[T2] ¿Por qué hay un gigante en mi cocina?
#1
Dia 48, Verano, Año 16
Reino de Roshwan, Ciudad Pushkin
09:00 A.M.

La nieve caía con la monotonía de un metrónomo sobre la ciudad de Pushkin, capital del Reino de Roshwan. Los copos se arremolinaban en el aire, chocando contra las fachadas de ladrillo rojizo que caracterizaban la urbe, resbalando sobre los tejados esféricos pintados en tonos verdes, dorados y azules. Era temprano en la mañana, y a pesar del frío que calaba hasta los huesos, la ciudad bullía de actividad, comerciantes descargando barriles de vodka en la Plaza, costureras cargando telas desde las fábricas, niños correteando con bufandas demasiado largas.
 
Pero en una de las calles menos transitadas, donde el olor a levadura y sopa de pescado solía ser lo único que atraía a los vecinos, reinaba el caos. La casa de la familia Korolev, artesanos conocidos por elaborar tazas y jarras de cerámica para las tabernas, estaba siendo sacudida como si un terremoto la hubiera tomado por asalto, los gritos resonaban entre las paredes cubiertas de escarcha.
 
—¡Sáquenlo de aquí! ¡Por amor a Nika, sáquenlo de mi cocina! —chillaba la madre, con el cabello cubierto de harina y las manos alzadas al cielo.
 
El motivo de la conmoción era evidente, un gigante se había colado dentro, no uno de esos colosos guerreros que aparecen en los relatos de marinos veteranos, sino un sujeto corpulento, de sonrisa ingenua y mirada perdida, que parecía creer con firmeza que estaba haciendo un bien. Pixie, así lo llamaban en el puerto, un bonachón con más fuerza que sentido común.
 
La cocina, que hasta esa mañana había sido el orgullo de los Korolev, estaba destrozada. Las vigas del techo crujían bajo el peso del torso del gigante; sus piernas, dobladas de forma incómoda, habían perforado el suelo, hundiéndose hasta el sótano donde guardaban barriles de aguardiente, cada vez que intentaba moverse, lo hacía con torpeza, un codo derribaba una repisa de especias, una rodilla hundía un horno de hierro, su enorme mano convertía las delicadas tazas en polvo.
 
—¡Pero yo ayudo, yo cocino! —exclamaba Pixie con voz grave, mientras intentaba batir en un diminuto cuenco lo que quedaba de huevos y leche, el cuenco, evidentemente, no resistió y estalló en fragmentos cerámicos, y la mezcla chorreó por su enorme palma como si fuera sopa aguada.

—¡¿Eso te parece ayudar?! ¡Nos vas a arruinar! — gritó el padre, tratando de rescatar lo poco que quedaba de harina antes de que el gigante la usara como si fuera nieve para lanzarla al aire.
 
Los niños de la casa, dos pequeños de mejillas rojas por el frío, lloraban a moco tendido desde una esquina, observando cómo su desayuno se transformaba en un campo de batalla, el olor a pan quemado, mezclado con madera rota y alcohol derramado del sótano, impregnaba el ambiente.
 
Los vecinos ya se habían agolpado en la entrada, cubiertos con abrigos gruesos y gorros de lana, murmurando entre ellos mientras algunos lanzaban advertencias.

—Ese grandulón va a tumbar toda la casa si no lo detienen. —
—Llamen a la Marina, ¡esto es territorio del Gobierno! —
—¡No, no, no! Si llegan los soldados y lo hieren, ¿quién va a pagar los daños? —

 
El dilema estaba servido, Pixie no tenía malas intenciones, eso era evidente en su mirada torpe y en las frases que repetía como un niño intentando complacer a sus padres. Pero su “ayuda” estaba causando estragos irreparables, una viga cedió con un crujido ensordecedor, y un pedazo del techo cayó sobre una mesa, partiéndola en dos.
 
En la calle, algunos ya corrían hacia el cuartel de la Marina en Pushkin, donde un Capitán, un Comandante y decenas de soldados estaban listos para responder a cualquier altercado. La cuestión era, ¿qué pasaría si la fuerza del gigante se encontraba con la disciplina de la Marina? ¿Sería posible detenerlo sin provocar una tragedia mayor?
 
El frío invernal no daba tregua, y la nevada comenzaba a cubrir los escombros que caían al exterior, la familia suplicaba ayuda a gritos, los vecinos observaban con una mezcla de miedo y morbo, y Pixie, ajeno al desastre, sonreía mientras intentaba, con las yemas de sus dedos enormes, dar forma a un panecillo que se deshacía en migas.
 
La misión estaba clara, alguien debía intervenir antes de que la cocina se convirtiera en ruinas, la casa colapsara por completo y la paciencia de los altos mandos de la Marina se agotara.

Pixie

Leeme
#2
Una mañana más en el níveo cuartel de Pushkin, la capital de la isla Roshwan y el nuevo hogar del joven arquero quien fue destinado a esa isla tras su entrenamiento en el cuartel G-19 contra el ahora sargento Guh Ripa. El joven marine seguía una rutina bastante simple, dormir, desayunar, entrenar y descansar, estando siempre preparado para salir en caso de que surgiera algún problema que requiriese la intervención de la marina o sus superiores le asignaban alguna labor dentro de la isla, tanto en el cuartel como fuera. El clima de la isla sigue siendo el mismo, un frío que te llega a los huesos si no te abrigas bien y nieve cayendo sin cesar sobre los tejados de diversos colores de la cuidad. Bertram se levanta de su cama con total normalidad, siendo un día más en su vida diaria en la base marine y un nuevo día para ir organizando las cosas y planificando los siguientes movimientos de su división, pues al ser el líder de una división todo el papeleo y toda la responsabilidad burocrática recaía totalmente en sus hombros, así como la toma de decisiones y el deber de buscar justificar la existencia de la misma, pues si no se movieran como división era probable que los reasignaran.

