[Aventura T1][Presente Relativo] Un ingrediente secreto
#1
Día 33 de Verano // Año 16
Paseo junto al puerto del Reino de Samba

La mañana se había levantado calurosa, incluso para aquella época del año. Ni siquiera el aire fresco que arrastraba la brisa marina servía para mitigar el infierno que se cernía sobre el puerto. El salitre que se pega a la piel tampoco ayuda, pues da una sensación de estar pegajoso, sucio aunque se acabe de salir de una ducha fría. El cantar de las cigarras es opacado por los gritos de los pescadores que comienzan a descargar los productos de sus faenas. Cajas llenas de mariscos y eoscados de diversos tipos se amontonan ante los carros de los estibadores, que no dan abasto para postear tantas capturas hasta la lonja. El olor a sal y pescado fresco se mezcla con las delicias que ya comienzan a preparar los comercios cercanos al puerto, los que han podido adquirir la mercancía que llegó cuando el sol apenas había comenzado a despertarse.

Nos situamos en el Reino de Samba, el bullicioso reino que puebla sobre esta isla y que le da nombre. Uno lleno de gente alegre, de la que disfruta de la vida a base de la música y el baile, el tipo de personas que ante las adversidades, siempre tienen una sonrisa en la cara y una melodía en el corazón. Y esto se repite a lo largo de la isla. Desde la gente humilde de las plantaciones de azúcar, hasta los pescadores del puerto. Y eso es algo que puedes ver en sui forma de trabajar, pues aún cuando llevan despiertos ya muchas horas pese a no ser mediodía, tiran de las poleas cantando canciones y cargan las cajas con pasos gráciles de baile. Como si algo en su interior les obligase a moverse.

Y en esto encontramos a nuestra aventurera, llena de ganas por descubrir que le trae el mundo ante ella. Mercedes se encuentra en el paseo junto al puerto. A un lado, los botes amarrados, bailando al son del oleaje, como si estuvieran fabricados con el mismo material que la gente de la isla. Al otro, una hilera de comercios de diversa índole: pescaderías, alguna tienda de repuestos y, sobre todo, restaurantes. Los hay de todos tipo: los que venden frituras de pescado, los que optan por elaboraciones más frescas como ceviches o algunos que se decantan por opciones más elaboradas, en los que querría comer cualquier noble de la zona. Es obvio que ya han comenzado con las preparaciones para el servicio de hoy, pues el aire arrastra fragancias de platos que atrapan a cualquiera que pase, como lo haría el canto de una sirena con los marineros.

El paseo se extiende a lo largo de todo el puerto. Los primeros locales ofrecen bocadillos con pescado frito y cucuruchos de bacalao y patatas fritas. Más allá hay uno que atrae comensales que quieren algo rápido pero de más nivel, pues constan de un chef que prepara las mejores piezas de sushi de la isla. Pero hay uno que llama la atención sobre todos ellos. Uno frente al que una mujer grita a los cuatro vientos.

Cocinera

-Acerquense! Hoy es su día de suerte. Hoy tendrá lugar el afamado concurso de cocina del Caraty, el mejor restaurante de la isla. Venga, anímense! Aún quedan plazas como jurado. Y eso no es todo! Este año disponemos de una plaza libre como cocinero. El premio será formar parte de nuestro increíble equipo de cocina, además de 100.000 berries!


La gente parece entrar en furor al oír aquello último y corren hacia la mujer que los apremia para apuntarse al concurso. Un par de hombres, de aspecto sospechoso, entran al local tras hacerle un gesto con la cabeza a uno de los cocineros.



Info
#2
El calor de la mañana en Samba era tan pegajoso que sentía cómo hasta la bufanda morada que siempre llevo conmigo se me adhería al cuello. Aun así, no dejaba que eso me quitara la sonrisa; el puerto era un festival en sí mismo. La gente cargaba cajas de pescado como si estuviera ensayando una coreografía, y yo no podía evitar marcar el paso con los pies, como si el aire mismo trajera música invisible.
 
Los olores eran un banquete antes del banquete: frituras doradas, ceviches frescos, sushi que parecía brillar bajo el sol… mi estómago rugió como si tuviera vida propia. Caminaba mirando todo con ojos brillantes, repitiéndome que cada isla era un tesoro culinario esperando a ser descubierto.
 
