[Pasado] Gecko: Donde el océano se inclina ante el gigante
#1
La embarcación solitaria cortaba el oleaje como una cuchilla de acero bajo la luz gris del amanecer. Las olas se hallaban fuertes, una marea salvaje e inquieta recibía
al joven de una manera que podía percibir como rechazo, cual si el mar mismo quisiera consumirlo. En el horizonte vislumbraba posibilidades, una nueva vida, las aventuras
por venir marcaban su sendero por ese mar de monstruos y piratas. Había pasado demasiado tiempo entre las sombras de su natal Kuraigana, cauto en las murallas
que emitían el eco de tragedias, «Como la de sus padres ». Él lo sabia, no era un lugar para crecer, sino para apagarse lentamente.
El viento marino arrastraba consigo la humedad de la bruma, colándose en sus ropas, impregnando su piel con el salitre del viaje. Para su mala suerte, ahora
el hedor a sal era su única compañía, solo, en ese gran mar, quieto como una estatua y rezando por encontrar tierra firme lo antes posible, tenia hambre y su estómago
no dejaba de gritar locamente por un bocado. Una sinfonía nada grata.  De la nada, vientos huracanados azotaron su navío, se aferro con dureza al timón, tratando de fluir con las aguas turbulentas.
Al finalizar aquella pequeña tormenta llegaría a visualizar tierra firme, estructuras desgastadas y castillos de antaño, el tiempo las había devorado sin clemencia, pero aun estaban allí para recibirle. La isla Gecko, para algunos el comienzo de una aventura, para los menos afortunados un cementerio de sueños y despojos, donde el pasado se mezclaba con los susurros del viento. Llegar al puerto se sentía raro, mareado, como si caminar de por si fuera algo impropio de sí mismo. «Joder, ¿Por cuánto tiempo navegue?» se pregunto antes de balancear su cuerpo. Lo primero que hizo fue entrar a la primera cantina a la vista, gastaría unos cuantos berries ahorrados en un trozo de pan y un bistec medianamente comestible, al menos lo suficientemente cocido para no causarle una salmonela.
El lugar en si mismo no era de su agrado, incluso habiendo vivido en la penumbra de Kuraigana. El aire estaba impregnado de un aroma metálico, mezcla de óxido, salitre y madera podrida. Aunque lo admitía, las casas estaban tan bien alineadas que parecía un pequeño nacimiento. —Si llega una tormenta seguro no la cuentan —.
El avance de Ashveil por la costa fue lento, hasta visualizar algo aparentemente inusual, primero creyó que era una colina: una forma irregular cubierta de tierra y raíces. Pero al fijarse mejor, notaria que eso no era madera sino piel, frente amplia, ojos azules como el mar y lo más llamativo, su cabellera, sucia de polvo y
barro. Como un fuego apagado por la tierra misma.
 —No parece que la estés pasando bien, eh? —
Por su tamaño, era claro, se trataba de un gigante, leyó sobre ellos en la biblioteca que
tenia, pero jamás espero encontrarse con uno tan pronto y menos en esas tierras.
—¿Cómo algo como tú termino así? —  Sin mencionar
que seguramente era ridículamente fuerte solo por su tamaño, vamos… Ashveil tenia que levantar la mirada para verlo.
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#2
Me encontraba profundamente dormido, hundido en la tierra hasta el cuello como siempre, con el murmullo del pueblo apagándose poco a poco en mi memoria. El sueño me había atrapado después de otro día de preguntas sin respuesta: “¿Y si hoy sí me liberan?” y el coro retumbando “¡NO, THRYM!”. Ya lo tenía casi grabado en los huesos, tanto que a veces lo soñaba. Mi respiración era pesada, lenta, el pecho subía y bajaba bajo toneladas de tierra, como si toda la plaza se meciera con mi ritmo.

