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Día 86 de Primavera, Año 16
Quien ofrece lo que aún le falta a quien carece de más, no solo alivia hambre ajena, sino que se despoja del peso de todas sus culpas.
Había pasado mas tiempo del que me gustaría admitir en el Reino de Sorbet, pase un tiempo caminando por el norte, aunque la vida no es lo mejor allí, era evidente que se vivía muchísimo mejor que en el sur, recuerdo perfectamente aquellas ocasiones en la que decidía salir a comer, solo porque no me apetecía cocinar, había donde comer por doquier, y quien comprara, el norte vive bien se dice, y es cierto, en cambio, en el sur, bueno, aquí las cosas son un poco diferentes.
Durante mi estadía en el norte no hice mucho, a pesar de que se vive relativamente bien no es lo mismo que vivir en el sur, desde que volví escuché como los niños corrían y se alegraban, según ellos había vuelto Ramen Samurái, apodos que solo los niños utilizan cuando ven cosas que le agradan y por supuesto, a mi me alegra aún más el saber que son felices comiendo lo que yo preparo.
—Vamos, vamos, todos pueden venir a las afueras de mi tienda, cocinare para todos. — Llegue al sur poco antes del atardecer, mucho de los pueblerinos me dieron de sus vegetales y alguna que otra fruta, era perfecto para preparar un guiso, un guiso que todos podríamos disfrutar sin problema. Sabia que al caer la noche muchos de aquellos que no habían podido comer bien durante el día o quisieran comer algo rico después de unos días.
Entre los niños correteando, jugando con la tierra y las ramas, los adultos absortos en sus labores y yo preparando una inmensidad de guiso sin realmente estar seguro de que todos en el pueblo vayan a terminárselo todo, pero si algo aprendí hace mucho tiempo es que aquellos que te dan la mano merecen ser recompensados, por eso no me molesta el cocinar para muchos, el crear platillos, el servirles con mi fuerza o mi destreza, el ser un amigo más paras las personas del sur de Sorbet, porque me ayudaron, me dieron hogar y me hicieron sentir parte de ellos.
La puesta de sol era realmente hermosa, se veía entre un hermoso azul y un glorioso naranja que contrastaba a la perfección con la comida y la brisa marina. —¡Chicos! — Llame a los mas peques que se encontraban correteando por ahí, —Llamen a todos, vamos a comer. — Con un gigantesco caldero de guiso me encontraba con un delantal puesto esperando que se acercaran todos para poder servirles algo de comer, sentarnos a escuchar las historias de los mas ancianos sobre su juventud, sobre la piratería y los sueños, porque así es el sur, quizás sean gente pobre, pero son la gente mas buena, humilde y maravillosa de todos los mares. mas buena, humilde y maravillosa de todos los mares.
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Hay días y días, unos mas alegres y otros en los que solo deseas no haber salido de debajo de tu manta. El azar tiene una forma curiosa de manifestarse, y no me refiero a buena o mala, sino a el como estas se expresan en el mundo. Hoy por ejemplo, un día en el que la recaudación no había sido especialmente buena -No nos engañemos, no recaudé ni para comprar una hogaza de pan.-, resultó que un hombre que no conocía, un tal samurai del ramen -O así lo llamaban los críos que lo veían por la aldea.- Había llegado a nuestras estancias, hizo que los críos que estaban escuchando la melodía de la flauta, bailando y alegres, se detuvieran para salir corriendo a su encuentro.
Me detuve, mirando hacia donde iban esos chiquillos, extrañado y confundido. "¿Samuraí del ramen?" No pude evitar pensar en un hombre cogiendo un puerro gigante como arma predilecta. Me sacudí la cabeza de lado a lado, intentando borrar esa extraña y absurda imagen de mi cabeza. Ya no tenía público, así que era tontería seguir tocando, ya debía empezar a asumir que ese día no iba a comer. Caminé tranquilo por las calles, viendo a los muchachos jugar y a los adultos ya habiendo recogido los puestos de comercio, ya a esas horas poco quedaba por hacer por allí, no podía evitar sonreír al presenciar aquella escena en colores anaranjados y rosados que brindaba el sol en su puesta. Todo parecía tan normal como siempre, pero... Había algo que resultó novedoso... Un olor que embriagaba el ambiente de todo el pueblo, el olor al ramen recién hecho, delicioso, jugoso y apetecible.