Entonces la escuché. Esa voz que se alzó por encima de todo: “¡Concurso de cocina del Caraty! ¡Con una plaza como cocinero y 100.000 berries de premio!”. Sentí cómo mi corazón daba un salto. Abrí los ojos como platos, llevé una mano a la frente fingiendo desmayo y solté mi carcajada característica —¡WUAWUAWUAWUAWUA! ¡Este e´ mi momento! —
 
Sin pensarlo, avancé como flecha entre la multitud. Claro que mi torpeza no podía faltar: choqué con un pescador que llevaba un balde lleno de langostinos y terminé con uno colgando de mi chaqueta, como si fuera un broche improvisado. Me disculpé entre risas, pero no reduje el paso.
 
—¡Apúnteme ya mismo! —dije cuando llegué frente a la mujer que anunciaba el concurso —Les prometo que mi cocina no solo alimenta, ¡hace bailar al alma! —  La gente se me quedó mirando, algunos riendo, otros sorprendidos, y yo sonreí aún más, convencida de que esto era una señal del destino. Sin embargo, mientras me apuntaban, vi de reojo a dos tipos que se colaban al restaurante tras hacer un gesto extraño a uno de los cocineros. Mi instinto se encendió.
 
—Quizás esto no sea solo un concurso—, pensé, apretando la bufanda morada con fuerza. Pero sonreí, después de todo, ¿qué sería de una aventura sin un poco de intriga?
#3
La gente se agolpa junto a la entrada del restaurante. La cocinera que había llamao a la participación parece abrumada, pues no esperaba que sus palabras fueran a tener tal acogida, aunque claro, debía haberlo pensado ya que no todos los días se reparten 100000 berries de una manera tan gratuita. La gente que pide a gritos participar es de lo más variopinto, pero muy pocos con aspecto de cocineros profesionales. Alguna mujer mayor promete que presentará su famosa receta que ha pasado generación tras generación en su familia. Un par de pescadores afirman que nadie mejor que ellos para conocer cómo hay que tratar el pescado. Un chico joven dice que hará una nueva combinación que ha inventado fusionando toques de cocinas de todo el South Blue. Una muralla de gente se forma entre Mercedes y la cocinera, pero eso no es algo que vaya a frenar a la Oni, que avanza atravesando la marea de personas como lo haría un gran galeón pirata. Su avance es tan decidido que nadie puede frenarla, y tan enfocado que no percibe al pescador que avanza con su captura de hoy, hasta que ya es demasiado tarde y los langostinos que porta saltan por todas partes, incluida la chaqueta de Mercedes, la cuál se disculpa amablemente y entre risas, aún sin variar su ritmo.

La chica Oni consigue abrirse paso entre la multitud hasta llegar a la mujer que anunciaba el concurso y así puede postularse como candidata. La convicción de Mercedes es tal que asegura que su receta no solo saciará el apetito de cualquiera, sino que también sacudirá el alma del catador, como lo hace la melodía siempre presente en el Reino. La gente a su alrededor tuvo todo tipo de reacciones: los primeros, los que la miraban sorprendidos, tal vez por su gran tamaño; otros riendo, posiblemente por el entusiasmo de la oni o por su nuevo e improvisado broche; por último, Marie, la cocinera, la cuál decidió que ya tenía a su último participante para el concurso. Hizo un gesto a Mercedes para que la acompañase dentro del restaurante, donde ya esperaban el resto de cocineros y los tres miembros del jurado.

El interior del restaurante era algo que llamaba la atención, no solo por su decoración, la cual incorporaba elementos tradicionales de la pesca y el mundo marítimo, tales como redes de pesca y faroles, con una elegancia y sencillez típica de los restaurantes más modernos y sofisticados. Lo que más destacaba del local era su gran tamaño, que dejaba claro que la cantidad de comensales que recibía cada servicio no era nada desdeñable. Avanzaron hasta la terraza donde cada uno de los cocineros tenía una improvisada cocina al aire, una compuesta por parrilla de leña, encimera de mármol, un horno con tres fuegos y un par de repisas totalmente equipadas. Aquel era un concurso bien preparado, pues pensaban hacerles cocinar frente al público, era un show en toda regla.

—Bienvenidos al Caraty. Hogar de los mejores platos de pescado de todo el South Blue! —anuncia la cocinera entre los vítores de los presentes—. Cocineros, a sus puestos. Enciendan sus fogones. A cocinar!


Tan pronto como da la orden, los otros cocineros se ponen manos a la obra. El primero de ellos, un hombre tosco de aspecto, comienza a limpiar un arenque. Lo abre a lo largo, sacando las tripas, para luego filetear los lomos. Poco a poco, va marinando el pescado para ponerlo en un bol y comenzar a preparar la guarnición.

