso cuando estaba calmado. Transcurrió una media hora. — Vamos, abre los ojos y levántate. — La joven hizo caso, rompiendo el estado meditativo en el que había quedado inmersa. Notaba que su espíritu se había renovado. — Estoy lista, maestro. — Sus ojos rebosaban con la llama de la determinación. El gyojin asintió. — Muy bien, voy a enseñarte la primera prueba que debes superar para aprender el Hyakumaigawara seiken. Ven conmigo. — Ambos llegaron hasta un soporte de madera que sujetaba una plancha de madera en el aire. Era un tablón ancho y largo. — Dale un puñetazo. Pero tienes qu... — El golpe que Derya le propinó a aquella tabla de madera le calló. La rompió por la mitad con un simple puñetazo, estirando todo su brazo hacia atrás para coger el impulso suficiente. — ¿Así, maestro? — Y le sonrió con una amplia sonrisa. Kang se mostró calmado cuando agarró un tablón nuevo de madera y lo colocó donde antes estaba el anterior. — Muy bien, joven. Pero no me has escuchado. — Aquello la avergonzó un poco, era verdad que le había interrumpido sin querer. — Tienes que darle el puñetazo sin tomar impulso con el brazo. La única distancia que se te está permitida es la longitud de tus dedos. — Y le hizo una demostración. Con el mínimo impulso de su puño, le dio con tanta fuerza a aquella tabla que la partió en dos con mucha facilidad. "Está chupado", pensó la tiburona para sus adentros.
Pero no, no era tan fácil. Pasaban los minutos, Kang se había ido a tomarse una infusión caliente en su casa y ella seguía intentando romper aquel maldito tablón de madera. Empezó con muchas ganas y motivación, pero con cada puñetazo fallido que daba, su ánimo se reducía un poquito más. El brazo derecho empezaba a cansársele, notaba como los músculos del antebrazo le tiraban, pero lo peor era el puño. Tenía la mano prácticamente dormida de tantos golpes que se había llevado con aquella madera. Había dejado de sentirla, como si estuviera anestesiada. La piel de los nudillos estaba empezando a pelarse, desprendiéndose de su carne, pronto comenzaría a sangrar. Las ganas y felicidad que sintió al principio empezaban a transformarse en ira, rabia. Aquello la ayudaba, pues daba puñetazos más fuertes, cada vez más potentes. Dejaba escapar un grito cada vez que propinaba uno de aquellos puñetazos, para no perder los ánimos. Miró hacia el cielo un momento, el sol estaba ya descendiendo lo que indicaba que sería entrada la tarde. No había comido nada desde aquel zumo de naranja en la plaza, pero no le importaba. Estaba tan centrada que ni si quiera tenía hambre.
Continuó dando puñetazos sin parar hasta que oscureció. Por suerte, la visión nocturna de Derya no le impedía continuar con su entrenamiento. — Toma, te he traído un poco de arroz. Descansa un rato, es vital para la lucha. — Kang le había traído un pequeño cuenco con arroz blanco y brotes de soja. Derya no quería, sentía que pronto podría conseguirlo y quería aprovechar al máximo el tiempo. Pero es verdad que se moría de hambre, y que se le había quedado dormido el brazo entero hasta el hombro. Cogió el cuenco que tan amablemente le había preparado su maestro y se sentó en el suelo para comérselo, también le había traído palillos. — Gracias, maestro. — Agachó la cabeza en señal de respeto. El gyojin tortuga, después de despedirse de ella, se retiró a su habitación. Le había indicado que ella podría disponer de un petate para echarse a dormir donde quisiera. Se veía que no era la primera vez que acogía a alguien en su casa. Derya sonreía mientras pensaba en ello, saboreando aquel arroz con soja como si fuera el mejor manjar que había probado nunca. La comida sabía siempre tan bien después de entrenar. Intentó no comer con demasiada prisa. Tenía que apreciar bien ese momento. Se recostó un poco mientras masticaba con calma, mirando las estrellas. El cielo estaba plagado de lucecitas blancas. Había hablado con su grupo que aquello le costaría solo un día... bueno, tendrían que esperarla un poco más de lo previsto. Con suerte no habrían destruído otra base marine en su ausencia o algo así, parecía que les estaba pillando el gusto. Aquella noche no tenía pensado dormir, esperaba poder quedarse en vela practicando, pero la migraña estaba empezando a atravesarle el cerebro. Si no descansaba un poco en el mar no podría seguir, sentía que iba a desmayarse en cualquier momento, entre el dolor que sentía en la mano y el dolor de la cabeza. Así que esa noche durmió con los peces, como ya estaba acostumbrada.