Todo parece indicar a un día rutinario, en el cual el pelirrojo se viste con la ropa típica de la marina, siendo que al ver el tipo de abrigos que usan el resto de marines el joven pidió que adaptaran el abrigo que trajo consigo para poder seguir usándolo, pero que encaje en el aspecto uniformado de la marina. El joven logró que quedara lo más perfecto posible contando con la ayuda de un profesional, por lo que se coloca el abrigo sobre su ropa, ajusta el carcaj de flechas en su espalda y su arco colgando en el hombro opuesto al carcaj, de forma que pueda sacar el arco sin que se enganche en el carcaj. No cree que va a pelear siempre en la base, pero prefiere tener su arma a mano que confiarse y estar indefenso en el poco probable caso de un ataque enemigo.

El joven desayuda tranquilamente en la cantina de la base y luego se reúne con el resto de marines, aunque en la cantina se encuentra con sus dos compañeros de división a quienes saluda diciendo -Buenos días, espero hayan dormido bien.- Tras eso el grupo se dirige a la zona de reuniones dónde les darían las tareas diarias o esperarían a tener algo que hacer. Es en ese momento que el día cambia respecto al resto, un civil tras otro llega con información sobre lo que ocurre en la casa con un gigante, y a juzgar por lo que dicen no es alguien malvado o con intenciones dañinas, parece más bien alguien que no es consciente de que su tamaño está provocando más daños que ayuda por lo que el arquero mira a sus  compañeros mientras se rasca tras la cabeza y les dice -Creo que deberíamos ir a ayudar. Puede que no sea una misión de combate ni tampoco glamurosa, pero si demostramos iniciativa puede que gocemos de una mejor imagen ante los superiores, lo que puede ayudarnos a conseguir mejores misiones a futuro, y más refuerzos en caso de ser necesario. Además, me hice marine para ayudar a la gente, sir.-

Una vez se asegura que sus compañeros están de acuerdo el joven arquero se dirige al comandante y al capitán y presenta un saludo militar antes de decir  -Disculpe señor, me gustaría acudir al lugar con mi división a intentar solucionar el problema sin causar más estragos. Creo que un pequeño grupo puede servir para evitar que el gigante se ponga nervioso y facilite el convencerle de retirarse sin causar daños colaterales por un combate. En cualquier caso si veo que es necesario solicitaré refuerzos, sir.- En caso de que alguno de sus compañeros no esté de acuerdo lo escucharía y actuaría en consecuencia.
#3
Stroud se dirigió al exterior, al patio de armas, situado justo en el centro del cuartel, casi como si fuera su núcleo. A su alrededor, algún que otro marine somnoliento que había sacrificado el desayuno por quince minutos más de sueño se abrochaba el uniforme apresuradamente, bostezando y dirigiéndose hacia donde fuera que tuviese que cumplir sus deberes del día. Era una de las horas puntas del cuartel, siempre inundada de un fuerte olor a café barato (aunque aquel, a decir verdad, era un olor presente durante todo el día allí). Bajo sus botas, la madera crujía menos que de costumbre, húmeda por la nieve derretida, y por todo el edificio resonaba el repiqueteo metálico de los cubiertos y los platos que emanaba de la cantina. Un contramaestre recorría los pasillos, dando palmadas y gritos secos para apurar a los rezagados.

Salió al patio, desde donde vio la enorme bandera de la Marina ondeando con rigidez, sus bordes cubiertos de escarcha. Caía una ligera capa de nieve que homogeneizaba todo. No se había abrigado; había llegado a la conclusión de que no hacía falta. No era para tanto. El joven Stroud sobresalía como un clavo, vestido con apenas una camisa sin mangas y, a su vez, rodeado de reclutas cubiertos con abrigos y pieles. Los recién llegados eran los que más se abrigaban, claro, espantados por el súbito frío de Roshwan. Respiró hondo: le encantaba el olor metálico y agrio de las armas aceitadas en revisión. A unos metros de él, un par de marines veteranos fumaban, dejando colillas humeantes sobre la nieve.

Al cabo de unos segundos estirando y respirando el gélido aire del exterior, volvió a adentrarse en el edificio. Aquel se había convertido en su ritual de todas las mañanas, el equivalente a tomarse el café: un tortazo de aire frío que lo despertaba para el resto del día. Mientras se sentaba en la cantina con su taza de café y su bollo de pan de centeno (un poco rancio, como a él le gustaba), empezó a percibir que aquel día había un poco más de revuelo del habitual, para ser por la mañana. A la cita habitual llegaron Bertram e Imai, con quienes se sentó para charlar sobre el día, si bien parecía que aquella vez les aguardaba una sorpresa. Las noticias sobre el peligroso gigantón en Pushkin lo pillaron desprevenido. "Un gigante en una cocina," pensó para sí, "¿no lo tenían más raro hoy?"