—
Saludad al chef Bjorn, procedente de la isla de la isla de Roshwan —comenta la chef Marie—. Hoy nos va a traer un plato de los que no dejan indiferente a nadie. Una ensalada tibia de Matjes, la famosa preparación de nuestra isla vecina.


La gente anima al cocinero que no hace el más mínimo gesto, imperturbable. Continúa trabajando impasible ante los halagos de alguno de los presentes. Junto a él, una mujer de edad avanzada corta despacio unas rodajas de atún, como si sus manos no pudiesen moverse a más velocidad, pero con la precisión de quien sabe lo que está haciendo. Al lado de su tabla, ya tiene peladas un par de patatas, una cebolla y varios dientes de ajo. Parece increíble que le haya cundido tanto el tiempo con esos movimientos.

—
Ahora tenemos a una vieja conocida. No vayan a malinterpretarme —comenta con gesto burlón—. La chef Eva nos ha prometido un guiso tradicional, pero que nos saciará para toda una jornada faenando en alta mar.


Los pescadores que hay entre el público braman al escuchar lo que promete la receta de la señora. Solo falta un cocinero entre Mercedes y el resto. Alguien que te resulta familiar. Un hombre de unos 30 años, vestido con chaquetilla de cocina negra y elegantes botones carmesí. Alguien a quien tu memoria no puede olvidar, pues no hace tanto que lo has visto. Uno de los dos hombres que viste deslizarse dentro del restaurante está ahora vestido de cocinero a tu lado. Sobre la encimera tiene una variedad de ingredientes espectacular. Algo que le permitiría un plato con varias elaboraciones. Un sinfín de posibilidades, pero sin duda también un gran número de puntos donde poder equivocarse.

—
Agárrense fuerte, porque ahora viene el plato fuerte del día. No quiero favoritismos, pero me llena de orgullo poder anunciar que este año contamos con un gran participante. Uno que lleva años al mando de la cocina del Frances Navegante, el barco cocina que navega a lo largo de los Blues ofreciendo las mejores experiencias gastronómicas. Alguien a quién aún nadie había podido poner cara, hasta el día de hoy —añade con gran orgullo—. Demos una cálida bienvenida al único e inigualable Baul Pocuse, que nos trae hoy su famosa receta de Rape glaseado con suquet de carabineros y chips de flor de loto.


La gente enloquece con la presentación del tercer concursante. Incluso los hay que se desmayan. Otros intentan saltar la pequeña valla de seguridad que hay delimitando el recinto. El público se ha vuelto loco. Incluso los miembros del jurado aplauden frenéticos. Dos hombres y una mujer van a ser los encargados de juzgar tu comida y parecen ya tener un favorito. En especial, uno de ellos, que grita y jalea instigando al público a hacer aún más ruido. Una cara familiar, una vez más, pues recuerdas que es el otro de los dos hombres sospechosos que entraron al local.

—
Siento interrumpirles, querido público. Yo también deseo más de nuestro querido Pocuse, Pero mi deber es anunciar a nuestra última participante. La hermosísima chica Oni, Mercedes Benz. Su participación ha sido tan apresurada que aún no sabemos qué nos va a traer hoy. Querida, ¿podrías presentarte a ti y a tu plato?




INfo
#4
El bullicio del público era tan fuerte que sentía cómo me vibraba el cuerno. La emoción en el aire era como fuego en aceite hirviendo, y yo ahí, con mi bufanda morada flameando como bandera de guerra. El chef Bjorn y la abuela Eva ya tenían a la gente ganada y luego ese tal Baul Pocuse, el “gran chef” del Frances Navegante. La multitud enloqueció como si vieran al mismísimo rey del mar, pero yo lo miraba con recelo, reconocí su cara, era uno de esos dos tipos que se colaron en el restaurante y pa’ poner más sal en la herida, al jurado lo presidía el otro, algo raro se cocinaba aquí, y no era precisamente un guiso.
 
Cuando la cocinera Marie me anunció, avancé hasta mi puesto con paso firme, como un galeón que entra al puerto. El público se agitó, algunos se rieron al verme con un langostino aun colgando de la chaqueta, otros me miraban como si fuera demasiado grande pa’ encajar en esa cocina improvisada, pero aclaré la garganta, clavé los ojos ámbar en el jurado y me reí porque no había mas que hacer.
 