A la mañana siguiente, muy temprano, Derya calculó que serían las cinco de la mañana pues el sol aún ni había salido, la gyojin se encontraba entrenando otra vez. Sería imposible describir el estado físico que tenía ese puño, con los nudillos llenos de sangre y un color violeta y rojizo. Incluso estaba un poco inflamado. Pero Derya ya había asimilado el dolor. Lo había abrazado y aceptado, como si fuera una extensión de su cuerpo. Se mentalizó para engañarse a sí misma y aceptar ese dolor como placer. Empezaba a gustarle sentir esa sangre saliendo de su mano. ¿Acabaría aquello desembocando en un gusto por el sadomasoquismo? Quién sabe, nunca digas que no. Fue en una de estas que el tablón se rompió en mil pedazos. Derya estaba tan en modo automático que por un momento ni se dio cuenta de que lo acababa de conseguir. Su cuerpo se quedó paralizado, incrédulo completamente. Lo primero que hizo fue gritar. Un grito de pura celebración, no se lo podía ni creer. El maestro Kang al escuchar su alboroto salió al patio con ella. — Muy bien, joven. Lo has conseguido muy rápido. — ¿Aquello había sido rápido? ¿Cuánto tiempo le habría costado al niño conseguirlo? Acababa de pensar en ello, ¿el niño había hecho ese entrenamiento también? Vaya paliza. Derya fue corriendo a abrazarle, pero se detuvo a medio camino. Igual era sobrepasar un poco los límites. — ¿Qué es lo siguiente, maestro? — Aquella victoria la había llenado de adrenalina, ahora mismo podría romper un tren con sus propias manos si se lo proponía solo por la fuerza de su motivación. El gyojin tortuga se giró para agarrar del suelo una teja, típica de cualquier tejado normal, y la colocó en otro soporte especial para adoptar la forma de la pieza de cerámica. — Ahora vas a intentar romper esto. Con la otra mano. Si lo consigues, habrás aprendido la técnica del verdadero golpe de las cien tejas. — El desafío era ciertamente difícil. La joven frunció el ceño y apretó los dientes. Lo iba a conseguir. Lo sabía. No había llegado tan lejos para quedarse ahí.
Tardó otro día más de sufrimiento y dolor para conseguir romper la teja con el otro brazo. El maestro Kang le acompañaba de forma ocasional, vigilando y dándole directrices para controlar y colocar mejor el brazo. Golpeaba con el puño izquierdo en esa ocasión, que no era su brazo dominante, así que aquella ayuda le vino de perlas. Derya sintió como el lazo con su maestro se estrechaba. La verdad es que la actitud de la joven era ejemplar, nunca puso pegar a nada de lo que Kang le decía, no ponía una mala cara, tampoco una mala palabra. Estaba tan agradecida por poder aprender lo que estaba aprendiendo. Tenía una personalidad ideal para aguantar todo el peso que le pusieran encima. Finalmente lo consiguió. Rompió la teja de cerámica y esta vez sí que abrazó a su maestro con toda la fuerza que aún le quedaba. Su maestro soltó una pequeña risita de asombro por la efusiva reacción de la muchacha. — Queda la guinda final, joven. — Derya se apartó un poco de él, atenta a lo que le tuviera que decir. — Dame un puñetazo. Con todas tus fuerzas, mientras gritas el nombre de tu nuevo movimiento. — Aquello la sorprendió un poco, le sabía mal tener que emplear la técnica contra su maestro. Pero el gyojin tortuga hablaba con tanta confianza, que estaba segura de que podría aguantar su golpe. De hecho, seguro que no era la primera vez que hacía eso con un discípulo. Así que no puso objeciones. Dio un paso hacia atrás, cogió impulso con el brazo y... — ¡Hyakumaigawara seiken! — Su puño impactó contra el estómago de su maestro. El gyojin tortuga tuvo que poner una pierna hacia atrás para no perder el equilibrio, pero no se movió mucho más. Sin embargo, todo lo que había detrás y cerca de él salió volando con sorprendente impulso y fuerza, como si un huracán los hubiera arrastrado. La joven se quedó un poco expectante, no sabía si lo había hecho bien, porque la reacción física del maestro Kang fue poca. Pero entonces sonrió, y echó una carcajada que le hizo inclinar su cuerpo hacia atrás. Derya dejó salir una risita también. — Bien hecho, joven. Tienes mucho potencial. — La tiburona casi sintió que se le iba a escapar una lagrimilla. Pero la contuvo, no podía permitirse parecer débil. — Ahora vete a descansar. Vuelve a verme cuando quieras, creo que aún tengo algo que puedo enseñarte... — Derya recogió sus cosas. — ¡Sería un honor, maestro! Ha sido todo un placer, te lo agradezco de corazón. — Sentía que el corazón se le saldría del pecho.
Se despidieron con efusividad, con la promesa de volver a verse. Cuando Derya estuvo a punto de saltar al mar para volver, el maestro Kang le hizo una última pregunta. — Oye, Derya... ¿Quién te dijo dónde encontrarme? — Uy, le había pillado. Derya había prometido no desvelar a su nuevo amigo, así que se quedó callada un momento, sin saber qué decir. — Fue Conroy, ¿verdad? Un niño de pelo rojo que no para quieto. — La respuesta de Derya fue sonreír y encogerse de hombros. — No puedes decírmelo, ¿no? Vale, vale. Venga anda, vete ya. — Y se echó a reír, igual que ella. Volvieron a despedirse con un gesto de la mano y Derya saltó al mar mientras la risa de su maestro aún resonaba en su mente.