"Bueno, no descartemos nada, sargento," incidió frente a las afirmaciones de Betram, "puede que sí acabe siendo una misión de combate. O glamourosa. Mejor no dar nada por supuesto. Pero sí que es importante mostrar iniciativa. Si el problema está preocupando tanto a los locales, lidiar con ello no solo podrá mejorar nuestra imagen de cara a los jefes, sino la de la Marina en general. Cada problema que resolvamos será un pequeño punto a favor que no se podrán llevar otros," afirmó, llevándose la mano al mentón. Apuró el último sorbo de su taza, sin dejar siquiera unos posos, y se cuadró frente al capitán y el comandante mientras Bertram hablaba con ellos. Él desconectó, asintiendo con la cabeza. A veces, los rumores y los informes funcionaban como un Den Den Mushi estropeado, distorsionando la información progresivamente con el boca a boca. No podía esperar a ir al centro y comprobar por sí mismo qué pasaba allí.
#4
Me levanté antes de que sonara la campana del cuartel, como casi todos los días. No porque fuera especialmente madrugadora por disciplina, sino porque con tanto frío y con mi tamaño es imposible dormir de corrido en un catre hecho para humanos, a mitad de la noche ya suelo estar dándome vueltas como pez en barril, y termino aceptando que es mejor empezar el día temprano.
 
Lo primero es siempre lo mismo, la pintura, saqué el cuenco grande que guardo bajo la cama, junto con un par de frascos de polvo mineral que conseguí en la última escala del barco y un poco de aceite que requisé “amablemente” de la cocina del cuartel. Ya me han visto con mis mezclas, y más de uno pensará que fabrico veneno o algún ungüento extraño, pero nada más lejos de la verdad, es mi pintura azul celeste, la que me hace sentir que soy yo de verdad.
 
Removí la pasta con calma hasta que adquirió esa textura espesa que tanto me gusta. Hundí las manos y empecé a cubrirme desde el cuello hasta los pies, pasando por los brazos, el abdomen y las piernas. Es un ritual que no me salto ni, aunque el barco se hunda, si no estoy pintada, siento que no soy Imai, sino una sombra de mí misma, además, el azul resalta mi piel oscura y hace que mis ojos carmesíes brillen todavía más. Cuando terminé, me observé en un pequeño espejo rajado que había colgado en la pared, la pintura todavía húmeda brillaba bajo la tenue luz, y mi sonrisa amplia apareció sin que pudiera evitarlo.
 
—Perfecta —dije para mí, y solté mi risa estruendosa —Kyarararara—
 
Con la piel pintada, me puse el uniforme, la chaqueta blanca de la Marina, hecha a medida, la llevé abierta como siempre, dejando que los vendajes dorados que cubren mi torso quedaran a la vista, ajusté los pantalones azules marino reforzados y las botas de cuero negro que, aunque reforzadas, siguen sufriendo conmigo cada día. El toque final mi enorme kanabō descansando en mi espalda, siempre me gusta sentir su peso; es como una parte de mí misma.
 
Al salir de la habitación, el aire helado del pasillo me golpeó en la cara. El cuartel estaba ya despierto, con marines abrochándose abrigos y reclutas todavía medio dormidos arrastrando los pies y el olor a café barato llenaba todo el edificio, mezclado con el del pan recién horneado de la cantina, me dejé llevar por el bullicio hasta allí, saludando con la mano a los que me miraban con curiosidad, siempre llamo la atención, da igual cuánto me acostumbre.
 
Desayuné rápido, un trozo de pan negro duro y té de jengibre caliente que me devolvió la energía, entre sorbo y sorbo, me encontré con Bertram y Stroud, entonces nos sentamos juntos, y yo estaba en medio de contarles que la noche anterior soñé con un pulpo gigante que preparaba takoyaki cuando un civil irrumpió en la cantina, jadeando y con los ojos como platos.
 
—¡Un gigante! ¡Un gigante en la ciudad, destrozando una casa! —gritó, mientras algunos reclutas se atragantaban con la sopa. Yo casi me ahogo con mi té, pero no de miedo, sino de risa.
 
—¿Un gigante en una cocina? ¡Kyarararara! ¡Tengo que ver eso! —golpeé la mesa con tanta fuerza que varios cubiertos salieron rebotando.
 
Bertram por otra parte se lo tomó en serio desde el primer momento, con esa calma suya de arquero responsable. Propuso acudir como división, presentar iniciativa y ayudar sin necesidad de que aquello se convirtiera en un combate innecesario, Stroud, más pragmático, añadió que tampoco había que descartar un enfrentamiento, pero coincidía en que era buena idea actuar rápido, yo, mientras tanto, ya estaba de pie, rebosante de energía, con mi kanabō resonando en mi espalda al levantarme.
 
—¡Vamos ya! —exclamé, sonriendo de oreja a oreja —No me importa si es misión oficial o no, yo quiero ver con mis propios ojos a este gigante que cree que sabe cocinar. ¿Qué tan fuerte será? ¿Podrá batir un huevo sin hacer polvo el cuenco? ¡Kyarararara! — Bertram se acercó al capitán y al comandante para pedir permiso formalmente, y yo traté de no interrumpir con mis carcajadas, aunque me costó. Para mí estaba claro, no iba a perderme aquello por nada del mundo, puede que no haya medallas de por medio, ni un combate digno de las crónicas, pero ayudar a la gente y vivir estas situaciones extrañas es exactamente lo que me mueve a ser marine.
 
Mientras ajustaba el cinturón y me preparaba para salir, pensé en lo curioso que era todo, un gigante destrozando una cocina, civiles en pánico, y nosotros tres al frente, no era el tipo de aventura que me imaginaba cuando era niña escuchando historias de piratas y monstruos marinos, pero en cierto modo tenía el mismo encanto y además, me daba la oportunidad de conocer a alguien tan fuera de lo común como yo.
 