—¡WUAWUAWUAWUAWA! Mercedes Benz, pirata, oni y cocinera, mon. Mi plato de hoy será Sinfónía del Mar en tres tiempos. — Hice una pausa casi teatral como había aprendido de aquel muchacho raro que me topé el otro día, dejando que el nombre calara.
 
—Un ceviche fresco pa’ despertar el alma, con leche de tigre y un toque de mango de esta isla, hehe. Luego, un dorado a la parrilla, marinado con sake y miel de caña, pa’ que baile la lengua, mon. Y pa’ cerrar, buñuelos de alga con salsa picante, ¡pa’ que el corazón lata al ritmo del tambor! — El público reaccionó con vítores y murmullos, algunos aplaudían, otros no sabían si reír por mi forma de hablar o creerme por lo complejo del platillo, pero yo solo sonreí amplia, exagerada como siempre.
 
Encendí el fogón y empecé a cortar el pescado para el ceviche y mis manos, aunque grandes y torpes en apariencia, se movían con precisión, porque si algo sé es tratar al pescado como merece. Mientras exprimía limones y mezclaba ají con mango, canturreaba un ritmo tribal, marcando el compás con mis cuchillos.
 
De reojo, notaba a Pocuse mirándome con esa sonrisa fría de quien ya se cree ganador y más allá, el jurado con ojos brillando de favoritismo, aunque puede que yo este delirando por la emoción, apreté mi bufanda morada un instante, como recordándome porque amo cocinar.

—La comida, mon— murmuré mientras volcaba el pescado en la leche de tigre —No es solo pa’ saciar la panza. Es pa’ unir a la gente, pa’ hacerlos reír, bailar, y olvidar sus penas. — Levanté la vista hacia el público y guiñé un ojo, sabiendo que este concurso no era solo por el premio ni por la gloria. Algo se cocinaba en las sombras, y  a mi me encanta dar sabor y pelea en la misma receta.
#5
El público aún cuchichea sobre la presencia del gran chef, a pesar de la solicitud de la presentadora por hacer silencio y escuchar la presentación de Mercedes. La oni se acercó a su puesto e hizo una breve presentación de sí misma, una en la que no solo se definía como cocinera, sino también como pirata. Gente entre el público exclama asombrada al ver qué no tenía ningún reparo en decirlo abiertamente. Acaso no tiene miedo de contar a los cuatro vientos que es una pirata? No teme a los marines? Tal vez sea debido a su gran tamaño, o a su destreza como guerrera. Aunque pronto esa tensión fue quebrada por la risa de algunos al percatarse del langostino que aún prende de su chaqueta.

Tras una pausa dramática, de las que sirven para captar la atención de aquellos que escuchan, Mercedes pasó a detallar su plato. Uno elaborado, mucho más que los de sus rivales. Uno diseñado con productos y elaboraciones de aquí y de allá. Uno para alegrar no solo la vista, sino también el espíritu de cada comensal. Y la acogida del público estuvo a la altura: halagos y ánimos se oyen entre ellos, aunque algunos parecen escépticos por lo complejo del plato, como si no creyesen que aquella bella y alegre chica oni fuese capaz de manejarse al nivel que prometía.

Pronto se pone manos a la obra; fogón encendido, pescado sobre la tabla y su mano blandiendo el cuchillo para limpiar la pieza. Sus enormes manos desafían la lógica con una destreza digna de un cirujano. Se mueve con la agilidad de una bailarina, pues no descuida ninguna de las preparaciones a la vez que entona una musiquilla con la voz.

En la encimera contigua, el gran chef mira por encima del hombro la cocina de Mercedes, no puede mostrarse con temor, aunque sus temblorosas manos delatan una cierta inseguridad a la hora de cortar y mezclar los alimentos. Ves como el hombre del jurado, su cómplice, le pasa al siguiente jurado una bolsa a reventar, pues aunque no ves su contenido, puedes percibir que no cabría nada más dentro. Una vez que el hombre ha aceptado la bolsa, el jurado compinche mira al chef y asiente, lo cual provoca un cambio en la actitud de Baul, algo que lo hace parecer más seguro de sí mismo.

Los tres chefs continúan preparando sus platos mientras la Chef Marie sigue alentando al público. Alguna pregunta sobre cuál creen que es el favorito por aquí, algún juego tipo sorteo por allá... Lo necesario para seguir captando la atención de aquel público que sigue frente a los cocineros. Finalmente, los chefs rivales tienen sus platos preparados. Aunque uno de ellos es el que más llama la atención.