El caso es que ya había avisado a su grupo revolucionario de que ese día lo más seguro es que no iba a dejarse ver. No porque no quisiera o algo por el estilo, sino porque tenía una misión, encomendada por ella misma, en la cabeza y que no podía ignorar. Tenía que hacerlo ya, antes de que dieran el siguiente paso hacia el Grand Line, o sería demasiado tarde y probablemente se arrepentiría toda su vida. Así que con aquel objetivo entre ceja y ceja y el pecho lleno de determinación, caminó con buen paso por varias callejuelas. Le sorprendía lo grande que podía ser esa ciudad, llevaba ya tiempo con ganas de explorarla más en profundidad, pues alguna que otra vez se había pasado por allí, como lugar intermedio entre una isla y otra, pero nunca había estado el tiempo suficiente como para darse por satisfecha. Estaba contenta y expectante por lo que podía pasar, sin embargo caminaba un poco a ciegas. Sabía lo que buscaba: a un hombre gyojin, como ella, pero no sabía por dónde podría llegar a encontrárselo. Su plan era visitar la gran plaza central, y desde ahí podía empezar a improvisar dependiendo de lo que ocurría. Al fin y al cabo, aquella plaza era la parte más concurrida de la isla, donde más personas se encontraban a la vez. Si no lograba dar con aquel gyojin personalmente, al menos podría intentar preguntarle a alguien que sí supiera de su ubicación o al menos le conociera. La única información que había logrado reunir a base de rumores era que se llamaba Kang. No era mucho, pero era algo con lo que podía jugar. Por suerte, Derya no fue la primera en llegar a la gran plaza central. Al tratarse de un lugar muy turístico y visitado, mucha gente montaba puestos, abría bares, restaurantes, y en general negocio para verse benificiado por la afluencia de personas. Los más avispados empezaban a hacer acto de presencia desde bien temprano, como ella. Así que viendo el panorama, no se demoró más y comenzó su investigación.
Fue pasando de puesto en puesto, de persona a persona. Derya no llevaba reloj, pero por la posición del sol y el paulatino crecimiento de presencia de la gente, pudo intuirse que habían pasado algunas horas y que ya era bien entrada la mañana. Y de momento no había conseguido nada más que negaciones. Hizo una pausa para descansar, tanto el aspecto físico como el anímico y se sentó en una terracita de bar a pedirse un fresco zumo de naranja. ¿Cómo podía ser que fuera tan complicado? En su cabeza se imaginó que apenas tardaría unos minutos en hallar a alguien que supiera de la existencia de aquel gyojin llamado Kang. Supuso que al tratarse de un maestro que solo se encontraba en aquella isla, mucha gente vendría preguntando por él y mucha más gente sabría de su existencia, que sería una eminencia. Incluso visualizó en su mente que tendría oleadas de fans, o algo así. Para nada se había imaginado que después de varias horas, a nadie le sonase siquiera su nombre. Varios habían visto a gyojins por allí, pero ninguno como el que ella buscaba. Aquello la había desanimado un poco. ¿Y si después de todo, no le encontraba? ¿Y si todo había sido para nada? Igual estaba siendo un poco tremendista al darse por vencida tan rápido, con tan solo unas horas de búsqueda, pero también le hacía mella el hecho de que tenía hambre y estaba deshidratada. Cuando al cabo de unos minutos llegó su zumo anaranjado, poco a poco empezó a ver las cosas de otra forma. Así de fácil era hacer que Derya levantase el ánimo. Y no es que se trate de una persona simple, sino que le encanta la fruta.
Con las energías repuestas después de aquel chute de vitaminas, dejó el dinero que debía junto con una pequeña propinilla y se levantó de su asiento, preparada para volver a la carga. "Segundo asalto", pensó la gyojin para sus adentros, con el ánimo reforzado. No iba a rendirse tan fácilmente. Mientras continuaba con su búsqueda y sus incesantes preguntas a transeúntes, pensaba en por qué no podría haber aprendido aquella técnica antes, cuando aún vivía en la isla Gyojin. Eso le habría solucionado tantos problemas... Aunque lo que estaba haciendo ahora tenía cierto encanto también, una chispa de aventura. Quizás fue porque se fue de casa muy joven, o porque priorizó otras cosas antes que aprender a luchar... Quién sabe, al final pueden haber tantos condicionantes en la vida como gotas había en el mar. Estaba en modo automático prácticamente, preguntando a todo el que se dignase a parar sus actividades un poco para hablar con ella. Cuando vio a un niño pequeño, de no más de diez años, robando en el mercado. El dependiente se dio cuenta y tomó una actitud más bien agresiva hacia el chico, agarrándole del brazo y soltando amenazas e insultos por la boca de tal forma que parecía una fuente de improperios. Derya estuvo a punto de interponerse en medio, de pagarle al comerciante lo que sea que costase aquello que había intentado robar y solucionar el asunto pacíficamente. Entonces aquel niño gritó. — ¡Hyakumaigawara seiken! — Con el brazo que le quedaba libre, propinó un poderoso golpe sobre el mostrador. Los objetos volaron, alguna persona gritó del asombro, y el dependiente, del susto, soltó de inmediato el brazo del chaval. El chico aprovechó la confusión para salir corriendo, exitoso después del robo. Derya le siguió con la mirada. ¡Esa técnica... era karate gyojin! ¡Seguro que Kang era quién se la había enseñado! Tenía que conseguir hablar con él y preguntarle por el maestro, ¡por fin una pista!