Con un último sorbo de té y una sonrisa que no podía borrárseme del rostro, me giré hacia mis compañeros. —Entonces, ¿a qué esperamos? ¡Que alguien le diga a ese gigante que no todos nacemos para la repostería! —troné los nudillos, lista para marchar, mientras mi risa volvía a llenar la cantina. —KYARARARARA—
#5
La noticia del “gigante en la cocina” corrió por Pushkin más rápido que una ventisca en la tundra. Los rumores crecían con cada voz que lo repetía, unos juraban que se trataba de un invasor de Elbaf, otros que era un monstruo marino disfrazado, la realidad, sin embargo, aguardaba en una casa común de los artesanos Korolev, donde la nieve caía sobre el techo agujereado por el peso del intruso.
 
El Capitán del cuartel escuchó con atención la solicitud de Bertram y asintió con gravedad, intercambiando una breve mirada con el Comandante. —Está bien, llévense a su división, evalúen la situación, contengan al sujeto si es posible y eviten un desastre mayor, la Marina debe ser vista como un apoyo para los ciudadanos, no como un martillo que rompe más de lo que arregla. Tienen mi autorización. — Con esas palabras, la responsabilidad recaía sobre los hombros de los tres marines, a través de las calles nevadas de Pushkin, la división avanzó. Los edificios de ladrillo rojo, con sus extravagantes tejados de colores, parecían observarlos mientras el bullicio de la ciudad quedaba atrás, civiles los señalaban con dedos temblorosos, algunos pedían ayuda desesperadamente, otros se apartaban con recelo.
 
—¡Dense prisa, marines! ¡Ese grandulón va a tumbar la casa entera! —clamó un vecino, señalando la humareda de polvo y harina que salía por las ventanas destrozadas mientras el frío cortaba la piel como cuchillas, pero el calor del caos se sentía a cada paso y ya cerca de la vivienda, podían oírlo con claridad, los lamentos de la familia, los llantos de los niños, y sobre todo la voz retumbante de Pixie.
 
—¡Tranquilos, tranquilos! Yo preparo desayuno rico… ¡rico para todos! —tronaba el gigante desde el interior. Un estruendo sacudió las paredes, otra mesa se hizo añicos bajo el peso de su codo. El aroma a pan quemado se mezclaba con el hedor a madera rota y alcohol derramado, un cóctel extraño que impregnaba la calle, se podía ver a varios vecinos intentaban cargar cubos de nieve para sofocar un pequeño incendio en el sótano, donde las velas habían prendido un barril de aguardiente derramado.
 
La fachada de la casa estaba torcida, como si en cualquier momento fuese a colapsar. Trozos de cerámica, harina y hasta una pierna de jamón colgaban de lo que alguna vez fue la ventana de la cocina, a través de los boquetes podían ver la figura enorme de Pixie, mejillas enrojecidas por el esfuerzo, ojos alegres y confundidos, una sonrisa ingenua que contrastaba con el desastre a su alrededor y entre sus dedos sostenía lo que quedaba de una sartén, doblada como papel, en la que trataba de voltear un huevo que se deslizaba por su brazo. Los civiles se mantenían a distancia, algunos escondidos tras montones de nieve, otros cuchicheando con nerviosismo.

—¿Y si se enfada? ¿Y si empieza a aplastarlo todo? —murmuraban.
—Si alguien puede pararlo son los marines —respondía otro, con más esperanza que convicción.
 
En ese momento, los tres marines tenían el control de la escena, la casa estaba al borde del colapso, la familia pedía ayuda desde dentro y el gigante parecía no comprender el daño que causaba, todo dependía de cómo eligieran actuar. Podían intentar dialogar con Pixie, convencerlo de salir de la cocina sin violencia, podían reducirlo por la fuerza, arriesgando daños colaterales y la reacción del gigante o quizá intentar ingeniárselas para dormirlo o distraerlo, usando el frío, el alcohol o cualquier recurso del entorno.
 
El tiempo, sin embargo, jugaba en su contra. Otro crujido recorrió la estructura y una viga entera cayó frente a la puerta, bloqueándola parcialmente y los gritos de la familia se intensificaron. Pixie, ajeno a todo, sonrió satisfecho y levantó lo que quedaba de una hogaza de pan aplastada, como si fuese su obra maestra.

—¡Ya está listo! ¡Comida rica para todos, amigos pequeños! —proclamó con inocencia, mientras la harina flotaba en el aire como una nevada artificial dentro de la cocina destruida. El destino de la casa, de la familia y del propio gigante estaba ahora en manos de los marines.
 
Mecanicas implementadas


Pixie
#6
Como líder de división es cierto que el arquero tiene la autoridad de decidir las misiones aceptadas y los trabajos que aceptaban todos los miembros de la misma, pero al mismo tiempo sabe que para que un grupo de personas que trabajan juntos tenga futuro y pueda funcionar la confianza y el respeto son dos pilares fundamentales, y con ello en mente es que siempre toma en consideración las opiniones de sus compañeros a la hora de tomar decisiones. A lo largo de su vida como cazador vio a muchos grupos adentrarse en el bosque a entrenar o aprender, pero cuando el que era el líder empezaba a ignorar las protestas y peticiones de sus compañeros, tomaba las decisiones por su cuenta sin tener en cuenta el punto de vista de los demás la confianza y el respeto desaparecieron, y era entonces que él y los demás cazadores debían intervenir y salvarles el pellejo, aunque mayormente era sacar a los que ignoraban a sus compañeros los que necesitaban salvar.

