03-09-2025, 04:41 PM
(Última modificación: 03-09-2025, 04:47 PM por Varoganchin.)
Día 37 de Verano // Año 16
Barriada cercana al puerto de la capital del Reino de Samba
Barriada cercana al puerto de la capital del Reino de Samba
Los días pasaban y su vida no era muy diferente de la de una rata, uno de los animales con los que tanto odiaba que lo confundiesen. Había pasado días ocultándose tras cajas, escondido en los techados, o incluso preparando una especie de refugio dentro de un conducto de ventilación. Los días eran tristes y aburridos, pero era consciente del peligro que corría si se dejaba ver demasiado; los hombres de Reena seguirían buscándole, de eso no hay duda. Las pocas incursiones que hacía durante el día, procuraba hacerlas con la cara medio tapada, las solapas de su chaqueta levantadas y el sombrero bien calado, siempre con sus gafas de sol. No quería que lo reconocieran, pero tampoco llamar mucho la atención. Había pensado en hacerse con una máscara como la que había conseguido hacía unos días para Destrutore, pero su habilidad como artesano no era suficiente, y solo había logrado obtener una madera con mordiscos de metal y una mano llena de rasguños. No, definitivamente aquello no era lo suyo. Y por su puesto que no quería llenarse las manos de heridas: pasar el día arrastrándose por cualquier rincón y heridas abiertas no son una buena combinación.
Siempre había pasado su vida con un extraño temor a caer enfermo. Extraño porque su predilección por la distancia social no hacía fácil contagiarse de otras personas, y más aún teniendo en cuenta que desde que llegó al Reino de Samba su vida no había gozado de mucha pulcritud. Tal vez, fuera esa distancia social que tomaba la que le hacía no sentirse el más hábil a la hora de entablar una conversación. O tal vez, simplemente había preferido la soledad, discurrir en silencio por las sombras, en busca de su próximo golpe. Pero ahora la situación había cambiado. Era consciente que de no ser por la ayuda de DaSilva, o más bien dicho por la confianza que depositó en él al dejarlo libre, ahora Varo no estaría aquí. También vio la cantidad de gente que trabaja para Reena en esta isla. Siempre había sabido que sus garras abarcaban más de lo que parecía, pero nunca pensó que tuviese tal magnitud. La noche de su huida, lo persiguieron hombres de todo tipo, incluso aquel extraño hombre que luchó con el Contramaestre, una sombra aterradora que lo había estado persiguiendo sin haberse dado ni cuenta. De no haber estado el marine...
Sin embargo, lo que más le había impactado fue la cantidad de chicos a los que tuvo que enfrentarse en la plaza que se interpuso en su camino al puerto. Había reclutado a varias decenas de chicos que estaban dispuestos a dar la vida por su objetivo, aunque resultase que lo prometido no era más que otro de los engaños del jefe. Ese día, su mente cambió por completo; fue consciente de que no podría salir a navegar él solo. No tenía ni idea de cómo gobernar un barco. Pensó en la posibilidad de hacerse con un bote de remos y navegar hasta Roshwan, pero entonces cayó en la idea de que tampoco sabría cómo repararlo. Pensó en las cosas que necesitaría a diario: comida, sabía rapiñar, pero no cocinar; ropa, podría robarla, pero nunca comerciar por ella; tampoco podría fabricar cosas, ni repararlas; y lo más importante, si enfermaba nunca podría curarse, no sabía nada de medicina.
Podrían pasar años hasta que pudiese adquirir todas esas habilidades, si es que era posible que alguien llegase a saber tanto de tantas cosas. Ya se sabe, aprendiz de todo, maestro de nada. Este pensamiento fue el que declinó la balanza, pues sabía que era más fácil abandonar la soledad que le había servido como escudo todos estos años, que formarse en todas esas ramas. Debía buscar gente que necesitase aliados, gente que pudiese saciar esas necesidades. No debían ser sus amigos, claro. ¿Cómo iba alguien a poder confiar en un delincuente fugado? Posiblemente la gente que encontrase serían prófugos también, o inadaptados. Personas en las que le costaría confiar en una situación normal, a las que esquivaría utilizando el primer recoveco, pero ahora su vida había cambiado. Necesitaba apoyos. Compañeros, tal vez.
Y en esos días la compañía era lo que más le faltaba. Había intentado varias veces hacerse con alguna planta ornamental para su guarida, pero tras un par de noches allí todas morían, incluso las últimas que había traído parecían marchitarse con tan solo tocar sus hojas. También lo intentó con pequeños roedores, pensando que ofreciéndoles grano tendría seguro que vendrían a él, pero o bien no se atrevían a acercarse tanto, o los que lo hacían, no volvían a aparecer por allí. Era frustrante, puesto que si no conseguía la confianza de animales o la supervivencia de plantas, cómo iba a poder lograr un resultado diferente con personas. Pero no podía rendirse sin antes haberlo intentado, no.