Salió del trance en el que el asombro la había dejado y se apresuró para salir corriendo detrás del niño. Por suerte, sus ojos no habían perdido el rastro de aquella cabellera pelirroja que revoloteaba. — ¡Espera! ¡Espera un momento! — El niño obviamente no se paró para hablar con ella, seguramente se pensaría que la gyojin se trataba de alguna figura de autoridad y que quería reprenderle por el robo y el caos público. Nada más alejado de la realidad, pero a Derya le iba a costar explicarse si aquel chaval no se dignaba a pararse un momento para hablar con ella y dejar que se explicara. El chico tomó una esquina, buscando perderse entre las callejuelas y escapar de su insistente perseguidora. — ¡Que no voy a hacerte nada, solo quiero hablar! — Pero el chico no hacía ningún tipo de caso a lo que Derya le decía, era como si fuera sordo, pues ni si quiera giraba su cabeza para hacer como que la escuchaba, tampoco para comprobar si seguía siendo perseguido o no. Le ignoraba tremendamente, centrado solo en su carrera. La mujer giró en la misma esquina que él, derrapando sobre las piedras del suelo. Por suerte contaba con una ventaja física indudable, era más alta, tenía las piernas más largas, y también era más fuerte. El conjunto de esas cosas la hacía bastante más rápida que su contrincante en aquella encarnizada persecución callejera. El chico, por su parte, contaba con la ventaja de ser pequeño y escurridizo, lo que hizo que en alguna ocasión Derya tuviese que buscar una vía alternativa a la que él había tomado. Pero finalmente lo consiguió. El niño se había metido sin darse cuenta en un callejón sin salida, además de que estaba quedándose sin aliento. Se paró en seco al darse cuenta de aquel fallo de cálculo que había cometido. Parecía conocerse bien las calles, pero en ese momento su memoria le había traicionado, agobiado también por la presión que ejercía su gran oponente. Giró su pequeño cuerpo, dándose la vuelta, para observar a aquella gyojin que le devolvía la mirada con una sonrisa victoriosa. — Escúchame, joder, que no te voy a hacer nada. — Parecía ser la primera vez que el niño le escuchaba de verdad. Tampoco tenía otra opción. — Habla rápido. — Aquel chaval tenía cojones, eso tenía que admitirlo. La miraba con unos ojos fieros, como una presa acorralada. — ¿Dónde has aprendido esa técnica? — El chaval se quedó callado, como si estuviera dudando en si desvelarle esa información o no. — Te la enseñó un gyojin, ¿verdad? Llamado Kang. ¿Dónde puedo encontrarle? — El niño chasqueó la lengua. Le había pillado, la gyojin sabía demasiadas cosas, no podía mentirle. Además al tratarse de una gyojin decidió darle un voto de confianza. — Vale, te lo diré, pero no le digas que te lo he dicho yo. Le gusta tener privacidad. — La joven sonrió. ¡Lo había conseguido! — Tranquilo, no te mencionaré. — No parecía muy convencido, pero estaba contra la espada y la pared. — Vive en un santuario, en una pequeña isla que queda al norte. Es tan pequeña que solo cabe su casa en ella, con un patio y un bosque que la rodea y oculta desde fuera. La reconocerás porque tiene forma de luna menguante. — Abrió los brazos, dando a entender que no tenía nada más que contarle. — ¿Contenta? — La sonrisa de Derya se amplió hasta su máximo, dejando a la vista unos enormes colmillos de tiburón. — ¡Muchísimo! ¡Gracias, chaval! Por casualidad no estarás interesado en la revolución, ¿verdad? Eres muy fuerte y escurridizo, habilidades que valoramos mucho. — La expresión de él delató su asombro ante tal propuesta. El chico nunca se lo había planteado. Realmente nunca se había planteado muy bien qué hacer con su vida. Era un ladronzuelo, huérfano y sin muchas esperanzas de futuro, aún siendo todavía tan joven, era como si el mundo hubiera decidido su destino antes que él. Pero aquella propuesta encendió una llama en sus ojos, por un segundo, Derya pudo verla. Se quedó tan cortado ante aquella idea que no supo qué responder, seguramente se emocionó al ver como alguien podía confiar en él para algo más que para ser un joven delincuente. — Cuando crezcas un poco más, búscame, soy Derya Tyhr, soldada revolucionaria. ¡Confío en ti, chaval! — Comenzó a alejarse de aquel callejón, aunque girando el tren superior de su cuerpo para seguir haciendo contacto visual con él mientras podía. Levantó el brazo en señal de despedida. — ¡No pierdas tu potencial robando tonterías! ¡Nos veremos! — Terminó de decir, y salió corriendo en dirección a la costa norte de la isla Polestar, siguiendo las indicaciones que le habían dado. El chaval se quedó un rato aturdido por lo que acababa de pasar. Y mientras la joven se alejaba, pudo escuchar un lejano sollozo lleno de emoción.