El aire húmedo de la brisa marina se filtraba por el pequeño techo improvisado que los aldeanos me habían dejado sobre la cabeza. Había aprendido a convivir con la incomodidad: insectos que caminaban por mi barba, la tierra que a veces me picaba en la nariz, el olor de flores marchitas que me colgaban los niños como adornos. Dormir aquí no era muy diferente de dormir en cubierta, salvo que en cubierta uno puede rodar y aquí… bueno, ni siquiera puedo rascarme la oreja.

Debí de estar soñando con comida otra vez, porque recuerdo claramente la sensación de tener un estofado entre las manos, humeante, rebosante de carne de res que goteaba sobre el pan recién hecho. Mi mandíbula se movía inconscientemente, mascando el aire, como si pudiera arrancar un bocado invisible. A veces los aldeanos me descubren en ese estado y se ríen, dicen que parezco un pez enorme boqueando. Qué sabrán ellos de hambre de gigante.

El sol debió ocultarse tras una nube en ese momento, porque la sombra me envolvió más fresca y el descanso se volvió más profundo. Un ronquido escapó de mis labios, grave, vibrante, capaz de hacer temblar las ventanas cercanas si me descuidaba. Los niños siempre lo imitan, dicen que cuando resueno fuerte, parece el rugido de un Rey Marino atrapado bajo tierra. Yo digo que es solo la cerveza en mi estómago buscando pelea.

No escuché los pasos del extraño que se acercaba por la costa, ni el crujir de la madera vieja de la cantina que acababa de abandonar. Para mí, el mundo en ese instante se reducía a un pozo de sueño y recuerdos. Pero quizás mi rostro, aun entre raíces y tierra, no pudo ocultar del todo la expresión de calma mezclada con cansancio. No era raro que forasteros se detuvieran a observarme como si fuera una estatua viviente o un mal chiste de los dioses.

El viento jugó con algunos mechones de mi cabellera pelirroja, sucios de polvo y barro, y por un instante me picó la nariz. Entre sueños, fruncí el ceño, resoplé fuerte, levantando un pequeño torbellino de hojas secas alrededor de mi cara. Me habría rascado, pero claro… cuando llevas quince años enterrado, el lujo de rascarte es algo que solo puedes soñar.
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#3
Ashveil se paraba con sosiego frente al gigante incrédulo ante lo que estaba viendo. No sabía quién era, ni cuánto tiempo llevaba ahí, ni por qué alguien haría algo así. Solo sabía una cosa: no podía permitirlo.— Irrisorio —. Murmuró. — Una criatura como tú… tan solemne, tan fuerte, ¿apresada entre barro?, ¿acaso has perdido la voluntad de luchar? — Le preguntó, mirándole fijamente, sin el mas mínimo parpadeo.

—Debería darte vergüenza, tus ancestros se burlarían de ti en completa decepción —. ¿Cuánto tiempo estaría ese ser capturado, ¿tan grande fue su pecado para tal suplicio?, ¿O solo vivía en carnes la desdicha de nacer en un mundo injusto?.

—Pero quizás esto te devuelva la fé… o termine matándote, quien sabe —.

El gigante lucia sereno, como quien ha repetido la misma escena centenares de veces, lo sentía, aquel encuentro no era mas que un día casual para quien ha perdido la esperanza. Yacía en él rasgos de un último deseo, un auténtico soñador viviendo su pesadilla en carne propia.

—Humm…. —

No dijo nada de buenas a primera, sentía como el viento azotaba su cabello en una danza salvaje en cada hebra. La brisa salada no cesaba de golpear su rostro y al mismo tiempo sus dudas desembocaban en un pensamiento que haría ruido en su cabeza; «¿Por qué alguien debería ser privado de su propia libertad?» Recordó aquella pregunta, esa filosofía que a mas de uno condujo a la rebelión absoluta. Nadie tenia la potestad de mancillar un derecho tan sagrado y universal.

Y entonces hervía… su sangre, su espíritu, el furor en sus ojos.