Comencé a seguir el aroma, buscando su fuente, pero yo no fui el único con tal plan, oohh no... Ni mucho menos. Antes de que pudiera darme cuenta me vi rodeado de una marabunta de gente que peregrinaban como yo hasta la fuente del olor. Tal era el fervor -O el hambre- de aquella gente que me vi arrastrado sin pretenderlo, mientras escuchaba de donde a ancianos y niños hablar entusiasmados sobre el samurai del ramen y su increíble comida, algunos decían que les alegraba el alma.
Ahora tenía aún mas interés en conocer a ese hombre, despertaba en mi una gran curiosidad como se vería un samurai del ramen y, sobre todo, despertaba mas curiosidad que usaría a modo de espada. Dejé de verme arrastrado para acompañar a toda esa gente hasta llegar a una plaza circular donde todo el pueblo pareció reunirse, una inmensa mesa decoraba el centro y muchos se sentaban a comer delicioso ramen. Al fondo de la plaza había un enorme caldero y un tipo de extraño aspecto sirviendo cuencos y cuencos de ramen por doquier, en el interior de la plaza, repartidos entre el mesón y el amplio espacio que quedaba, había gente de pie conversando mientras comía y niños jugando entre ellos, contentos y alegres por el estómago lleno.
Miré hacia los lados curioso, no es que me sintiese amenazado, mas bien al revés, me sentía extasiado por todo aquello. Caminé distraído hacia el puesto que servía ramen y esperé mi turno para poder comer de aquella delicia que tan bien olía, tan solo esperaba dar la suficiente lástima como para que me dieran un cuenco gratis, porque como tuviese que pagarlo... . Al llegar a la mesa sonreí al tendero con cierto apuro y me llevaba una mano a la nuca. -Jeje... Disculpe mi descaro señor, mas no tengo una sola berry... ¿Cree que podría usted invitar a un humilde vagabundo? A cambio podría amenizar la velada con mi música.-
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No hay cosa más maravillosa que el ver como todos aquellos que te importan pasan un momento agradable y que tú eres uno de los motivos por el cual están siendo felices, la gente de escasos recursos normalmente pasa días pesados, incomodos, tienden a tener la mente ocupada pensando en que comerán hoy, en donde dormirán mañana y un sin numero de cosas que prefiero no mencionar para no atosigar con información poco relevante que solo traería tristeza a nuestra mente.
Niños, adolescentes, adultos y ancianos venían a comer, porque era uno de aquellos momentos donde yo cocinaba, y cuando me tocaba cocinar, no era para mí, no sería solo para un mink que busca reventar un gobierno corrupto, es para un pueblo hambreado que realmente necesita una desconexión de un mundo tan cruel que los obliga a trabajar para poder comer al día un poco de pan. Entre la multitud que venia a tomar su cuenco con guiso o ramen había un hombre, uno que no había visto antes, quizás por estar absorto en mis cosas o porque su sigilo era tal que prefería no ser visto.
Sus palabras llegaron fuertemente a mi alma, tenia porte de guerrero, pero incluso los guerreros tenían que comer, y yo no le negaba un plato a nadie. —¿Berry? No amigo, esta comida es por y para el pueblo, yo jamás cobraría por mi comida. — Serví un tazón de ramen para el caballero de apariencia de guerrero, pero de voz gentil, había algo en el que me desconcertaba, quizá su forma de hablar, la vergüenza en pedir la comida o su cabello largo, sus prendas al igual que las mías daban la sensación de que podría ser un samurái, pero no podía simplemente lanzarle una pregunta como esa, había que dejar que comiera, al final esta noche es para disfrutar.
—Aunque si tu música puede aligerar aun mas los corazones de esta gente, no voy a negar que sería fantástico escucharte cantar o tocar, pero primero come, come hasta que no puedas más, que mientras yo ronde este sitio, nadie pasara hambre. — Quizás sea un deseo egoísta, maltrecho o incluso tonto, pero nunca dejare que nadie tenga que rogar por comida, cuando yo puedo cocinarla.