La sonrisa no se desprendió de los labios de Derya durante un buen rato. Sabía que había dejado mella, sabía lo que se sentía cuando alguien te lo hacía, ella misma lo había experimentado en sus propias carnes. Se emocionó pensando en que igual aquel pequeño gesto podría cambiarle la vida, con suerte, a mejor. ¿Y si de verdad crecía y se unía a la armada revolucionaria? Continuó corriendo, callejeando por la ciudad de Logue Town en dirección al norte. Gracias a su buen sentido de la orientación, aquello no le resultaría difícil. Ahora que había conseguido resolver el problema de hallar al gyojin Kang, le quedaba la incógnita de cómo sería aquella persona. ¿Estaría abierto a enseñarle la técnica, o tendría que luchar -metafóricamente- por convencerle? Desde luego a Derya ganas no le faltaban, haría lo que fuera por conseguirlo, ahora que había conseguido llegar tan lejos, pero su mente no dejaba de divagar imaginando diferentes escenarios posibles. Confiaba en que al ser una gyojin, aquel hombre estaría más dispuesto a enseñar sus secretos, al final el karate gyojin tenía ese nombre por un motivo, era su raza la que lo había inventado. Aunque luego se dio cuenta de que aquel niño era humano y conocía la técnica también, además de ser bastante joven. Aquello le generó muchas dudas. En su cabeza, imaginó que aquel hombre debería ser bueno y amable, lo suficiente como para ayudar a aquel chaval, como para confiar en él y enseñarle ese antiguo arte. Su curiosidad y ganas no dejaban de crecer dentro de su pecho mientras corría con ansias por la ciudad. Sentía como si el corazón se le fuera a salir del pecho, impulsado por la enorme adrenalina que el momento le provocaba.
Después de una gran carrera consiguió llegar por fin a la costa norte de la isla. Menos mal que Derya andaba bien en cuanto a cardio se refería, pues le llevó algo más de tiempo de lo que había planeado. Al final era la isla más grande del East Blue por un motivo que pudo comprobar en su propia piel. Desde aquella cala podía ver varias islitas, formaciones de tierra que habían quedado desprendidas de la isla principal y que en principio nadie visitaría, pues eran demasiado irrelevantes y pequeñas. Pero una de ellas era su destino, su meta marcada. El niño le había dicho que la isla que tenía que buscar tenía forma de luna menguante, era una pista valiosa, aunque desde ahí no podía distinguir del todo bien de cuál podía tratarse. Seguramente desde el agua sería capaz de verlo mejor, o al menos eso fue lo que pensó. Cogió carrerilla, caminando unos metros hacia atrás, para acto seguido salir corriendo con potencia hacia el agua, dando un salto en el último momento, apurando la tierra que podía pisar. Se quedó suspendida en el aire por unos segundos, el viento revolviendo alocadamente sus rubios cabellos, juntó los brazos hacia abajo, preparándose para caer sobre la superficie marina en picado. Su cuerpo se hundió rápidamente en el agua, como una bala que se disparaba. Era tan refrescante, en seguida notó como su mente se despejaba. Y era curioso como la temperatura del agua nunca le molestaba, daba igual si estaba muy fría o caliente, para ella siempre era reconfortante y agradable.
Cualquiera podría pensar que desde arriba sería más fácil ver la forma de la isla, pero no cuentan con el hecho de que Derya debajo del agua se movía tremendamente rápido, comparable solo a un tigre en plena carrera o a un halcón al vuelo. Fue recorriendo las islas una a una. No quería tener que dar otra vuelta a todas porque había mirado mal o no se había fijado bien, así que antes de pasar a la siguiente se aseguró de que la había rodeado y analizado bien por todos lados. Las primeras fueron fáciles de descartar, tenían más bien una forma redonda o alargada, como elipses. Ninguna parecía una luna. Ya no le quedaban demasiadas por revisar, ¿se le había pasado? Dudó por un momento, pero no. La siguiente que rodeó pudo distinguirla a la perfección. Supo reconocerlo al momento, tenía la forma prácticamente perfecta de una luna menguante, por un momento imaginó que alguien debería de haberla incluso retocado, ¿no? Quitando algunas rocas para pulirlo un poco más, aunque ya de por sí tuviera aquella forma al natural. Derya se tomó unos minutos para mentalizarse antes de salir del agua de entre las rocas. No sabía con qué se iba a encontrar, qué tipo de persona sería Kang, qué tipo de entrenamiento requerrería aquella técnica... Tenía que ser consciente de que igual aquel hombre no querría enseñarle su técnica, de que fuera un cabrón y un hijoputa. Tenía que estar preparada para el peor escenario posible, así estaría preparada para todo lo que viniera.