Una vez el joven arquero les propuso a sus compañeros hacerse cargo de esa misión ambos aceptaron, Imai porque parecía intrigarle el gigante, y Stroud por el hecho de que hacerlo dejaría una buena impresión de ellos en la cadena de mando, y al mismo tiempo, de la marina de cara a los ciudadanos, demostrando que no están solamente para perseguir criminales, sino que también ayudan con casos cómo el actual, en el que parece más un altercado que un acto criminal. Bertram solicita entonces permiso al responsable a cargo de la base de poder presentarse en la zona con su división para buscar una manera de solucionar el problema de manera que evite daños adicionales por una pelea.

Ante las palabras del capitán Bertram presenta un saludo militar y se gira mirando a sus compañeros diciendo -Es hora de moverse, acudamos cuanto antes al lugar, sir.- Tras eso y sin perder más tiempo el sargento se encamina hacia la casa en cuestión, abrigo puesto y su arma colgada del hombro al igual que sus flechas, no cree ser necesario emplear su arco, pero un buen soldado nunca ignora la pequeña posibilidad de contratiempos que hagan necesario el uso del arma. Conforme avanzan pueden escuchar a la gente pedir ayuda, que el gigante va a derrumbar la casa entera y al llegar puede ver como el gigante está en la casa, ya bastante dañada, diciendo que estaba preparando el desayuno.

La situación ya es delicada de por sí al tener un gigante derrumbando una estructura mientras cree que está ayudando, pero el hecho de que una viga cae bloqueando parcialmente la puerta mientras se ve la clara luz de un fuego proveniente del sótano. El arquero se mantiene calmado, mirando alrededor en busca de formas de evitar más daños y dice -imai, necesitamos que saques la viga de la puerta y busques la forma de evitar que el incendio se propague. Una vez apartes la viga necesito que vayas al sótano y busques la forma de extinguirlo o al menos retirar cualquier elemento que pueda alimentar el fuego. Stroud, encárgate de sacar la familia de dentro, prefiero evitar que haya civiles dentro de la casa en caso de que las cosas se descontrolen y la casa ceda, un edificio se puede reconstruir, una vida no se puede recuperar, su seguridad es lo primero. Una vez termines con eso comprueba si Imai necesita ayuda, o si se te ocurre como apagar el fuego no dudes en tomar la iniciativa y apagarlo, yo trataré de lidiar con el foco del problema de mientras aseguráis la estructura, sir.-

Una vez dadas las órdenes a sus hombres el arquero se acerca con decisión y calma al gigante, lo bastante para que pueda escucharle bien pero manteniendo una distancia prudente por si la estructura se le cae encima o el gigante se molesta. El joven sargento aclara su garganta y dice -Buenos días, veo que le gusta ayudar a la gente y cocinar, sin embargo, no dispone de medios que le permitan hacerlo bien, por lo que por accidente acabas causando daños sin quererlo. No estoy aquí para hacerte daño ni para arrestarte, sino para conseguirte un lugar donde poder preparar toda la comida que quieras sin preocuparte de que la gente se asuste, pero primero necesito que dejes la casa y me acompañes, con cuidado para no hacerte daño con las casas, sir.-
#7
Habiendo recibido permiso y órdenes directas de partir hacia el lugar de los hechos, Stroud salió del cuartel junto con el resto de su división, escuchando, como de costumbre, a sus compañeros, cuyas bocas exhalaban vaho como auténticas chimeneas en la nieve. No había necesitado armarse, sino que llevaba, como de costumbre, solo sus guantes ceñidos al cinturón. Ya se apañaría para el resto. Las calles de Pushkin, al menos las más lejanas al incidente, aún parecían medio dormidas; los tenderos iban levantando las contraventanas de sus puestos y sacudían la escarcha, y carros cargados con leña y pescados en salazón avanzaban muy despacito, como si los mismos bueyes se hubiesen acabado de levantar. Pushkin empezaba a coger ritmo para el día, como cada amanecer. Al paso de los tres Marines, algunos civiles observaban a la tropa con respeto, mientras que otros lo hacían con una cierta desconfianza. El blanco impecable de sus ropas contrastaba con los colores grises de la urbe, cubierta de nieve embarrada y hollín.

Cuanto más avanzaba su travesía, sin embargo, más barullo había en el ambiente; el suceso del gigante había sido como una piedra en un estanque, en torno al cual se iban formando círculos concéntricos de vecinos alarmados y actividad general. Cuando giraron por una calle adoquinada, un civil de manos temblorosas hizo un ademán en dirección al lugar de los hechos: "¡Es ahí! ¡El gigante está por allí, Marines!", afirmó. No hacía falta, claro. Resultaba evidente. Ya desde allí era posible escuchar el ruido proveniente del caos. Stroud, en cualquier caso, asintió con la cabeza hacia el hombre, agradeciendo el gesto, mientras continuaba caminando en silencio con la división.

Cuando llegaron al lugar, Stroud descubrió una escena, por una vez, tan pintoresca como se la habían descrito, con el gigante de aspecto bonachón y torpe agachado de mala manera en la cocina, haciendo Neptuno sabía qué. Los techos crujían y las pareces temblaban, con ollas que rodaban ocasionalmente por el pavimento del lygar. Apretó la mandíbula, analizando la situación, mientras escuchaba las órdenes de Bertram. Asintió con la cabeza ante sus palabras; el plan le sonaba bien. "Eso está hecho," se limitó a decir, ciñéndose sus guantes a las manos por lo que pudiera pasar.