Llevaba días sin hablar con nadie, por lo que decidió que aquella noche saldría a buscar algún aliado, o al menos alguien con quién cruzar algunas frases. Cogió su chaqueta y se cubrió la cabeza con su sombrero; un explorador nunca abandona el suyo. Con su rifle a la espalda y sus agujas en los pasadores de su cinturón, se deslizó por el conducto de ventilación que ahora era la entrada a su nueva morada. Las coderas se le habían llenado de polvo por sus escapadas de los últimos días, por lo que apenas notó cuando tuvo que arrastrarse sobre unas pequeñas bolitas de forma alargada. Mejor no pensar en qué podía ser. Aguantó algo la respiración, unos metros tan solo, pues el olor que se filtraba por las rendijas de la sala de despiece de la lonja era insoportable, y por fin alcanzó la salida que tanto le había costado encontrar. En el tejado de una de las lonjas. Allí nadie subía, así que era el mejor lugar por el que salir al exterior, sin curiosos que pudiesen delatarlo. Al menos así era la mayoría de las noches. Esta vez, había una pareja en el tejado. No una pareja al uso, pues su actitud nada hacía indicar que mantuvieran una relación. Más bien parecían un comerciante y su cliente, pues la mujer contaba los berries que le había entregado el otro, el cual se guardaba con nerviosismo una pequeña bolsa llena de pastillas. Parece que Varo había elegido el peor momento para salir de su madriguera.
—¿Quién anda ahí? —dijo ella llevando su mano a la parte trasera del pantalón.
—¡Oh, mierda! Seguro que es un marine. Esto de aquí no es mío, agente —dijo el hombre con manos temblorosas lanzando la bolsa de pastillas al suelo.
—Maldito sapo. Sabía que no debía fiarme de este trapi. Lo vas a pagar.
La mujer sacó una navaja de su espalda y la clavó sin dudar en el cuello del hombre junto a ella, que cayó desplomado con las manos en la garganta, sus ojos abiertos a todo lo que daban, parecían dos imitaciones de la luna, inertes. Ella se agachó rápido a por la bolsa de pastillas para guardarla en el bolsillo trasero de su pantalón, no iba a desperdiciar mercancía ahora que ya no tenía dueño; doble cobro, mayor rentabilidad. Se giró hacia Varo, que ya había salido por completo del respiradero y lo apuntó con la hoja.
—No sé quién eres ni que mierdas haces aquí —escupió al suelo, la navaja dibujando círculos en el aire—. Pero, loco, hoy no es tu día de suerte.
—Ehm... No... No estoy buscando problemas —contestó Varo con su mano izquierda extendida hacia delante, con toda la intención de demostrar que no era una amenaza—. Haré como que no he visto nada. Yo tampoco quiero hablar con la marina.
Varo estaba tenso, aunque no era lo peor a lo que se había enfrentado en las últimas semanas. La mano derecha fue buscando la pernera de su pantalón, donde llevaba siempre sus Hari enfundadas, mientras con la otra mano hacía gestos que pretendía que fueran movimientos de distracción, como los que lleva a cabo un mago por un lado del tapete mientras está cambiando de lado las monedas por el otro.
—A ti se te va la flapa, loco —dijo entre toses la mujer, posiblemente afectada por el salitre del mar, o por lo que sea que había en las colillas tiradas por el suelo—. ¡Tú no te vas de aquí!
La mujer saltó hacia Varo. No era tan rápida como ella creía. De seguro estaba acostumbrada a pinchar a clientes incautos que no mostraban mucha oposición, o a algún otro camello desprevenido por haber pasado material en su territorio. Como sea, Varo pudo ver con claridad sus movimientos. Se apartó hacia un lado mientras con la mano golpeaba en la muñeca de la mujer para desviar su ataque. Como por acto instintivo, sacó una de sus agujas y levantó la mano por encima de su hombro, para coger impulso antes de lanzarla. Pero se detuvo. Saltó un par de metros hacia atrás y y exhaló para soltar tensión.
—Disculpe, señora. No quiero hacerla daño. Estoy seguro de que no podrías alcanzarme. Es más, te apuesto 100 berries a que no puedes alcanzarme.
La mujer comenzó a reír al ver la postura del mink, una risa con intención hiriente, pero que comenzó a cortarse por su tos.
—Pero, ¿tú qué te crees? ¿Un ninja chino de esos? Ya me has tocao el coño, loco.
La mujer volvió a saltar hacia Varo, entre risas y toses, con una mirada colérica y que dejaba ver que no había nadie a los mandos. Gritó y dirigió la navaja hacia el pecho del mink, pero este era mucho más rápido. Después de su encuentro con los Reena Boys había aprendido a leer los movimientos de los rivales, al menos de los que eran tan lentos. Saltó hacia uno de los lados, y con un giro lanzó su aguja hacia el brazo de la camello. Se clavó de lleno, no falló. El hari atravesó su muñeca lo suficiente para asomar por ambos lados. Pensó en lo sorprendente que es el cuerpo y lo rápido que se mueve la sangre al ver como se impregnaba toda la piel de la mujer. Ella empezó a gritar mientras agitaba la mano de un lado a otro, la sangre salpicada por el suelo en gotas, líneas y charcos. La pareció hasta artístico, como si estuviera pintando un lienzo, una obra moderna, de las que no todo el mundo comprende, pero de las que están llenas de sentimiento. Y esta desbordaba de esto último, en especial, irá y dolor.