Salió a la superficie, nadó hasta las rocas de la cala y comenzó a escalarlas con cuidado. Su piel resbalaba un poco cuando estaba mojada, no quería tropezarse. Una vez que consiguió llegar hasta arriba, le esperaba una pequeña espesura de árboles y arbustos. Era lo suficientemente densa para que desde fuera no se pudiera ver que el interior escondía un pequeño edificio. Aunque no era lo demasiado espesa como para que se tratase de un gran bosque. El tamaño de la isla tampoco permitía mucho más. Incluso podía verse cómo las gruesas raíces de los árboles sobresalían de la tierra por debajo, pues la superficie estaba saturada de todas las que había, era como si compitieran por el espacio. A pesar de eso, Derya sabía que no había pérdida, solo tenía que caminar hacia el centro. De hecho, ya comenzaba a ver lo que parecía un claro en medio de aquel paraíso verdoso. La joven salió de entre los árboles, llegando a lo que el niño le había llamado patio. Se trataba de un círculo de suelo empedrado para formar como una pequeña placita. Había muñecos de entrenamiento, tejas de madera, tejas de arcilla, y en general estaba un poco destrozada y desordenada, como si arrastrara muchos años de uso. Daba la impresión de que muchos jóvenes se habían entrenado en ese patio. A lo mejor era verdad, ¿quién lo sabía? No había señales de que el maestro Kang estuviera por allí, así que con paso despacio pero lleno de seguridad, se dirigió hacia la puerta del edificio. Era como un templo al estilo antiguo, pero bastante más pequeño que los que acostumbraba a ver. Podía ser perfectamente una casita. Estaba nerviosa como si fuera una niña pequeña, al final se estaba presentando en la casa de un desconocido sin ser invitada, pero se obligó a sí misma a disimular ese sentimiento, no podía dar aquella impresión. No de primeras.
Llamó a la puerta, un par de golpecitos con los nudillos que resonaron en la estancia desde dentro, con eco. Silencio. No hubo ningún tipo de respuesta. ¿Y si no estaba en casa? Esperó un poco... empezó a incomodarse, ¿debería volver a llamar o seguir esperando? Tras mostrarse indecisa por unos segundos, llamó de nuevo, repitiendo el mismo sonido. — ¿Hola? ¿Maestro Kang? ¿Está en casa? — Se atrevió a preguntar. Había una ventana al lado, se sintió tentada a echar un ojo hacia el interior, pero no quería dar una mala impresión. Igual simplemente era mayor y no escuchaba bien. La verdad es que sabía muy poco de él, por ejemplo de su aspecto físico. Habían pasado ya unos cinco minutos desde que llamó la primera vez, así que las opciones se le iban agotando. Seguramente se trataba de eso, de que no la había escuchado, o que no estaba en casa, sino ya habría respondido. Así que llamó una tercera vez. — ¡¿Holaaaaa!? — Esta vez aporreando la puerta con el puño. Si se trataba de una persona mayor necesitaría insistir un poco más para hacerse escuchar. Enseguida la puerta se abrió de par en par, dejando el puño de Derya en el aire a medio camino de dar otro golpe. — ¡No quiero comprar nada, gracias! — Y cerró de golpe otra vez. Había sido muy rápido, pero por suerte, Derya tambien era muy rápida. Metió su pie izquierdo en medio del camino de la puerta, para impedir que esta se cerrase de nuevo. — ¡Señor, se equivoca! No vengo a venderle nada, verá... — Intentaba explicarse, pero la negativa del gyojin la paralizaba un poco. — ¡Váyase de mi casa! — Insistía el maestro. — ¡No, señor, no me iré! Llevo mucho tiempo buscándole, mi nombre es Derya, ¡quiero que me enseñe karate gyojin, señor! — Derya abrió la puerta, empujandola con la mano, para que pudieran verse cara a cara. El rostro de la joven expresaba determinación, actitud, ganas, con el ceño fruncido y una pose firme. El maestro la estaba examinando de arriba abajo. Igual que ella a él. Se trataba de una persona grande, de casi tres metros, y era prácticamente igual que una tortuga marina, solo que podía caminar de pie con las dos patas traseras y vestía con un kimono. Su mirada era profunda como el mismísimo abismo marino y sintió que cuando hacían contacto visual, tenía el poder de observar su alma desnuda. El gyojin se demoró un tiempo en dar una respuesta, empezaba a producirse un silencio un poco incómodo en el que Derya no sabía si interrumpir o mantener, como si fuera una estatua. — Vale, vamos afuera. — Pues sí que era calmado, el tío.