Antes de nada, observó el edificio, viendo cómo se mezclaban la polvareda y el humo. Aquello podría ser peligroso, especialmente si la familia pasaba mucho tiempo en el interior. Haciendo acopio de sus lecciones de supervivencia, desgarró con mesura varios pedazos de su propia camisa blanca, y colocó con cuidado un montoncito de nieve del suelo en el interior de cada trapo (al menos, de la nieve más limpia que pudo ver a su alrededor). Permitió que la nieve se derritiese, empapando cada uno de los trapos blancos, y se los ciñó al cinturón. Podría serle útil en una situación como aquella.

Mirando a un lado y a otro, buscó un lugar por el que entrar de forma segura. Escuchó a Bertram dirigirse al gigante, ante lo cual alzó una ceja. ¿Realmente iba a ser tan sencillo persuadirlo? Si entendiese un razonamiento como aquel, no estarían en ese embrollo. Se encongió de hombros, prosiguiendo con su labor. La puerta principal no parecía el mejor sitio, parcialmente bloqueada por una viga que podría ceder en cualquier momento, y no podía esperar a que Imai la quitase de en medio; debía buscar otro acceso. Encontró un agujero en la pared que, según acertaba a adivinar, debía de haber sido una ventana hasta hacía pocos minutos. Evitando los fragmentos de cristal, y agarrándose a lo poco que quedaba del marco aún sujeto al ladrillo, se impulsó y entró en la vivienda. Entrar en un lugar como aquel resultaba enormemente bizarro: era una casa, sí, pero las paredes, el techo y el suelo habían empezado a torcerse y agrietarse, como si todo el lugar se estuviese distorsionando, como estar dentro de una caja de cartón que han empezado a apretar por los lados. Debía darse prisa.

El aire estaba cargado con un olor extraño, como de pan a medio cocer, y había un calor sofocante que se mezclaba con el aire helado que se colaba desde el exterior. Siguió el vocerío de la familia, atrapada en algún lugar del edificio. Atravesó un pasillo estrecho de paredes agrietadas, esquivando algunos estantes caídos, notando cómo cualquier sacudida del gigante hacía vibrar todo el lugar. Tras patear una puerta que estaba a medio caer de su quicio, encontró a los Korolev; la madre abrazaba a dos niños, que lloraban constantemente, y el que debía de ser el señor Korolev trataba de mantener la calma, con un brazo ligeramente ensangrentado. Los cuatro parecieron impresionados cuando Stroud hizo acto de presencia, sus ojos clavándose en su ropa blanca e identificándolo inmediatamente. El joven Marine no perdió el tiempo: "¿Podéis caminar? ¡Levantaos, tenemos que salir de aquí!" exclamó, observando a su alrededor. "¿Hay alguien más en el edificio?" inquirió, guiando a la familia a través de los escombros y el humo hacia el exterior. La harina suspendida en el aire y el humo de la cocina hacían que la respiración se fuese volviendo progresivamente más áspera, como tragar polvo. Al poco de salir de la habitación, Stroud dio a cada uno de los Korolev uno de los trapos humedecidos, dándoles indicaciones: "¡Atáoslo alrededor de la boca y la nariz, os ayudará a no respirar el humo! ¡Vamos! No os preocupéis, he venido a ayudar," afirmó, acompañando sus instrucciones de movimientos gestuales que explicaban lo que pretendía. La familia no pareció dudar y siguió sus instrucciones, cubriéndose las vías respiratorias con aquellas máscaras improvisadas.

La travesía hacia el exterior fue más tortuosa que su entrada; la situación parecía haber empeorado, al menos en aquel piso, y los niños tenían serias dificultades para superar los obstáculos. Stroud los tomó en brazos, saltando por encima de una enorme cómoda que bloqueaba el pasillo. Cuando por fin llegaron, al cabo de varios minutos, a la ventana, la pared parecía haberse vuelto aún más inestable, pero seguía pareciendo el mejor lugar de paso disponible. "¡Bien, id pasando todos! ¡Señora Korolev, pase con los niños!" ordenó, dando indicaciones. "Yo sujeto este pedazo de madera para que no ceda, no se preocupe. Usted solo saque una pierna y luego la otra... Así, bien hecho, sin miedo," la reconfortó, a medida que salía hacia el exterior. "Ahora vosotros... ¡Con cuidado! No os cortéis. ¡CON CUIDADO, HE DICHO, LECHES!" exclamó. "Y ahora usted, señor Korolev...", dijo, aunque no hizo falta. El padre de familia parecía estar en una forma física propia de un Marine, y no dudó en impulsarse por la ventana, previa carrerilla. Parecía que todos lo habían logrado. Ahora solo quedaba ayudar a Imai a lidiar con el incendio... ¿Por dónde se bajaba al sótano en aquella casa?
#8
El frío cortaba como cuchillas en las mejillas, pero a mí no me afectaba en lo más mínimo. Caminábamos con paso firme, Bertram al frente, Stroud a su lado y yo un poco detrás, mi kanabō rebotando contra la espalda con cada zancada. Desde que el civil vino gritando lo del “gigante cocinero”, no había podido dejar de reírme.
 
—Kyarararara ¡Un gigante en una cocina! Si no lo veo, no lo creo. —
 
Cuando llegamos, no hizo falta preguntar dónde era. El caos se veía y se olía desde la esquina, harina en el aire como si nevara dentro, humo que salía por las ventanas destrozadas, vecinos corriendo de un lado a otro con cubos de nieve. Y ahí estaba, tal cual lo pintaron, un gigantón alegre con cara de niño travieso, aplastando sartenes como si fueran de papel.
 