Plato Baul Pocouse

El público parece desconcertado ante lo que presenta el supuesto gran chef, pero pronto su colega jurado comienza a alentar otro tipo de reacciones.

-Oh! Es simplemente magnífico. Maravilloso. Nunca vi algo igual. Verdad? -golpea al otro jurado con el codo insistentemente.

-Ehm... Sí bueno... Es... -parece realmente incómodo y hasta se ahueca el cuello de la camisa con un dedo para tragar, su frente segregando sudor como si no hubiera un mañana-. Es algo increíble sí.

El jurado parece tener ya su favorito y eso que Mercedes aun no ha presentado su plato. Cómo enfrentará la Oni este suceso? Luchará con su comida hasta el final? O destapará lo que ha visto?



Info
#6
El murmullo de la gente me atravesaba como el tambor en un carnaval. Algunos se sorprendieron porque me presenté como pirata sin reparo, hehe… ¿y qué? ¿Qué es la vida si no se vive con la frente en alto? Si los marines me oyen, que vengan. Aquí mismo los invito a comer un ceviche pa’ que se les enfríe la cabeza.
 
El langostino colgando de mi chaqueta arrancó risas y yo reí con ellos, — WUAWUAWUAWUAWA. —Si algo aprendí en el mar, es que cuando uno se ríe de sí mismo, nadie puede usarlo en tu contra. Encendí mi fogón y el cuchillo comenzó a bailar en mis manos. Mis dedos, aunque grandes, se movían ligeros, fileteando el pescado con la precisión de un médico. Mientras mezclaba el ají con el mango, tarareaba un ritmo tribal que se me escapaba de dentro. El público me miraba como si no entendiera cómo alguien tan torpe podía moverse con tanta gracia.
 
Pero mi atención se desvió un instante. Vi las manos temblorosas de Pocuse, el supuesto gran chef, y justo entonces, ese jurado compinche le pasó una bolsa a su colega. Aunque no veía el contenido, mi instinto me gritaba que estaba lleno de monedas, o de algo peor. Y al momento, Pocuse se enderezó como si lo hubieran inflado con aire, se le quitó la inseguridad y recuperó el aplomo.
 
—Ajá, ya entendí el jueguito, mon. —murmuré entre dientes mientras giraba el ceviche en la fuente de cristal. El jurado lo aplaudía como si fuera un dios en la tierra, uno de ellos incluso sudaba como puerco, forzado a seguir la farsa, pero yo apreté mi bufanda morada contra mi pecho, esa que nunca me abandona, y decidí que no iba a dejar que la trampa me tumbara.
 
—Si ellos cocinan con monedas, yo cocino con corazón, mon —susurré, y lancé el dorado marinado sobre la parrilla. El chisporroteo fue como música, un ritmo que me marcaba el paso, me giré hacia el público, levanté la voz y el cuchillo en alto. —¡Gente del Reino de Samba! ¡No me importa si otros hacen trampa! Hoy les traigo un plato pa’ que su alma baile al ritmo del mar, pa’ que recuerden que la comida es unión, alegría y sabor. ¡WUAWUAWUAWUAWA! — No iba a delatarlos, aún. Primero, les iba a ganar limpiamente, frente a todos, pa’ que no quedara duda, después, si era necesario, destaparía la podredumbre que olía más fuerte que cualquier pescado pasado.

Platillo
#7
La brisa arrastra los olores de los platos de los rivales a través del público, que se deleita con ellos, pese al escepticismo que muestran al ver el aspecto del plato presentado por el chef Baul Pocouse. Mercedes, al ser la más próxima a él, puede percibir que no solo el aspecto es lo que deja que desear, pues el plato desprende una serie de olores que no resultan del todo agradables: uno ácido, a pescado pasado; otro acre, debido a la mezcla sin sentido de mezclas que posee el plato. Sin duda, o son técnicas muy innovadoras o es el resultado de darle buenos ingredientes a una persona que no posee ningún conocimiento de cocina. 