Antes de permitirle sentarse toqué su hombro y sonreí. —Por cierto, no diga usted que es un vagabundo, prefiero que diga que es un pueblerino de este poblado, suena mas poetico y la gente no tendrá porque temerle. — Mis palabras no eran mas que verdad, pues había una gran diferencia entre esas dos partes. —Mientras que un pueblerino es parte integro del pueblo, ayudando en lo que puede, haciendo lo que mejor sabe para reducir la carga física y mental de los demás, un vagabundo es alguien que no está asociado al pueblo, que no sabemos de que es capaz y menos de que lado puede estar cuando haya que lanzar una moneda. — Intentaba que mi punto fuera lo suficientemente claro, los forajidos y vagabundos casi siempre dan algo de miedo, al menos al principio.
—¡¡VAMOS, VAMOS, DISFRUTEN DE LA COMIDA, Y NO DUDEN EN VOLVER A REPETIR, ¡¡¡¡HICE SUFICIENTE PARA QUE TODOS QUEDEMOS SATISFECHOS!!!!— Grité para que todos pudieran escuchar que no había razón por la cual comer lento, dejar para mañana o algo por el estilo, esta noche y espero que la futuras noches o tardes todos comamos bien.
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Miré animado al hombre mientras hablaba y me decía que aquel delicioso plato era gratis "parece que hoy es mi día de suerte jejeje" Pensé mientras aquel tipo explicaba que el cocinaba por el gozo y deleite de alimentar a todos los aldeanos del pueblo y admitía que le encantaría que mi música arropase el ambiente con su melodía. Aquel hombre parecía tener un gran corazón, pero la mente nublada por prejuicios mas allá de la pertenencia de aquella aldea, una lástima verse atado a la ignorancia por algo tan tonto y sin sentido.
levanté una mano y negué con la cabeza, mostrando un rostro cansado por el agotamiento mental que me produjo escuchar aquella afirmación clasista sobre mi persona. -Vagabundo es aquel sin oficio ni hogar, un errante, que es lo que soy.- Volví a mirarlo y a sonreír de una forma amable y tranquila, intentando explicarle que ser un vagabundo no es algo malo si no lo quieres así. -La carga negativa que tienes ante esa palabra es solo tuya.- Comí un par de bocados rápidos y saque la flauta del cinturón donde la tenía atada. Mis pies descalzos se movieron rápido y de manera rítmica, dándome el ritmo que mi canción seguiría. -Presta atención.- Comencé a tocar unas notas rápidas y juguetonas, creando una pieza escueta y alegre, algo que animó a los niños por un segundo, provocando sus risas y que algunos se arremolinasen a nuestro alrededor, entonces volví a mirar a aquel cocinero. - Amigo mío, si piensas que todo aquel que no es del mismo lugar que tu es un problema, solo te estarás dañando a ti mismo y a los que pudieran beneficiarse de la nueva compañía.- Los niños nos miraban sin entender lo que hablábamos, pidiendo que volviese a tocar con sus agudas voces de suplica. No pude evitarlo, volví a tocar la flauta con soltura y energía, bailando con los niños y adultos de la zona mientras me escuchaban.
Mis pies, siempre inquietos y danzarines, levantaban polvo levemente con cada brinco y cambio de trayectoria. Todos parecían felices al son de la música y el olor del caldero, mente y estómago contentos, poco mas se le podía pedir a la vida. Volví a mirar a mi benefactor, con un rostro cómplice, y con un gesto de cabeza, siempre tocando, lo invité a bailar conmigo, con una danza mas impulsiva que pensada, siguiendo el ritmo sin un esquema definido en la coreografía.
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—Estimado, no se de donde vengas o cual sea tu descripción de Vagabundo, pero para mi no es un termino correcto. — Claramente todos teníamos ideas diferentes de las muchas cosas que nos enseñan personalmente sea por nuestra raza, cultura o país en general y no buscaba una discusión ni nada por el estilo, al contrario, su música era algo que apreciaría muchísimo. —Espero que puedas disfrutar gratamente tu comida y nos hagas disfrutar a nosotros de tu música. — Mis palabras eran tranquilas, pacificas, al final de cuentas siempre es así, no me gusta recurrir a ningún tipo de violencia cuando no es necesario, ni siquiera alzar la voz a nadie.
El señor comenzó a tocar unas notas que eran como el cielo a los oídos de cualquiera, no podía negar que su talento era increíble, era realmente relajante y me sentía en total tranquilidad con aquella sonata, los niños disfrutaban de lo que escuchaban, incluso se acercaron unos cuantos a nuestros lares a disfrutar mejor la melodía mientras comen. —Debo decir que tu música es realmente buena ante mis oídos y claramente ante todo el publico presente. — Hay cosas que un hombre debe admitir y mas aun cuando seguimos el camino del samurai.