Sus nudillos se tensaron hasta volverse blancos, mirada fija hacia la tierra. Cual dagas clavo su mirada en cada grieta, aberturas de posibilidades, en el silencio más perpetuo, bajo un sol intenso, las luces se filtraban entre nubes y un áspero viento — Ve el lado positivo, si te dejo una cicatriz vas a molar más… — Recalcó con seriedad, tomo su mandoble antes de acercarse en un movimiento tan delicado como el caer de una pluma , sereno, silencioso, su arte no era ruidoso sino modesto. Con sus manos iniciaría una tregua con si mismo, cortaba con la delicadeza de un cirujano la tierra endurecida y las raíces mas gruesas, surco por surco, la paciencia era la virtud que mas necesitaría en esos momentos.

Empezó con cortar cuidadosamente la tierra endurecida y las raíces más gruesas, era lo más lógico. Aunque, lastimosamente sus intentos fueron interceptados por quienes no anhelaban la libertad del gigante.

—¡¡DETENTEEE!!—

De repente, voces se hicieron eco por el lugar, los aldeanos comenzaron a acercarse corriendo, llenos de miedo y ira. Uno de los aldeanos levantó un palo y se lanzó hacia Ashveil, pero logro bloquearlo. El contacto fue seco, el barro resbalaba por sus brazos. 



— Oye gigantón, si no te despiertas voy a cortarte la mejilla — 
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#4
Dormía tranquilo, sumido en un sueño pesado que olía a pan caliente y carne asada, cuando un cosquilleo extraño en la tierra me obligó a fruncir el ceño. No era raro sentir vibraciones, los niños a veces corrían cerca de mi cuello o algún perro travieso cavaba donde no debía, pero aquello era distinto. Era como si alguien, con paciencia, estuviera hurgando a mi alrededor. Mis labios se movieron en un murmullo ronco, apenas audible entre ronquidos: “Mmm… pan… más pan…”.

Lo que realmente me arrancó del descanso no fueron esas manos inquietas, sino el estruendo súbito de voces alzándose en la plaza. El grito de un aldeano desgarró el aire, y de pronto todo fue barullo: pasos, insultos, amenazas. Abrí los ojos lentamente, parpadeando contra la luz del sol que se colaba por mi techito de tablas. Mi visión borrosa primero distinguió polvo y piernas corriendo, luego palos alzados, y finalmente un rostro nuevo, extraño, distinto a todos los que conocía de memoria en Villa Syrup.

—¿Pero qué rayos…?— Gruñí, mi voz grave retumbó como un trueno entre la muchedumbre. Algunos aldeanos se encogieron de hombros, otros apretaron más fuerte sus improvisadas armas. Intenté moverme, lo suficiente para levantar el mentón y que mi voz se oyera clara. El suelo retumbó con un crujido cuando aspiré hondo. —¡BASTA YA! ¡CALMA, DEMONIOS!—

El silencio no llegó del todo, pero sí un titubeo. Mi rugido era difícil de ignorar. Aproveché ese instante para hablar más sereno, aunque con la autoridad de alguien que, pese a estar enterrado, seguía siendo un coloso. —¿Qué está pasando aquí? ¿Quién es este forastero al que intentan apalear?— Mis ojos azules se clavaron en el joven que me observaba como si hubiera visto un fantasma.

Los aldeanos murmuraban entre sí, algunos me miraban con desconfianza, como si pensaran que estaba coludido con él, otros parecían aliviados de que hubiese despertado para mediar. —A ver, vecinos… ya me he comido sus vacas, he aceptado mi castigo ¿Podrían dejarme dormir tranquilo al menos?— Añadí, dejando escapar un resoplido que levantó polvo y hojas secas frente a mí.