Ambos salieron al patio. El gyojin tortuga se sentó en el suelo de piedra con mucha calma. Era un hombre de movimientos lentos y pausados, por cada paso que daba Derya había dado ya diez más. Pero no importaba, las prisas no eran buenas cuando se intentaba aprender. La mujer se quedó de pie frente a él. — ¿Cómo empezamos, maestro? — Kang hizo un gesto con la mano, indicándole a la ansiosa gyojin que se sentara, a lo que ella hizo caso enseguida. — Cierra los ojos, joven. Medita mientras escuchas mis palabras. — Derya tenía muchas ganas de empezar con la acción, pero no iba a desafiar sus decisiones. Así que obedeció, cerrando los ojos e intentando evadirse de su plano físico. Había tanta paz en aquella isla, no se había dado cuenta hasta ahora. Era un silencio únicamente interrumpido por el sonido de las hojas de los árboles que se mecían por el viento. — El viejo arte del karate gyojin se remonta a cientos y cientos de años atrás... Los gyojins aún no teníamos una sociedad formada, no teníamos una isla establecida, no teníamos una política... pero teníamos el karate, incrustado en nuestro ADN. Tienes que darle la importancia que se merece, no es un juego, no debe ser tomado a la ligera, y no debes enseñárselo a nadie sin la autoridad de tu maestro, que ahora soy yo. Es un tesoro que tenemos como raza y como tal, debemos cuidar de él, pulirlo con cariño, abrazarlo, respetarlo. — Derya acababa de empezar un importante camino personal en ese mismo momento. El cúlmen de los luchadores de su raza. Tenía que aprenderlo con orgullo. Ambos se mantuvieron en silencio unos minutos, meditando. Derya podía sentir la enorme energía que desprendía aquel hombre tortuga, seguro que era tremendamente fuerte, incluso cuando estaba calmado. Transcurrió una media hora. — Vamos, abre los ojos y levántate. — La joven hizo caso, rompiendo el estado meditativo en el que había quedado inmersa. Notaba que su espíritu se había renovado. — Estoy lista, maestro. — Sus ojos rebosaban con la llama de la determinación. El gyojin asintió. — Muy bien, voy a enseñarte la primera prueba que debes superar para aprender el Hyakumaigawara seiken. Ven conmigo. — Ambos llegaron hasta un soporte de madera que sujetaba una plancha de madera en el aire. Era un tablón ancho y largo. — Dale un puñetazo. Pero tienes qu... — El golpe que Derya le propinó a aquella tabla de madera le calló. La rompió por la mitad con un simple puñetazo, estirando todo su brazo hacia atrás para coger el impulso suficiente. — ¿Así, maestro? — Y le sonrió con una amplia sonrisa. Kang se mostró calmado cuando agarró un tablón nuevo de madera y lo colocó donde antes estaba el anterior. — Muy bien, joven. Pero no me has escuchado. — Aquello la avergonzó un poco, era verdad que le había interrumpido sin querer. — Tienes que darle el puñetazo sin tomar impulso con el brazo. La única distancia que se te está permitida es la longitud de tus dedos. — Y le hizo una demostración. Con el mínimo impulso de su puño, le dio con tanta fuerza a aquella tabla que la partió en dos con mucha facilidad. "Está chupado", pensó la tiburona para sus adentros.
Pero no, no era tan fácil. Pasaban los minutos, Kang se había ido a tomarse una infusión caliente en su casa y ella seguía intentando romper aquel maldito tablón de madera. Empezó con muchas ganas y motivación, pero con cada puñetazo fallido que daba, su ánimo se reducía un poquito más. El brazo derecho empezaba a cansársele, notaba como los músculos del antebrazo le tiraban, pero lo peor era el puño. Tenía la mano prácticamente dormida de tantos golpes que se había llevado con aquella madera. Había dejado de sentirla, como si estuviera anestesiada. La piel de los nudillos estaba empezando a pelarse, desprendiéndose de su carne, pronto comenzaría a sangrar. Las ganas y felicidad que sintió al principio empezaban a transformarse en ira, rabia. Aquello la ayudaba, pues daba puñetazos más fuertes, cada vez más potentes. Dejaba escapar un grito cada vez que propinaba uno de aquellos puñetazos, para no perder los ánimos. Miró hacia el cielo un momento, el sol estaba ya descendiendo lo que indicaba que sería entrada la tarde. No había comido nada desde aquel zumo de naranja en la plaza, pero no le importaba. Estaba tan centrada que ni si quiera tenía hambre.
Continuó dando puñetazos sin parar hasta que oscureció. Por suerte, la visión nocturna de Derya no le impedía continuar con su entrenamiento. — Toma, te he traído un poco de arroz. Descansa un rato, es vital para la lucha. — Kang le había traído un pequeño cuenco con arroz blanco y brotes de soja. Derya no quería, sentía que pronto podría conseguirlo y quería aprovechar al máximo el tiempo. Pero es verdad que se moría de hambre, y que se le había quedado dormido el brazo entero hasta el hombro. Cogió el cuenco que tan amablemente le había preparado su maestro y se sentó en el suelo para comérselo, también le había traído palillos. — Gracias, maestro. — Agachó la cabeza en señal de respeto. El gyojin tortuga, después de despedirse de ella, se retiró a su habitación. Le había indicado que ella podría disponer de un petate para echarse a dormir donde quisiera. Se veía que no era la primera vez que acogía a alguien en su casa. Derya sonreía mientras pensaba en ello, saboreando aquel arroz con soja como si fuera el mejor manjar que había probado nunca. La comida sabía siempre tan bien después de entrenar. Intentó no comer con demasiada prisa. Tenía que apreciar bien ese momento. Se recostó un poco mientras masticaba con calma, mirando las estrellas. El cielo estaba plagado de lucecitas blancas. Había hablado con su grupo que aquello le costaría solo un día... bueno, tendrían que esperarla un poco más de lo previsto. Con suerte no habrían destruído otra base marine en su ausencia o algo así, parecía que les estaba pillando el gusto. Aquella noche no tenía pensado dormir, esperaba poder quedarse en vela practicando, pero la migraña estaba empezando a atravesarle el cerebro. Si no descansaba un poco en el mar no podría seguir, sentía que iba a desmayarse en cualquier momento, entre el dolor que sentía en la mano y el dolor de la cabeza. Así que esa noche durmió con los peces, como ya estaba acostumbrada.