Sin embargo, la gente se deja cautivar por los comentarios del jurado amigo del chef. En un principio, la gente duda sobre el plato, pero el jurado comienza a dar alabanzas al plato y pronto hay gente que se une a ellas. Muchas son las personas que se suben a una ola solo por el hecho de que los demás no piensen que no saben surfear, gente que traiciona su propio criterio y que encumbran cualquier producto tan solo porque gente con buena reputación dice que es un gran producto. Ya se sabe, el típico «si le gusta a tanta gente, será por algo». El problema de estas cosas, es que el efecto bola de nieve que producen es enorme; cuanta más gente se une a esa corriente, más fuerza ejercen sobre los demás. Al principio, son unos pocos snob. Luego, es la moda y quién no se adapta, es el raro. La presión social puede ejerce una fuerte influencia, y pronto el público se encuentra vitoreando un plato que ninguno de ellos hubiese sido capaz de probar si se lo hubiesen puesto en casa, pero este es del gran chef Pocouse así que...

Mercedes comprende rápido lo que pasa, pero ella no se rinde. Aprieta las mandíbulas y continúa ultimando sus preparaciones. Mezcla el ceviche para que se marine correctamente el pescado, a la vez que el dorado baila sobre la parrilla, con una danza alegre que parece ir al compás del sonido que producen su piel al dorarse y sus jugos al caer sobre el fuego. Se llena de orgullo al saber que su plato es de gran calidad, sabe que puede salir ganadora, y se vuelve hacia el público con el cuchillo hacia el cielo. Sus palabras cortaron las alabanzas del público. Primero por su ímpetu y su pose, pero luego fue el contenido lo que alertó a la gente. Pues no solo promete al público que su plato pondrá a danzar a su alma, sino que dice abiertamente que otros hacen trampa. Una gran exclamación recorre al público, que queda estupefacto al ver el plato que presenta la oni. Un combinación de diferentes preparaciones de pescado; frescas, novedosas y coloridas. Su plato si que merece una celebración y no lo que ha presentado el chef a su lado. Y este es consciente de ello, pues comienza a mirar a todos lados e incluso busca con la mirada a su compañero del jurado. Su nerviosismo es palpable cuando se deja ver el temblor de su mano y su frente sudada. Su respiración acelerada tal vez le juegue una mala pasada, y el exceso de oxígeno no le permita pensar con claridad, puesto que el jurado son tres personas y dos parecen estar de su lado, pero en un acto impulsivo agarra su cuchillo de cocina y se gira hacia la chica oni.

—¿A quién llamas tú tramposo, mon demón?


El supuesto cocinero se abalanza sobre Mercedes y le lanza una cuchillada al muslo, pues es todo lo alto que puede llegar. La furia se ve en los ojos del supuesto cocinero, que no parece estar dispuesto a que se destape su jugada. ¿Cómo reaccionará Mercedes ante el ataque de este tramposo?



Info
#8
El cuchicheo de la gente se volvía insoportable, mon, todos dejándose llevar como rebaño detrás de un plato que olía a pescado muerto y ácido barato. Yo no soy ninguna erudita de libros, pero mi nariz no miente, ese plato era pura basura disfrazada de “arte”. Y aún así, los aplausos retumbaban como si estuvieran ante un banquete divino.
 
Respiré profundo, apreté la mandíbula y seguí con mi obra. El ceviche marinándose al compás de mi canto, el dorado chisporroteando en la parrilla con una música propia, y mi cuchillo reluciendo bajo la luz del sol, cuando alcé el filo hacia el cielo y abrí la boca, las voces se callaron.
 
—¡Este plato hará bailar hasta a los muerto, mon! —grité, mi voz tronando como tambor de guerra —¡Y no me tiembla la lengua pa’ decir que aquí hay trampa! — La exclamación recorrió el público como un rayo. Yo vi cómo Pocouse se desmoronaba, su máscara de gran chef cayendo en pedazos, el sudor le empapaba la frente, la respiración le temblaba en el pecho y de pronto, en vez de palabras, eligió el cuchillo.
 
Lo vi moverse, no era rápido como un espadachín, pero su rabia lo empujaba hacia mí, con ese filo apuntando a mi muslo, el aire se tensó, podía sentir el filo venir, su velocidad cortando el espacio, pero mis ojos no se apartaron, yo estaba mirándolo de frente, mon. El instinto de pirata me gritó, y mi cuerpo reaccionó, el cuchillo bajó buscando mi pierna, pero yo giré sobre el talón y dejé que pasara rozándome, el filo cortó apenas un hilo de mi pantalón, nada más.
 