El muchacho, el forastero, se mantenía firme pese al tumulto. Noté en él la tensión en los nudillos, la mirada encendida, como alguien que estaba dispuesto a cortar cadenas aunque fueran de tierra y raíces. Mi ceja se arqueó con curiosidad. —Y tú, muchacho…— Troné, ladeando un poco la cabeza. —¿Quién diablos eres para venir aquí con espada en mano, intentando desenterrar a este gigante torpe?—

Un murmullo recorrió a los aldeanos tras mis palabras, y aproveché para soltar mi característica carcajada: 

—¡GUH-HUH-HUH-HUH-HUUUHH!—.

 El eco rebotó en las casas cercanas, sacudiendo el aire cargado de tensión. —No se me asusten tanto… nadie va a romper nada aquí sin que yo entienda primero de qué se trata. Así que, muchacho, habla claro: ¿vienes como amigo, enemigo, o simplemente como loco con pala?—
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#5


Ashveil respiro hondo, apretó con fuerza la empuñadura de la espada. No levanto su arma. Sentía como aquellos enormes faros que tenia por ojos le atravesaban como cuchillas, la muchedumbre a su alrededor se silencio. Contenían sus ansías de violencia. —Si yo tuviera tu tamaño ya dominara los mares —

Finalmente le miro despertar, era enorme y su tamaño era algo atroz. Incluso sentía envidia de aquella monstruosidad. — Estos hombres… te temen, y aquí estas…. Pareciera que dejas que ellos decidan si comes, respiras o cagas —  Arrugaba su mirada mientras se acercaba, el sujeto era bastante apacible para lo que tenia el ojos dorados como concepto de un gigante. — ¿Por qué quedarse acá cuando puedes surcar los mares en busca de grandeza? Es irrisorio — Le miro con indignación, con la frialdad de un iceberg y sin sentir respeto por quien osara quebrantar su libertad de esa forma.  — ¿Tienes idea de cuantos hombres mueren a diario tratando de cruzar los puertos en busca de la libertad? – Recordó a su padres, a quienes lastimosamente no pudieron cumplir sus sueños en el gran azul.

—Y vienes tú a insultarlos con esto. —  Se sentía la ira en sus palabras, no aquella que salía de forma volátil sino una contundente, sus palabras eran como un fuego hirviendo pero estable, sin desparramar una sola chispa de claridad. — Todos ellos saben que puedes acabar con la aldea si quisieras. Ellos temen que un día despiertes con hambre o con mal humor, y que lo que quede de Villa Syrup no sea más que cenizas y huesos triturados. —

Se sento frente a él, sin dejar de mirarle. La gente estaba a la espera, ¿quizás intentarían silenciarlo? Sin esa espada en mano seguro ya lo hubieran intentado. ¿Pero le importaba? Era una sensación incomoda verlo asi, si para Thyrm la tierra fue su condena entonces para él lo fue las grandes edificaciones de su natal Kuraigana. No eran muy diferentes en ese aspecto. Y aun así nunca dejo de soñar con cruzar los mares en busca de un propósito mas allá de las cuatro paredes….

—Mi nombre es Ashveil — Sonrió ladino, meneando su espada con la destreza de un pilló, soberbia en su máximo esplendor. — Y tengo un buen trato para ti… como sea que te llames —  En su mente tal vez gigante rojo era un apodo convincente, pero no quería pecar de básico y simple, así que «Barbarroja» era lo mejor que se lo ocurrió. — Escucha bien, Barbarroja. Alla afuera hay un mar que conquistar, oro, dinero, fama y poder… todo lo que un hombre pueda soñar. ¡Atrévete a conocer lo que hay al final de ese cielo!, ¿O prefieres ser el perro de patio de esta gente? —Río, con seguridad en sus palabras, cada vocablo era una ovación a la ambición que guiaba sus propios pasos.

—Imagina recibir la brisa salada, tus pies sobre la cubierta de un navío indómito, dormir bajo las estrellas… Despertar con las olas del mar, ¡no tendrías que robar vacas!  Porque en ese mar hay monstruos capaces de saciar tu hambre. —

Una ultima mirada esbozó hacia él.