A la mañana siguiente, muy temprano, Derya calculó que serían las cinco de la mañana pues el sol aún ni había salido, la gyojin se encontraba entrenando otra vez. Sería imposible describir el estado físico que tenía ese puño, con los nudillos llenos de sangre y un color violeta y rojizo. Incluso estaba un poco inflamado. Pero Derya ya había asimilado el dolor. Lo había abrazado y aceptado, como si fuera una extensión de su cuerpo. Se mentalizó para engañarse a sí misma y aceptar ese dolor como placer. Empezaba a gustarle sentir esa sangre saliendo de su mano. ¿Acabaría aquello desembocando en un gusto por el sadomasoquismo? Quién sabe, nunca digas que no. Fue en una de estas que el tablón se rompió en mil pedazos. Derya estaba tan en modo automático que por un momento ni se dio cuenta de que lo acababa de conseguir. Su cuerpo se quedó paralizado, incrédulo completamente. Lo primero que hizo fue gritar. Un grito de pura celebración, no se lo podía ni creer. El maestro Kang al escuchar su alboroto salió al patio con ella. — Muy bien, joven. Lo has conseguido muy rápido. — ¿Aquello había sido rápido? ¿Cuánto tiempo le habría costado al niño conseguirlo? Acababa de pensar en ello, ¿el niño había hecho ese entrenamiento también? Vaya paliza. Derya fue corriendo a abrazarle, pero se detuvo a medio camino. Igual era sobrepasar un poco los límites. — ¿Qué es lo siguiente, maestro? — Aquella victoria la había llenado de adrenalina, ahora mismo podría romper un tren con sus propias manos si se lo proponía solo por la fuerza de su motivación. El gyojin tortuga se giró para agarrar del suelo una teja, típica de cualquier tejado normal, y la colocó en otro soporte especial para adoptar la forma de la pieza de cerámica. — Ahora vas a intentar romper esto. Con la otra mano. Si lo consigues, habrás aprendido la técnica del verdadero golpe de las cien tejas. — El desafío era ciertamente difícil. La joven frunció el ceño y apretó los dientes. Lo iba a conseguir. Lo sabía. No había llegado tan lejos para quedarse ahí.
Tardó otro día más de sufrimiento y dolor para conseguir romper la teja con el otro brazo. El maestro Kang le acompañaba de forma ocasional, vigilando y dándole directrices para controlar y colocar mejor el brazo. Golpeaba con el puño izquierdo en esa ocasión, que no era su brazo dominante, así que aquella ayuda le vino de perlas. Derya sintió como el lazo con su maestro se estrechaba. La verdad es que la actitud de la joven era ejemplar, nunca puso pegar a nada de lo que Kang le decía, no ponía una mala cara, tampoco una mala palabra. Estaba tan agradecida por poder aprender lo que estaba aprendiendo. Tenía una personalidad ideal para aguantar todo el peso que le pusieran encima. Finalmente lo consiguió. Rompió la teja de cerámica y esta vez sí que abrazó a su maestro con toda la fuerza que aún le quedaba. Su maestro soltó una pequeña risita de asombro por la efusiva reacción de la muchacha. — Queda la guinda final, joven. — Derya se apartó un poco de él, atenta a lo que le tuviera que decir. — Dame un puñetazo. Con todas tus fuerzas, mientras gritas el nombre de tu nuevo movimiento. — Aquello la sorprendió un poco, le sabía mal tener que emplear la técnica contra su maestro. Pero el gyojin tortuga hablaba con tanta confianza, que estaba segura de que podría aguantar su golpe. De hecho, seguro que no era la primera vez que hacía eso con un discípulo. Así que no puso objeciones. Dio un paso hacia atrás, cogió impulso con el brazo y... — ¡Hyakumaigawara seiken! — Su puño impactó contra el estómago de su maestro. El gyojin tortuga tuvo que poner una pierna hacia atrás para no perder el equilibrio, pero no se movió mucho más. Sin embargo, todo lo que había detrás y cerca de él salió volando con sorprendente impulso y fuerza, como si un huracán los hubiera arrastrado. La joven se quedó un poco expectante, no sabía si lo había hecho bien, porque la reacción física del maestro Kang fue poca. Pero entonces sonrió, y echó una carcajada que le hizo inclinar su cuerpo hacia atrás. Derya dejó salir una risita también. — Bien hecho, joven. Tienes mucho potencial. — La tiburona casi sintió que se le iba a escapar una lagrimilla. Pero la contuvo, no podía permitirse parecer débil. — Ahora vete a descansar. Vuelve a verme cuando quieras, creo que aún tengo algo que puedo enseñarte... — Derya recogió sus cosas. — ¡Sería un honor, maestro! Ha sido todo un placer, te lo agradezco de corazón. — Sentía que el corazón se le saldría del pecho.
Se despidieron con efusividad, con la promesa de volver a verse. Cuando Derya estuvo a punto de saltar al mar para volver, el maestro Kang le hizo una última pregunta. — Oye, Derya... ¿Quién te dijo dónde encontrarme? — Uy, le había pillado. Derya había prometido no desvelar a su nuevo amigo, así que se quedó callada un momento, sin saber qué decir. — Fue Conroy, ¿verdad? Un niño de pelo rojo que no para quieto. — La respuesta de Derya fue sonreír y encogerse de hombros. — No puedes decírmelo, ¿no? Vale, vale. Venga anda, vete ya. — Y se echó a reír, igual que ella. Volvieron a despedirse con un gesto de la mano y Derya saltó al mar mientras la risa de su maestro aún resonaba en su mente.