Bertram, con esa calma que lo caracteriza, nos dio las órdenes. El plan estaba claro, Stroud se encargaría de la familia, yo de la viga y del incendio, y él se ocuparía de hablar con el bonachón. Le di un golpe en la espalda que casi lo hace trastabillar y solté una carcajada.
 
—¡Perfecto, sir! Déjenmelo a mí, ya verán cómo vuelo la basura y apago el fueguito. Kyarararara—  Lo primero era la viga. Ese tronco enorme bloqueaba la entrada como si fuese la mismísima puerta del infierno. Me acerqué, palmeé la superficie llena de polvo y murmuré.
 
—Vamos a flotar. — La madera empezó a temblar, perdiendo peso en cuanto mis manos la reclamaron. El sonido cambió de un crujido pesado pasó a un susurro hueco, hasta que la viga entera flotaba frente a mí como si fuera una pluma gigante. La aparté con calma, haciéndola levitar a un lado y apoyándola en la nieve para que no causara más líos. Un par de vecinos abrieron la boca como si hubieran visto un milagro.
 
—¡Magia! —gritó uno.
—No, idiota, ¡es el poder de los marines! —le corrigió otro.
 
Yo solo me reí a carcajadas, con el pecho lleno de orgullo. Con la entrada despejada, avancé hacia el interior. El calor me golpeó de lleno porque el contraste con el aire helado era brutal, allí dentro se sentía como un horno, entre humo, brasas y harina suspendida. Mis botas crujieron sobre los restos de muebles y cerámica rota, el olor era asqueroso, mezcla de pan quemado, alcohol y madera.
 
Seguí el sonido del chisporroteo y bajé hacia el sótano. La escalera estaba medio colapsada, pero un poco de mi poder bastó para apartar las tablas caídas. Hice mi propio cuerpo flotar para poder bajar sin tener que pisar nuevamente la madera, ni la estructura, abajo, el fuego ya había alcanzado un barril de aguardiente derramado, y las llamas danzaban con fuerza, listas para propagarse.
 
—Tsk… si esto sigue así, volaremos todos. — Miré alrededor, había nieve entrando por los agujeros del techo, pequeños montones sobre cajas, perfecto. Toqué con la palma los trozos de madera carbonizada y las piedras alrededor del fuego, haciéndolos levitar, y luego solté una carcajada mientras las lanzaba contra los montones de nieve. La madera encendida se apagaba al contacto, el humo silbaba, y poco a poco el calor bajaba de intensidad.
 
No era suficiente. El fuego aún lamía las paredes del barril, así que me agaché, hundí las manos en la nieve que caía y la lancé directamente sobre las llamas como una pala excavando, el vapor me envolvió como si me bañara en una nube hirviente, pero no retrocedí ni un paso. —¡Kyarararara! Eso es, traguen frío, malditas llamitas.— Con cada brazada de nieve, el fuego perdía fuerza, la mezcla de humo y vapor me arrancaba lágrimas, pero yo seguía, cabezón como siempre, hasta que no quedó más que brasas débiles y un suelo embarrado de agua sucia.
 
Respirando hondo, me erguí, sacudiendo las manos, había cumplido mi parte, la casa aún temblaba con los movimientos de Pixie, y arriba se oían los gritos de Stroud guiando a la familia, la voz calmada de Bertram intentando razonar con el gigante, subí de nuevo, dejando atrás el sótano apagado. Al llegar a la entrada, vi a varios vecinos que habían estado intentando ayudar desde afuera. Les señalé el humo que aún salía del sótano y les grité. —¡Eh, ustedes! ¡Traigan cubos de nieve, terminaré de enfriar las brasas! La Marina ya contuvo lo peor, pero necesito refuerzos. —No sé si por mi tono o por la simple fuerza de la pintura azul sobre mi piel, pero obedecieron sin rechistar.
 
Volví a reír, ajustando el kanabō en mi espalda. La casa aún podía colapsar, pero al menos ya no iba a explotar en llamas, ahora solo quedaba ver si el gigante aceptaba la oferta de Bertram o si yo iba a tener que usar el kanabō para enseñarle un par de modales. —Kyarararara, espero que no, sería un desperdicio. — Pensé para mi misma mientras me cruzaba de brazos mientras flotaba en la entrada de la casa.

Gastos de energía
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 819 + 0 = 819
Energia: 798 - 72 = 726
Espiritu: 81 + 0 = 81
#9
El barrio de Pushkin parecía contener la respiración. Aquel sector, normalmente rebosante de olores a pan caliente y sopa espesa, se había transformado en un hervidero de vecinos inquietos, cada cual armado con cubos de nieve, palos o simples ojos temerosos. La vieja casa de los Korolev, antaño orgullo de panadería familiar, estaba ahora torcida como una baraja húmeda a punto de desmoronarse y todo por la figura gigantesca que, con las manos llenas de harina, se movía en el interior como un niño jugando a cocinitas con piezas demasiado frágiles.
 
La llegada de la división liderada por Bertram no pasó desapercibida. Los uniformes blancos de los marines brillaban en medio de la nieve embarrada y el hollín, generando un murmullo de alivio en los vecinos, aunque también un rastro de desconfianza en algunos ojos, habían acudido en el momento justo, cada crujido de la madera era un recordatorio de que no quedaba mucho tiempo.
 