—Ven conmigo a los confines del mundo, donde el precio de tu cabeza también es el valor de tu leyenda —
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#6
Escuché todo su discurso con la seriedad de alguien que, en el fondo, estaba pensando más en el estofado de la tarde que en las palabras grandilocuentes de un forastero. El chico hablaba como si intentara incendiarme el corazón con antorchas de ambición, y yo lo observaba… mascando imaginariamente, como siempre que me da hambre en medio de una charla larga.

—Muchacho…— Dije al fin, soltando un resoplido tan fuerte que le revolví el cabello como si hubiera metido la cabeza en una tormenta. —Lo cuentas muy bonito, eh. Oro, fama, mujeres, barcos, monstruos marinos… ¡suena delicioso! Pero te diré algo: yo ya hice todo eso. Y lo hice con tripas llenas, no con un estómago que suena como tambor viejo como el tuyo.—

Sonreí de oreja a oreja, dejando que mis dientes brillaran bajo el sol, y arqueé la ceja con picardía. —¿Sabes qué he visto yo en mis años en el mar? Cosas que te dejarían los calzones más mojados que esta plaza después de una tormenta. Reyes Marinos que usaban barcos enteros como mondadientes, tormentas que tragaban islas, banquetes que duraban semanas. Créeme, chiquillo, lo que yo he vivido no lo ves ni aunque te metas cien años en el mar… y eso suponiendo que no te coma la primera gaviota hambrienta.—

Incliné la cabeza un poco hacia los aldeanos, que ya se habían calmado con mi voz, y añadí con una sonrisa burlona: —Además, ¿qué motivos tengo para irme? Aquí me alimentan todos los días, me dan cerveza, me cuentan chismes del pueblo y los niños me pintan la cara como si fuera un mural. ¿Tú crees que allá afuera alguien va a traerme pan recién horneado hasta la boca? ¿O flores para adornar mi barba? Ni en tus sueños más húmedos, amigo.—

La plaza entera retumbó cuando solté mi carcajada: 

—¡GUH-HUH-HUH-HUH-HUUUHH!—. 

Algunos niños imitaron el sonido y yo les guiñé un ojo, haciéndolos reír aún más. —Mírame, estoy enterrado hasta el cuello y aún así vivo mejor que muchos capitanes de barco. No me mojo, no me mareo, y el único monstruo que me ataca es la suegra del alcalde cuando me da sopa aguada.—

Volví a clavar mis ojos en el muchacho, pero con esa chispa juguetona que nunca me falta. —Ashveil, ¿no? Mira, tú sigue soñando con tu oro y tus cielos infinitos. ¡Eso está bien! Pero a mí no me vengas a vender libertad cuando aquí tengo un techo, comida, compañía y un hoyo hecho a mi medida. Tú dirías que soy prisionero… yo digo que soy el huésped más consentido del East Blue.—

Con un último bufido, me acomodé lo poco que podía dentro de la tierra y cerré un ojo, como quien decide volver a la siesta. —Cuando cumpla mi condena, volveré a surcar mares… pero por ahora, chiquillo, yo me quedo con mi banquete diario y mis siestas largas. Tú ve a conquistar el mundo, y tráeme un barril de cerveza cuando seas famoso, ¿trato hecho?—
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#7
Escuchaba atentamente cada palabra, se mantuvo sereno y serio. Aquel gigante reía y contaba sus experiencias con una seguridad digna de admiración. ¿Acaso realmente lo veían como un héroe?, ¿o solo es una burbuja que lo ciega? Pues cierto es que en sus ojos no había ápice de miedo o duda, habitaba un brillo encendido, una chispa tan feroz que es incapaz de extinguirse aún con mil océanos encima.