Se acercó a la mujer que no dejaba de gritar e insultarle. Prometía acabar con él, pero no era capaz ni de sujetar la navaja con esa mano. Varo tomó el hari que sobresalía del brazo de la traficante y lo sacó con un tirón seco, sin contemplaciones.
—Por desgracia no se mucho de medicina, pero si no te atiende uno rápido, puede que sea grave. Si prometes no gritar, te dejaré cerca de alguna consulta, o en un lugar visible.
—Cabrón. Tú estás loco. En cuanto te pillemos te vamos a arrancar el pellejo y hacernos un bonito abrigo. Abrigo de mamón.
La mujer comenzó a reír al ver la postura del mink, una risa con intención hiriente, pero que comenzó a cortarse por su tos.
—Pero, ¿tú qué te crees? ¿Un ninja chino de esos? Ya me has tocao el coño, loco.
La mujer volvió a saltar hacia Varo, entre risas y toses, con una mirada colérica y que dejaba ver que no había nadie a los mandos. Gritó y dirigió la navaja hacia el pecho del mink, pero este era mucho más rápido. Después de su encuentro con los Reena Boys había aprendido a leer los movimientos de los rivales, al menos de los que eran tan lentos. Saltó hacia uno de los lados, y con un giro lanzó su aguja hacia el brazo de la camello. Se clavó de lleno, no falló. El hari atravesó su muñeca lo suficiente para asomar por ambos lados. Pensó en lo sorprendente que es el cuerpo y lo rápido que se mueve la sangre al ver como se impregnaba toda la piel de la mujer. Ella empezó a gritar mientras agitaba la mano de un lado a otro, la sangre salpicada por el suelo en gotas, líneas y charcos. La pareció hasta artístico, como si estuviera pintando un lienzo, una obra moderna, de las que no todo el mundo comprende, pero de las que están llenas de sentimiento. Y esta desbordaba de esto último, en especial, irá y dolor.
Se acercó a la mujer que no dejaba de gritar e insultarle. Prometía acabar con él, pero no era capaz ni de sujetar la navaja con esa mano. Varo tomó el hari que sobresalía del brazo de la traficante y lo sacó con un tirón seco, sin contemplaciones.
—Por desgracia no se mucho de medicina, pero si no te atiende uno rápido, puede que sea grave. Si prometes no gritar, te dejaré cerca de alguna consulta, o en un lugar visible.
—Cabrón. Tú estás loco. En cuanto te pillemos te vamos a arrancar el pellejo y hacernos un bonito abrigo. Abrigo de mamón.
Ahí lo comprendió. Ella lo había visto salir del respiradero. Su guarida ya no era segura. No podría permanecer escondido allí más tiempo, pues ella vendría a buscar revancha, y seguro que no lo haría sola. Una vez más, la importancia de los aliados. Si él los tuviera, al menos podrían conseguir que alguien se sintiese intimidado como para ir tras ellos. Pero estaba solo. Solo y expuesto por haberse tomado demasiadas confianzas. Ella sabía dónde se escondía. Otra vez no estaba seguro... No mientras ella viviese.
Miró de nuevo su hari, ensangrentado. La mujer había agarrado su navaja con la mano sana y mantenía la otra debajo de su axila, en un burdo intento por mantener la sangre en su recorrido habitual, pero sin conseguirlo, pues esta bañaba ya todo su costado. Miró por una salida, un hueco para poder alcanzar la escalerilla que la había traído hasta allí arriba. Tosió un par de veces, probablemente por tener la garganta forzada de tanto gritar. Avanzó un par de pasos hacia la salida, sin darle la espalda al mink. Pero eso es todo lo que pudo avanzar. Varo volvió a cargar de nuevo la aguja sobre su hombro y la lanzó con potencia. No pretendía hacer una herida superficial, no. Su intención era que aquella mujer no consiguiese volver a hablar. Y por la dirección de la aguja así sería. Como si de un destello se tratase, el arma cruzó con un resplandor el espacio entre la mano del mink y la garganta de la mujer, hasta frenar cuando apenas asomaba un centímetro de metal sobre la piel. Se acercó, tomó la aguja con un dedicado esfuerzo, puso 100 berries en el bolsillo del pantalón de la mujer y se sentó. Se sentó por dos motivos: primero, para pensar en la manera en que se desharía del cadáver para no levantar sospechas; segundo, para admirar el cuadro que había pintado aquella mujer. ¿O tal vez había sido él? Con suerte, allí arriba, sería una obra que perdurase más en el tiempo. No le gustaba el arte tan efímero.