Mi bufanda morada flameó como si me cubriera, y con la otra mano levanté mi propio cuchillo de cocina no sin antes moverme a 3 metros de él. —¡Tú llama cocina a esa porquería, y ahora me vienes con cuchillito, mon? ¡WUAWUAWUAWUA! — troné, con mis cuchillos brillando. Me incliné hacia él, mi sombra cubriéndolo como si el sol mismo me hubiera elegido, la gente gritaba, algunos horrorizados, otros extasiados por el espectáculo.
 
—¡Ven pues, tramposo, si lo que quieres e’ medirte conmigo ven! Pero aquí, frente al fuego y al pescado, yo soy la que manda. — Mis piernas ardían de ganas de responder, pero mis ojos, mis ojos bailaban, había un publico que venia a ver a la gente cocinar, no a pelear.

Información Belica
#9
El cuchillo cortaba el aire en su avance, y la tensión hacía lo mismo con el aliento de los que habían acudido a ver el concurso de cocina. Las preparaciones de los chefs ahora habían pasado a un segundo plano, mientras que la afamada destreza del chef Baul Posouse había quedado desenmascarada. La joven Oni veía como el cuchillo se acercaba peligrosamente a su pierna. Sin embargo, la velocidad del cocinero no era nada para ella, ni sobre la tabla ni fuera de ella. Mercedes giró sobre sus talones con agilidad, como un recortador que esquiva a la fiera que le embiste. El filo solo pudo acariciar la tela de los pantalones de la joven cocinera antes de ver cómo el cocinero pasaba de largo y caía al suelo. Una exclamación corrió por el aire, demostrando la sorpresa ante el ataque del chef.

—¡Paren los fogones! La violencia no está permitida en mi cocina —intervino la chef Marie—. Y mucho menos dudar del gran talento de nuestra estrella invitada. No tolero esas acusaciones.


En ese momento, el cómplice de Pocouse se levanta de su sitio y comienza a lanzar acusaciones sobre Mercedes.


—Eso es. Yo lo vi todo. Ella provocó al gran chef Pocouse —grita mirando al público, mientras se acerca a la mesa de trabajo de Mercedes—. Hasta seguro que le cambió el plato al chef. Sí, eso es. Nadie creería que este plato es obra de una cocinera sin nombre.


El jurado solo tuvo que soltar una chispa. El público, jaleado durante todo el concurso y lleno de fervor por la presencia del afamado chef, tenía combustible suficiente para que aquella chispa se convirtiera en una gran llama. Y como si de fuego se tratase, el comentario del impostor fuer propagándose entre las personas a la vez que cogía fuerza, hasta que se convirtió en un incendio difícil de controlar. Primero algunos cuchicheos. Después comentarios lanzados al aire, desde la cobertura que otorga el anonimato de estar oculto entre la multitud.


—¡Tramposa! Mírenla, parece un demonio.


—Ha robado el plato al chef Pocouse. Yo lo vi.


—¡Es una vergüenza! ¿Cómo pensaba engañarnos con esa bufanda? Si hasta va llena de porquería.


A veces, resulta increíble esa capacidad del ser humano para obviar lo que han visto con sus propios ojos, por no ir en contra de la corriente general. Y eso es lo que hizo el público. Poco a poco, todos se dejaron arrastrar por los comentarios. Si alguien es famoso, será por que tiene talento, ¿verdad? ¿Cómo iban a atreverse ellos a negar lo que todo el mundo había «visto»? Aquella chica había aparecido de la nada, no podía ser más talentosa que el gran chef Pocouse. Y ese cuerno... Ya todos creían que era un demonio.


La turba se fue arremolinando alrededor de la chef Marie, rogando que echase de allí a aquella chica provocadora, y exigiendo el premio para el gran chef. La cocinera, agitada, miraba de un lado para otro como el que está buscando algo. Tal vez fuese la cordura, o tal vez una vía de escape, pero lo cierto es que la angustia se apoderó de su rostro. La gente había llegado hasta ella y comenzaron a zarandearla.


—¡Basta! —gritó Marie—. Mercedes, quedas descalificada. Y Pocouse, también. Todo el mundo está descalificado. Queda suspendido el concurso de cocina del Caraty este año. 

La chef dio un par de tirones para apartar las manos de la gente de su chaquetilla de cocina. Una vez liberada de sus ataduras, corre al interior del restaurante entre los abucheos de los presentes, que poco a poco comienzan a corear el nombre de Pocouse una y otra vez. Baul se levanta con la mirada llena de furia hacia Mercedes. Se dirige hacia ella, pero su paso es detenido por sus fan que saltan sobre él pidiéndole autógrafos y consejos de cocina. Su compinche se acerca al grupo con gestos de alabanza.