Tras la risa atronadora espero atentamente a que el silencio reinara. Listo para contestar al gigante que osaba diferir en sus ideales. — Respeto tus historias.... No sería capaz de juzgar la veracidad de tus palabras, pues, pareces seguro, pero.... ¡Estas confundiendo sabiduría con resignación! —  Los aldeanos seguian sorprendidos por la actitud sobrada de Ashveil, algunos incluso trataban de abuchear su discurso. Sin embargo, jamas bajo la vista ni dejo que el miedo invadiera su sosiego. — ¿Pan?, cerveza, compañia? Pff.... ¿Y llamas a esto paraiso?, ¿a eso llamas vivir? — Ash frunció el ceño antes de acercarse lo suficiente para que el eco no distorsionara su voz.

—Te dan lo suficiente para evitar morir… ¿y a eso lo llamas vivir? Despierta de una vez, no eres más que un esclavo.—


Guardo su arma en señal de que estaba en total confianza, pero estaba furioso aún. — Llamalo comodidad, suerte, o incluso puedes presumir que vives mejor que muchos capitanes. Pero yo solo veo un esclavo, estás atado a un agujero, satisfecho con lo justo para mantener el cuerpo en pie, mientras tu espíritu se oxida —  Se acerco lentamente para colocar su bota descaradamente en le borde el agujero, dejando que su silueta se reflejará en la tierra que "mantenía cautivo" al gigante de rojizas hebras, casi con soberbia le sonrió. —Mirame bien, estas atado a la tierra pero yo fui confeccionado para el océano. Me da igual si me devoran monstruos o me traga una jodida tormenta. Prefiero morir en el gran azul antes de pudrirme en un agujero satisfecho —. Retiro la bota antes de darse la media vuelta.

—¡y ustedes! — alzo la voz hacia la muchedumbre. — ¡El mundo allá afuera es inmenso, feroz, y está lleno de maravillas esperando ser conquistadas! ¿Y ustedes permiten que el miedo los encierre en este pueblo hasta que olviden lo que es soñar? —.

Trago saliva.

—Este mundo es para los locos que carecen del miedo para tomarlo —.
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#8
Escuché su arenga con calma, sin perder la sonrisa. Tenía un fuego en los ojos que me recordaba a mí mismo cuando era joven, antes de que la vida me enseñara que el mar no es solo un poema de libertad, sino también un verdugo que no perdona. Lo dejé hablar, lo dejé pisar el borde de mi “cárcel” como si de un capitán se tratara, y cuando por fin se calló, solté un resoplido que levantó polvo, hojas secas y hasta despeinó a un par de niños que estaban demasiado cerca.

— Muchacho, escúchame bien— Dije con voz grave, pausada, para que resonara en cada rincón de la plaza. —No soy un esclavo. Estoy aquí porque cometí un crimen contra este pueblo. Me comí sus vacas, y eso no es poca cosa, créeme. Si yo hubiera arruinado tu hogar y tu sustento, ¿me dejarías irme con una palmadita en la espalda? No. Así que acepté mi condena. Estoy aquí porque quiero cumplirla como un hombre… como un gigante con honor.—

Moví los ojos hacia los aldeanos, que aún miraban tensos, algunos con miedo y otros con orgullo renovado. —Y sobre ellos… no los subestimes. No son carceleros, son mis anfitriones. Me alimentan todos los días con comida caliente, me traen cerveza, me cuentan historias. Los niños pintan mi barba, los ancianos me regalan sopa en cubos enormes. Son buenos, Ashveil, muy buenos. ¿De verdad quieres hacerlos pasar por crueles cuando lo único que hacen es cuidarme incluso en mi castigo? —