—Amigo mío, no he visto a alguien de donde soy hace mucho tiempo, de hecho, ya no soy de donde creí haber sido, actualmente soy de aquí, de allá, de donde necesiten que la revolución se alce, un samurai no se daña a si mismo, pues cualquier compañía es una copa de sake que aceptaremos con esmero y paciencia. — Mis palabras no buscaban ser hirientes, sino comprensivas, explicativas, aquellas que transmitían un mensaje al fondo del alma de aquel que pudiera escuchar mas que las palabras.
No negaba que ante aquellas palabras podría sentirme un poco mal, no todos pueden comprender el camino de un samurai, piensan que todo aquel que porta una espada ha de ser agresivo, cuando es todo lo contrario, un samurai puede ser tanto espada como escudo, protector como atacante. En este momento me fue imposible no recordar la palabra de mi maestro, aquel samurai tan respetado de quien sabe que isla, que decidio venir a los blue a descansar según el, de todo el caos que habitaba en su isla natal.
"Prefiero la muerte con honor a la vida con deshonra. Mi espada protege la justicia, mi vida sirve a mi señor y mis actos reflejan mi honor."
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Como bien esperaba, aquel hombre de nombre desconocido confirmó lo que decía, somos nosotros y nuestras percepción lo que dictaba lo que es correcto y lo que no, dándole un valor simbólico a una palabra que realmente no tenía. Yo solo pude encogerme de hombros mientras tragaba un bocado de su delicioso ramen y tras eso respondí. -Siento que mi condición no te resulte correcta.- Dije para zanjar la conversación justo antes de ponerme a tocar.
Los niños bailaban a mi alrededor, los mayores que hablaban entre si movían ligeramente el cuello o la cadera al son de mi compás, algunos hasta daban de forma tímida y torpe el ritmo con uno de sus pies. Aquello me alegraba mas aún, pues ver que los demás disfrutaban de un placer tan sencillo y fugaz me llenaba de gozo el alma, hasta aquel samurai, con espada normal y no de puerro, me felicitó por mis habilidades. yo detuve mi melodía, dejando de soplar por la flauta y lo miré ocioso.-Gracias, caballero. Debo decir que su ramen es el mejor que he probado desde que tengo memoria.- Miré un segundo a la nada con un rostro pensativo y luego volví a mirarlo con una sonrisa bromista.-Aunque se lo dice alguien que se alimenta en basureros, tampoco estime demasiado mi juicio.- Entonces miré a los niños que habían detenido sus danzas esperando a que la melodía volviera a entonarse.-Venga chicos, desde arriba.- Volví a tocar, pero esta vez con mas garbo, añadiendo mas notas a la sinfonía.
La actuación fue pasional y agotadora, tanto que cuando la canción terminó no pude evitar sentarme en el suelo y pensar de nuevo en aquella exquisita comida. Me levanté tras unos segundos cogiendo aire y me acerqué de nuevo al puesto donde aquel samurai servía esa celestial comida. -¿Se puede repetir? No te mentiré, podría comerme cinco boles mas sin despeinarme.- Mostré una sonrisa fanfarrona mientras ponía mis brazs en jarra, parecía orgulloso de aquella afirmación.
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—No tomes en cuenta las palabras de un samurái cualquiera —dije con calma, dejando que mi voz grave se perdiera entre la brisa —Al final, la manera en que eliges vivir solo te afecta a ti. Si la felicidad está en tus manos, si puedes expresarla a través de tu arte… no necesitas nada más. — Como si aquel momento incómodo nunca hubiese existido, el hombre retomó su música. Sus notas comenzaron a danzar en el aire, llenándolo de un compás que dibujaba sonrisas a su paso. Era, sin duda, un hombre increíble. Cada quien tiene su manera de ofrecer algo al mundo: él canta, yo cocino. Ambos, a nuestra forma, buscamos nutrir tanto el cuerpo como el alma. Y eso, para mí, es realmente maravilloso.