—No creas que te librarás tan fácilmente. Esto es personal —dijo con furia el cocinero impostor mientras miraba a la chica Oni—. 


—¡Señor Pocouse! Por aquí. Acompáñenos y deleite nuestros oídos con su gran sabiduría, ya que esta chica nos ha privado de poder degustar sus platos.


El falso miembro del jurado acudió al rescate del «chef» y ambos huyeron de allí rodeados de la muchedumbre. La calle se fue despejando poco a poco, hasta que ya solo quedó una persona mirando a Mercedes. Era la mujer del jurado. Sin pronunciar palabra, avanzó hacia la mesa de trabajo de la Oni, con gesto serio. Agarró el plato que había preparado para acercárselo. Lo giró en uno y otro sentido para examinarlo, como un profesor que evalúa una pieza de cerámica elaborada por se alumno aventajado, con juicio exhaustivo, pero con grandes expectativas. Tomó una cuchara y la llevó al plato. Cargó en ella una porción de cada elaboración con sumo cuidado y la llevó a su boca, la cual mantenía un gesto serio. Algo debió causar algún efecto dentro de aquella mujer, pues su mirada se ablandó a cada segundo, como si algo hubiera calentado su interior, como si un abrazo le hubiera llegado a lo más profundo de su alma. Su cara ahora desbordaba felicidad.


—Mercedes, esto simplemente es... Un plato digno de ser campeón.


La mujer miraba ilusionada a la Oni cocinera, como si por fin hubiera encontrado aquello que llevaba tanto tiempo buscando.


—Tienes mucho talento, chica. Si alguna vez quieres demostrar tu valía en la cocina, busca mi restaurante, el Dixpar. Y si no quieres ponerte a prueba, pero quieres aprender alguna nueva receta también deberías pasarte por allí.


Tras esas palabras, la mujer se dio media vuelta y se marchó, dejando a Mercedes sola en la improvisada cocina, con su plato y una parte del reconocimiento que tanto merecía.



Info
#10
El bullicio de la gente me sonaba distante, como si el mar se los tragara y me dejara sola en la orilla. Mi respiración era lo único que escuchaba, acompasada con el chisporroteo que aún quedaba en mi parrilla. La escena frente a mí era una de esas que uno no olvida: la multitud gritándome “tramposa”, “demonio”, “ladrona”, mientras el impostor se llenaba la boca de mentiras y sonrisas falsas.

Me quedé quieta, sin bajar la mirada, no tenía por qué. ¿Qué sabían ellos del fuego, del sudor, del arte de cocinar con el alma? ¿Qué sabían de mezclar lo que uno es con lo que el mar entrega cada día? Mi plato estaba ahí, brillante, vivo. El olor del ceviche aún bailaba con la brisa, el dorado dorado al punto perfecto, la salsa de mango y jengibre que hice con mis propias manos, pero la gente, la gente solo quería gritar.

Por un momento pensé en responderles, en alzar la voz y rugir como la bestia que ellos decían que era. Pero respiré hondo. Dejé que las palabras se apagaran como brasas bajo el agua. —No todo el mundo tiene gusto pa’ lo real —murmuré, apenas audible, mientras apagaba el fuego.

Entonces la vi, la mujer del jurado se me acercaba, sin miedo ni odio en la mirada, silencio absoluto, ni un alma se movía, tomó mi plato, lo miró, lo probó y vi cómo el hielo en su rostro se derretía poco a poco, cuando sonrió, sentí que todo valía la pena, sus palabras me atravesaron más que cualquier grito, “Un plato digno de ser campeón.”

Yo solo sonreí. —Hehe, no cocino pa’ premios, cocino pa’ tocar el alma, mon —le dije, inclinando la cabeza —Pero si alguna vez querés probar otra melodía del fuego, me encontrarás navegando entre mares, con el aroma del buen pescado siguiéndome la estela. — La mujer se marchó, y yo me quedé allí, sola con mi fuego apagado y el eco de la multitud disolviéndose en el aire. Tomé el plato entre mis manos, lo miré una última vez y sonreí de nuevo.

—Tal vez no gané el concurso, pero el mar sabe quién cocina con verdad, eh, mon. — Y con eso, recogí mis cosas, me colgué la bufanda al cuello, y me alejé caminando despacio, dejando atrás la cocina, el bullicio, y una parte de mi alma servida sobre aquel plato.


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 2 invitado(s)