Dejé escapar una carcajada que retumbó en las paredes cercanas: —¡GUH-HUH-HUH-HUH-HUUUHH!—. Sacudí la cabeza, divertido. —Dices que me pudro aquí, pero no sabes nada del tiempo de un gigante. Yo tengo sesenta y cinco años. Para ti quizá soy un viejo, pero para mí apenas soy un hombre maduro, y aún me quedan siglos por delante. ¿Sabes cuánto es para mí esperar cinco años más? Lo mismo que para ti esperar un par de semanas. Créeme, muchacho, la paciencia se aprende cuando tu vida puede durar trescientos años.—

Volví a mirarlo directo, clavando mis ojos azules en los suyos. —No me pudro, Ashveil. Reflexiono. Pienso en lo que hice todos los días. Claro que puedo extrañar el mar, la mayor parte de mi vida la viví en un barco, sí, pero lo hago con calma, sabiendo que llegará el momento de volver a sentirlo bajo mis pies. Mientras tanto, cumplo lo que debo. Porque si me escapo, si me voy de aquí como un ladrón, ¿Qué clase de hombre sería? ¿Quién confiaría en un gigante que no honra su palabra?—

Le sonreí otra vez, esta vez con una chispa irónica. —Tú quieres morir joven, que te trague un monstruo marino, que el mundo te recuerde como un loco valiente. Eso está bien. ¡Adelante! Pero yo no voy a dejar que tu fuego me haga olvidar quién soy. Tú vives con prisas, yo vivo con paciencia. Cuando salga de aquí, volveré a ver el océano, tal vez vuelva a mi tierra natal o incluso me quede a vivir aquí, en Villa Syrup, contribuyendo a la comunidad.— Hice una pausa —Y si me aburro de esta vida, aun tendré muchos años mas para explorar mis posibilidades como dices—
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#9
Permanece en silencio durante los breves segundos, las palabras de aquel gigante chocaban contra él con la fuerza de una ola embravecida. Pero en su mirar yacía ese destello que no se apagaba, negándose a aceptar la realidad que parece imponer el gigante cual filosofía arraigada. — No tengo tiempo para darme el lujo de vivir con paciencia —.  Incluso cuando esas ovaciones llegaron a afectarle.

Apreto la mandíbula mientras cruzaba sus brazos, en un instante resoplo, en un extraño intento de expulsar la seriedad que sigilosamente le alcanzaba.

—Viejo... Admito que tus palabras son solemnes.... Pero — Sonrió ladino. — Hablas de la paciencia como si fuera la jodida gran cosa, pero esperar demasiado también mata. He visto marineros esperar mucho tiempo,  y cuando por fin decidieron mover un solo dedo, el mar los devoro sin piedad. Esperar es comodo, más cuando eres un gigante cuya esperanza de vida esta repleta de longevidad —.  Comenzo a rodearle lentamente, caminando para analizar la "cárcel" que apresaba al gigante.

—Y aun asi... Algo en mi hace que aborrezca esa tuya. Me recuerda todo lo que no soy. Eso me hace gritar palabras en vano ante un coloso. Esperando hacerte arder cual sol en su inmensidad. Porque incluso con tus reflexiones, yo veo fuego en esos ojos. Tal vez no los mismos que en tu juventud, pero alli sigue. — Se dio la vuelta, dando pasos que retrataron su marcha. — Veremos que pesa más; tus años de paciencia o los mios de fuego —.

Cuando por fin parece que iba a despedirse del lugar y dejar al gigante en su autoproclamada condena.— Humm...— Reviso sus pertenencias antes de sacar un gran trozo de carne horneada que le fue dada en su anterior aventura, lo guardó atentamente para la cena. Pero... Algo se le ocurrió. Levanto el trozo con ambas manos y lo presumió cual trofeo. — Esto de aca es un costillar de cerdo al horno, huele bien...  ¿Cierto? La carne es tierna y dorada, fácil se deshace en la boca —.