—No es más que ramen —dije cuando me agradecieron, bajando la mirada hacia el cuenco humeante frente a mí — Algo sencillo, común, corriente dirían muchos. Pero a veces basta con saciar el estómago y, con ello, dar un respiro al espíritu. — No suelo esperar cumplidos de los desconocidos. Mi vida es un camino constante: de isla en isla, de causa en causa. No me detengo, porque así lo demanda la revolución y porque siempre habrá corazones clamando por alguien que los escuche, que los defienda, aunque sea por un instante.
—KUH KUHUHU KUHH— Mi risa brotó de repente, estruendosa, inusual en mí. Varias miradas se giraron de inmediato, sorprendidas de que aquel mink tan callado y sereno dejara escapar una carcajada tan peculiar. No era disimulada ni breve, sino fuerte y marcada, digna quizá de un gigante. Y sin embargo, allí estaba yo, un perro mink de paso ligero, riendo con mi peculiar voz, disfrutando de un plato sencillo y de una música que, aunque ajena a mi cultura, me llenaba por completo.
—Aquí queda comida suficiente incluso para hacer de ella una competencia de quién puede comer más —respondí con serenidad, mi voz grave dejando entrever una ligera sonrisa —Así no se desperdiciaría ni un solo grano, ni una sola gota de este esfuerzo. — Cuando yo cocino, todos deben comer. No hay distinción ni privilegio en mi mesa, todos han de saciarse. Y si aún sobra, ¿por qué no transformar ese exceso en un juego, en un motivo de risa y alegría compartida? Al final de cuentas así es como se vive en un verdadero pueblo compartiendo, siendo humildes, celebrando juntos. Ahí, en la unión sencilla de una comida compartida, reside la felicidad más pura y también la auténtica libertad que la revolución busca proteger.
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Aunque de pensamientos fijos, ese hombre respetaba a todos y no parecía perder la calma por nada. Exculpó sus palabras y fue humilde con su comida, realmente era honrado y podía notar en él la calma. A decir verdad... decía ser samurai, pero no sentía en su presencia ningún aura letal, juraría que no era mucho mas poderoso que yo. Aunque ya se sabe, las apariencias engañan.
Al menos eso diría si no hubiera escuchado su maliciosa risa, lo miré sorprendido ante tal cambio de personalidad, es como si hubiese despertado a la hiena dentro del perro. Parecía que ese hombre confundió mis palabras con una incitación a la competición, sin duda un enorme malentendido. No lo corregí, mi mente aguda llegó rápido a una conclusión "¿Hincharse a comer sin pagar? Este es mi momento". Le sonreí de vuelta con cierto aire de desafío, con esa mirada el híbrido lo tendría que saber, aceptaría su reto sin dudarlo un segundo. Dejé el cuenco en la mesa en la que servía el samurai el ramen y me fui a por un par de sillas que estuvieran desocupadas, aquellos que habían sido atraídos por el canto de sirena estridente del espadachín cocinero, ahora, miraban mi reacción sin entender nada. Cuando encontré dos sillas volví a la barra donde nos servía el ramen, la primera la coloqué en el lado donde ese hombre sostenía sus aires de altanería; y la otra la puse en el lado opuesto frente a él. Me senté frente a su silla y cogí de nuevo mi cuenco y unos palillos. -Primer asalto, chaval.- Lo miré con una sonrisa retadora, pero no con malicia, esto era una competencia sana a fin de cuentas.
Lo que quizás aquel tipo no sabía era que yo llevaba dos meses sin comer apenas, tenía mas hambre que una bestia atrapada en un pozo. No mentiré, yo jamás pensé en competir, solo pensé en atiborrarme, una persona con mi vida tiene que aprovechar estas oportunidades.
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El vapor se elevaba en ondas suaves desde el cuenco, impregnando el aire de un aroma profundo, hecho con mis propias manos horas atrás. Cuando Han se acomodó frente a mí, dejando escapar ese gesto de desafío, no necesité más palabras. Sus intenciones estaban claras y la mesa se volvió campo de prueba, y el caldo, la espada.
Apreté los palillos entre los dedos, incliné apenas el rostro y solté una breve risa seca, baja, sin ostentación —Kuhh kuhuuh kuhhh, veo que no piensas dejarlo pasar. — Hundí los palillos en el ramen y lo devoré con calma, sin prisa pero con firmeza, como quien sostiene la mirada de su rival sin pestañear, para mí cada bocado no era alimento, era una declaración.