Dentro, el caos era absoluto. Stroud tomó la delantera con una eficiencia férrea. En apenas unos minutos localizó a la familia Korolev, atrapada entre polvo y humo, los niños lloraban sin consuelo, la madre temblaba abrazándolos, y el padre trataba de aparentar firmeza pese al brazo ensangrentado. El marine no perdió tiempo, con una calma práctica les improvisó mascarillas con nieve y tela, y los guió a través de los pasillos tambaleantes. El crujido de cada paso parecía anunciar un derrumbe, pero la convicción en la voz de Stroud les mantuvo en movimiento, al final, lograron salir por una ventana que se resistía a ceder, afuera, los vecinos los recibieron entre lágrimas y exclamaciones, mientras la estructura, resentida por el esfuerzo, se inclinaba apenas un poco más.

(La barra de estructura desciende a 75%)
 
Mientras tanto, en el sótano, Imai se enfrentaba a otro enemigo, el fuego. Las llamas habían encontrado combustible en un barril de aguardiente derramado, y la posibilidad de una explosión era inminente, con su poder, apartó restos ardientes y los lanzó contra la nieve que se colaba por los huecos del techo, sabía que cada silbido de vapor era una victoria, cada nube que lo envolvía un recordatorio de que aún no era suficiente, recurrió entonces a sus propias manos, hundiéndolas en nieve para lanzarla directamente contra el incendio, el vapor la cegaba, el calor la golpeaba en oleadas, pero su terquedad rindió frutos, el fuego se redujo a brasas débiles, a un suelo embarrado que ya no amenazaba con devorarlo todo, la misión no estaba completada, pero lo peor se había contenido.

(La barra de incendio desciende a 4%. La barra de estructura cae a 73% por el debilitamiento de las vigas)
 
Arriba, la voz calmada de Bertram se alzó por encima del estruendo. El arquero se acercó al coloso con pasos medidos, consciente de que un movimiento brusco podía convertir todo aquello en un desastre mayor, el gigante, con la cara llena de harina y ojos redondos como platos, lo escuchaba con atención. Pixie como algunos niños lo habían llamado parpadeó confuso, bajando lentamente una sartén destrozada de entre sus manos.

—¿No quieren que cocine? —preguntó con voz grave, aunque cargada de inocencia — Pero… yo solo quería darles desayuno— El techo crujió peligrosamente cuando trató de incorporarse, y un grito colectivo de los vecinos retumbó en la calle, varias tejas cayeron en cascada, obligando a algunos a retroceder. El gigante, nervioso, movió un brazo torpemente para apartar los restos, causando que la estructura gimiera aún más.
 
(La barra de estructura desciende a 70%)
La misión apenas comenzaba, con la familia ya a salvo y el incendio casi extinto, la tensión se centraba en un único punto: convencer al gigante de salir sin derrumbar lo que quedaba de la casa. Los marines debían decidir con rapidez sus próximos pasos, porque cada segundo que pasaba, las vigas protestaban más fuerte.
Mecanicas anteriores


Nueva Mecanica; Confusión del gigante
#10
El joven arquero se lanzó a la misión sin dudarlo un instante, no es una misión de esas que digas enfrentó a una oleada de enemigos o protegió una ciudad entera de una banda de bandidos, ni mucho menos un heroísmo de guerra, pero es una misión que muestra a su división como marines que se preocupan más por el pueblo que por la fama y la gloria. Nada más llegar al lugar y ver el panorama supo que debía actuar rápido, así que sin dudar un instante empezó a organizar a sus hombres para que lidien con los demás problemas mientras él se encarga del gigante, no es que vaya a atacarle, pero tiene que convencerle de dejar la casa antes de que la destruya por completo. En el fondo, por como actúa no es malo, es más bien un niño que no se percata del daño que está causando por accidente y eso es lo que enfrenta el arquero mientras sus compañeros se encargan de otros asuntos.

El joven pelirrojo habla con el gigante y mientras sus compañeros parecen estar haciendo su parte, por lo que el sargento se esforzará en hacer la suya, aunque en realidad es la más complicada pues no parece ser del tipo que sea fácil de convencer, no por malicia sino porque parece ser que no entiende el entorno como los demás, es un niño pequeño. Por lo pronto parece que Stroud e Imai van bien con sus cometidos, la familia ya está a salvo e Imai parece haber lograd controlar el incendio en el sótano, por lo que ahora solamente queda sacar al gigante de la casa sin que destruya más.

El gigante mira al arquero preguntando si no quieren que él cocine, diciendo que él solo quería darles el desayuno. El gigante se mueve tratando de incorporarse tirando más partes de la casa, hay que lograr calmar al gigante y que salga de allí de manera cuidadosa. Ahora queda conseguir que el gigante confíe en ellos para que los acompañe sin causar más destrozos, pero es algo que va a ser delicado y más si los vecinos intervienen, aunque por el momento se mantienen al margen dejando a la marina trabajar por lo que Bertram dice en un tono calmado a sus compañeros

-Trataré de convencerle de irse por las buenas, vosotros vigilad la familia y la casa, así como a los vecinos, necesitamos que nadie lo provoque sino las cosas se complicarán demasiado. También hay que estar listos por si no logramos convencerlo.-

Tras eso vuelve la mirada al gigante y dice -No no es eso, no es que no quiera que cocines, solo quiero que puedas hacerlo bien. Por eso mismo necesito que me escuches. Esa cocina no está preparada para ti, al final por mucho que lo intentes las cosas no irán como quieres. ¿Viste como los panes quedaban no? Pues si vienes conmigo te ayudaré a conseguir una cocina donde preparar comida para todos.-


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