Dijo, dando un gemido sugestivo, hecho adrede y un poco exagerado. —. ¿De verdad vas a esperar cinco años más antes de probar una delicia como esta salida del fuego, con las brasas aún cantando? Hehe —  Con la multitud de los aldeanos presentes, Ashveil arrancó un trozo con los dientes y dejo que la grasa se chorreara por su barbilla.—Puesh que malsh por tihh — Sus mejillas estarían llenas a plenitud de lo grande que era la porción, incluso hablar se le hacia difícil.

Trago de golpe y sonrió con suma travesura. —Mira Thyrm.... ¡Esto no es solo comida!, ¡Es la libertad del mundo que te llama!. ¿Esperaras siglos para volver a probar lo que siempre fue tuyo?, ¿O aun con eso te quedaras aca, mientras yo devoro todo lo que la vida ofrece? —  Y, con picardia, lanzo el costillar directamente a las fauces del gigante.

—Entonces... Dime si la paciencia sabe mejor que esto —.
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#10
El silencio se quedó flotando en el aire, pesado como un ancla. Mis palabras, aquellas que Ashveil pretendía combatir con fuego en los ojos, parecían no haberlo doblegado del todo. Vi cómo apretaba los dientes y cómo aquella soberbia chispa seguía viva en él, como una vela empeñada en resistir a la tormenta. Me hubiera hecho reír, si no fuera porque estaba demasiado ocupado en contener el rugido de mi estómago, que también había decidido participar en la conversación.

Lo escuché dar su discurso con esa seguridad altanera que sólo tienen los hombres jóvenes, esos que confunden el ímpetu con sabiduría y la terquedad con destino. Caminaba a mi alrededor como si me estuviera estudiando, cual cazador que acecha a una bestia. Y yo, que había vivido batallas contra flotas enteras, que había navegado hasta islas donde el sol nunca se ponía, me limité a seguirlo con la mirada… hasta que levantó ese maldito costillar.

El aroma llegó como una bofetada a mis sentidos. Carne dorada, jugosa, con la grasa todavía brillando bajo la luz del día. Podía jurar que las brasas aún crepitaban asando cada fibra de ese trozo. Cerré los ojos un instante, aspirando fuerte, y cuando los abrí ya no veía a Ashveil, ni a los aldeanos, ni a nadie. Sólo aquel costillar, flotando en el aire como si fuera el tesoro más grande del mundo.

—Muchacho…— Dije con solemnidad, tratando de mantener la compostura, mi voz grave como un tambor de guerra. —Tus palabras no me doblegan. He visto mares que podrían tragarse tu fuego cien veces, y he cargado cosas más pesadas que tu orgullo. Pero esa carne…— Mi garganta tragó saliva con un sonido que los de la primera fila debieron escuchar. —Esa carne está jugando sucio.—

Cuando lo lanzó hacia mí, vi el costillar volar a cámara lenta, la grasa salpicando en el aire como si fueran estrellas cayendo del cielo. Abrí la boca y saqué la lengua, tratando de atraparlo al vuelo. La multitud contuvo el aliento. Y entonces, para desgracia mía, quedó a escasos centímetros, rebotando contra mi frente antes de caer al suelo. Mi lengua, por más larga y grandota que fuera, no logró alcanzarlo.

El silencio que siguió fue peor que cualquier derrota en batalla. Trate de alcanzar el costillar con la lengua pero no hubo caso, rojo de vergüenza,  miré al alcalde, que estaba ahí con las manos juntas y una sonrisa nerviosa. Bajé la voz, como si intentara que sólo él me oyera… aunque, claro, mi voz retumbó por todo el lugar. —Eh… alcalde… ¿no me haría el favor de alcanzarme ese costillar?— Pregunté con total seriedad, como si estuviera pidiendo un tratado de paz.

Sonreí apenas, mostrando los dientes, mientras el olor a carne seguía perforando mi voluntad. Al final, los aldeanos no sabían si reír, temblar o salir corriendo, porque una cosa era cierta: no hay fuerza en el mundo que ponga más a prueba la paciencia de un gigante que un costillar jugoso a pocos metros de su alcance.
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