En medio de ese silencio tenso, giré levemente el rostro hacia uno de los muchachos que merodeaba cerca, uno de esos curiosos que se había quedado mirando desde el inicio. Tenía las manos vacías, los ojos abiertos de par en par. Le hablé con voz tranquila, sin dureza, casi como si conversara con un viejo amigo —Hazme un favor, muchacho. Acércate a la olla, ve sirviendo los tazones uno tras otro, que no falte ninguno en esta mesa para que no tengamos que detenernos cada vez que terminamos un cuenco. —
El chico me miró sorprendido, dudando si había escuchado bien. Asentí con suavidad, dándole a entender que no era una orden, solo un pedido simple —No te preocupes — añadí, mientras volvía a tragar fideos y el caldo estaba ardiendo en mi garganta —Todo lo que estás sirviendo lo preparé yo mismo. Nada se desperdiciará aquí. —
El muchacho sonrió nervioso, pero se apresuró a cumplir. Poco a poco, los tazones comenzaron a alinearse en la mesa, uno tras otro, llenos, brillando con esa fragancia que abría el apetito incluso a los que observaban desde la distancia. Yo alcé la mirada hacia Han, los labios curvándose en una sonrisa ligera, apenas visible.
—Si vas a desafiarme en mi propio plato entonces come, come hasta que tu cuerpo lo resista porque mientras tú sigas, yo no pienso detenerme. —
Tomé el siguiente tazón sin esperar respuesta, aspirando los fideos con fuerza. El calor del caldo chocó con la frialdad de mi tono, y la mesa entera vibraba como un campo de batalla invisible. Mis risas se escapaban entre sorbos, graves, contenidas, como si estuviera disfrutando no del ramen, sino de la tensión misma.
—Kuhhh kuhuuhh kuhhh, esto apenas comienza. —
Los demás alrededor no podían apartar la vista. Algunos reían, otros murmuraban, pero nadie se atrevía a interrumpir. El chico seguía colocando tazones, obediente a la escena, y yo seguía comiendo, esperando que Han demostrara que sus palabras eran algo más que simple alarde
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El sabueso era rápido, eso era innegable, sus mandíbulas estaban hechas para comer, este sería un reto duro. Plato tras plato el perro iba devorando sin compasión ni miramiento, parecía que ni agua bebía el muy animal, desde luego era un samurai del ramen, no solo cocinándolo, también comiéndolo. La gente observaba atónita y mi rival, atónita y algo perturbada, era insano comer así.
Con lo que mi oponente no contaba era el tiempo que yo llevaba sin comer de manera decente, o por lo menos lo subestimo. Mi boca no estaba hecha para comer tan rápido, pero mi hambre no iba a dejarme atrás, de la misma manera que él vaciaba cuencos, yo lo hacía también, sin beber agua siquiera, el caldo ya lubricaría los fideos. Ese tipo, al cual no le había preguntado el nombre, se jactaba de que este solo era el comienzo de la guerra mientras cogía otro plato, yo no iba a detenerme a hablar. Con la boca llena mientras masticaba para tragar comencé a responderle.-Ño sbs ñonde te hs metiño.- Mascullé en un idioma inteligible mientras tragaba y volvía a meter otro bocado, no dejaba que jamás la boca estuviese vacía.
Esto ya no era por perder o ganar, mi honor de muerto de hambre estaba en juego, se había vuelto personal y las personas podían notarlo en mi mirada. Algunos sorprendidos por mi oponente comenzaban a poner las miradas en mi, algunos cuchicheos corrían entre el silencio hasta que, al cabo de dos o tres tazones pudo oírse un grito desde el fondo del tumulto.
-Yo apuesto por el mink.- Podía verse una mano con berries sobresaliendo por encima de las cabezas de todos, tras eso un sin fin de gritos de aliento y apuestas comenzaron a inundar el aire. Algunos apostaban por mi, claramente mi fama de traga aldabas se estaba consolidando en el pueblo, otros apostaban por el hombre-perro, pues veían ventaja en su anatomía. Aquello pasó de ser un reto entre dos idiotas al duelo del siglo entre el talento y la voluntad. Él comía tan rápido que parecía que ni usaba palillos y metía el hocico directo al cuenco, por eso tenía que agilizar lo máximo posible mis manos y mis dedos para igualar su velocidad. Sin duda este sería un duelo de titanes.
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